La Historia De La Herramienta Masónica Que Fue Tomada Como Talismán Mágico

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Alcoseri Vicente

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Feb 12, 2026, 8:40:23 PM (2 days ago) Feb 12
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La Historia De La Herramienta Masónica Que Fue Tomada Como Talismán Mágico

Érase una vez un joven aprendiz llamado Mario Libreto, ardiente de ambición pero carente de paciencia. Anhelaba alcanzar el Grado 33 sin transpirar una sola gota en el taller, sin meditar en las columnas ni pulir su piedra bruta. En su impaciencia, encontró a un hermano desleal que, por un puñado de dólares, le vendió diplomas y títulos masónicos vacíos. Mario acumuló grados como quien colecciona medallas huecas, pero su corazón permanecía vacío. Al despedirse de su Madre Logia, confesó con amargura: “Poseo todos los grados, pero no siento la Luz. Iré en busca del legendario Francmasón Kadyr, aquel que, según dicen, transmite toda la sabiduría masónica en un instante”.
Un hermano mayor, con voz serena pero firme, le respondió: “Aún no has aprendido cómo aprender Masonería . El camino masónico no se recorre con prisas, sino con perseverancia”.
Mario ignoró el consejo y, atraído por la fama de Kadyr, se acercó a su Logia. Pero Kadyr como  venerable maestro, de inmediato  intuyendo la impaciencia del joven, le aconsejó con bondad: “Regresa a tu Madre Logia, recomienza desde el principio. La verdadera iluminación no se compra ni se roba; se forja día a día”.
Pero Mario, consumido por el deseo de atajos, se escondía cada noche junto a la ventana de la Logia, espiando las tenidas como un ladrón en la sombra. Una noche de luna llena, vio a Kadyr abrir un cofre antiguo y extraer una joya reluciente. La sostuvo sobre las cabezas de los hermanos y proclamó con voz grave: “Esta es la herramienta suprema de la Iluminación masónica, el instrumento que une a los hermanos en el cemento del amor fraternal”.
Mario, cegado por su interpretación profana, creyó ver un talismán mágico. “¡Ahí está el secreto del poder de Kadyr!”, pensó, palpitándole el corazón de codicia. Esa misma noche, cuando la Logia quedó en silencio, irrumpió en el templo y robó la joya.
En la soledad de su habitación, la colocó sobre su cabeza una y otra vez. Nada sucedió. Ni rayo de luz, ni secreto revelado, ni poder sobrenatural. Sólo frío metal. La decepción lo devoró como fuego lento.
Con el tiempo, Mario se convirtió en un astuto embaucador gracias a que decía poseía ese talismán sagrado. Fundó una orden secreta, se proclamó Gran Maestro Iluminado y atrajo a cientos de discípulos ansiosos de milagros fáciles. A su secta la llamó “La Orden del Talismán Sagrado”. Sabía que la joya no tenía poder real, pero la usaba como cebo: la colocaba sobre las cabezas de sus seguidores, y muchos, sugestionados por la ceremonia, juraban haber recibido iluminación instantánea. Mario sonreía en silencio, sabiendo que todo era ilusión.
Una noche, sólo en su despacho, sumido en la amargura de su vacío interior, apareció ante él el Francmasón Kadyr, sereno como siempre. “¡Hermano Mario!”, dijo con voz que resonaba como eco de templo antiguo. “Puedes robar un símbolo masónico, pero nunca podrás hacer que funcione sin el trabajo interior. Es como el ladrón que robó la cuchara de albañil: poseía la herramienta, pero no sabía construir. Se proclamó maestro, engañó a muchos, pero murió en la miseria, incapaz de levantar siquiera una pared”.
Mario, desafiante, replicó: “¡Yo tengo el talismán, y tú no!”.
Kadyr sonrió con tristeza: “Lo que tú llamas talismán es, en verdad, la cuchara de albañil, símbolo del amor fraternal que une lo disperso. En mis manos, transforma almas; en las tuyas, sólo engaña. Yo podría forjar mil más, porque su poder nace del corazón recto y del trabajo constante, no del objeto en sí”.
“¿Entonces por qué vienes, maestro?”, gritó Mario, entre rabia y miedo.
“Vengo a recordarte que, si no hubieras buscado atajos, hoy estarías preparado para recibir la verdadera Luz. La Masonería no se aprende en un instante; se vive”.
Mario, endurecido por su orgullo, rechazó el consejo y continuó su camino de engaño. Murió años después, pero su secta perduró. Sus discípulos, y los discípulos de sus discípulos, siguieron colocando “talismanes” sobre cabezas ajenas, convirtiendo el símbolo en dogma rígido. Con el tiempo, aquella orden se transformó en una gran religión mundial, llena de rituales externos, jerarquías inflexibles y verdades impuestas. Sus adeptos recorren las calles buscando conversos, convencidos de poseer la única verdad.
Nadie imaginaría que su origen fue un robo impulsivo y una confusión entre herramienta simbólica y amuleto mágico. Pero así ha sucedido muchas veces: de la Masonería han surgido sectas y religiones que toman la forma externa, pero pierden la esencia libertadora.
La Verdadera Masonería, sin embargo, permanece inalterable: abierta sólo a quienes estén dispuestos a trabajar con paciencia, a pulir su piedra bruta y a reconocer que ningún objeto externo otorga iluminación. Sólo el esfuerzo personal, guiado por la razón y la virtud, abre las puertas del templo interior.

