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El Masónico Delta Luminoso El Ojo y el Secreto de la Luz El Delta luminoso —triángulo equilátero con un ojo en el centro— es un símbolo de lo más destacado en los templos masónicos, ubicado generalmente en Oriente, y representa la percepción interior, la sabiduría y la conciencia; su forma tiene orígenes simbólicos en la tradición griega y cabalista, asociada al nacimiento cósmico y la síntesis del universo. El triángulo simboliza el ternario: el tercer elemento que equilibra principios opuestos y complementarios, resolviendo conflictos y permitiendo el avance evolutivo. Esto se refleja en diversas tradiciones y mitos —como Osiris, Isis y Horus—, que se vinculan a cualidades fundamentales: Voluntad, Amor y Rigor, necesarias en el camino iniciático. La configuración geométrica del triángulo también posee significado numérico y espiritual, expresando la relación entre lo divino y lo terrenal, y la proyección de la luz hacia la humanidad. Asi, durante el ascenso al tercer grado, marcado por el mito de Hiram: la muerte simbólica del ser profano y su renacimiento como maestro masón, lo que implica un trabajo profundo sobre sí mismo, la lucha contra la ignorancia, el fanatismo y la ambición, y la búsqueda de la palabra perdida. El ojo del Delta se asocia además al corazón, centro del ser, asiento de la sabiduría y símbolo de conexión con lo divino, al igual que el sol. El símbolo nos recuerda la presencia permanente del Gran Arquitecto, que juzga acciones, pensamientos y palabras, e invita a practicar las virtudes masónicas —humanas y divinas—, a purificar el corazón y a cumplir el propósito de difundir la luz, buscar lo perdido y vivir bajo los principios de libertad, igualdad y fraternidad. Se dice que la palabra más usada en todo el mundo, en todos los idiomas, es «OK». Pero hay otro objeto que pasa de mano en mano más que cualquier otro , y es: el billete de un dólar estadounidense. Tomémoslo y observémoslo. En su anverso vemos el retrato de George Washington, masón y primer presidente de los Estados Unidos. Su mandil de venerable maestro masón fue bordado por la esposa del marqués de La Fayette, también masón y enviado por el rey de Francia para ayudar a los colonos. Hasta hoy, es tradición que cada presidente de los Estados Unidos, sea masón o no, preste juramento sobre la misma Biblia que se usaba en el templo masónico donde Washington ejercía como venerable. Fue él quien colocó la piedra angular del Capitolio en septiembre de 1793, una ceremonia considerada como uno de los momentos más importantes de la historia masónica de Norteamérica. Pero es en el reverso del billete de 1 Dólar donde encontramos el símbolo que nos reúne hoy: el Delta Luminoso, una imagen que viaja por todo el mundo, minuto a minuto, sin que muchos sepan su profundo significado. El símbolo de la trinidad y el infinito Para el ocultista y masón Oswald Wirth, el Delta Luminoso es una de las representaciones más poderosas de nuestra tradición masónica, y está compuesto por tres elementos inseparables: • Un triángulo equilátero, que simboliza la perfección, la unidad y la ley del tres —esa fuerza que une el principio, el medio y el fin, el cielo y la tierra, lo visible y lo invisible—. • En su centro, el Ojo: el ojo de la inteligencia, la conciencia o el principio creador. Es el punto matemático sin dimensiones, que está en todas partes y llena todo el universo. • Rayos que irradian hacia afuera, representando la expansión constante del ser y de la energía. • Un círculo de nubes que rodea todo, indicando que estas energías vuelven sobre sí mismas, se condensan y se transforman, pues todo lo que existe nace de infinitos focos de luz y vibración. Esta estructura refleja la ley de la tesis, la antítesis y la síntesis: afirmación, negación y solución; pensar bien, actuar bien y hablar bien. Y aquí