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Lo
que se conoce de los primeros años de la vida de Jesús (la paz sea con
él) es muy poco. La Virgen María lo alumbró en Palestina y todos los
musulmanes lo respetan y creen con fe devota que es uno de los más
grandes profetas de Dios, en el Corán se encuentran varias aleyas que lo
distinguen como tal. Sus enseñanzas se fundan sobre la fe en Al-lah Él
Único, sin par e igual, y sobre el amor a la humanidad. Obró milagros,
mas nunca los atribuyó a sí mismo sino a Dios[1].
Así,
en Juan 5:30,
afirma: “No puedo yo de mí mismo hacer cosa alguna”, y en
Lucas 11:20: “Pero si yo con el dedo de Dios expulso demonios…”. Antes de obrar el Mesías invocaba al Creador del cielo y de la tierra, como en aquel episodio de la resurrección de Lázaro: “Jesúslevantando los ojos al cielo dijo: ¡Padre!, gracias te doy porque me has oído. Bien es verdad que yo ya sabía que siempre me oyes; mas lo he dicho por razón de este pueblo que está alrededor de mi, con el fin de que crean que tú eres el que me has enviado.” (Juan 11:41-42)
Pedro,
uno de los discípulos más destacados, dijo una vez: “¡Oh hijos de
Israel!, escuchadme ahora: A Jesús de Nazaret, hombre autorizado por
Dios a vuestros ojos, con los milagros, maravillas y prodigios que por
medio de él ha hecho entre vosotros, como todos sabéis.” (Hechos 2:22)
“Como todos sabéis”: para cuantos fueron testigos de tales portentos
Jesús era, sin asomo de duda, un Profeta de Al-lah, el conducto
autorizado por medio del cual Al-lah manifestaba Su poder. Recordemos el
episodio del hijo unigénito de la viuda al que Jesús volvió a la vida:
“Un gran profeta -exclamaron aquel día todos los presentes- ha aparecido
entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo.” (Lucas 7:16)