Jornal El Pais, Espanha,
Jesus Rodriguez 22/11/2009
A 8.000 metros de profundidad, frente a sus costas, un océano inmenso
de petróleo puede convertir a Brasil en una nueva e influyente
potencia mundial. Una ocasión histórica que el presidente Lula quiere
aprovechar para acabar con la pobreza y el atraso de su país y para
financiar el Mundial de Fútbol de 2014, los Juegos Olímpicos de 2016 y
el tren de alta velocidad. Y demostrar al mundo que Brasil todavía es
diferente.
El futuro de Brasil reposa en las entrañas del Atlántico. Mar adentro,
a 8.000 metros de profundidad, frente a la costa tropical que une Río
y São Paulo, aguarda desde hace 50 millones de años un océano de
petróleo que puede cambiar el destino de este país veinte veces mayor
que España. Un tsunami de oro negro capaz de acabar con la pobreza y
transformarlo en la sexta potencia del mundo; en portavoz de los
países emergentes; líder de América Latina; miembro del Consejo de
Seguridad; financiar su educación, sanidad e investigación. Cimentar
una industria nacional poderosa. Y demostrar que puede escapar a la
eterna maldición de represión, corrupción y desigualdad que arrastran
los grandes productores de crudo del planeta, desde las monarquías del
golfo Pérsico hasta Nigeria, Irán o Venezuela. "El petróleo es el
excremento del diablo; una maldición que le quita al enfermo la
voluntad de curarse", teoriza el politólogo y ex ministro de Industria
venezolano Moisés Naím. Frente a ese modelo de dependencia absoluta de
las exportaciones de crudo, los dirigentes brasileños esgrimen su
segunda vía: "Al contrario que los tradicionales Estados productores
de petróleo con muchas reservas, poca tecnología e industria, un
mercado interior pequeño y mucha inestabilidad, nosotros contamos con
grandes reservas, pero tenemos alta tecnología, una base industrial
diversificada, un gran mercado interno y, sobre todo, estabilidad".
En abril de 2006, Lula clamaba con las manos manchadas de crudo: "Dios
es brasileño" todas las nuevas ganancias del petróleo irán a un fondo
social contra la pobreza
El negocio del petróleo está reactivando toda la industria del país
Brasil aún cuenta con 40 millones de pobres, pero son la mitad que
hace sólo 15 años
Para comprender la desigualdad social de Brasil hay que subir hasta
las favelas"
Brasil es diferente. Ése es al menos el diseño esbozado por el viejo
compañero del metal del sindicalismo brasileño, Luiz Inácio Lula da
Silva, de 64 años, durante sus dos mandatos como presidente. El
secreto de su éxito político ha sido el equilibrio. Cautela en materia
económica y osadía en el plano social. Y estabilidad, "mucha
estabilidad", un adjetivo reiterado con orgullo por los hombres del
presidente. Brasil es un país fiable e influyente. Cuenta con 40
millones de pobres, pero son proporcionalmente la mitad que hace 15
años. Y la cifra va en descenso. Y la clase media, en aumento. "No
queremos ser un país rico y paria. No queremos diamantes de sangre,
sino democracia y progreso", describe un político carioca del Partido
dos Trabalhadores, la formación política de Lula: "Queremos aprovechar
esta ocasión única que nos ofrece el petróleo; crear riqueza y que
llegue a cada habitante. Avanzar. Participar en la tecnología y la
investigación. No queremos exportar petróleo, importar todo lo demás y
echarnos a temblar cada vez que caiga el precio del barril".
Brasil, el eterno gigante aletargado, está a punto de despertar. Se
está desperezando. El crudo es la gran espoleta, pero no hay que
olvidar que será el anfitrión del Mundial de Fútbol de 2014 y
organizará los Juegos Olímpicos de 2016; va a construir el primer tren
de alta velocidad del continente y está realizando enormes inversiones
en infraestructuras, vivienda, educación y protección social. Ese
dinero tiene que salir del crudo y sus derivados.
Un negocio muy caro y muy rentable. En la industria del petróleo, el
tiempo es oro. Un minuto de perforación en aguas ultraprofundas cuesta
5.000 euros. En una sala blindada con las paredes cubiertas por
monitores en el corazón de la sede de Repsol en Río de Janeiro se
refleja cada movimiento de su plataforma de perforación Stena DrillMax
I, que opera a 190 kilómetros de la costa de Macaé. Se visualiza en
pantalla cada centímetro que atraviesa su broca en el lecho marino; la
composición de cada material en el que penetra, su resistencia y
temperatura, y el tiempo que resta para alcanzar el crudo. Desde que
se inicia la exploración de un yacimiento hasta que empieza a producir
pueden pasar diez años. No es un negocio apto para cardiacos.
