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Los Masones Hijos de la Luz Desde los tiempos más remotos, la Francmasonería se ha definido a sí misma como la Orden de la Luz. Entrar en una Logia es, antes que nada, pasar de las tinieblas a la luz, un símbolo que guarda un significado profundo y eterno. Pero esa luz que se nos revela no es algo externo que se nos entrega ya hecho; es una llama que debemos aprender a encender, alimentar y proteger en lo más profundo de nuestro ser. El mensaje iniciático masónico nos invita a comprender qué es verdaderamente esa Gran Luz Divina, cómo opera dentro del ser humano y por qué la Masonería ha dedicado siglos a enseñar el arte de mantener viva esa llama, que es a la vez nuestra esencia y nuestra conexión con el universo. ¿Y de dónde viene eso, que los masones son los hijos de la luz? Viene del símbolo central de la masonería: la luz representa el paso de la ignorancia (tinieblas) al conocimiento y la moralidad. En los rituales, cuando inician a alguien, literalmente le dicen "QUE SE LE CONCEDA LA GRAN LUZ", y por eso llaman a los masones "hijos de la luz". Es un concepto que tomaron de antiguas tradiciones —misterios egipcios, griegos como los de Eleusis, y también de la Biblia, donde San Pablo dice "vosotros sois hijos de la luz". El iniciado masón ha "nacido" simbólicamente a una nueva comprensión. Es el símbolo más universal que existe. Desde las culturas más antiguas, la luz siempre ha representado el conocimiento, la verdad y lo divino, mientras que la oscuridad equivale a la ignorancia. Es algo que cruza Egipto, Persia, Grecia, el judaísmo y el cristianismo. En el Génesis, lo primero que Dios crea es la luz: "Sea la luz". En los misterios antiguos como los de Eleusis, el iniciado pasaba por una experiencia de tinieblas y de repente lo inundaba una luz cegadora que representaba la revelación. Es una metáfora perfecta porque la luz literalmente hace visible lo que estaba oculto, igual que el conocimiento disipa la ignorancia. Por eso los masones no usan otra cosa: nada comunica mejor esa transformación de "ciego" a "vidente" que el momento en que te quitan la venda y te dan la luz en la ceremonia. Es simple, poderoso y milenario.
El Secreto de la Llama Interior En el silencio sagrado de nuestras Logias Masónicas, la pregunta resuena siempre en el corazón de todo verdadero masón: ¿Qué debemos hacer para encender, metafóricamente, esa llama interior que yace dormida dentro de nosotros? ¿Cómo podemos llevarla hasta un equilibrio perfecto, en armonía tanto con nuestro paisaje interno como con el mundo exterior que nos rodea? Y, sobre todo, ¿cómo crear las condiciones adecuadas para que esa llama no sólo brille, sino que libere constantemente esas energías vivas que irradian nuestra verdadera esencia y nuestra luz propia? Porque sabemos que la liberación de esas fuerzas internas anuncia siempre nuevas fases de creatividad, de comprensión y de vida. Pero surge entonces otra duda esencial: ¿Cómo lograr que estos fuegos creativos se manifiesten de forma equilibrada, sin consumirnos ni agotarnos demasiado rápido, y sin correr el riesgo de que, por miedo o descuido, terminemos por no crear nada valioso? Y una vez que la llama arde, ¿de qué manera podemos protegerla de todo aquello que amenaza con extinguirla? Porque, aunque esa luz interior esté bien establecida y sintonizada con nuestra naturaleza, las influencias externas son muchas y muy poderosas. El mundo profano, con sus pasiones, sus ruidos y sus errores, actúa como una tormenta: la lluvia de la ignorancia puede apagarla, el viento de las malas costumbres puede sofocarla, y encerrarla demasiado, olvidando compartirla, puede hacer que se asfixie por falta de aire y de fraternidad. Por eso, el trabajo del masón es constante y vigilante: debemos ser los guardianes activos de nuestra propia llama, cuidándola con esmero día tras día. Sin embargo, hay algo en nuestra naturaleza humana que nos inclina a este cuidado, como si fuera un instinto olvidado que despertamos al ingresar a la Orden. Amamos proteger esta luz, ya sea la nuestra o la