Como podemos ver en la Francmasonería, las herramientas del oficio —escuadra, compás, regla, nivel, plomada, mazo, cincel y, entre ellas, la cuchara de albañil— no son objetos materiales dotados de poder mágico, sino símbolos profundos que invitan al iniciado a trabajar en su propio templo interior. Muchos profanos, e incluso algunos hermanos imprudentes, las confunden con talismanes o amuletos capaces de otorgar iluminación instantánea, sabiduría sobrenatural o autoridad espiritual sin esfuerzo personal. Esta confusión ha dado origen a innumerables desviaciones: sectas, órdenes pseudomasónicas y hasta religiones enteras que toman la forma externa del símbolo, pero ignoran su esencia transformadora. La verdadera Masonería rechaza tales ilusiones; sus herramientas sólo cobran vida en las manos de quien las emplea con paciencia, estudio y rectitud moral.
La Masonería, como sistema iniciático universal, ha influido en múltiples movimientos espirituales y religiosos a lo largo de la historia. Algunas religiones modernas —como el Mormonismo, fundado por Joseph Smith (masón regular), o ciertos aspectos de los Testigos de Jehová y otras denominaciones— incorporaron elementos rituales, simbólicos o jerárquicos de origen masónico. Albert G. Mackey, en su Enciclopedia de la Francmasonería, enfatiza que las herramientas como la cuchara de albañil simbolizan la difusión del cemento del amor fraternal, no un poder mágico externo. Christopher Hodapp, en obras contemporáneas, advierte contra la proliferación de “masonería espuria” que convierte símbolos en fetiches. Julius Evola, desde su perspectiva tradicionalista, critica la degeneración moderna de lo iniciático en meras formas externas carentes de auténtica trascendencia. Javier Otaola, por su parte, resalta la tolerancia masónica como antídoto contra el fanatismo.
¿Por qué la Masonería se interesa por combatir el dogmatismo? Porque su esencia es la libertad de conciencia, la búsqueda personal de la verdad y la rechazo a toda autoridad impuesta que coarte el pensamiento. El dogmatismo convierte el símbolo vivo en ídolo muerto, la alegoría en literalismo rígido, y la fraternidad en sectarismo. La Orden promueve la tolerancia religiosa precisamente para liberar al individuo de cadenas doctrinales, invitándolo a construir su propio templo interior mediante razón, virtud y trabajo constante. Así, evita que la luz masónica se pervierta en oscuridad fanática.

Alcoseri

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