El Verdadero Rostro del Francmasón y la Francmasona
Dicen los antiguos que la puerta del Templo no se abre con llave de hierro, sino con la llave de la voluntad purificada y la fe en el Principio Creador. Que no basta con cruzar el umbral para pertenecer a la Orden, ni con repetir palabras ni ejecutar gestos para ser reconocido como Hermano o Hermana. Muchos creen que la Masonería es una asociación humana más, regida por reglas y formalidades. Pero quienes han penetrado su esencia saben que es algo más profundo: una obra de transformación interior, lenta y silenciosa, que el ser humano emprende consigo mismo, bajo la mirada del Gran Arquitecto del Universo. Como señaló el sabio Albert Pike, la Masonería no es un sistema de creencias impuestas, sino un sistema de conducta fundada sobre la convicción de que existe una Inteligencia Suprema que ordena el universo. No se trata de lo que se dice, sino de lo que se es y a quién se debe.
El Misterio de la Pertenencia y la Fe
Se suele decir que el francmasón o la francmasona es aquel que, reuniendo todas las condiciones exigidas —entre ellas, la creencia en un Principio Supremo— y cumpliendo las formalidades necesarias, es admitido como miembro de la Fraternidad e inscrito en los registros de la Orden. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿es realmente así de sencillo? ¿Basta con una ceremonia y una firma para transformar la naturaleza del hombre o de la mujer?
La respuesta, guardada en el silencio de las Logias, es que esos pasos no son más que el comienzo. Y es necesario afirmarlo con claridad: la Masonería Regular exige, como condición indispensable e innegociable, que todo candidato, hombre o mujer, profese su creencia en el Gran Arquitecto del Universo, en Dios, en el Principio Creador y Conservador de todas las cosas. No se pide profesión de fe religiosa determinada, ni dogmas específicos, pero sí la convicción de que no todo es materia y azar. Quien no cree en una Inteligencia Superior, quien no reconoce una Ley Moral por encima de las leyes humanas, no puede ser masón ni masona regular: el Templo se sostiene sobre esa Piedra Angular, y sin ella nada se mantiene en pie.
Aunque los masones y las masonas están diseminados por toda la faz de la tierra en número incontable, se hallan unidos por lazos invisibles pero indisolubles: la solidaridad, el amor fraternal y la común fe en el Principio Creador. Por eso, entre sí se dan el nombre de Hermanos y Hermanas. En toda circunstancia deben amor mutuo; deben apoyarse, socorrerse y protegerse unos a otras, unas a otros, ayudándose moral y materialmente, incluso a riesgo de su propia vida si fuera necesario. El masón y la masona son, como se repite en los Templos, ciudadanos del Universo, hijos de una misma Luz y criaturas de un mismo Principio.
El Sello de la Verdadera Fraternidad
El ritual masónico define al masón y a la masona como hombres y mujeres íntegros y probos, eternos amantes de la belleza y de la verdad. Son hermanos y hermanas del rico y del pobre por igual. Son amigos de todo ser humano virtuoso, sin distinción de credo ni de género: al cristiano, al judío, al musulmán, al pagano o a cualquier otro ser humano que crea en el Bien y en un Ser Supremo, lo llamarán Hermano, la llamarán Hermana. La Masonería promueve la virtud, la seriedad y la honradez como características esenciales del iniciado y de la iniciada. Y aquí se revela uno de los secretos mejor guardados: no se reconoce al masón ni a la masona por los signos, ni por los toques, ni por el brillo de los grados o los cargos en la Logia. Se les reconoce por sus virtudes, por su integridad, por la luz que irradia su conducta y por la fe que los sostiene. A esto se suma la virtud más humilde y poderosa: la de ser un eterno aprendiz, consciente de que el camino nunca termina y de que la Sabiduría está siempre por encima de cuanto se ha alcanzado.