entra también el pentagrama, esa estrella de cinco puntas que tantos malentienden. Como explican muchos expertos en ocultismo, el pentagrama complementa al Delta: si el tres representa la unidad divina y la trinidad, el cinco simboliza al ser humano completo, el microcosmos que refleja al macrocosmos. Cada punta corresponde a uno de los elementos —tierra, agua, fuego, aire—, y la punta superior, dirigida hacia el cielo, representa al espíritu que los gobierna a todos, elevando la materia hacia la luz. Cuando el Delta y el pentagrama se encuentran en el simbolismo esotérico masónico, nos dicen que la perfección divina no es algo lejano, sino algo que el ser humano puede alcanzar al equilibrar sus fuerzas internas y elevar su conciencia. En el cine, este símbolo cobró vida en la famosa película El hombre que quiso ser rey, basada en la obra de Rudyard Kipling, dirigida por John Huston. Allí, el Delta Luminoso ocupa un lugar central, mostrando cómo su poder trasciende fronteras y épocas. Tampoco es exclusivo de la masonería: nuestros hermanos de los Oficios también lo honran, y ven en él tres fuerzas esenciales: la voluntad que emprende, la belleza que embellece y la sabiduría que armoniza. En muchas representaciones, en lugar del ojo aparece el Tetragrámaton: las cuatro letras hebreas Yod, He, Vav, He, que forman el nombre sagrado de Dios, impronunciable y reservado antiguamente al sumo sacerdote, quien lo decía sólo una vez al año, en el lugar más sagrado del Templo de Jerusalén. Y en la unión entre este nombre divino y el pentagrama, vemos una conexión profunda: el nombre que contiene todo el universo, escrito sobre la figura que representa al ser humano perfecto, nos enseña que lo divino habita en lo humano y viceversa. Los múltiples rostros del ojo En nuestra tradición, el ojo del Delta tiene tres niveles de significado: • En el plano físico: es el Sol, fuente de luz y vida para todo lo creado. • En el plano intermedio o astral: es el Verbo, la Palabra creadora que da forma a todas las cosas. • En el plano espiritual: es el Gran Arquitecto del Universo, la inteligencia suprema que todo lo ordena y todo lo conoce. Este ojo, único y sin párpados, es el símbolo de la sabiduría divina. Al estar dentro de un triángulo, es una imagen que une la masonería con el cristianismo, ya que representa la vigilancia eterna de Dios sobre la creación. Pero hay otros ojos en la mitología que nos ayudan a entender su verdadero sentido: • El ojo único del Cíclope representa un estado inferior, una conciencia aún no despierta, limitada y sin capacidad de ver más allá de lo inmediato. • Los cien ojos de Argos, dispersos por todo el cuerpo y que nunca se cierran todos a la vez, simbolizan a quienes están tan absorbidos por el mundo exterior que pierden la capacidad de mirar hacia adentro: su vigilancia es sólo hacia afuera, y su visión nunca llega a su propio ser. El pentagrama, por el contrario, nos enseña a equilibrar ambas miradas. Como señalan los expertos en ocultismo, la punta superior, que representa al espíritu, nos invita a mirar hacia lo alto, hacia la verdad eterna, mientras que las otras puntas nos conectan con el mundo y con nosotros mismos. Así, el ser humano puede llegar a tener esa misma visión de conjunto que tiene el Ojo del Delta: ver todo, conocer todo, pero desde la sabiduría y el equilibrio. El ojo en las tradiciones del mundo Como el ojo ocupa un lugar tan central en nuestro símbolo, vale la pena mirar cómo ha sido entendido en otras culturas, donde también se le asocia a la ley del tres o a la perfección. La visión espiritual En muchas tradiciones se distinguen tres tipos de mirada: 1. El ojo físico, que recibe la luz del mundo visible. 2. El ojo frontal, el famoso «tercer ojo» de Shiva en la tradición hindú, capaz de ver la realidad espiritual y destruir la ignorancia. 