La prueba de este vínculo descansa en la figura de Don José Eusebio Gallo y Pardiñas. Aunque sus botas probablemente nunca pisaron el polvo de Cerralvo, su título retumbaba con autoridad en los despachos de los escribanos de Monterrey: Castellano de la Real Fuerza de Acapulco. Este hombre no era un simple terrateniente; era el guardián de la Puerta de América, el comandante del fuerte que protegía la llegada de la legendaria Nao de China (el Galeón de Manila).
Mientras Don José Eusebio defendía en Acapulco los tesoros de seda y especias, en el Nuevo Reino de León poseía el vasto agostadero de "San José de los Palmitos". El 11 de febrero de 1757, cuando su apoderado vendió estas tierras al labrador Ignacio García de Ávila por 4,000 pesos, se cerró un círculo fascinante: el dinero generado o protegido en el comercio con Asia se transformaba en ganado y pastizales en el norte de México.
Pero la conexión no era solo financiera, también era tangible en la vida cotidiana. Los mismos protocolos que registraban la venta de tierras, inventariaban en las alacenas de las casas regias objetos exóticos descritos como "de china" (porcelana asiática). Esas frágiles tazas, que habían sobrevivido a la travesía del Pacífico y al largo camino de herradura desde Acapulco, terminaban sirviendo chocolate en las haciendas de la frontera.
Así, la narrativa que emerge de los archivos nos muestra un Nuevo Reino de León globalizado: donde un rancho en Cerralvo pertenecía al comandante del Galeón de Manila, y donde los vecinos, entre sus bienes más preciados, guardaban pedazos de Oriente traídos por esa misma ruta.
Fuente:
Protocolos_V_2_1 (1).pdf (Volumen 15, Expediente 1, Folio 246, Número 114).