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La Piedra Bruta Cuando se aborda este tema, se piensa que se trata del tema típico del Aprendiz Masón. Pero al reflexionarlo con más calma, se comprende que es el trabajo del Aprendiz… y también el de todo francmasón a lo largo de toda su vida en la Orden. Quisiera primero entender por qué debemos tallar la Piedra Bruta, y luego cómo podemos realizar ese trabajo. ¿Por qué tallar la Piedra Bruta? Todos entramos en la masonería de forma voluntaria, pero por motivos diferentes. Sin embargo, compartimos un deseo común: contribuir a mejorar la condición humana y hacer evolucionar positivamente la sociedad en la que vivimos. Podríamos haber elegido una asociación caritativa, un sindicato o un partido político. Pero optamos por una vía iniciática, la única que ofrece Occidente en la actualidad. Antes de pretender construir el Templo de la Humanidad, es urgente comenzar por construir nuestro propio templo interior. ¿Qué causa más noble que querer edificar para todos? Pero ¿no es más sabio empezar por edificar nuestro propio ser, nuestra personalidad? La iniciación nos lo sugiere con fuerza: tallar la Piedra Bruta es el primer paso indispensable. La prueba del espejo durante la iniciación me impactó profundamente. «Tú eres tu peor enemigo», me dijo el hermano que lo sostenía. Creo que, en efecto, muchas veces somos nuestros propios enemigos. Estamos atrapados por ideas preconcebidas, por una educación que nos inculcó creencias que no siempre son realmente nuestras. Algunos psicoanalistas afirman que construimos nuestro “guión de vida” entre los 5 y los 8 años, y que luego lo repetimos inconscientemente. Tallar la Piedra Bruta significa tener la voluntad de hacer tabla rasa con todo aquello que no nos pertenece verdaderamente. No se trata de cuestionarlo todo (sería imposible), ni de autoanalizarnos de forma obsesiva (sería un error). Se trata de reencontrarnos en lo más profundo de nosotros mismos, identificar conscientemente nuestras asperezas, corregirlas, mejorarlas y embellecerlas, para reapropiarnos de nuestro ser auténtico. Sólo quien aprende a amarse verdaderamente a sí mismo puede amar y ayudar a los demás. ¿Cómo pretender ser útil a la humanidad si no hemos puesto orden en nuestra propia casa interior? Como señalábamos en un tema masónico anterior, sólo el hombre despierto puede ocupar el centro de la acción. ¿Cómo alcanzar ese despertar si capas y capas de condicionamientos acumulados durante años siguen contaminando nuestro juicio y nuestra razón? ¿Cómo lograrlo si nuestras pasiones, pulsiones y emociones nos desbordan con facilidad? Alcanzar el despertar pasa, en mi opinión, por la búsqueda de la virtud. Y como decía Platón: «La primera de las virtudes es el asombro». ¿De qué sirve el trabajo sobre uno mismo si no es también para mirar el mundo con ojos nuevos, con esa capacidad de maravilla que tiene un niño de tres años? El mundo profano tiende a matar el asombro: resalta lo negativo, nos convierte en seres decepcionados, negativos y pesimistas. ¿Cómo construir si ya damos por hecho que el edificio se derrumbará? ¡Qué maravilla poder mirarse por dentro, observarse, criticarse con honestidad! Ningún otro animal puede hacerlo. Sólo el ser humano consciente tiene esa capacidad. Como masón, agrego: Tallar la Piedra Bruta no es un castigo ni una tarea pesada. Es un acto de amor propio profundo. Es decidir que merecemos ser mejores, no para presumir, sino para poder ofrecer al mundo una versión más auténtica y luminosa de nosotros mismos. Es el primer gran acto de responsabilidad masónica: antes de querer cambiar el mundo, cambiemos nosotros. ¿Cómo tallar la Piedra Bruta? Personalmente, distingo dos fases:
La autoobservación (conocer bien la piedra). La talla propiamente dicha (usar las herramientas).
