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La Reactivación de la Masonería en el Siglo XXI
Eran los años 80´s, cuando la masonería atravesaba graves dificultades: luchas de egos, falta de adaptación a los cambios sociales, conservadurismo, ausencia de verdadera transmisión iniciática, manipulación de las Liturgias y de los rituales y un creciente desinterés por la Verdadera Masonería tanto de los masones como de los profanos interesados en iniciarse. En realidad, la Orden había perdido su propósito, tanto en el ámbito social como en el espiritual iniciático. En las logias se respiraba aburrimiento. Pocos eran conscientes de la gravedad de la situación. Sin exagerar, podía decirse que estábamos asistiendo a la lenta agonía de la masonería como orden iniciática. El materialismo había ganado casi la partida: todo se convertía en mercancía, incluso la propia Orden. Un ejemplo claro: cada vez más ateos decían creer en un Ser Supremo , solamente para poder ser admitidos en la Orden. Los masones confundían su egoísmo con la fraternidad, no respetaban la palabra dada y, lo más grave, habían dejado de tallar su propia piedra bruta, creyéndose ya grandes iniciados. Esta situación dejó indiferentes a algunos masones dispersos por el mundo que, al percibir el declive, sabían que era necesario reaccionar. Los más instruidos en esoterismo masónico no se sorprendían del todo, pues conocían que la humanidad se encontraba en el ciclo de la Edad de Hierro. Según la Tradición Primordial, al final de este ciclo la masonería dejaría de tener sentido y, en un nuevo ciclo, la humanidad renacería de sus cenizas con una forma distinta de conocimiento espiritual. Pero eso era cuestión de tiempo: no del tiempo humano, sino del tiempo iniciático. Los iniciados de todos modos tenían un deber supremo: preservar las huellas de lo que estaba por desaparecer. Había que salvaguardar lo indestructible y transmitir a las generaciones futuras el recuerdo de ese saber iniciático, para que la cadena de transmisión no se interrumpiera. Sin embargo, muy pocos en las logias eran conscientes del verdadero secreto masónico y de su importancia vital para el futuro de la humanidad. En cuanto a los Maestros Masones , eran pocos los que conocían realmente el sentido y los deberes de su grado, aunque todo estaba explicado en el catecismo masónico. Se tejieron lazos entre los Grandes Logias, especialmente con aquellos hermanos plenamente conscientes de la situación y de lo que había que hacer. Sin necesidad de ponerse de acuerdo previamente, las Grandes Logias y Gran des Orientes, y de distintos ritos acogieron con entusiasmo la propuesta de reunirse para tomar una decisión perdurable. Se encontraron en Estrasburgo, en la cripta de la catedral, un día sin visitantes, precisamente cuando el rayo verde (como mencionaba nuestro hermano Goethe) ilumina el coro del altar. Los doce masones prestaron juramento sobre el compás, la escuadra y la llana. Luego, siguiendo el rito apropiado, abrieron los trabajos al canto del gallo, en la más negra de los valles: la de Josafat. Retomando la tradición de los constructores, trazaron el esbozo de su futura acción, siempre con la urgencia de sustraer al mundo materialista la llama del Espíritu y de lo Divino. Decidieron reunirse con frecuencia, pero también, en sus respectivos capítulos, poner a buen resguardo los documentos y rituales. Era urgente, porque en Librerías Profanas ya se podían adquirir liturgias y objetos masónicos sin control. El último gran conclave tuvo lugar en una región cargada de historia: la Champaña, tierra de las grandes ferias medievales donde toda Europa se reunía para comerciar e intercambiar ideas; tierra también de la coronación de los reyes y cuna de la Orden de los Templarios. Fue en el bosque de Oriente, en una casa forestal alejada de los caminos turísticos, donde los doce Maestros Masones trazaron los planes de trabajo venidero. Discutieron qué convenía preservar con especial cuidado. Para los rituales, acordaron conservar sólo aquellos más cercanos a la Tradición, con el fin de garantizar la pureza del Rito. Lo mismo decidieron con los decorados masónicos. Nunca se había visto a un operario sin espada. Sin exagerar, puede decirse que fue una verdadera operación alquímica. También se precisó que el propósito de la masonería no es sustituir