de nuestros hermanos. En nuestro simbolismo, deseamos resguardar nuestra llama interior de la tormenta exterior, tal como el faro protege su luz en medio del mar embravecido, o como los muros gruesos del Templo aíslan lo sagrado de lo profano. Nuestro deseo más profundo es llevar esa luz cada vez más hacia adentro, hasta la morada más íntima del espíritu, ese lugar secreto donde la luz divina se complace en residir y donde se convierte en el centro de nuestra vida. ¿Qué es verdaderamente la Gran Luz Divina en Masonería? No se trata de una luz física, ni de una sabiduría que se recibe de golpe. La Luz Divina es la chispa del Creador que existe en el fondo de todo ser humano, pero que la mayoría mantiene apagada o cubierta por la ignorancia y el ego. En la Masonería, es la inteligencia, la conciencia, la sabiduría y la virtud unidas. Es la capacidad de ver la verdad, de comprender el orden universal y de actuar con justicia. Ser portador de la Luz Divina significa ser un masón que ha despertado, que conoce su origen y su destino, y que se convierte en un centro de irradiación de bien para todo lo que le rodea. Al estudiar la doctrina masónica en textos, encontramos una enseñanza unánime sobre cómo opera nuestra Orden: "La Logia es el lugar donde se provee el combustible y el resguardo para la llama. No puede encenderla por ti, pero te da el método, la compañía y la verdad que necesitas para que tú mismo la hagas arder. La luz que ves en el Templo es el espejo de la luz que debes hacer nacer en tu alma. Todo rito, toda palabra, todo símbolo está diseñado para decirle al espíritu: despierta, brilla, ilumina." La Logia funciona como un gran foco de energía espiritual. Al reunirse hombres que buscan la luz, se crea una atmósfera donde es más fácil encender y mantener esa llama. Pero la luz que se trabaja allí no es para quedarse dentro; está destinada a salir al mundo y transformarlo. Portadores de la Luz que transforman Observad con atención lo que ocurre con una simple vela: cuando sus sustancias físicas se consumen, se transforman en luz y calor. La materia cambia de forma, y en ese cambio expresa las leyes profundas de la naturaleza. De igual manera ocurre con nosotros: a medida que las partes más burdas, egoístas y menos refinadas de nuestra naturaleza se van transformando, nuestra conciencia despierta y empieza a liberar energías espirituales. Es entonces cuando nos convertimos verdaderamente en agentes de lo divino, siendo cada uno de nosotros una llama que arde cada vez con más fuerza y claridad. Cuanto más trabajamos en pulir nuestra piedra bruta, cuanto más eliminamos lo que es imperfecto en nosotros, más brillantemente irradiamos esas cualidades del alma que son reflejo de la divinidad: la tolerancia, la justicia, el amor, la sabiduría. Es como si una llama suave y potente a la vez residiera en el santuario interior de nuestro ser, iluminando nuestra propia vida y alcanzando todo lo que nos rodea. Sin embargo, así como la luz de una vela tiene un alcance definido por las leyes físicas, nuestra luz interior también tiene sus propios límites. La luz de la vela ilumina lo que está a su alcance; si la mueves, su zona de influencia se desplaza con ella. ¿Cuáles son entonces los límites de nuestra propia luz? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar con nuestro ejemplo, con nuestra ayuda y con nuestra verdad? Esa es una pregunta que cada masón debe responder por sí mismo, al mirar cuánto ha crecido su llama. Y sigue siempre la gran interrogante: ¿Cómo se encendió este fuego espiritual en nosotros? ¿Estaba ahí desde siempre, dormido y esperando sólo el momento de ser avivado, o fue la iniciación el momento preciso en que se produjo el primer destello? Estas preguntas, que han ocupado a los místicos de todos los tiempos, nos invitan a profundizar en el sentido del fuego y de la luz, símbolos centrales de toda nuestra tradición. ¿Puede la Luz Divina transformar al ser humano? ¿Cuánto tiempo tarda? Es necesario ser muy claros aquí: La Luz Divina no cambia al hombre de la noche a la mañana, ni por el simple hecho de entrar