La Stena llegó a Brasil para perforar el bloque BM-C-33, en la cuenca
de Campos, hace dos meses, procedente del golfo de México; Repsol paga
un millón diario de alquiler por esta plataforma (sus equipos y la
tripulación de 180 personas de 20 nacionalidades), que permanecerá en
estas aguas hasta enero antes de dirigirse a un nuevo bloque en aguas
de Brasil; los geólogos afirman que el crudo se encuentra a una
profundidad de 6.583 metros. La Stena perfora 24 horas al día. Los
gráficos que se reciben sin pausa en esta sala RTO (Real Time
Operation) aseguran que ya se han alcanzado los 4.494 metros. El crudo
puede estar cerca. Antes hay que atravesar una barrera de sal viscosa
y movediza como la gelatina de más de un kilómetro de espesor. Pocos
datos más nos facilitan los geólogos. Toda la información que se
maneja en esta estancia blanca y sin ventanas es confidencial. La
petrolera española se juega en aguas brasileñas cientos de millones de
inversión, sus reservas futuras y su prestigio y cotización bursátil.
No tiene un minuto que perder.
Lo curioso es que Brasil nunca fue una potencia petrolera. Al
contrario. Era uno de los mayores productores mundiales de carne,
café, soja, cacao, madera, caucho, azúcar, zumos de frutas, grano,
hierro, uranio o esmeraldas. Todo bajo un sol generoso y regado por la
primera reserva de agua dulce del planeta. Como reza grandilocuente su
himno nacional, "Gigante por la propia naturaleza / eres bello, eres
fuerte, impávido coloso". No miente. Impresiona perderse por este
inmenso territorio entre lagunas y bosques interminables donde la
vegetación abarca cientos de kilómetros de costa, los cultivos no
tienen fin y el 80% de la energía es de origen hidroeléctrico. Brasil
tenía todo menos crudo. A mediados de los cincuenta importaba el 95%
del petróleo que consumía. Era el reverso de otros países
latinoamericanos, como México o Venezuela, que explotaban desde los
años treinta sus generosos yacimientos. El éxito exploratorio
brasileño es el resultado de medio siglo de tesón. Una obsesión por ir
más hondo, más lejos. Y considerar el petróleo como un recurso
estratégico, no un surtidor de dinero fácil. En aquellos primeros
pasos se acuñó un eslogan en Brasil que revela la importancia para el
orgullo nacional del control estatal del crudo: "O petróleo é
nosso" (el petróleo es nuestro). Lo explica un ingeniero de Petrobrás,
la compañía nacional del petróleo brasileña: "La clave era buscar la
autosuficiencia energética, no convertirnos en exportadores. Nunca
pensamos entrar en la OPEP. Queríamos tener petróleo y crear una
industria petroquímica. Manufacturar. Aprender el negocio y lanzarnos
a operar en el exterior. Y ya estamos trabajando en 27 países. Ha sido
una carrera de fondo. Cuando nos cercioramos de que no había petróleo
en tierra, nos lanzamos al mar, fuimos los primeros y hemos ido
acumulando experiencia; en 1977 descendimos a 124 metros. Y
continuamos a medida que el conocimiento científico lo iba
permitiendo. Hoy, nuestro récord de perforación está en 7.000 metros
en el lecho marino tras atravesar una lámina de agua de otros 3.000".
El éxito se hizo de rogar. En la década de los setenta, Brasil aún
importaba el 80% del combustible. Su dependencia de las importaciones
de crudo era tal que tras la primera crisis del petróleo de 1973, el
Gobierno militar promovió la fabricación de etanol a partir de la caña
de azúcar como sustitutivo de la gasolina. Hoy, la mayoría de los
coches brasileños funcionan con una mezcla de gasolina y un 25% de
etanol. El 80% de los vehículos que se fabrican en este país ya admite
esa composición, que supone para el país un ahorro diario de más de
500 millones de litros de gasolina. También se optó por la energía
nuclear con la construcción de dos centrales y una tercera en
proyecto. Al margen de esas alternativas energéticas, los sucesivos
Gobiernos, en dictadura o democracia, jamás frenaron la exploración
del océano. Era cuestión de Estado.
