Jueves, 19 de noviembre de 2009
Chávez está acabado. Su régimen agotó las posibilidades, desperdició
la histórica ocasión de un auténtico cambio en Venezuela. Que no puede
ser otro que un cambio hacia el desarrollo, la modernidad, la
globalización, la excelencia.
Los molinos de los dioses muelen despacio Homero
La historia, además de lenta y parsimoniosa, no atiende a consejos ni
recomendaciones. Tampoco espera sentada a que la mesa esté servida o
que se le ofrezca el menú perfecto con los mejores y más educados
comensales. No guarda las apariencias ni cumple su cometido según
manuales de buen comportamiento. Es, muy por el contrario, volcánica,
transgresora, violenta, irrespetuosa y terriblemente desconsiderada.
Inoportuna y sorprendente. Llega cuando menos se piensa. Cuando debe
irrumpir, irrumpe. Como los volcanes. Cuando necesita emerger a la
superficie lo hace como las fumarolas, la lava, las avalanchas, los
deslaves. Sin pedirle permiso a nadie. Rompe todos los diques, sacude
todos los cimientos, aplasta todos los ídolos y derrumba todos los
tajamares.
Basta una simple mirada a los procesos históricos, a los cambios
aurorales, a las transformaciones epocales para comprobarlo. Se acaba
de celebrar el vigésimo aniversario del derrumbe del Muro. Viví a su
lado. Lo vi nacer, crecer y afianzarse hasta convertirse en un remedo
de la Muralla China. No pretendía, como aquella, servir de contención
de la civilización imperial china a las oleadas de la barbarie, sino
al contrario: impedir el efecto demoledor sobre el bloque soviético
del ejemplo que daban la libertad, la justicia, la prosperidad, la
cultura y la civilización desde el lado occidental. Hubo de ser
levantado en tiempos de Walther Ulbrich, sátrapa de la Unión Soviética
en la mitad oriental de la Alemania nazi, en medio de la Guerra Fría.
Precisamente en el sector más desarrollado del bloque soviético, pero
incomparablemente menos próspero que el lado más evolucionado de la
Europa capitalista. Si no se levantaba esa obra oprobiosa, con razón
bautizada como el muro de la vergüenza, no quedaban en la RDA ni los
más empingorotados miembros de la Nomenklatura estalinista. Había que
ser estúpido para no querer vivir en Occidente. De allí el muro. De
allí la dictadura.
Nadie predijo su caída. Ni en la Unión Soviética ni en Occidente. Y
para que se produjera no fue necesaria otra consigna que la
reunificación de Alemania, mantenida tozuda y porfiadamente por la
Democracia Cristiana alemana, cuando nadie daba un peso por lo que se
consideraba un sueño imposible y una provocación derechista. La
izquierda alemana jamás apostó un centavo a la reunificación. Quienes
vivíamos en Berlín Occidental – lo hice durante diez años – jurábamos
no sólo que el muro sería eterno sino que el socialismo ganaría la
partida y el mundo sería marxista leninista o no sería.
Cayó el muro como cayó la dictadura del general Pinochet. Por las
mismas razones: la historia había dicho basta y esperaba agazapada por
la ocasión perfecta para que los propios chilenos, como los berlineses
con sus propias manos, derribaran el muro de la opresión. Que ya se
había hecho inútil y estorbaba el desarrollo que apremiaba en las
profundidades del subsuelo social y económico, histórico chileno. Ni
uno ni otro acontecimiento siguieron ordenanzas perfectas del gusto de
los impertinentes e inútiles perfeccionistas: un proyecto de país
impreso en letras de molde, una oposición perfecta, el futuro pintado
en technicolor sobre el mural de los medios de comunicación, la
alternativa impoluta. Como tampoco lo hicieron los venezolanos el 23
de enero de 1958, cuando ni Rómulo Betancourt, ni Jóvito Villalba ni
Rafael Caldera tenían en sus bolsillos la llave maestra del cambio
democrático. Fueron despertados por los acontecimientos, mientras
dormían el azaroso sueño del destierro.
Chávez está acabado. Su régimen agotó las posibilidades, desperdició
la histórica ocasión de un auténtico cambio en Venezuela. Que no puede
ser otro que un cambio hacia el desarrollo, la modernidad, la
globalización, la excelencia. Nadie se lo impidió sino su propia
ignorancia, su estulticia, su brutalidad, su miopía. La menuda y
desmesurada ambición cuartelera le jugó una mala pasada. La historia
le puso en bandeja de oro la posibilidad de ser el gran estadista que
acompañara los designios históricos que derribaran los presupuestos de
la Cuarta República y que muchos creyeron verlos representados en su
cruzada. Si en vez de emplear los novecientos cincuenta mil millones
de dólares en convertir el país en un burdel los hubiera invertido en
las transformaciones requeridas, el pueblo lo hubiera montado en el
más alto pedestal de su historia. Y hoy, en lugar de ser el hazmerreír
de los mejores sería el envidiado estadista del siglo XXI. Como sucede
en tantas desgraciadas ocasiones: fue el mensajero equivocado para un
mensaje correcto.
No caerá porque a algún secretario general se le ocurra darles en el
gusto a los desconocidos de siempre, editando el manual del futuro con
un bello proyecto país y se saque de la manga a la oposición perfecta
o al héroe impoluto de la jornada. Si bien es cierto que a quien
madruga, Dios ayuda. Aunque no caerá porque lo proclamemos a gritos.
Caerá porque se le desmoronaron los pies de barro. Cuando los molinos
de los dioses hayan cumplido su faena. Ya la culminan. Sobrarán los
preparados para la circunstancia. La historia no espera. Escríbanlo.