CARTA JERUSALÉNICA AL PUEBLO ARGENTINO
Entre Babel y Jerusalén
Pueblo argentino:
No te hablamos desde el poder ni desde la neutralidad técnica.
Te hablamos desde la historia compartida, desde el trabajo herido, desde la mesa vacía y desde la esperanza que no ha sido vencida.
Te hablamos como Pueblo a Pueblo.
I. NOMBRAR LA REALIDAD
Durante demasiado tiempo se nos dijo que la economía era un lenguaje que no entendíamos,
que la deuda era inevitable,
que el ajuste era necesario,
que el sufrimiento era el precio de un futuro que nunca llegaba.
Se nos pidió paciencia mientras se destruía el trabajo.
Se nos pidió silencio mientras se licuaba el salario.
Se nos pidió fe en estructuras que nunca habitaron nuestra vida.
Eso tiene un nombre: Babel.
Babel es la torre construida con cifras que no miran rostros.
Babel es la deuda que manda sin asumir.
Babel es la ley sin pueblo y la economía sin carne.
II. RECORDAR QUIÉNES SOMOS
Pero nuestra historia no empieza en Babel.
Somos un Pueblo nacido del trabajo, de la tierra, del aula, del taller, del hospital, del puerto y de la fábrica.
Somos un Pueblo que sabe organizarse, resistir, producir y cuidar.
Y sabemos algo más profundo todavía:
Que Dios no salvó al mundo desde arriba.
Que no habló desde la abstracción.
Que se hizo carne y habitó entre nosotros.
Eso tiene otro nombre: Jerusalén.
Jerusalén es la ciudad donde la vida vale más que la torre.
Jerusalén es la economía que sirve y no domina.
Jerusalén es la ley que protege al débil y limita al fuerte.
III. DECIR LO QUE NO ACEPTAMOS MÁS
Como Pueblo, decimos con claridad:
No aceptamos una deuda que destruya el trabajo.
No aceptamos una moneda que castigue al que produce.
No aceptamos un salario que no permita vivir.
No aceptamos una política que administre el sufrimiento como si fuera un dato técnico.
No aceptamos ser variable de ajuste.
No aceptamos ser objeto de administración.
No aceptamos ser sacrificio.
Porque ningún pueblo fue creado para ser ofrecido en altar alguno.
IV. AFIRMAR LO QUE ELEGIMOS
Elegimos un camino distinto.
Elegimos una Argentina jerusalénica, donde:
– La economía esté al servicio de la vida.
– La moneda cuide el trabajo y no lo destruya.
– La deuda se someta al bien común y no gobierne la Nación.
– El salario reconozca la dignidad de la persona.
– El trabajo sea el centro del orden social.
Elegimos que el Pueblo vuelva a ser sujeto de su destino.
V. TRABAJO Y SALARIO: EL CORAZÓN DEL PACTO
Decimos sin rodeos:
El trabajo no es un costo.
El salario no es una concesión.
El empleo no es una variable secundaria.
El trabajo es dignidad en acto.
El salario es reconocimiento social.
Sin trabajo y sin salario digno no hay Nación posible.
Toda política que destruye el trabajo destruye al Pueblo.
Toda economía que excluye deja de ser humana.
VI. DEUDA: LÍMITE Y VERDAD
La deuda solo es legítima cuando sirve a la vida.
Cuando financia producción, escuela, salud, futuro.
La deuda que empobrece, que condiciona, que impone,
no es obligación moral: es dominación.
Ninguna Nación está obligada a suicidarse para cumplir contratos injustos.
Ningún Pueblo debe elegir entre pagar y vivir.
La vida es primero.
VII. LLAMADO A LA RESPONSABILIDAD HISTÓRICA
Esta Carta no es contra nadie.
Pero sí es a favor del Pueblo.
Convocamos:
– A los trabajadores, a organizar la dignidad.
– A los empresarios, a producir con responsabilidad social.
– A los dirigentes políticos, a gobernar con el Pueblo y no sobre él.
– A la Iglesia, a custodiar la centralidad de la persona humana.
– A la sociedad civil, a no resignarse.
El tiempo de la neutralidad terminó.
Toda omisión hoy es una decisión.
VIII. PACTO, NO PROMESA
No ofrecemos una promesa electoral.
Proponemos un Pacto Social.
Un pacto donde:
– Nadie se salva solo.
– Nadie queda descartado.
– Nadie gobierna sin el Pueblo.
Un pacto que haga descender Jerusalén a nuestra historia concreta.
IX. PALABRA FINAL
Pueblo argentino:
No naciste para Babel.
No fuiste creado para la deuda eterna.
No estás condenado a la precariedad.
Fuiste llamado a la vida,
al trabajo digno,
a la comunidad organizada,
a la esperanza con forma histórica.
Que esta Carta sea palabra,
pero también camino.
Que no escquede rita solamente,
sino instituida.
Porque cuando el Pueblo se pone de pie,
ninguna torre lo domina.
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