A mediados de los ochenta, los geólogos tuvieron por fin la certeza de
que decenas de miles de millones de barriles de petróleo aguardaban
enterrados en la cuenca de Santos. Los yacimientos se extendían hasta
las vecinas cuencas de Campos y Espíritu Santo a lo largo de una
extensión equivalente a un tercio de España. La cuestión era llegar a
ellos, extraerlos y conducirlos a tierra. Más difícil aún al
permanecer atrapados bajo una capa de dos kilómetros de sal que hacía
imposible en aquel momento su visualización y extracción. Estos
yacimientos, a los que se denominó pre-sal, representaban una de las
más grandes reservas de petróleo del planeta en un momento en el que
los tradicionales productores comenzaban a mostrar síntomas de
agotamiento. Un golpe de suerte. Antes había que explotarlos.
Los retos a los que se enfrentaban las petroleras públicas brasileñas
para acometer la exploración y desarrollo de esos yacimientos eran
enormes. Para empezar, necesitaban financiación. Mucho dinero. Y había
que captarlo fuera. Técnicamente, el proyecto era tan complicado como
alcanzar la Luna. Había que descender una tubería a lo largo de una
lámina de más de 2.000 metros de agua hasta tocar fondo y a partir de
ahí perforar 6.000 metros más. Brasil no contaba con equipos ni
expertos. Había que formarlos. Y crear una base industrial que
fabricara en poco tiempo las plataformas y también una estructura
logística capaz de trasladar esos materiales, personal y provisiones
hasta decenas de bloques perdidos a 300 kilómetros de la costa. Y
transportar el crudo a tierra. Los problemas no acababan ahí. Durante
la perforación existía el riesgo de que la sal cerrara los pozos y que
las tuberías se rompieran por la presión del agua; y al final se podía
dar con un pozo seco después de haber invertido 100 millones de euros
(20 veces más de lo que cuesta perforar en el desierto saudí). El
porcentaje de éxito en la búsqueda de petróleo rara vez supera el 30%.
Y si no hay crudo, te vas con las manos vacías. Y vuelta a empezar.
Desde la base offshore de Niteroi, a las afueras de Río de Janeiro, se
tiene una visión perfecta de la capital. Los cerros cubiertos de
vegetación selvática que la rodean, las favelas que trepan en precario
equilibrio hasta sus cimas, el urbanismo endiablado, las infinitas
playas blancas y las elegantes torres racionalistas de Copacabana
inspiradas en la arquitectura de Niemeyer. Estos viejos muelles,
inactivos durante años, se han reconvertido en los últimos meses en un
enorme centro logístico que presta servicio a las 300 plataformas
instaladas en los campos marinos y a otras 300 que entrarán en
servicio en los próximos años. La bahía aparece sembrada de
plataformas en construcción o mantenimiento. Una reposa sus 190 metros
de altura sobre el espigón como una torre Eiffel inerte a la espera de
ser montada, botada y arrastrada hasta un bloque petrolífero a 300
kilómetros de aquí. Sobre ella se instalará un módulo del tamaño de un
edificio de cinco plantas que procesará el gas extraído del fondo del
mar. Los caducos astilleros públicos de esta zona de Río han renacido
tras años de decadencia. Brasil necesita construir no sólo los
centenares de plataformas de perforación y producción que antes venían
de Asia, también 150 petroleros y barcos de apoyo. Y turbinas, sondas,
taladros, tuberías, herramientas, equipos submarinos, oleoductos. Y
media docena de refinerías. Y complejos petroquímicos. Hay trabajo
para 20 años. A toda máquina. Cada retraso supone perder dinero. El
petróleo está reactivando toda la industria del país. Desde la
siderurgia hasta el sector textil y de las comunicaciones; desde los
estudios sísmicos hasta el almacenamiento del crudo, el tratamiento
del gas y la elaboración de fertilizantes. Por ley, al menos el 60% de
cada artilugio empleado en la exploración y producción debe estar
fabricado en Brasil. Se habla de 250.000 puestos de trabajo.
