A pesar de vivir en la abundancia, la vida sexual no funcionaba bien entre una mujer y su esposo. Ella estaba convencida de que él la engañaba con la atractiva empleada doméstica que trabajaba con cama adentro; de modo que, para salir de dudas, se propuso atraparlo in fraganti, y un día le dio franco a la empleada, sin anunciárselo a su esposo. A la noche, el hombre (como ocurría otras veces) le dijo que se sentía mal del estómago y que saldría a caminar unas cuadras antes de acostarse. La mujer no dijo nada, continuó leyendo en la cama, y cuando él salió, esperó unos segundos, subió velozmente por la escalera de servicio para llegar antes a la habitación de la mucama, y se escurrió desnuda en la cama. No mucho después vio cómo se entornaba muy despacio la puerta y volvía a cerrarse en la oscuridad. Ella, sin decir nada, corrió las sábanas, y sintió que le hacían el amor bestialmente y en posiciones que jamás había experimentado.
-¿Así que tengo que recurrir a esto? -le dijo después, enojada-. Seguro que ni te imaginabas encontrarme acá, ¿no?
-Pos, la mera verdad que no, patroncita... -respondió el jardinero.