Además de las tonadas indígenas, de las que las anteriores sólo son un ejemplo, es necesario destacar las tonadas mulatas como el Patacoré, el Berejú, la Juga, el Maquerule, el Aguabajo y el Cunde, pero la tonada básica del Pacífico es el Currulao, danza muy peculiar y popular en los alrededores de Buenaventura. Este ritmo es el que predomina a lo largo del litoral y en concepto del folclorista Guerrillero Abadía Morales expresado en su libro "Compendio General de Folklore Colombiano", es la danza negra más perfecta y dinámica y en ella se pueden verificar las características de un rito sacramental, saturado de fuerza atávica y un contenido mágico tan notorio en la expresión que van adquiriendo los rostros transfigurados en el desenvolvimiento de la danza.
Puede decirse que los danzarines se van poniendo en trance y que, subyugados por el fondo misterioso de la música, se muestran poseídos de un espíritu superior, del cual son ellos involuntarios instrumentos. Las gesticulaciones, jadeos, giro, escorzos, unificados en todo el grupo humano, constituyen un colectivo ente el coreógrafo que se mueve bajo un idéntico impulso y se expresa en un todo ritmo plástico, en una oleada humana que se desplaza en dos sentidos simultáneos: uno de rotación circular unánime sobre la pista de la danza y otro de traslación lateral en el eje mismo de la danza de parejas enfrentadas. Podemos estar seguros de que la planimetría del currulao supera todas las danzas que conocemos, colombianas.
Como coreografía no difiere del currulao en el caso de que ocurra la sugestión de danzado. Su nombre distingue más bien a un canto del cual hemos dicho que podría no ser negro sino derivación de algún canto de cosecha de los indígenas Embera, llamados también Cholos, ya que la voz patakorá en lengua chola significa plátano; así pudo existir un canto o tal vez una danza indígena de fertilidad o cosecha que dio su nombre (y sólo su nombre) a esta variedad negra, que por ello no dejó de ser un currulao cantado.