Pero hace 10 años, a finales de los noventa, Brasil no tenía ni el
dinero ni la tecnología ni los técnicos necesarios para exprimir el
fondo del mar. El país estaba ahogado en su particular crisis
económica, el efecto samba. El Fondo Monetario Internacional (FMI) le
daba a diario tirones de orejas. Ninguna potencia estaba dispuesta a
arriesgar un dólar en este país asolado por la pobreza y la
corrupción. Menos aún con un barril de petróleo que cotizaba en
picado. Entre la espada y la pared, el Gobierno abrió el negocio del
petróleo a las empresas extranjeras. Rompió el monopolio. Fue una
jugada arriesgada e inteligente. En 1999, Brasil celebró la primera
ronda de licitaciones, en la que se sacaron a subasta decenas de
bloques petrolíferos en el mar. Las adjudicatarias debían explorar por
su cuenta y riesgo en un determinado plazo de tiempo y, si encontraban
petróleo, pagar al Estado impuestos, royalties y una parte del crudo;
el resto era de su entera propiedad. Estaban, además, obligadas a
destinar un 1% del valor de la producción a investigación en Brasil.
La empresa que más tecnología estuviera dispuesta a transferir y a
fabricar la mayor parte de sus equipos en este país tenía mucho ganado
con vistas a las concesiones. El modelo funcionó. Fluyó dinero e
inteligencia. Y Brasil empezó a chupar conocimiento. Se atacaron con
éxito los yacimientos de pre-sal. Hasta un 87% de los pozos perforados
tenía crudo. Un milagro. El 21 de abril de 2006, el presidente Lula,
mono de petrolero y casco de peón, anunciaba con las manos empapadas
en petróleo a bordo de la plataforma P-50 de Petrobrás, en la cuenca
de Campos, la autosuficiencia petrolera del país. El comienzo de una
nueva era. Dos millones de barriles diarios. Se había encendido la
mecha. Los siguientes tres años iban a suponer un goteo interminable
de grandes descubrimientos jaleados propagandísticamente por el
Gobierno. Pinchar en los yacimientos pre-sal supone encontrar petróleo
de calidad. Los técnicos hablan de cinco millones diarios de barriles
en 2020. "Dios es brasileño", clamaría el viejo sindicalista. "Ha
llegado el día de nuestra segunda independencia".
Las cosas estaban cambiando. Brasil, que nunca fue una potencia en la
producción de crudo, se puede convertir en la sexta región petrolífera
del planeta y en un nuevo elemento de equilibrio energético frente a
los turbulentos países del golfo Pérsico, Argelia, Rusia o Venezuela.
Tampoco Repsol, la multinacional española resultante de la fusión y
posterior privatización en 1997 de varias empresas públicas del
franquismo, había jugado antes en las grandes ligas del petróleo. Era
una compañía respetada, pero de segunda; centrada en el refino y la
distribución. Nunca había apostado por el caro y rentable negocio de
la exploración. A comienzos de la década de 2000 tenía su frigorífico
de reservas vacío. Había sufrido reveses en varios petroestados de
América Latina. Necesitaba realizar descubrimientos. Sus estrategas
pusieron la vista en Brasil y su nueva política de atraer compañías
extranjeras. Repsol jugó fuerte. Era su ocasión de ascender a la
primera división.
La supo aprovechar. Roberta Camuffo, geóloga y curtida directora de
exploración de la compañía en el continente americano, aterrizó en Río
de Janeiro en 2004. "No teníamos ni ordenador", recuerda. "Nuestra
idea era hacer un estudio profundo de las áreas a las que queríamos
optar. Y crear una red de relaciones con el Gobierno brasileño.
Convertirnos en socios de Petrobrás. Ir juntos. Compartir riesgos.
Somos latinos y nos entendimos bien. Nos creamos un prestigio y nos
rascamos el bolsillo en la investigación de los bloques. Estudiamos el
terreno y pujamos. Todo ese trabajo previo nos permitió hacernos entre
2005 y 2006 con 24 bloques, de los que somos operadores (es decir,
dirigimos la exploración y producción) de 11, pagando unos precios muy
bajos para lo que después se ha vuelto Brasil cuando se ha confirmado
la enorme riqueza del pre-sal. Ahora hay bofetadas para entrar aquí y
lo que no hay son bloques disponibles. Ya no hay subastas. El petróleo
es del Estado, y el Estado quiere explotarlo por su cuenta y que las
extranjeras sean meras empresas de servicios". El máximo ejecutivo de
Repsol en Brasil, el ingeniero Javier Moro, un veterano de la
exploración en todo el mundo, asegura que Repsol cuenta en estos
momentos "con el segundo dominio minero exploratorio de Brasil tras
Petrobrás y por delante de las más poderosas petroleras del planeta".
