El Venerable Maestro y la Muerte Érase una vez, en una logia situada entre el cielo y el mar, un Venerable Maestro anciano que se hacía profundas preguntas sobre el Oriente Eterno. Durante la última tenida, un hermano había presentado una plancha sob

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Goetia

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Apr 2, 2026, 8:01:49 PMApr 2
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El Venerable Maestro y la Muerte
Érase una vez, en una logia situada entre el cielo y el mar, un Venerable Maestro anciano que se hacía profundas preguntas sobre el Oriente Eterno.
Durante la última tenida, un hermano había presentado una plancha sobre este tema que despertó numerosas interrogantes entre los hermanos. En todas las obediencias y logias, cuando surge la ocasión, se habla del Oriente Eterno, pero pocas veces se da verdadero sentido a estas dos palabras. Se olvida que “Oriente” alude al espacio y “Eterno” al tiempo… o mejor dicho, a la ausencia de tiempo. Esto significa que la muerte no es la disolución del cuerpo físico en un vacío sin fin y, sobre todo, sin esperanza. Una idea que dejaría la vida humana y terrenal sin ningún sentido, una absurdidad digna de ciertas teorías filosóficas modernas.
Por una vez, aquella plancha salía de los caminos trillados y abordaba un tema metafísico sobre el sentido de nuestra existencia.
Nuestro Venerable Maestro era un hombre excepcional. Al borde del Oriente Eterno, reflexionaba sobre su vida pasada. Con cierta lucidez, pensaba que había nacido bajo una buena estrella. Había venido al mundo en un hospital del centro de una gran ciudad. Gracias a sus padres, cursó sus “estudios académicos” en esa misma ciudad donde había nacido. Por los avatares de su vida activa, vivió después en el sur de México, luego en el norte de  México y, finalmente, se disponía a terminar su existencia terrenal lejos de donde había nacido. La providencia lo había acompañado: nunca le faltó el dinero, y cada vez que los reveses de la vida vaciaban sus ahorros, llegaban inesperadamente nuevas entradas que llegaban justo a tiempo. Se consideraba bendecido por los dioses.
Aquel viernes de tenida, la plancha del hermano había abierto un cuestionamiento sin respuestas satisfactorias. Para los ateos, la vida no era más que una formidable fábrica química regida por intercambios entre vida y muerte, sin un plan preciso y, sobre todo, sin esperanza ni propósito, sometida únicamente a la ley del azar. Sin embargo, como debe saber todo iniciado masón, el azar obedece a leyes muy difíciles de comprender para el ser humano.
Durante años, nuestro Venerable Maestro había mantenido conversaciones profundas con un matrimonio cristiano muy instruido en la vida religiosa, pero lejos del integrismo. El marido había militado en su juventud en el Partido Comunista Mexicano. No eran conversaciones de salón: se trataba de un verdadero intercambio sobre el hombre, su lugar en el universo y el sentido de la existencia.
Una tarde, la conversación giró en torno a la muerte. Nuestro Venerable Maestro pensaba que, una vez descompuesto el cuerpo físico, no quedaba nada de una vida; incluso el recuerdo terminaba por desvanecerse con el tiempo. Esto planteaba preguntas sin respuesta: ¿para qué sirven entonces la moral, el civismo y la generosidad? ¿No sería mejor vivir como egoístas, como ermitaños, disfrutando de la vida aunque sea a costa de los demás? ¿Nada? ¿El vacío? ¿El nihilismo? ¿El Anarquismo?
Al regresar a casa de sus amigos cristianos, llevaba una sola pregunta en la mente: “¿Qué hay después de la muerte?”. Su amiga cristiana le respondió con otra pregunta: “¿Crees que Dios —o para ti, el Gran Arquitecto del Universo — podría suprimir definitivamente su Creación y a sus criaturas? Si lo hiciera, se destruiría a sí mismo y pondría en duda, no su existencia, sino su omnipotencia, descendiendo al mundo terrenal y sometiéndose a las leyes de la entropía. Además, en tu mundo masónico, en la leyenda de Hiram, el postulante renace, así como el profano que solicita su entrada en la masonería. Recuerda esa bella fórmula: ‘Lo que está arriba es como lo que está abajo’. Ustedes los masones hablan del Oriente Eterno y se burlan de los cristianos y de nuestro Paraíso. En ambos casos significa que la muerte no es la negación de las criaturas que somos. Para mí, la muerte es sólo  un paso hacia otro mundo difícil de precisar, pero al menos nuestra fe da sentido a nuestra vida. ¿Tú, como masón, no serías nihilista? Hablas del Gran Arquitecto, pero olvidas que la función y el oficio de un arquitecto es hacer planos para el futuro. En realidad, piensas que tu vida no tiene sentido. Si fueras sincero contigo mismo, deberías considerarte un animal que obedece únicamente a sus instintos. Y nota que muchos hombres se comportan hoy peor que los animales”.
El Venerable Maestro no respondió a esos argumentos de sentido común. Su interlocutora, al notar que estaba reflexionando, le lanzó otra idea: “Ustedes los masones, al negar a Dios y el Paraíso, han fabricado filosofías que pretenden instalar un paraíso en la Tierra… olvidando el sentido de lo sagrado y el respeto por la vida en todas sus formas”.
Al ver la perplejidad de su amigo masón, la anfitriona le propuso hacer una merienda y tomar un buen café.