Primera fase: la observación No existe un manual ni una receta mágica. La iniciación misma nos invita a la introspección. Este trabajo ya había comenzado antes de la iniciación, aunque de forma inconsciente. Se concreta en el Gabinete de Reflexión, donde nos encontramos sólo s frente a nosotros mismos, con símbolos poderosos: un cráneo, frases profundas y el famoso VITRIOL («Visita el interior de la Tierra y rectificando encontrarás la Piedra Oculta»). La masonería no es la única vía que invita al trabajo interior. En el templo de Delfos se leía «Conócete a ti mismo». Los budistas dicen: «Quien es dueño de sí mismo es más grande que quien es dueño del mundo». Los egipcios hablaban de Ma’at: búsqueda de rectitud, justicia y verdad. ¿Podemos hacer este trabajo solos? En parte sí, pero muy pronto comprendemos que el Otro es indispensable. El hermano actúa como espejo: me conozco mejor conociendo al otro, y viceversa. El objetivo es descubrir nuestro “ser verdadero”, nuestra “médula substantífica”, esa esencia simple y profunda que queda cuando retiramos todas las capas superficiales. El arte nos ayuda en este camino. La música de Mozart o Bach, una escultura clásica o la música sufí islámica nos tocan porque hablan directamente al ser interior. El arte es el ser hablando al ser. Segunda fase: la talla Aquí entran en juego el mazo y el cincel.
El mazo representa la voluntad: aporta fuerza y energía. El cincel representa la precisión y la inteligencia: va a los puntos exactos para eliminar lo que sobra.
Al principio el trabajo es grueso y se quitan grandes trozos. Con el tiempo se vuelve más fino, delicado y exige mayor esfuerzo. El ritual proporciona el marco propicio: silencio en las columnas, meditación, elevación. Los antiguos constructores no tallaban la piedra en el mismo sitio de la obra, sino en la cantera. Sólo cuando estaba bien preparada la llevaban para colocarla en su lugar definitivo. Como masón debo añadir: La Piedra Bruta nunca se vuelve completamente lisa y perfecta. Conserva pequeñas asperezas que la hacen única. Esa imperfección controlada es precisamente lo que le da carácter y belleza. La masonería no busca clones, sino seres auténticos que, a pesar de sus defectos, se esfuerzan por mejorar. El objetivo no es la perfección absoluta, sino el progreso constante y sincero. Tallar la Piedra Bruta es un trabajo particular y único para cada uno. No hay recetas milagrosas ni atajos. Requiere trabajo, constancia y humildad. El objetivo no es transformar totalmente la piedra, sino rectificarla sin perder su esencia ni su originalidad. Este trabajo nunca termina. La piedra toma una forma más elaborada, pero siempre necesitará pequeños golpes de cincel. Como dice en Logias al momento de acordarnos de los pobres : la verdadera generosidad es dar aquello “No Monetario” pero que realmente nos cuesta. Y como recordaba Sócrates: pensar que se es sabio ya es prueba de no serlo. Por eso, tallar la Piedra Bruta no es sólo un medio, sino también un fin en sí mismo. Es la forma más honesta de prepararnos para contribuir a la construcción del Templo de la Humanidad. Gurdjieff y Ouspensky lo describen con crudeza: el hombre común es una máquina dormida y que cuando trata de funcionar funciona mal. Vive en la mecanicidad, arrastrado por hábitos, reacciones automáticas y múltiples “yo” que se contradicen constantemente. Esa es precisamente la Piedra Bruta: un ser fragmentado, inconsciente, sin un centro permanente. Tallarla es despertar de esa mecanicidad, observar imparcialmente nuestros automatismos y comenzar a construir un “Yo Real” unificado. Gurdjieff y Ouspensky nos recuerdan que la Piedra Bruta no es solo una metáfora masónica: es el estado natural del ser humano dormido. La masonería nos ofrece herramientas para despertar: el ritual, el silencio, la observación de sí y la fraternidad. Tallar la piedra es el trabajo consciente que transforma al “hombre-máquina” en un ser consciente, responsable y unificado. No se trata de eliminar el ego, sino de someterlo al servicio de un centro superior. Gurdjieff hablaba de “trabajo consciente” y “sufrimiento voluntario”. Tallar la Piedra Bruta implica exactamente eso: observar sin piedad nuestros defectos mecánicos y soportarlos conscientemente para transformarlos. Ouspensky lo llamaba “el trabajo de la observación de sí”: mirarse como si fuéramos un extraño, sin justificarnos. Ese es el verdadero cincel. Cada vez que logramos recordarnos a nosotros mismos en medio de la vida cotidiana, estamos dando un golpe de mazo que pule la piedra. Ahora, agrego una reflexión final: En un mundo que premia la apariencia, la velocidad y el tener, la masonería nos propone algo revolucionario: invertir tiempo y esfuerzo en ser. Tallar la Piedra Bruta es el acto más radical de rebeldía contra la superficialidad moderna. Es decidir que merecemos ser mejores versiones de nosotros mismos, no para presumir, sino para poder amar mejor, servir mejor y dejar el mundo un poco menos áspero de como lo encontramos. Alcoseri