"La compañía española se ha alzado como la segunda mayor productora de
petróleo del país y no ha parado de realizar descubrimientos, como los
megacampos Carioca y Guará, y este mismo año, los pozos Vamoira,
Panorámix o Piracucá", explica un informe de la sección brasileña de
la consultora Llorente y Cuenca. Sólo lo que se estima que va a
extraer en el campo de Guará equivale a dos años de consumo de
petróleo en España.
Repsol estuvo en el lugar adecuado en el momento justo. Antes de que
los grandes descubrimientos offshore de los años 2007, 2008 y 2009
pusieran a las grandes petroleras occidentales, las majors, en la
pista de Brasil y su Gobierno cerrara el grifo de las concesiones para
no acabar con la gallina de los huevos de oro. ¿Fue una simple
cuestión de suerte? Responde un ejecutivo de la industria: "La suerte
es un factor importante en el mundo del petróleo, pero tú te la
buscas. Éste es un negocio de alto riesgo y a largo plazo, y a ti te
toca calibrar y gestionar esos riesgos. No se trata de tirar la moneda
al aire. Repsol fue el primer socio extranjero de Petrobrás cuando no
todo el mundo estaba dispuesto a meter un dólar en Brasil. Han sido
pioneros en los buenos y malos tiempos. Y ahora están sentados sobre
un mar de petróleo. Y nadie se lo va a quitar. El Gobierno brasileño
va a respetar las concesiones. Las reglas de juego están claras".
El círculo virtuoso de Brasil tiene que cerrarse en diez años. En una
década, todo tiene que encajar. El presidente Lula, que abandonará el
poder en octubre de 2010 al no poder presentarse a una tercera
reelección consecutiva, ha afirmado que las ganancias estatales del
pre-sal serán invertidas en un fondo social destinado a la educación,
la ciencia y tecnología y la lucha contra la pobreza. Según Thomas
Trauman, director general de la consultora Llorente y Cuenca en
Brasil, "la intención del Gobierno es invertir en acciones a largo
plazo, dado que los yacimientos de petróleo y gas no duran siempre y
el mercado internacional del petróleo es muy volátil".
El modelo es Noruega. Un país que llegó a este negocio a mediados de
los setenta y se ha convertido en una peculiar y discreta potencia
petrolera manejada con cautela desde el Estado. Al tiempo que debutaba
como uno de los más grandes exportadores de crudo, el país nórdico ha
ido construyendo una industria propia, desde el pozo hasta la
refinería; ha formado a sus técnicos, atraído a las majors e invertido
los beneficios en un fondo soberano, el más grande de Occidente, que
maneja 300.000 millones de euros, con cuyos intereses tapan las
goteras del país y supondrán un salvavidas de lujo para cuando el
crudo se agote en sus aguas. Noruega ha escapado a la maldición del
petróleo. Al excremento del diablo. Noruega es el modelo.
Pero Brasil no es Noruega. No es una fría y despoblada
socialdemocracia nórdica. Su población se ha doblado en sólo 40 años.
Tiene 190 millones de habitantes. Un porcentaje de pobreza del 25%.
Enormes tasas de violencia. Malas infraestructuras y bajos niveles
educativos. Excesiva burocracia y corrupción. Graves problemas
medioambientales en la Amazonia. Desequilibrios territoriales entre el
paupérrimo norte y el soleado sur. Y una enorme e histórica
desigualdad en el reparto de la riqueza. El petróleo tiene que ser el
motor del cambio. La piedra angular. Aunque algunos ya piensan que
Lula da Silva está creando excesivas expectativas en torno al pre-sal
con vistas a las elecciones de octubre, a las que concurrirá su
protegida, Dilma Rousseff, de 61 años, antigua ministra de Energía,
que es el cerebro en la sombra del nuevo modelo petrolero de Brasil,
pero carece del tirón electoral de su mentor. El consejero delegado de
una gran petrolera occidental opina que conviene ser cautos: "Se están
sacando muchos conejos de la chistera desde el Gobierno. Cada uno
puede hacer el cálculo especulativo que quiera sobre el tamaño de los
yacimientos del pre-sal. Se ha hablado incluso de 150.000 millones de
barriles (más de la mitad de las reservas de Arabia Saudí), cuando los
cálculos más sensatos no pasan de 50.000 millones. Hablamos de
cantidades muy grandes, pero pasarán años antes de que se puedan
desarrollar comercialmente. ¿Cuánto nos va a costar sacar un barril a
esa profundidad? ¿Y ponerlo en la costa? ¿Va a ser rentable? No es muy
prudente comprometer cifras". Cuando se sugiere a un alto funcionario
brasileño que la explosión petrolera de su país tiene algo de cuento
de la lechera, te observa con cara de pocos amigos, recurre a la
manida estabilidad política y las brillantes cifras macroeconómicas y
concluye: "La gente es pobre, pero menos pobre de lo que era cuando
llegó Lula. Esto es un proyecto nacional. Tenemos un sentimiento de
progreso a largo plazo; a 2020; no es algo asociado a grandes hechos.
