Este viernes asistí como invitado a la acogedora tertulia que tiene cada semana mi amigo Eduardo Ibarra en un agradable restaurante de la colonia Cuauhtémoc. Comimos bien, bebimos mejor y platicamos aún mejor. Eduardo es un periodista y activista incansable. Sus numerosas iniciativas nutren nuestro lánguido panorama cultural y político.
Las tertulias constituyeron, en el segundo cuarto del siglo pasado, en cafés, cantinas, bares y restaurantes, toda una institución social en México y en otras muchas grandes ciudades del mundo. En ellas se departía y discutía, a menudo con más pasión de la recomendable, acerca de los temas más diversos. Las había especializadas y también variopintas. Algunas llegaron a ser muy célebres, y a ellas asistían regularmente grandes nombres de la literatura, la música, el periodismo o la política.
Mucha gente llegaba temprano al Tupinamba, a La Blanca o al Habana para ocupar las mesas cercanas a la de los tertulianos y poderlos seguir y escuchar durante toda la noche. Café tras café. Maravillosas iniciativas y enloquecidas conspiraciones surgieron de aquellas adorables tertulias.
Hoy, como tantas otras cosas, se encuentran de capa caída. En nuestro país y en el resto del mundo. Una grave y tal vez irreversible pérdida en la vida social, cultural y política. El Blockbuster ya no deja tiempo para tales frivolidades. El Blockbuster y esa imparable y funesta costumbre de quedarnos cada vez más en la casa. Más seguro y más barato. Y más adormecedor.
Por eso la propuesta y la apuesta de Eduardo y sus contertulios es hoy tanto más valiosa. Flor del desierto. Conocí a un buen de nuevos y buenos amigos, y a lo largo de las horas de conversación brotaron puntos de vista insólitos e interesantes.
Fue ahí donde me enteré de la detención, esa mañana, de los segundos asesinos del joven Fernando Martí. Los primeros ya hacía tiempo que estaban en la cárcel. Antes de emitir una opinión sustentada, tendremos que esperar un rato a que aparezcan los terceros. Y después los cuartos. Vaya usted a saber.
Se trata de un auténtico escándalo. De un escándalo jurídico sin nombre. Por más que los responsables de las dos corporaciones policiacas implicadas traten de encubrirlo y minimizarlo. Sería un escándalo jurídico intolerable, si no fuera porque, a tres días vista, veo que lo toleramos bastante bien. Ya quedamos en fin, ya quedaron otros en que la tolerancia es la cuarta virtud teologal.
Uno más de los escándalos jurídicos que han poblado nuestra actualidad. Para no ir más lejos, recordemos cómo nuestra ínclita PGJDF, dirigida entonces por el no menos ínclito Samuel del Villar, resolvió de manera oportuna y expedita el caso del asesinato del célebre animador y presentador Francisco, Paco, Stanley. Fueron detenidos, arraigados y procesados su colaborador, Mario, Mayito, Bezares, y su edecán Paola Durante. Durante, sí. Durante mucho tiempo permaneció en la ergástula como asesina indiscutible del cómico.
En ese caso nunca aparecieron los segundos criminales. Después de muchos meses, nuestros oportunos y expeditos tiras no tuvieron más remedio que dejarlos libres por falta de pruebas. La estratagema no funcionó ni ante jueces mexicanos, que ya es decir. El cargo principal contra el Mayito fue que estaba orinando mientras se cometía el homicidio. No sé si Ripley está enterado, pero si no, alguien debería informarle. El perspicaz y eficiente Samuel tuvo al menos el buen gusto de morirse poco después. Reconozcámosle el gesto.
Mucho más recientemente, la ciudadana francesa Florence Cassez fue arrestada, procesada y condenada a más de 90 años de prisión por el delito de secuestro (“privación ilegal de la libertad” lo llaman ellos) y los que se acumulen. El proceso está plagado de un tal número de irregularidades, y hablo sólo de las que se han hecho públicas, que es imposible aquí enumerarlas. Aquí, no sólo es el escándalo, sino también el ridículo.
Como contó nuestro director Pascal Beltrán del Río en su columna, antes de la visita del presidente de Francia a nuestro país, se había llegado a un acuerdo entre la Secretaría de Relaciones Exteriores mexicana y el Ministerio francés correspondiente para que la Florence no fuera condenada antes de la llegada del inquilino del Elíseo. Por alguna razón inexplicada, pero no inexplicable, México no cumplió el acuerdo.
Ello obligó a monsieur Sarkozy a intervenir personal y directamente en el asunto, y al consecuente desaire por parte de mister Calderón. El primer mandatario galo solicitó, no la absolución, sino la extradición de la secuestradora franchute. Extradición que fue denegada porque no se podía poner en duda la probidad de los policías y jueces mexicanos. Fue un acto de soberanía.
De soberanía y de propaganda electoral. Hace siglo y medio que les tenemos tomada la medida a esos pinches franceses intervencionistas. El gesto funcionó y mereció el aplauso, de la sociedad política y civil, prácticamente unánime. Qué se habrán creído. Desgraciadamente el éxito no fue suficiente para ganar las elecciones. Pero el resultado hubiera sido más desastroso, si cabe, si la güerita cuero hubiera sido deportada.
No deja de ser chistoso que el gobierno del señor Calderón, que se ha hartado de acusar, perseguir y detener a jueces y a policías saliera entonces en defensa de su integridad profesional. Si por puro masoquismo quiere usted enterarse de las barbaridades cometidas por las autoridades de nuestro país en contra de Florence Cassez, entre a internet. Hay docenas de páginas. Busque, por decir una, www.cassez.com. Ella lo irá llevando a otras.
En el caso que nos ocupa, los secuestradores y asesinos de Fernando Martí eran (¿siguen siendo?) los integrantes de la banda La Flor porque tienen la simpática costumbre de dejar tan hermoso y romántico adorno sobre sus víctimas. Nuestra aguda policía capitalina dedujo que nadie más sería capaz de tan conmovedor gesto. Y encontró a los culpables. El jefe de la banda, Sergio, El Apá, Ortiz, sufrió un grave atentado, poco antes de su detención, que lo dejó en calidad de verdolaga balbuceante. Hasta la fecha. Y hasta la fecha, la astuta Procuraduría del DF no ha dicho una palabra sobre quién hubiera podido cometerlo.
Ahora resulta que El Apá sería inocente. Su condición de vegetal movedizo y sonoro, sin embargo, no se la quita nadie. Los asesinos confesos de Fernando serían otros, de la banda de Los Petriciolet, que también habrían tenido el detalle de dejar una flor. Detalle que tuvo la mala consecuencia de complicarle la vida a El Apá y sus amigos. Nadie había tenido esa intención. Simple y mala consecuencia.
La confusión entre justicia y derecho es endémica. El adjetivo propio de justicia es justo. Para el derecho, no porque sí, no existe tal adjetivo. Derecho es el que imparte un juez, sea justo o no. El Mayito ya está libre. Florence sigue presa. Y a Fernando lo secuestró La Flor y lo asesinaron Los Petriciolet. Todo en regla. Yo no sé por qué los gabachos la arman tanto de tos. Nuestros jueces son impecables.
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