El gran valor de la Paciencia en Masonería

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Orlando Palacios

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Aug 27, 2026, 8:53:30 PMAug 27
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El gran valor de la Paciencia en Masonería 
 
Bajo la Luz que todo lo revela…
 
Dicen los antiguos que la Masonería no se recibe: se camina. Que no hay llegada, sino un andar constante, una obra que nunca se da por concluida. Y en ese andar, dos verdades se entrelazan como columnas de un mismo Templo: la paciencia que sostiene el paso, y la perfección que nunca se alcanza del todo, pero que siempre nos llama.
 
 
 
El Viaje del Hermano Obsesión
 
Había una vez un hermano llamado Obsesión, de espíritu inquieto y paso ansioso, que anhelaba conocer al Hermano Paciencia, aquel que moraba en la ciudad del Sol, lejos de su propio Oriente. Dejó su Logia, cruzó montañas altas y valles profundos, invocando en cada jornada al Gran Arquitecto del Universo, suplicando que le concediera ver el rostro de quien, se decía, había aprendido a esperar.
 
Tras largas fatigas, halló por fin el Templo donde trabajaba aquel hermano. Llamó a la puerta con respeto profundo. Se abrió el postigo, y una voz áspera le respondió desde las sombras:
 
—¿Qué vienes a buscar? ¿Cómo osas interrumpir nuestros trabajos sagrados?
 
—He venido a conocer al Hermano Paciencia —dijo él.
 
El que vigilaba la puerta soltó una risa amarga:
 
—¿Atravesaste medio mundo por eso? No hay tal sabio; es un farsante, una trampa para quienes se extravían. ¡Vuelve a tu casa antes de que te pierdas tú también!
 
Obsesión sintió la tentación de irse. Pero pensó: “Estas palabras no son verdad. Solo buscan probar mi temple”. Y respondió con firmeza:
 
—La Luz no se apaga con un soplo. No me iré como polvo que el viento arrastra. Dime, ¿está aquí el Hermano Paciencia?
 
—Es hipócrita —insistió el guardián—. Un lastre para todos. Cuántos como tú han venido y han salido heridos por su culpa.
 
—Basta —dijo Obsesión—. Tú soplas para apagar la antorcha, pero solo te consumirás en tu propia sombra. La Verdad no depende de tu voz.
 
Siguió preguntando, y alguien le indicó: “Está dentro, presidiendo los trabajos”. Y entonces la duda sembró en su corazón: ¿Cómo puede convivir Paciencia con quien la difama? ¿Cómo lo noble y lo tosco comparten el mismo techo? ¿Acaso el alma y el ego no habitan juntos en un mismo cuerpo, aunque parezcan contrarios?
 
No juzgó. Se dijo: “Solo el Gran Arquitecto ve el interior de cada piedra”.
 
En ese momento salieron ambos: el Hermano Paciencia y el guardián, conversando con calma, como viejos conocidos. Lo saludaron con fraternidad. Paciencia sonrió y le dijo:
 
—Conozco tu viaje, tus dudas y tu asombro. Me preguntas cómo tolero sus palabras. Escucha: la primera lección de esta Logia es aprender a convivir con lo que no comprendemos de inmediato. No hay piedra que no tenga asperezas; nuestro oficio es pulirla, no desecharla. Aprender a soportar con amor la imperfección ajena es la verdadera obra masónica.
 
 
 
La Obra que Nunca Cesa
 
Esa enseñanza nos conduce a la ley más profunda de nuestra Orden: nadie llega a la perfección; todos nos acercamos a ella, paso a paso, grado tras grado. La naturaleza nos da el ser, pero deja en nuestras manos el terminarlo. Somos piedra bruta que nunca se da por pulida del todo.
 
La perfección absoluta es propiedad del Gran Arquitecto solamente. A nosotros nos corresponde la perfectibilidad: la voluntad de mejorar, de corregir, de crecer. Como dice el texto sagrado: “Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. No es orden de ser iguales a Él en un instante, sino de caminar hacia esa meta toda la vida.
 
La Masonería nos entrega las herramientas para ese viaje:
 
- El mazo y el cincel, para cortar lo que sobra en nosotros mismos
- La regla, para medir nuestros actos
- El nivel, para reconocer que ante la Luz todos somos iguales
 
No se perfecciona quien cree haber llegado, sino quien sigue trabajando. La diligencia —del latín diligere, cuidar— es la virtud madre: asistir, escuchar, estudiar, perseverar. No basta con estar presente; hay que traer el corazón dispuesto.
 
Y el aprendizaje no termina cuando se cierran las puertas del Templo. En el ágape, en la mesa compartida, en la palabra libre y respetuosa, también se trabaja. Allí, sin jerarquías ni condecoraciones, nos conocemos de verdad. Cada hermano es un libro en el que aprendemos a leer. La filantropía no es solo dar bienes materiales: es escuchar, comprender, tender la mano. Es reconocer que el otro también camina, y que todos necesitamos paciencia.Paciencia es Perfección
 
Y aquí se revela el secreto que une ambas partes: no hay perfección sin paciencia, ni paciencia que no nos lleve a ser mejores. El viaje del hermano Obsesión nos muestra que:
 
- Lo que nos parece obstáculo —la palabra áspera, la conducta ajena— es en realidad la prueba que nos enseña a tolerar, a comprender, a no juzgar.
- Convivir con la imperfección de los demás es la forma más alta de trabajar la propia.
- La meta no es llegar a ser perfectos solos, sino avanzar juntos.
 
El Templo no se construye con piedras todas iguales, sino con piedras distintas que, pulidas con amor, encajan entre sí. La paciencia es el cemento que las une
 
La Masonería es la escuela donde aprendemos que la obra no se termina nunca. Cada día es nuevo comienzo. Cada hermano, por difícil que parezca, es compañero de camino. La Luz que buscamos no está al final del camino: es el camino mismo. Y la paciencia con la que esperamos en los demás, y en nosotros mismos, es la manera más segura de acercarnos a aquella Perfección que el Gran Arquitecto proyecta para todos.
 
Que así sea tallado en el corazón de cada hermano. Que la escuadra enderece nuestros pasos, el compás marque el alcance de nuestra caridad, y la paciencia sostenga siempre nuestra marcha.
 
Alcoseri


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