No se nos va a ir la cabeza".
Donde mejor se entienden los problemas estructurales y la desigualdad
social que padece Brasil es en las favelas. A diez minutos de las
elegantes mansiones del barrio de Ipanema, del viejo bar de Vinicius
de Moraes, donde aún es posible escuchar cada noche a María Creuza, la
diva de la bossa nova, uno alcanza la frontera de la favela de
Cantagalo Pavão / Pavãozinho. Es imposible acceder a este territorio
sin un buen contacto. Aquí la vida no vale nada. Un policía muere a
diario en alguna de las 1.000 favelas de Río donde subsisten un millón
de cariocas retrepados en las colinas y se contabilizan por millares
las armas automáticas. Nuestro hombre bueno es Rubem Cesar Fernandes,
de 66 años, antropólogo, represaliado por la dictadura militar
(1964-1985) y líder de la ONG Viva Río, la más extendida entre las
favelas de la ciudad, que lucha por su pacificación e integración.
Aquí las casas son covachas de ladrillo sin enfoscar; la electricidad
se roba del poste; no hay campos de deportes, dispensarios, escuelas,
comisarías, iglesias ni oficinas municipales. Tampoco transporte
público ni saneamiento. Mientras caminamos por las polvorientas calles
de Cantagalo, entre míseros comercios, chavales sin rumbo y miradas
suspicaces, Rubem Cesar nos explica su teoría de la informalidad
brasileña: "Éste es un país informal; en su economía, en su mercado de
trabajo, en la ocupación de espacios públicos; millones de inmigrantes
del éxodo rural llegaron a estos cerros en los años sesenta, y el
Estado no pudo y no supo ocuparse de ellos; el Estado no llegaba hasta
aquí. El desarrollo urbano de las favelas se dejó a expensas de los
pobres; la gente se instaló como pudo, construyó sus casas y se fue
creando una sociedad informal dirigida por bandas que exprimen a los
vecinos y se financian con la extorsión y la droga. Aquí la ley no
existe. Nosotros apostamos por la educación de los jóvenes y los
planes de integración urbana; derribar barreras; que la Administración
entre y se quede; hay que formalizar: dar títulos de propiedad a los
vecinos; crear infraestructuras. Hay una inercia en Brasil a no
enfrentase a lo informal. Y ahora el petróleo es nuestra gran promesa
de futuro. Lula quiere convertir las favelas en barrios humildes pero
integrados. Coger el toro por los cuernos, como dicen ustedes".
Nuestro objetivo en la favela de Cantagalo es el Espacio Criança
Esperança. En lo que un día fue un fantasmal hotel de lujo colgado
sobre el bello lago Rodrigo de Freitas, el médico Jairo Coutinho, de
62 años, antiguo compañero de viaje y asesor del presidente Lula,
dirige un admirable centro educativo y de convivencia que frecuentan
miles de habitantes de la favela. Y en el que es posible esta tarde
primaveral entablar una conversación en torno a un refresco de guaraná
con negros y blancos; descendientes de esclavos y de soldados
portugueses; viejos pandilleros, niños de la calle, policías de la
temida Coordinadora de Recursos Especiales y vecinos que trabajan en
Río y confiesan sentirse discriminados y avergonzados por vivir en una
favela. Este centro no se ha librado de las guerras de bandas. Hace
unos años, durante un tiroteo, una bala fue a incrustarse en una de
sus paredes. Jairo Coutinho quiso que permaneciera ahí. La conserva a
la vista de todos. En torno a ella ha ido creciendo un enorme mural.
