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El Propósito de la Iniciación en Masonería Si el ser humano hubiera permanecido en la pureza de su divino origen primordial, la iniciación nunca habría sido necesaria para él. La Verdad se le habría revelado sin velos, sin misterios, sin necesidad de símbolos pues él había sido creado para contemplarla y rendirle un homenaje constante y sin interrupción. Pero desde que, por desgracia, el alma inmortal se encarnó dentro de un cuerpo físico , de carne sangre y huesos , descendió a una región opuesta a la Luz, es la propia Verdad quien le ha impuesto el trabajo iniciático, ocultándose a sus búsquedas hasta que él se haya preparado para recibirla, pero la luminosa alma inmortal en su proceso tiene la necesidad de envolverse de carne, para vencer esta prueba, y es la iniciación masónica la que le da al ser humano la oportunidad de reconectarse con la Gran Luz. Basta con observar al hombre desde su nacimiento para comprenderlo. Cuando empieza a gozar de la luz sensible, sus pasos son lentos y dolorosos. Los años transcurren, y apenas logra formarse una idea superficial de la realidad que golpean sus sentidos. Sólo mediante un estudio penoso y asiduo logra conocerlos. Cuando llega a la edad en que debe apartar por sí mismo las tinieblas que obstaculizan su camino, su marcha se vuelve incierta. Las ilusiones de los sentidos y la costumbre lo seducen hasta el punto de que ya no puede distinguir la verdad del error. Y si logra vislumbrar algún rayo de luz, es sólo después de liberar con esfuerzo su inteligencia de todo lo que le es extraño. Esta primera iniciación, fundada en la degradación del hombre y exigida por la naturaleza misma, fue el modelo y la regla de aquella que establecieron los antiguos Sabios. La Ciencia que ellos custodiaban pertenecía a un orden muy superior a los conocimientos naturales, y no podían revelarla al hombre profano más que después de haberlo fortalecido en el camino de la Inteligencia y la Virtud. Con ese fin, sometieron a sus discípulos a pruebas rigurosas, y para asegurarse de su constancia y su amor por la verdad, sólo les ofrecían jeroglíficos y emblemas, símbolos difíciles de penetrar que ocultaban el sentido profundo. Esto es precisamente lo que se ha querido representar, en los 3 grados de la masonería, mediante los trabajos alegóricos que se le han requerido al iniciado masón. Si dudaras de la alta destinación del hombre y de su caída —que es el fundamento único de toda iniciación, sea natural, humana o religiosa— te sería difícil avanzar por el camino que te has propuesto recorrer. Porque en ese caso admitirías que el hombre sensible y animal es lo que debe ser, y entonces, ¿qué relación podría existir entre él y la Verdad? Es cierto que muchos filósofos han caído en este error pernicioso, al no ver en el hombre más que su naturaleza material. Si sólo consideramos sus facultades sensibles, debemos convenir que su lugar está entre los seres que perciben, y que, como los demás animales, está abandonado a las tinieblas de los sentidos y la materia. Pero aunque estos pensadores ignoraron nuestras prerrogativas naturales, habrían podido evitar fácilmente este error, pues todas las facultades del hombre espiritual son pruebas evidentes de su grandeza original, así como su ignorancia y su debilidad demuestran su degradación. Por esencia, el hombre es activo, pero hoy se siente impotente y encadenado. Posee una inteligencia sin límites, capaz de abarcar el universo, y sin embargo, el más pequeño de los seres le sigue siendo un misterio impenetrable. Su ojo penetrante está siempre abierto, pero rodeado de espesas tinieblas, no puede percibir nada. Arde en él un deseo irresistible de felicidad y plenitud, pero ninguno de los objetos que lo rodean logra satisfacerlo. Dotado, en fin, de facultades infinitas, se ve privado de los medios para usarlas. Confesémoslo: este ser tuvo que tener otra destinación, o de lo contrario sería el más incomprensible de todos los seres. Los Sabios, perfectamente instruidos en la verdadera naturaleza del hombre y en su caída, que lo hace indigno de acercarse al Santuario de la Verdad, tuvieron gran cuidado de enseñar esta doctrina a sus discípulos. Y aunque los filósofos no conocieron los derechos del hombre original, habrían reconocido sin duda la excelencia de su naturaleza si, después de ver los límites de sus facultades