El Francmasón Fabricante de Almas y Lucifer, el Príncipe de las Tinieblas
Un cuento iniciático masónico
Dicen los antiguos que el verdadero Templo no se construye de piedra, sino de espíritu. Que el ser humano, tal como nace, no es aún más que un proyecto: una colección de voces, de deseos y de máscaras que creen ser una sola cosa, pero que en realidad son muchas y en constante guerra. La mayoría de los hombres viven dormidos, sin saberlo; reaccionan, repiten, se dejan llevar por fuerzas que no controlan. Y precisamente porque duermen, son fáciles de dominar. El trabajo del Masón no es otro que despertar: forjar una voluntad única donde antes había caos, construir un ser real, consciente, capaz de resistir la presión de las fuerzas que gobiernan el mundo visible e invisible. Pero hay potencias que no toleran la luz, que desean apresar toda Consciencia antes de que alcance su plenitud. Esta es la historia de un masón artesano que conocía ese secreto, y de cómo utilizó su saber para vencer lo invencible.
El Taller donde se forjaba la Consciencia
En un lugar apartado, lejos del ruido de las ciudades, vivía Joaquín Piedra, Francmasón. No era un hombre común: sabía que la materia no es más que espíritu condensado, y que el verdadero arte consiste en dar forma a lo invisible. Su taller no era simplemente un lugar de trabajo: era un laboratorio donde trabajaba sobre la sustancia misma del alma. Forjaba Consciencias, modelaba voluntades, creaba esencias tan luminosas y equilibradas que, al nacer, ya llevaban dentro la armonía que la mayoría tarda vidas en alcanzar. Su fama se extendió más allá de los confines del mundo de los hombres, hasta llegar a las regiones donde todo es mecánico, donde nada se crea, sino que sólo se repite y se devora.
Una tarde, mientras terminaba una obra de excepcional perfección, que sería un alma con alas doradas, tan equilibrada que contenía en sí misma el principio del bien y del mal sin ser esclava de ninguno, pero de pronto, el aire se volvió denso y pesado. Una sombra se proyectó sobre su mesa de trabajo. Al levantar la vista, vio en el umbral una figura alta, de belleza terrible y mirada de fuego: Lucifer, el Príncipe de las Tinieblas, el Señor de las Fuerzas Mecánicas, aquel que mantiene a la humanidad sumida en el sueño psicológico y la ilusión.
Gran Arquitecto del universo, ten piedad murmuró el masón, sin apartar la vista de su obra. ¿Ha llegado mi hora?
No temas respondió la voz, profunda y resonante. No vengo por ti. Vengo por tu obra. He visto lo que haces, y reconozco en ello algo que no existe en mi reino: algo que no es esclavo de la ley de causa y efecto. Eso es lo que quiero. Dámelo.
El masón, sobrecogido, sin reflexionar, sin medir la gravedad de sus palabras pues el choque de la presencia lo había desequilibrado, respondió:
Tómalo. Lleva cuanto hay aquí dentro en mi taller de Almas.
No ahora dijo el Príncipe de la Oscuridad. Regresaré. Guarda todo lo que este dentro de tu taller para mí. Y cuando vuelva, lo querré todo. ¿Lo prometes?
Lo prometo respondió Joaquín, y la sombra se desvaneció.
En ese instante, no sabía que había caído en la trampa más antigua: la de dar sin saber qué se da. Su esposa entró entonces, y al escuchar lo ocurrido, palideció:
¡Esposo! Nuestra hija Zoraya estaba jugando en el taller. Su alma también fue formada por ti, también es obra tuya. ¡La promesa la incluye a ella! ¡Esa era la trampa!
El masón sintió que el suelo se abría. Su hija de 7 años no era una niña común: él había trabajado en ella desde antes de su nacimiento, equilibrando sus fuerzas, puliendo su Consciencia, para que fuera un ser libre, despierto, dueño de sí mismo. Precisamente por eso, era la presa más codiciada. Porque las fuerzas del abismo no pueden soportar lo que es libre: necesitan devorarlo antes de que alcance su plenitud.
El Talismán y la Ley de las Tres Fuerzas
Joaquín no perdió la calma. Sabía que contra la fuerza bruta no hay defensa, pero contra la ignorancia y la ilusión sí. Mandó traer plata virgen, el metal que no se oxida, símbolo de la Consciencia pura, la trabajó durante horas, batiéndola hasta dejarla delgada como la luz de la luna, y grabó en ella la Estrella Flamígera: el símbolo de las 5 fuerzas, del equilibrio que nada puede romper, del ser que se ha vuelto uno e indivisible. Se la puso al cuello de su hija y le dijo:
Mientras lleves esto, estás protegida. Porque el mal sólo puede dominar lo que está dividido, lo que duerme, lo que cree ser algo que no es. Esta estrella significa que tú eres una: que no hay guerra dentro de ti. Y contra la unidad, las fuerzas del caos no tienen poder. Pero si te la quitas, si olvidas quién eres, entonces volverás a ser presa fácil. Nunca te separes de ella.
Pasaron los años. Zoraya creció hermosa, serena, consciente. Pero el tiempo en el reino de las sombras no corre igual que aquí. Y el deudor siempre regresa.
El Regreso y el Olvido
10 años después, la puerta se abrió sola. Lucifer apareció, más alto y más sombrío.
He venido por lo mío dijo sin rodeos. La niña ya es mujer. Y es ella la que quiero. Porque sé que en ella hay algo que no existe en ningún otro ser: una chispa que no se apaga, una voluntad que no se rompe. Eso es lo que ansío para mi reino.
¡Llévame a mí en su lugar! suplicó el masón. Yo ya he vivido. Ella apenas comienza.