Le llama la bala de la paz. Es un símbolo.
Brasil está cambiando muy deprisa. La promesa del petróleo está
transformando el país. Han explotado en torno a la industria nuevas
ciudades como Macaé o Itaborai, que recuerdan a las villas salvajes de
la fiebre del oro del Oeste americano erigidas en semanas y en las que
falta de todo. En ese sentido, muchos comienzan a preguntarse por el
futuro medioambiental del país. Cómo puede afectar el progreso
industrial desatado a la fisonomía del vergel brasileño. La mejor
prueba de esa preocupación son esos antiguos enclaves costeros que
están creciendo sin rumbo en torno a la extracción masiva de crudo y
ya están siendo víctimas de la contaminación, la degradación de sus
ríos, la falta de equipamiento social y urbano, la violencia y el
tráfico de drogas.
Sentado en una sillita de tijera pintada de azul sobre la arena,
Américo, un viejo pescador de 66 años de Ilhabela, un paraíso natural
a 200 kilómetros de São Paulo, recuerda con nostalgia y una colilla
entre los labios los tiempos previos al boom petrolero. Cuando
arrojaba cada madrugada las redes al mar y las recogía rebosantes de
camarones. A un par de kilómetros de esta isla, justo frente a
nosotros, surge imponente la terminal marítima Almirante Barroso, de
Petrobrás, por la que entra la mitad del crudo y el gas que se consume
en Brasil procedente de los yacimientos de la cuenca de Santos. El
desfile de petroleros es constante. Sobre esas instalaciones
portuarias, sobre las montañas, cuarenta inmensos depósitos circulares
convierten el pueblo de San Sebastián en la mayor terminal de bombeo y
almacenamiento de crudo de América Latina. Américo, nuestro pescador,
que afirma que los vertidos de crudo son continuos y la pesca ha
descendido un 90% y que los jóvenes ya no quieren pescar, sino
trabajar en Petrobrás, no se irrita; sólo pide que ese puerto no
crezca aún más al rebufo del negocio del crudo. "Sería el final de
Ilhabela y de nuestra forma de vida". A su lado, Harry Finger, de 52
años, peleón secretario municipal de medio ambiente, trabaja por el
mismo objetivo: "Es el momento de que tomemos conciencia en todo el
país de lo que nos jugamos; si no, este paraíso se puede ir al
carajo".
El futuro de Brasil duerme frente a estas mismas costas. El petróleo
es aún una promesa lejana, pero detrás de esa esperanza todo el país
se ha puesto en marcha. Brasil está abandonando la crisis económica en
el pelotón de cabeza, encierra una inmensa riqueza natural, ha
construido una democracia estable y, sobre todo, acumula las mayores
reservas de optimismo del planeta. Por eso, si se le pregunta a un
brasileño por el futuro, la respuesta será siempre la misma: "Todo
ben; todo bon".
"El futuro del país está en el petróleo"...esta frase ha sido repetida
por, al menos, 3 países: México, Venezuela y ahora Brasil.
Ojalá que a Brasil le resulte diferente que a México, en donde la
pobreza no solo no se ha acabado sino que aun ha aumentado, además de
criminalidad, impunidad, injusticia, etc., etc., etc., etc......
Además, vean a las grandes potencias mundiales: exceptuando, hasta
cierto punto, a USA, las demás no nadan en petróleo. UK tiene para su
propio consumo y quizás un pequeño excendente, igual que Noruega y
alguno más, tal vez.
Las potencias se hacen con la apuesta que es siempre 100% segura y
siempre rinde ganancias: la apuesta por la educación...claro, es una
apuesta que rinde solo en varias décadas y no en años, o aun menos en
meses, pero es la única manera de asegurar que un país verdaderamente
avance y se mantenga en punta. Esto, claro está, hay que
complementarlo con justicia, justicia social, seguridad, limpieza
política (hasta cierto punto, claro...políticos son la misma mierda en
todas partes, la diferencia es la cantidad de educación y de
conciencia social de la población que es la que les pondrá topes y
controles para sus marrullerías), etc.
Total...ojalá, Brasil....pero si solo están soñando en lo que el
petróleo les dará sin OTRAS medidas añadidas, me parece que ya estoy
viendo el futuro fiasco de América Latina.
Saludiux
Toño
lámina de más de 2.000 metros de agua hasta ...