3. El ojo del corazón, que recibe la luz más pura, la que no viene de fuera sino de dentro. Para Platón y san Clemente de Alejandría, el ojo del alma es único y no se mueve: no ve cosas separadas, sino la verdad en su totalidad. La misma idea aparece en Plotino, san Pablo y san Agustín. En la espiritualidad musulmana se habla del ayn al-qalb, el ojo del corazón, y los sufíes, como Al-Hallaj, enseñaban que sólo a través de él se puede llegar a conocer a Dios y a uno mismo. El mal de ojo: la mirada que daña Pero la mirada también puede ser peligrosa. En gran parte del mundo islámico y en muchas otras culturas, se habla del mal de ojo: una fuerza negativa que nace de la envidia, el deseo o la mala intención, capaz de causar daño, enfermedades o incluso la muerte. Se dice que es responsable de la mitad de las desgracias de la humanidad, que vacía las casas y llena las tumbas. Se cree que las mujeres mayores y las novias jóvenes tienen miradas especialmente poderosas, y que los niños pequeños, las mujeres que acaban de dar a luz, los caballos, los perros, la leche y el trigo son los más vulnerables a su influencia. Sin embargo, siempre hubo formas de protegerse. Se usan dibujos geométricos —entre ellos el pentagrama, que actúa como escudo—, objetos brillantes que desvían la mirada, humos perfumados, hierros calientes, sal, alumbre, cuernos, la media luna y la mano de Fátima. La herradura también es un talismán muy poderoso: combina la forma del cuerno y la media luna, la fuerza del hierro y la asociación con el caballo, animal sagrado desde tiempos antiguos. El pentagrama, en particular, es considerado uno de los amuletos más antiguos y efectivos: al equilibrar las energías de los elementos y el espíritu, crea un campo de fuerza que repele cualquier influencia negativa y protege la integridad del ser. El ojo sagrado de Egipto En el antiguo Egipto, el ojo más venerado era el Udyat, el ojo maquillado de Horus, que aparece en casi todas las obras de arte y amuletos. Era considerado una fuente de energía mágica, capaz de purificar, sanar y proteger. Los egipcios se maravillaban con la mancha que hay debajo del ojo del halcón —ave asociada a Horus—, un ojo que parece verlo todo. Alrededor de este símbolo se desarrolló toda una doctrina sobre la fertilidad universal y la protección divina. Por otro lado, el dios Sol, Ra, tenía un ojo ardiente que simbolizaba el fuego divino y la naturaleza creadora; se lo representaba a menudo como una cobra erguida con la mirada fija y poderosa. En los sarcófagos egipcios se pintaban dos ojos, para que el difunto pudiera seguir viendo el mundo aunque ya no estuviera en él. Para nosotros, los masones, el ojo del Delta es como el ojo en la cumbre del templo: marca la puerta estrecha que se abre en el cenit del universo, hacia lo desconocido y eterno. Como dice el principio hermético: «Lo que está arriba es como lo que está abajo». El camino del aprendiz, que empieza por cruzar la primera puerta del templo azul, termina en la puerta de la Camara de en medio del maestro, que conduce hacia la luz suprema. Y el pentagrama nos acompaña en todo este recorrido: nos recuerda que para llegar a lo alto, debemos ordenar nuestras fuerzas, purificar nuestra mirada y aprender a ver con los ojos del alma. Quiero agregar que estos símbolos no son sólo imágenes bellas o antiguas: son herramientas para transformar nuestra forma de ver el mundo y a nosotros mismos. El Delta Luminoso nos dice que hay una inteligencia que todo lo abarca, y que esa misma inteligencia está también dentro de nosotros. El pentagrama nos enseña que somos un universo pequeño, y que podemos armonizar nuestras partes para reflejar la perfección del Todo. El ojo, finalmente, nos invita a dejar de mirar sólo lo que está fuera, para empezar a mirar lo que está dentro: porque la verdadera luz no viene de afuera, sino de despertar esa visión espiritual que llevamos en el corazón. Alcoseri