Una Historia Inexplicable

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Alcoseri Vicente

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Mar 1, 2026, 2:38:53 PM (3 days ago) Mar 1
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Una Historia Inexplicable
En el Cerro de la Silla de Nuevo León México, esa montaña imponente que se alza como un trono natural en Monterrey, ahí se tejen leyendas ancestrales que susurran secretos olvidados, hoy el Cerro de la Silla  ha quedado rodeado de la ciudad o la mancha urbana, pero el misticismo de este lugar en lugar de decrecer con esto , aumenta en su misterio paranormal, como avistamientos de OVNIS una fauna única , y apariciones de espectros . Los antiguos coahuiltecos e indios rayados, nómadas que vagaban por sus cañones del Cerro de la Silla. Decían   que el cerro es la cabeza de una gran serpiente telúrica  formada por las sierras, y en sus veredas nocturnas se oyen chistidos extraños, voces de mujeres invisibles murmurando “aquí estoy” o llorando , o apariciones de brujas y nahuales que cambian de forma bajo la luna. Bolas de fuego danzan en las cumbres, y almas perdidas —como las dos niñas fantasma de la curva de La Pastora, víctimas de un horror indecible— rondan las sendas, buscando a quien ayudar si están perdidos. Hasta un niño espectral se manifiesta en noches sin luna, guiando o advirtiendo a los intrépidos que rondan las sendas del Cerro. Pero entre estos misterios, se oculta una verdad masónica profunda: cada uno de nosotros es un ser interdimensional en potencia  ,  y el constructor divino que moldea su realidad personal y circundante, no con manos mortales, sino con la voluntad despierta del espíritu.
Asi hace décadas más precisamente a la mitad de los años 50´s , en este mundo ruinoso pero lleno de potencial divino, un hombre llamado Artemio. Vivía como cualquier mortal en Monterrey: un trabajo monótono, una familia amorosa pero escéptica, y días que se desvanecían en la niebla de lo cotidiano. Parecía destinado a una vida ordinaria, como una piedra bruta sin cincelar. Pero una noche, mientras caminaba por una calle solitaria bajo la silueta ominosa del Cerro de la Silla, una brisa fría le erizó la piel. De la oscuridad surgió un hombre alto y moreno, envuelto en un manto que parecía tejido de estrellas antiguas. “Soy Hiram Abiff”, proclamó con voz resonante, “el arquitecto del Templo de Salomón, guardián de los secretos masónicos”. Sus ojos brillaban con una luz interior, como si contuvieran el plano eterno del universo.
Hiram le susurró a Artemio: “Mañana, al pie del Cerro de la Silla por el área de la punta de la loma (Parque Canoas), donde la serpiente mítica guarda sus secretos, una cueva se revelará. Entra en ella, y descubre que tú eres tu propio templo. Modificarás tu realidad, no con fuerza externa, sino reconociendo el poder divino que yace en ti”. Artemio, tembloroso y confundido, corrió a casa y contó el encuentro a su esposa e hijos. Ellos lo miraron con lástima: “Estás loco, papá. Eso son cuentos de nahuales y brujas que rondan el cerro”. Pero en su interior, Artemio sentía un llamado irresistible, como las visiones chamánicas que Carlos Castaneda describía en sus viajes con Don Juan Matus: un salto al nagual, el mundo espiritual oculto, donde la realidad ordinaria se disuelve y emerge el verdadero poder del guerrero interior.
Al amanecer, Artemio acudió al punto señalado, un cañón escondido donde el agua cristalina brotaba de rocas ancestrales, y las cascadas susurraban promesas olvidadas. Allí lo esperaba un anciano de barba blanca, sentado en una piedra como un chamán yaqui. Conversaron bajo el sol que filtraba rayos misteriosos, compartiendo tacos humeantes mientras el anciano hablaba de realidades no ordinarias, tal como Don Juan Matus enseñaba a Castaneda: “El mundo que ves es una ilusión del tonal, el lado físico. Pero en el nagual, despiertas tu intento, esa fuerza invisible que moldea todo. Tú eres el arquitecto de tu camino, y el cerro es un portal para ver con el corazón”. Artemio, educado pero escéptico, escuchaba fascinado, sin saber que el anciano era un masón local, un testigo enviado para guiar la prueba.