No respondió el Príncipe. Yo quiero lo que es libre. Lo que tú ya eres, pero ella aún está por serlo. Y cuando la tome, la romperé en mil pedazos y haré de ella mi esclava eterna.
Mandó llamar a Zoraya. Ella, que estaba bañándose, se vistió con prisa y olvidó el talismán sobre la mesa de baño. Entró al taller, y al ver aquella presencia, sintió que algo dentro de ella se desmoronaba: la unidad se rompió, el miedo la dividió, y en ese instante de debilidad, la protección cayó.
¡No tienes el amuleto! rugió el Diablo, al darse cuenta. ¡Ahora eres mía!
Extendió la mano, pero ella corrió, llegó a su habitación, encontró la estrella de plata y se la puso. En el instante en que tocó su pecho, la unidad volvió, y la sombra se detuvo, impotente.
¡Siete días! gritó Lucifer, con voz que hizo temblar los muros. ¡En siete días volveré, y entonces veré si puedes mantenerte unida para siempre! ¡Porque yo soy la fuerza que divide, que separa, que rompe! ¡Y sin mí, nada en este mundo se mueve!
La Creación del Ser Artificial
El masón sabía entonces que no bastaba con esconderla. Que mientras ella fuera carne y hueso, estaría sujeta a las fluctuaciones, a los estados de Consciencia, al sueño y al olvido. Y que tarde o temprano, la división volvería. Entonces recordó la enseñanza más profunda: si no puedes vencer a la fuerza con la fuerza, debes engañarla con la apariencia de realidad. Si el mal busca Consciencia, dale la forma perfecta de la Consciencia, pero sin la chispa interior. Que lo tome, que lo devore, y que se consuma a sí mismo en su propia trampa.
Durante siete días y siete noches, trabajó sin descanso. Mezcló cera virgen y arcilla pura, y con sus manos modeló una figura idéntica a Zoraya. No le dio alma, no le dio Consciencia, pero le dio todos los rasgos de la Consciencia: la mirada, el gesto, la voz, la postura, la calma de quien es dueño de sí. Era un ser perfectamente mecánico, tan bien construido que imitaba hasta la perfección lo que en un ser vivo es el resultado de la lucha interior. Era como esos hombres que creen estar despiertos, pero que en realidad sólo repiten lo que han visto en otros: una copia fiel, sin chispa, sin fuego interior.
Cuando terminó, envió a su hija real lejos, y dejó en su lugar a la imagen.
Al séptimo día, Lucifer regresó.
¡Tráela! ordenó. ¡Y sin trucos!
La figura avanzó con paso sereno. Su madre le puso un velo rosado sobre el rostro.
Escucho y obedezco dijo la voz dulce, perfecta, sin duda, sin vacilación. Precisamente por eso era falsa: el ser que es real duda, lucha, cambia. Sólo lo mecánico es inmutable.
El Príncipe quitó el velo, vio la belleza sin defecto, la serenidad imperturbable, y creyó ver en ella la Consciencia que tanto deseaba. La tomó en sus brazos, triunfante, y se la llevó a su reino.
La Fiesta de lo Falso
Esa noche hubo gran fiesta en el abismo. Lucifer creía haber conquistado lo único que le faltaba: una alma libre, consciente, invencible. Pero el fuego de su reino no quema la materia: quema la ilusión. Y la cera, que imitaba la forma de la vida, no pudo resistir la prueba del fuego real. Lentamente, se ablandó, se derritió, y antes de que la fiesta terminara, aquella belleza perfecta se deshizo en nada, dejando sólo un rastro de humo y silencio.
Lucifer miró las llamas, encogió los hombros y dijo con calma:
Bueno… al fin y al cabo, era sólo materia. Todo lo que nace, perece. ¡Atizad el fuego! ¡Que siga la fiesta!
Y nunca más volvió a buscar a Zoraya. Porque cuando lo que buscas es la verdad, y encuentras sólo apariencia, el deseo se apaga por sí sólo. El engaño del masón no fue mentira: fue darle exactamente lo que pedía, pero sin la esencia que lo hacía real. Y así, la fuerza que todo lo divide, fue vencida por la sabiduría que conoce la diferencia entre la forma y la sustancia.
Conclusión Masónica
Aprendamos, pues, hermanos, que la mayor parte de los seres que encontramos en el mundo no son aún seres reales: son máscaras, son copias, son muñecas que creen vivir. Que el Príncipe de este mundo no necesita atar a nadie con cadenas: basta con que duerman, con que olviden quiénes son, con que se crean lo que no son. El verdadero trabajo masónico consiste en despertar: en forjar, dentro de nosotros mismos, ese ser único, consciente, libre, que no puede ser comprado, dominado ni devorado por ninguna fuerza externa. Y mientras no hayamos alcanzado eso, no somos aún más que la muñeca de cera: hermosa, quizá, pero destinada a derretirse ante la primera prueba de fuego. Que la Estrella Flamígera brille siempre en tu interior, para que nunca confundas la forma con la esencia, ni el sueño con la vida verdadera.
Aquí están las ideas centrales:
El ser humano vive dormido, es mecánico, está dividido en múltiples "yoes" sin unidad interior.
Los choques conscientes despiertan, pero también nos exponen si no estamos preparados.
La mayoría de las personas son como "muñecas": repiten, imitan, no tienen Consciencia real.
Se puede construir un ser artificial que imite la perfección exterior sin tener la chispa interior.
Las fuerzas del mundo buscan la Consciencia real; la apariencia no les sirve.
La unidad interior = protección; la división = vulnerabilidad.
Alcoseri