La Gran Obra Interior
Desde el momento en que el profano o la profana traspasan los umbrales del Templo, dejando atrás la indiferencia y la incredulidad, dejan de ser simples mundanos para iniciar un proceso formidable. Si no claudican, si perseveran, llegarán a ser Maestros y Maestras Masonas. Y entonces ocurre el milagro silencioso: dejan de ser prisioneros de los eternos errores. Se corrigen a sí mismos. Aprenden a no tropezar dos veces con la misma piedra. Ya no son esclavos de las preocupaciones, ni de los vicios, ni de las pasiones desbordadas que alimentan nuestras debilidades. Se convierten en factores de cambio positivo para todo cuanto les rodea. Son hijos e hijas de la Gran Luz, celosos y celosas adeptos de la Justicia, caballeros y damas consagrados a la defensa de la humanidad. Pero para defenderla, primero deben conocer a sus enemigos.
Los Tres Enemigos de la Luz
El masón y la masona saben que no combaten contra hombres, sino contra sombras que habitan en el corazón de los hombres y de las mujeres. Tres son los grandes enemigos: la ignorancia, la ambición desmedida y la hipocresía. Y de ellos nacen dos monstruos que han asolado la humanidad desde tiempos inmemoriales: la superstición y el fanatismo. El fanatismo —religioso y político— es el monstruo de mil cabezas: corta una, y nacen otras mil en su lugar. Siempre renaciente, siempre hambriento, esparce por doquier el veneno del odio y las llamas de la amargura que devoran a los pueblos y sumergen a las almas en tinieblas por generaciones enteras.
Contra estos monstruos, la razón iluminada por la fe es la única espada. La razón, que nace del conocimiento y se fortalece con la humildad y con la confianza en el Orden Supremo, es la clave para vencer la superstición y el fanatismo. El masón y la masona saben que tienen el deber de combatirlos sin descanso, sin permitirles crecer ni un instante, pues son el obstáculo principal del progreso humano. Toda su ciencia, toda su lógica, todas sus facultades y fuerzas, tanto del espíritu como del cuerpo, deben emplearse para resistir sus estragos. Quien no sienta dentro de sí esta llama de lucha y esta fe en un Principio Superior, no posee el espíritu de la Masonería, por más que lleve sus vestiduras.
La Prueba Final
Hay quienes pasan por las pruebas de la iniciación, pronuncian las palabras y reciben los grados, pero sin vencer sus propias pasiones ni sin reconocer jamás al Gran Arquitecto del Universo. Entran al sagrado Recinto, pero sin despojarse de sus debilidades ni sin elevar el espíritu hacia lo Eterno. Siguen siendo, en el fondo, profanos disfrazados con el augusto Mandil del iniciado. Porque la Masonería no se recibe: se construye, día tras día, lucha tras lucha, sobre las ruinas del propio ego, y siempre bajo la luz de Aquel que todo lo ve. Como dijo el gran pensador masón Albert Pike: "Lo que hacemos por nosotros muere con nosotros; lo que hacemos por los demás y por la humanidad permanece y es inmortal." Y todo ello se fundamenta en la fe: sin ella, nada perdura.
Comprende, pues, Hermano y Hermana, que no hay verdadera Masonería sin transformación interior y sin fe en el Gran Arquitecto del Universo. Que no basta con el rito, ni con el título, ni con el reconocimiento de los demás. Que no hay Logia Regular donde no se reconozca la existencia de un Principio Creador, ni donde se prescinda de la fe como cimiento de toda obra. La única Logia que jamás puede cerrarse es la que construyes dentro de ti mismo, y el único grado que realmente posees es el que has conquistado venciendo tus propios vicios y errores, siempre bajo la mirada del Eterno. Combate la ignorancia en ti y en el mundo. Sé luz donde hay oscuridad, equilibrio donde hay desorden, justicia donde hay abuso. Y recuerda siempre: el verdadero masón y la verdadera masona no son aquellos que han recibido la luz, sino aquellos que la hacen brillar para los demás, reconociendo que toda luz que emana de ellos es reflejo de la Luz Infinita del Gran Arquitecto del Universo. Que la Estrella Flamígera guíe siempre tus pasos y que el Gran Arquitecto del Universo ilumine tu obra.
— Alcoseri —