Aquella tarde terminó así. Nuestro Venerable Maestro acordó volver la semana siguiente. Durante esos días, buscó en sus libros si los autores masónicos podían ofrecer explicaciones útiles sobre el Oriente Eterno. La investigación no fue exitosa . Le pareció que el tema no interesaba demasiado a los simbolistas y exégetas masónicos, ningún masón detallaba qué era en realidad el Eterno Oriente, y lo dejaban a criterio de cada masón el definirlo o tratar de definirlo . Y sin embargo, en el pasado, grandes civilizaciones habían integrado la muerte en su sistema sociocultural —como el Libro de los Muertos egipcio o tibetano— sin caer en la depresión. Al contrario, la arqueología, al exhumar los restos de antiguas civilizaciones, nos muestra que eran tan evolucionadas como la nuestra.
En aquella tarde de primavera, nuestro Venerable Maestro volvió a casa de sus amigos católicos. Después de los saludos habituales, la conversación retomó el mismo tema: la vida y la muerte.
Su amiga católica abrió el debate: “La masonería, al suprimir la inmortalidad del alma, creo que ya no tiene nada sagrado a los ojos de los masones. Y para usar su terminología, se han quedado en el mundo binario: bien o mal, verdadero o falso. De este modo, ya no hay trascendencia para escapar a la condición humana ni para responder a las preguntas fundamentales que el ser humano se plantea. No creas que mi fe religiosa me impide reflexionar o cuestionarme sobre el sentido de la vida. No soy un zombie. Pero creo que lo religioso me da la fuerza para comprender mejor mi lugar en la Tierra. Sé que vivo para algo más grande que yo, que en mi paso por este mundo tengo una tarea que cumplir, y que según cómo mejore mi personalidad, mi paso por la Tierra será, al llegar la muerte, mi recompensa al reunirme con el Señor. Mi querido amigo, es un poco como tú cuando tallas la Piedra Bruta: quieres mejorar, pero ¿para qué? ¿Cuál es tu finalidad? Tenemos puntos en común, pero después nuestros caminos se separan. Para mí, la muerte será una alegría al reencontrarme con Dios Padre, o para usar tu lenguaje, dejar la dualidad y finalmente recuperar la Unidad, pero con plena conciencia…”.
“Nada se pierde, todo se transforma”. Nuestro Venerable Maestro pensó en el grano de trigo que se convierte en espiga y produce muchas semillas. El Oriente Eterno no sería más que otra puerta baja que hay que cruzar. La muerte no sería un final definitivo, sino el comienzo de otra aventura en un mundo desconocido…
Más tarde, la muerte reclamó su tributo en el matrimonio amigo de nuestro Venerable Maestro. En lugar de lamentarse, la esposa restante le dijo: “¿Ves? Ahora sé que él está feliz, junto al Señor”.
Desde entonces, nuestro masón integró en su pensamiento el vacío, la nada, el tiempo, la eternidad y lo que viene después de la vida.
La muerte no es un muro, sino una puerta. La masonería, al hablar del Oriente Eterno, no niega la trascendencia: la interioriza. Nos invita a vivir cada día como si ya estuviéramos preparando ese tránsito, tallando nuestra piedra bruta para que, cuando llegue el momento, podamos cruzar esa puerta con la cabeza en alto y el corazón en paz.
Ouspensky y Gurdjieff nos recordarían que la mayor parte de los seres humanos viven “dormidos”, identificados con su personalidad mecánica. Sólo  quien despierta conscientemente —quien observa sus “yoes” múltiples y construye un “Yo Real”— puede enfrentar la muerte sin terror, porque ya ha muerto simbólicamente muchas veces a sus ilusiones y a su ego. La muerte física sería entonces sólo  la última muerte necesaria para nacer a un nivel superior de conciencia.
Carlos Castaneda, a través de Don Juan, nos enseñaría que el guerrero espiritual vive “con la muerte como consejera”: sabiendo que cada acto puede ser el último, vive con intensidad y desapego. No posterga, no se lamenta, no acumula. La muerte no es enemiga, sino la que nos obliga a vivir con plenitud y presencia. En masonería, tallar la Piedra Bruta es precisamente eso: vivir con la conciencia de que el tiempo es limitado, para que cada golpe de cincel cuente.
La verdadera sabiduría masónica frente a la muerte no es negar la trascendencia ni aferrarse a dogmas. Es vivir de tal manera que, cuando llegue el momento de cruzar al Oriente Eterno, podamos decir con serenidad: “He hecho lo que vine a hacer. He pulido mi piedra lo mejor que pude”.
Cuento de Nasrudin
Un día, Nasrudin estaba sentado a la puerta de su casa cuando pasó un vecino muy preocupado.
—Nasrudin, ¿qué harás cuando te mueras? —le preguntó.
Nasrudin respondió tranquilamente:
—Haré lo mismo que cuando estoy vivo: intentaré no morirme de aburrimiento.
El vecino se quedó perplejo.
—Pero… ¿y si hay un juicio final? ¿Y si te preguntan qué hiciste con tu vida?
Nasrudin sonrió y dijo:
—Les diré: “Señor, viví lo mejor que pude. Reí cuando había que reír, lloré cuando había que llorar, ayudé cuando pude y no hice daño a propósito. Si eso no basta, entonces ni siquiera Tú sabes qué hacer con una vida”.
Moraleja:
No sabemos con certeza qué hay después de la muerte, pero sí sabemos qué podemos hacer con la vida mientras la tenemos. El verdadero Oriente Eterno comienza aquí: vivir con conciencia, amor y responsabilidad, para que cuando llegue el momento final, no tengamos que lamentar lo que no hicimos.
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