El Lístin diario
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2026: cuando el desorden mundial muestra su verdadero rostro
Luis Orlando Díaz Vólquez
18/07/2026 00:00
El año 2026 se perfila como una frontera histórica: el momento en que el orden internacional muestra sus fracturas acumuladas. Las instituciones que durante décadas sostuvieron la gobernanza global evidencian desgaste; los consensos se debilitan; y las naciones comprenden que la estabilidad que muchos creían permanente era una arquitectura sostenida por intereses y voluntades políticas. El mundo ya no se mueve bajo la confianza plena en la globalización, el libre comercio y el multilateralismo como garantías suficientes para administrar los conflictos entre potencias.
La nueva geopolítica está marcada por la desconfianza estratégica y el regreso de la fuerza como lenguaje dominante. El comercio deja de ser solo intercambio para convertirse en disputa industrial; la tecnología se transforma en instrumento de supremacía; la energía adquiere valor de seguridad nacional; y los datos, chips, sistemas de pago, inteligencia artificial y estándares digitales ocupan el centro real de la competencia global. Como advirtió el Fondo Monetario Internacional, “tras varias décadas de creciente integración económica global, el mundo enfrenta el riesgo de una fragmentación geoeconómica impulsada por políticas públicas”. La economía dejó de ser territorio neutral para convertirse en escenario de protección industrial y redefinición del poder mundial.
El multilateralismo no ha desaparecido, pero ha perdido autoridad. La ONU enfrenta límites visibles para contener guerras y crisis humanitarias; la OMC ya no opera como árbitro incuestionable; y los organismos financieros internacionales actúan bajo presiones de deuda, desigualdad y financiamiento climático. Las reglas siguen proclamándose, pero su cumplimiento se vuelve desigual cuando chocan con intereses de actores capaces de imponer excepciones. Por eso resulta pertinente la advertencia del secretario general de la ONU, António Guterres: “No podemos crear un futuro adecuado para nuestros nietos con un sistema construido por nuestros abuelos”. Las herramientas del siglo XX ya no bastan para gobernar las tensiones del siglo XXI.
En este contexto, la eficiencia ya no basta. Las cadenas globales de suministro, antes símbolo de integración y productividad, hoy son vistas como fuentes de vulnerabilidad. Los países buscan resiliencia, autonomía estratégica y control sobre sectores esenciales: alimentos, energía, medicamentos, puertos, semiconductores y manufactura avanzada. La economía mundial se reorganiza menos alrededor del costo mínimo y más alrededor de la seguridad nacional. El Munich Security Report 2024 advirtió sobre el riesgo de caer en escenarios de “perder-perder” derivados de la fragmentación del orden global. La cooperación sigue siendo indispensable, pero los Estados actúan con más cautela y cálculo defensivo.
Para América Latina y el Caribe, el desafío es decisivo: actuar como espectadores periféricos o convertirse en actores con visión estratégica. La región posee recursos naturales, biodiversidad, ubicación privilegiada, talento humano y potencial energético. Sin embargo, continúa limitada por improvisación, baja productividad, polarización, debilidad institucional y dependencia externa. Si actúa dividida, será tratada como zona de influencia; si negocia con inteligencia, puede posicionarse como plataforma de transición energética, seguridad alimentaria, nearshoring, servicios digitales y manufactura avanzada.
La República Dominicana debe leer este momento con lucidez. Como economía abierta, turística, logística y comercial, cada tensión global impacta puertos, aduanas, zonas francas, energía, exportaciones, importaciones, migración y seguridad.
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2026: cuando el desorden mundial muestra su verdadero rostro

Por Luis Orlando Díaz Vólquez
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