al Templo. Recibir la luz es sólo el comienzo, es recibir la chispa. Pero para que esa chispa se convierta en un fuego capaz de transformar toda la materia de nuestro ser, se necesitan años, décadas y a veces toda una vida de asistencia, estudio, meditación y práctica constante. He analizado la historia de la Masonería y la vida de los grandes hermanos que han dejado huella, y siempre veo el mismo proceso: al principio, la luz es pequeña, titubeante y fácil de apagar. El masón conoce los símbolos, pero no los vive. Pero después de mucho tiempo, la luz penetra en cada rincón de su mente y de su corazón. Entonces es cuando vemos la transformación real: el hombre se vuelve más claro, más transparente, más sabio y más bueno. La luz moldea al ser humano, pero sólo si él se mantiene bajo su influencia y la alimenta cada día. Quien cree que ya es luz sólo por haber sido iniciado, confunde la realidad con la apariencia. Estar en una Logia Masónica es, ante todo, un mensaje simbólico que la Masonería envía a toda la humanidad. Es decirle al mundo: "Mirad, aquí demostramos que el hombre puede salir de la oscuridad, que puede ser luz, y que la fraternidad es la forma más segura de mantener encendida la llama de la civilización y del espíritu." La Logia enseña que la Gran Luz Divina no es algo lejano, sino algo que debe vivir en el corazón de cada persona para que el mundo sea un lugar mejor. En el Libro de la Ley encontramos: Esta luz resplandece en la oscuridad y la oscuridad no ha podido apagarla. Juan 1:5 Qué grande es nuestra Orden, que ha sabido guardar y transmitir este secreto de la luz a través de tantos siglos, mientras el mundo exterior vive buscando luces falsas, pasajeras o engañosas. La Masonería es la única institución que nos dice: "Tú tienes luz, tú eres luz, pero debes trabajarla, debes cuidarla y debes hacerla crecer." Mientras afuera muchos viven en la oscuridad de la ignorancia, del egoísmo y de la violencia, nosotros mantenemos encendida la llama de la sabiduría antigua, de la fraternidad y de la verdad. La Masonería no es sólo una luz para sus miembros, es el faro que ilumina el camino de la historia humana. Él revela lo profundo y lo escondido, y sabe lo que se oculta en las sombras. ¡En él habita la luz! Daniel 2:22 En Resumen El texto nos invita a comprender la necesidad de encender, equilibrar y proteger la llama interior que representa la Gran Luz Divina dentro de cada ser humano. Esta luz, frágil ante las influencias externas, se alimenta con el trabajo interior y la vida fraterna. Al igual que una vela que se consume para dar luz, el masón transforma sus imperfecciones para irradiar cualidades espirituales y convertirse en un portador de luz. La Logia funciona como el espacio sagrado donde se aprende este arte, enviando a la humanidad el mensaje de que la luz es posible y necesaria. Se plantea que la transformación por la luz es lenta y requiere constancia, siendo el fin último de la experiencia masónica. Y dijo Dios: «¡Que haya luz!». Y la luz llegó a existir. Génesis 1:3 Dudas y preguntas ¿Son verdaderamente luz hoy en día todos los masones, o hay muchos que, aunque están dentro del Templo, siguen viviendo y actuando en la oscuridad de sus propios defectos y egoísmos? ¿Cuánto influyó realmente ese modelo iniciático donde la luz es el centro, y esa luz emanada de la Masonería, en el progreso, la cultura y la ilustración del mundo? Y lo más grave: ¿lo que se hace hoy en muchas Logias sigue siendo la verdadera Gran Luz Transformadora, o se ha convertido en oscuridad debido al orgullo, la vanidad y el ego de muchos hermanos, alejándose de los luminosos misterios de la fraternidad? Y la pregunta definitiva: ¿Quién es hoy ese masón que está realmente conectado al verdadero método transformador y luminoso, y quién es el que sólo finge brillar? Porque es muy difícil distinguir hoy en día dónde termina la verdadera transformación bajo la luz divina y dónde empieza sólo el cambio aparente, la imitación o la ilusión… ¿Estamos formando hombres iluminados, o sólo hombres que visten símbolos pero siguen en sombras? Alcoseri