sensibles, hubieran observado también la extensión de sus facultades intelectuales. Este contraste asombroso les habría revelado la grandeza de su origen y la realidad de su degradación. Porque el hombre está esencialmente dotado de una acción espiritual que, por naturaleza, no tiene fronteras. Pero esta poderosa actividad se encuentra tan comprimida y contenida que casi siempre permanece ineficaz. La insuficiencia de los órganos a través de los cuales debe manifestarse no le permite ejercerla en toda la amplitud de su voluntad, ni alcanzar el fin que se propone. Sin embargo, a pesar de los obstáculos que detienen sus esfuerzos a cada instante, está tan íntimamente convencido de su superioridad natural que tiende sin cesar a someter a su acción a todos los seres que lo rodean. También posee una inteligencia sin límites: ningún conocimiento supera su capacidad de penetración, y nunca se ha fijado un término a la ciencia que es capaz de adquirir. Y sin embargo, a pesar de la extensión de sus facultades intelectuales, los más pequeños individuos del universo le siguen siendo misterios insondables. Condenado a conocer sólo a través de los sentidos, estos órganos materiales y compuestos pueden darle la percepción de los cuerpos, pues estos no son más que conjuntos elementales, pero son incapaces de transmitirle las Verdades de la Naturaleza, que residen esencialmente en la unidad y la realidad de los Seres Espirituales. Así, el hombre que podría conocerlo todo, si nada lo separara de la Verdad, se ve obligado por su cuerpo a percibir sólo apariencias sensibles y ilusorias. Tiene facultades infinitas, pero se ve privado de los medios para usarlas, alejado de los seres verdaderos del universo sobre los que debería ejercerlas. De modo que, con un deseo irresistible de dominio y plenitud, sólo encuentra a su alrededor resistencias y límites. Y en este estado, todos los objetos que ve son finitos y limitados, y ninguno puede satisfacer a un ser que sólo el Infinito puede colmar. Ahora bien, si ninguno de los seres de la naturaleza recibe del Creador más que facultades relativas y proporcionadas a su rango en el universo, es difícil para quien observa al hombre sin prejuicios no reconocer, conforme a las tradiciones religiosas, que él no se encuentra hoy en su lugar natural. Las facultades espirituales y divinas que se manifiestan en él debían ejercerse sobre seres superiores a los objetos materiales y sensibles; de lo contrario, sería, una vez más, el más incomprensible de todos los seres. Esto es, lo que debía saber el masón sobre los derechos primitivos y originales del ser humano y sobre su caída al mundo material, que lo hace hoy indigno de acercarse al Santuario de la Verdad. Esta doctrina ha sido siempre la base de todas las iniciaciones de la antigüedad. Los Sabios, que la conocían perfectamente, se cuidaron de enseñarla a sus discípulos, como lo demuestran las múltiples lustraciones y purificaciones de todo género que exigían a los iniciados. Y sólo después de haberlos preparado así, les revelaban el único camino que puede conducir al ser humano a su estado original y restablecerlo en los derechos que ha perdido. Este es, el verdadero y único fin de la iniciación masónica. Tal es esta ciencia misteriosa y sagrada, cuyo conocimiento es un crimen para quienes se niegan a ponerla en práctica, y que extravía a quienes no saben elevarse por encima de las cosas sensibles. Es según estos principios que las iniciaciones fueron siempre misteriosas y severas. La Verdad misma lo exigía, pues se oculta a los hombres corrompidos. Los emblemas y las alegorías que emplearon los Sabios representaban las apariencias sensibles y materiales de la naturaleza, que ocultan a nuestra vista los agentes motores del universo y los seres individuales que lo habitan. Como masón, quiero añadir que este texto nos invita a mirar más allá de lo visible, a comprender que la iniciación no es un simple rito, sino un camino de retorno a nuestra verdadera esencia. Los masones, al transmitir estas enseñanzas, es para recordarnos que somos seres divinos que han olvidado su origen, y que el trabajo iniciático es el esfuerzo por recuperar la luz que llevamos dentro, pero que se ha oscurecido por el peso de la materia y la costumbre. Es un llamado a despertar, a buscar la verdad no fuera, sino en lo más profundo de nuestro propio ser, que es donde reside la sabiduría eterna. Alcoseri