al mundo profano, sino dejarle a César lo que es de César. En el mundo nuevo del siglo XXi, la defensa de la laicidad ya no sería el único objetivo. Cada cual tendría su tarea en el gran taller. Los trabajos duraron toda la noche. Lo más importante aún estaba por hacer: el ritual del Verbo Creador, un ritual desconocido para la mayoría de los masones, hombres o mujeres. Ese ritual permite, en la Tierra, realizar una obra divina en la línea creadora del Génesis. ¿Cómo protegerlo de la locura de los hombres? ¿Cómo usarlo en armonía con la Tierra? ¿A quién confiarlo para que actúe con sabiduría? Decidieron que la admisión al Verbo Creador quedaría reservada a verdaderos iniciados con un recorrido iniciático irreprochable. Fue una sabia precaución, pues pocos masones pueden pretender esa perfección. Tres hermanos, cuyas cualidades estaban fuera de duda, fueron instalados en esa función, con la misión de transmitir este ritual secreto sólo a masones dignos cuando llegara el momento. Los nueve masones restantes se encargarían de custodiar los rituales y encontraron que la mejor protección era utilizar los bancos de la finanza. ¡Qué paradoja: poner a salvo textos sagrados en el antro del materialismo! Se eligió Luxemburgo, casi en el centro de Europa. Lo dicho, se hizo. Al amanecer, los doce maestros masones se despidieron y regresaron, hacia los cuatro puntos cardinales, a sus respectivos talleres. Eran conscientes de que el taller estaba casi perfecto. Juraron mantenerse en contacto regular y reunirse cuatro veces al año, en los equinoccios y solsticios. Algunos años después ya en los años 90´s… El Oriente Eterno acogió a varios de estos maestros masones . En el día del solsticio de Invierno, en la cripta de la catedral de Bayeux, después del cierre del edificio, unos Caballeros se preparaban para recibir en su seno a masones dignos de servir al Orden Iniciático. Fueron nombrados Masones Protectores tras una ceremonia que duró tres noches, interrumpiéndose de día pero continuando en una logia de la región con ejercicios de meditación e invocación. El día de Navidad, en una sala del monasterio del Mont Saint Michel, los nuevos Masones fueron definitivamente consagrados, investidos de todos los deberes necesarios para conservar la Iniciación Masónica y transmitirla cuando llegara el momento. Los eslabones de la cadena eran ahora sólidos. Mientras tanto, la masonería se había convertido en una cáscara vacía, perdida en mezquindades que terminaron por cansar a los masones más perseverantes. Como la bella durmiente del bosque, se iba quedando dormida, pero sin esperanza de que llegara el príncipe encantado. Con el siglo XXI llegó la Internet y la Masonería cobró de nuevo vida y vigor , los 12 maestros masones de alguna forma habían influido en la reactivación de la masonería. Esta historia, que parece una fábula apocalíptica , toca una verdad profunda: las instituciones, incluso las iniciáticas, pueden perder su alma cuando se dejan arrastrar por el materialismo, el ego y la rutina. Algún masón alguna vez en Logia advertía que cuando una tradición pierde su dimensión espiritual y se vuelve mera forma externa, entra en decadencia y sólo queda preservar su esencia para un futuro ciclo. Otro masón insistiría en que la verdadera masonería vive en el corazón de quienes la practican con sinceridad, no en los títulos, grados, ni en las estructuras. La masonería no muere por falta de miembros, sino por falta de alma. Cuando los rituales se convierten en teatro vacío y los grados en premios de consolación, la luz se apaga. Sin embargo, como enseña la Tradición, nada se pierde verdaderamente: lo esencial se guarda en silencio, en pequeñas logias libres o en corazones despiertos, esperando el momento de renacer. Este relato simboliza esa sabiduría antigua: preservar la llama en la oscuridad para que, cuando el ciclo cambie, la luz pueda volver a brillar con fuerza. No se trata de salvar la institución, sino de custodiar el fuego iniciático para las generaciones que vendrán. Cuando una tradición o institución parece morir, los sabios no se lamentan: preservan la esencia en silencio y la siembran en nuevos terrenos. La masonería puede perder su forma visible, pero su semilla —el fuego iniciático— nunca se extingue. Sólo espera el momento y el terreno adecuado para volver a crecer. Alcoseri