Miguel no era un hombre cualquiera; era hijo de dos figuras centrales de la frontera novohispana: el impetuoso Capitán Alberto del Canto (fundador de Saltillo) y doña Estefanía de Montemayor. Sin embargo, en su testamento, Miguel subrayó con orgullo un servicio que marcó su identidad: a la temprana edad de ocho años, entró a estas tierras junto a su abuelo, el ilustre Diego de Montemayor, para la "población y pacificación" del Nuevo Reino de León.
Había pasado toda su vida, sin salir de la región, sirviendo a Su Majestad en la conquista. Consciente de que la Corona solía ser lenta en sus pagos, Miguel transfirió formalmente el mérito de sus servicios y las recompensas prometidas por las Reales Cédulas a sus hijos, esperando que el Rey remunerara en ellos lo que él ya no vería.
A pesar de su estatus, Miguel pidió ser amortajado con el hábito de San Francisco, un gesto de humildad común entre los hombres poderosos de la época. Solicitó ser enterrado en la iglesia parroquial de Monterrey, en una sepultura que ya tenía señalada y de la que poseía títulos de propiedad. Su testamento detalla una profunda preocupación por el más allá: mandó decir 25 misas en la parroquial y 25 en el convento de San Francisco, además de misas por las almas de su abuelo y su suegro, el Capitán Diego Rodríguez.
El inventario de sus bienes revela la vida de un hacendado rico pero trabajador. Su propiedad principal, la Hacienda de los Nogales, contaba con una casa, 78 bueyes para la labranza y miles de cabezas de ganado. Sus tierras se extendían desde el Carrizalejo y el Potrerillo hasta el Río de Mederos y el puesto de San Salvador.
En el interior de su casa se mezclaba lo rústico con lo refinado: herramientas de minas (fuelles y martillos) convivían con seis platillos y un salero de plata. Su guardarropa también hablaba de su rango: poseía un vestido de paño pardo "muy bien obrado" con botones de oro y seda, y armadores de raso con puntas de diamante. Para la guerra y el honor, conservaba un arcabuz de rastrillo, una espada, una daga plateada y una silla jineta con caparazón azul.
Miguel estaba casado con Mónica Rodríguez, hija del que fuera justicia mayor del reino por doce años. Juntos formaron una numerosa familia: Diego, Margarita, Petrona, María Francisco, Domingo, José, Bernarda y Mateo. Al momento de dictar el testamento, doña Mónica estaba nuevamente embarazada.
Fiel a la realidad social de la época, Miguel reconoció también a sus hijas nacidas fuera de matrimonio: María y Juana, asegurando para esta última una manda de 50 pesos. En un acto de caridad final, dejó otros 50 pesos para socorrer a una "doncella pobre".
Incluso en su lecho de muerte, Miguel ajustó cuentas pendientes. Admitió deber azúcar, chocolate y sal a Luis de Morales, y reconoció que el mismísimo Gobernador Don Martín de Zavala le debía la considerable suma de 3,000 pesos. En un gesto de generosidad hacia la institución que lo acogería, perdonó una deuda de 200 pesos a la iglesia parroquial, reconociendo la "pobreza" del templo local.
Con la firma de testigos como Francisco de Treviño y Pedro Romero, el testamento quedó sellado. El Capitán Miguel de Montemayor cerró así un capítulo de la historia regiomontana, dejando sus tierras, sus deudas y su linaje como cimientos de la futura metrópoli.
Archivo Municipal de Monterrey
Fondo: Ciudad Metropolitana de Monterrey (segunda época)
Sección: Testamentos y Herencias
Serie: Testamentos
Título: Testamento del Capitán Miguel de Montemayor
Ubicación: Hacienda de los Nogales, Jurisdicción de Monterrey
Fecha: 11 de octubre de 1643
Referencia: Protocolos, Volumen 5, Expediente 16, Folio 3 (Fisicamente localizado en Ramo Civil).