De pronto, Hiram Abiff reapareció, materializándose de la niebla como un nahual cambiando de forma. Señaló una grieta en la roca que se abrió como por arte de magia, revelando una cueva profunda, iluminada por bolas de fuego flotantes que danzaban en el aire. Artemio y el anciano penetraron en sus entrañas, donde el eco de chistidos paranormales resonaba como advertencias de espíritus guardianes. Allí, entre tesoros relucientes —oro antiguo, joyas que brillaban con luz sobrenatural— habitaban figuras etéreas: sombras de coahuiltecos  e indios rayados ancestrales, brujas con ojos de serpiente alicante y un niño espectral que observaba en silencio. Ofrecían riquezas terrenales, pero Hiram, a su lado, susurraba: “No aceptes. Esto es una prueba de temple. Recuerda las enseñanzas de Don Juan: el verdadero poder no está en el oro, sino en el intento puro que transforma la realidad. Tú eres el Gran Arquitecto; moldea tu mundo desde dentro, no desde lo externo”.
Artemio y el anciano resistieron, saliendo de la cueva con las manos vacías pero el alma llena. Desde entonces, Artemio mostró indicios inequívocos de iluminación: curaba enfermos con toques que evocaban el nagual sanador de Castaneda, adivinaba futuros como si viera a través de velos invisibles, hacía donativos generosos que cambiaban vidas, y su conocimiento de los misterios ocultos se profundizaba como un río subterráneo. Clérigos, científicos y curiosos lo visitaban: “¿De quién aprendiste esto?”. Él respondía con humildad: “No lo sé. Antes era como ustedes, atrapado en el tonal cotidiano. Pero ahora, despierto al nagual, veo que cada uno es un Dios en potencia. Modificamos nuestra realidad personal y la de quienes nos rodean con nuestro intento consciente, como Don Juan enseñaba: el guerrero espiritual construye su mundo con visión impecable”.
La gente acudía en multitudes a oír sus enseñanzas, contadas en forma de cuentos misteriosos que entretejían leyendas del cerro con verdades masónicas. “La realidad es una proyección de tu templo interior”, decía. “Como Hiram construyó el Templo de Salomón, tú construyes tu universo. No busques fuera; el GADU eres tú, manifestando luz en la oscuridad”. Pero su comportamiento seguía siendo inexplicable para muchos, un enigma que no arrojaba luz sobre sus dones, sino que invitaba a despertar.
Con el tiempo, biógrafos tejieron miles de historias maravillosas alrededor de Artemio, acordes con el apetito del oyente, pero siempre encaminadas a despertar la realidad espiritual invisible. Hoy, pocos hablan de él, del anciano masón, de la cueva paranormal en el Cerro de la Silla —donde accidentes fatales como los del viejo teleférico susurran tragedias olvidadas— o de Hiram Abiff, el maestro constructor del Templo de Dios en Jerusalén.
Por eso escribo esta historia verídica, la vida de mi Maestro cuando era joven. Yo también visité esa cueva, un rito de paso que enseña: no son las joyas, el oro ni el poder terrenal lo que nos mueve, sino el contacto directo con la divinidad interior. Artemio no se llamaba así; su verdadero nombre queda en el anonimato, como todo iniciado impersonal que entiende que el ego es ilusión. En sus palabras, inspiradas en Castaneda y Don Juan: “Somos guerreros del nagual, arquitectos divinos que moldean realidades. Despierta del poder de tu intento, y el mundo cambia para bien”.
Alcoseri 
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