Las
elites de poder parapetadas en el Poder Legislativo y en la Corte Suprema
llevaron acabo el secuestro, destitución y expulsión del Presidente
Constitucional Manuel Zelaya, acción que venían preparando y urdiendo desde hace
días, especialmente, desde cuando el Presidente destituyó al jefe de Estado
Mayor del Ejército Romeo Vásquez, por oponerse a cumplir un mandato del primer
mandatario. Según las informaciones disponibles el presidente Zelaya había
convocado a la ciudadanía hondureña ha participar en una consulta, justamente el
domingo 28 de junio, en palabras de Zelaya se trataba de una “encuesta de
opinión”, relativa a conocer la opinión de los y las ciudadanas sobre una futura
convocatoria a una Asamblea Constituyente para reformar o modificar
sustantivamente el actual régimen político hondureño.
Si
la acción del poder militar, del poder político legislativo y judicial como de
las clases dominantes hondureñas tiene como justificación oponerse a la
posibilidad de que la ciudadanía hondureña pueda adherir masivamente a la
convocatoria de una Asamblea Constituyente; vale la pena preguntarse que tiene
de peligroso para las clases políticas y sociales dominantes la convocatoria de
una Asamblea Constituyente. Nada menos que perder el control del poder político
del Estado.
Efectivamente, desde hace más de una década en Nuestra América la estrategia
política de las ciudadanías descontentas ha sido exigir, promover, convocar,
instalar Asambleas Constituyentes con el objeto de promulgar nuevos textos
constitucionales. Los cuales tengan la virtud de ser elaborados y aprobados a
través de mecanismos esencialmente democráticos y participativos. Los procesos
constituyentes convocados por el pueblo, para el pueblo y con el pueblo tienen
su antecedente político en la convocatoria ciudadana colombiana a inicios de la
década de los noventa, cuando más de 5.000.000 de colombianos y colombianas
exigieron a través de una “séptima papeleta” la realización de una Asamblea
Constituyente. Los poderes constituidos debieron en aquella oportunidad aceptar
la demanda ciudadana convocando a dicha instancia, y la ciudadanía colombiana
elaboro una de las constituciones políticas más democrática de todas las
producidas hasta esa fecha de Nuestra América.
Esa estrategia ha sido implementada en Venezuela, en Bolivia y en Ecuador, los
diversos movimientos sociales y políticos que se han desplegado en otros países
de la región han levantado de manera persistente la demanda por una Asamblea
Constituyente para impulsar e institucionalizar el cambio político en sus
respectivas sociedades.
El
éxito político de las Asambleas Constituyentes en producir cambios
significativos en la estructura jurídico-político institucional de los Estados
es de tal envergadura que da inicio a procesos, eminentemente, revolucionarios.
Sin lugar a dudas, que los casos boliviano, venezolano y ecuatoriano son
ejemplos vivos de la importancia histórica y política del despliegue del poder
constituyente ciudadano. Por esa razón, actualmente la sola idea de
convocar a una instancia de esa naturaleza aterra a las elites de poder y del
poder.
El
poder constituyente ciudadano es peligroso. Y, esa es una poderosa razón que
tienen las clases dirigentes constituidas para oponerse a él. Este poder tiene
ciertas propiedades políticas que lo convierten en un práctico instrumento
político democrático para producir un cambio jurídico-político institucional
radical, o sea, revolucionario.
Plantear
y reclamar el poder constituyente es hablar de democracia. Pues, este no
ha sido sólo considerado la fuente omnipotente y expansivo que produce las
normas constitucionales de todo ordenamiento jurídico-político, sino también el
sujeto de esta producción; una actividad igualmente omnipotente y expansiva: la
política democrática.
El
poder constituyente como poder ciudadano omnipotente es, en efecto, la
manifestación misma de la revolución política. Pero, este no sólo es
omnipotente, es también expansivo, su ilimitación no es sólo temporal sino
también espacial. Es un poder subversivo que busca constituir todo de nuevo. De
ahí de su radicalidad y potencia del acto constituyente. El orden político
democrático no se sostiene en el poder constituido sino en el poder
constituyente.
El
recurso a este poder por parte del movimiento social popular y ciudadano
alternativo en la última década en Nuestra América ha significado la derrota
permanente de las fuerzas antidemocráticas y autoritarias vinculadas con los
poderes sociales, económicos y políticos tradicionales y capitalistas en
Bolivia, Ecuador y Venezuela.
Honduras
como integrante del ALBA, bajo la conducción de Manuel Zelaya buscaba seguir el
camino trazado por Evo Morales, Rafael Correa y Hugo Chávez de impulsar la
reforma constitucional a través de una Asamblea Constitucional. Contaba para
ello con el apoyó de las organizaciones obreras, populares, estudiantiles y el
partido de izquierda Unificación Democrática. Se manifestaron en contra la
Iglesia Católica, la Corte Suprema, los dueños de los medios de comunicación y
el Partido Liberal. Y, por cierto, las fuerzas armadas hondureñas.
La
fractura política que produjo la decisión de realizar la consulta popular
polarizo a la sociedad de manera inmediata, pues ante la posibilidad de que el
poder ciudadano se pronunciara a favor de la convocatoria de una Asamblea
Constituyente, los poderes dominantes reaccionaron atentando en contra de la
institucionalidad democrática.
Este
golpe de Estado no es sólo en contra del Gobierno del Presidente Manuel Zelaya
es en contra la democracia, en contra de los ciudadanos y ciudadanas, en contra
del pueblo y su poder.
Como
he sostenido el poder constituyente es una de las armas más poderosa en el
arsenal que dispone la democracia y especialmente, el constitucionalismo
democrático y progresista. Por lo tanto, los ciudadanos democráticos radicales
debemos avalar la legitimidad política que tiene su convocatoria por encima de
cualquier otra acción política.
Las
acciones sociales y colectivas impulsadas en las sociedades latinoamericanas en
los últimos años por los sectores populares, campesinos, indígenas, obreros y
trabajadores, estudiantiles, anti-neoliberales y progresistas debieran llevar a
las y los ciudadanos nacionales a reflexionar sobre la necesidad de cambiar el
actual poder constituido por el poder constituyente ciudadano nacional.
Transformar la justa electoral de diciembre próximo en la gran oportunidad
política-electoral para pronunciarse a favor de la convocatoria de una Asamblea
Nacional Constituyente para hacer de la sociedad chilena una sociedad
verdaderamente democrática.
Recuperando
de esa forma la potencia de la política democrática hoy en manos de los
traficantes de la palabra y de las esperanzas, de los discursos vacíos e
infértiles de la política espectáculo.
Rechazamos
abiertamente el Golpe de Estado en Honduras y avalamos, con mayor razón, la
necesidad de convocar a una Asamblea Constituyente para recuperar y profundizar
la democracia en la sociedad hondureña y, sobre todo, en Nuestra
América.
*Juan
Carlos Gómez Leyton
Dr.
en Ciencia Política
Director
Académico
Doctorado
Procesos Sociales y Políticos en América Latina
UARCIS-ELAP