Cuál es la autoridad o el respaldo moral que respalda a los generales
Mauricio Vargas, Humberto Corado y René Emilio Ponce, para
“recomendarle” al gobierno planes más efectivos para combatir la
criminalidad? Como jefes de unidades militares o “comandantes” del
Estado Mayor, firmaron y ordenaron masacres contra la población
salvadoreña, antes y durante el conflicto armado; reprimieron
manifestaciones de estudiantes, campesinos y obreros en las calles de
San Salvador; llenaron de presos políticos las cárceles, donde
torturaron y asesinaron a miles de civiles, la mayoría de ellos
inocentes y sin haber sido remitidos a los juzgados correspondientes
como lo señala la Constitución y las leyes secundarias. Nunca les
importaron las leyes ni el marco jurídico y constitucional del país.
Fueron artífices y señores de la muerte, de la tortura y del
asesinato; responsables de todo y de nada, facultados para decretar el
derecho a la vida o la muerte.
Ahora, cuando la delincuencia y la criminalidad por ellos creada y
heredada a esta sociedad y gobierno, se ha convertido en una “fuerza
despiadada”, se atreven a afirmar que el involucrar a la fuerza armada
en los planes de represión contra la delincuencia, “podría acarrear
costos a la fuerza armada, pues está arriesgando a sus soldados y su
prestigio de forma aislada y sin contar con un plan integral que venga
de las autoridades a quienes les compete hacerlo”. Lo dicho: mayor
cinismo e hipocresía imposible de encontrarlos en otro lugar y
espacio; los reyes de la página roja, los represores e inventores de
las torturas y asesinados mas sofisticados se atreven ahora a dictar
reglas, a impartir “sanos consejos”, a rasgarse las vestiduras.
Ustedes, generales, deberían de estar en el banquillo de los acusados,
ser juzgados por crímenes de lesa humanidad, por violar reiteradamente
la Constitución, por alterar el orden y la legalidad en esta sociedad,
responsabilidad que cínicamente atribuyeron a los patriotas
salvadoreños que con valentía y coraje desafiaron el supuesto orden
institucional.
La misión de la fuerza armada está claramente delimitada en la
Constitución, que le ordena velar por la soberanía e integridad del
territorio nacional. La facultad de salir a la calle para colaborar
con la Policía Nacional Civil, aprobada por la Asamblea Legislativa,
es y debe ser provisional y por un período corto, pues se corre el
peligro de retornar a tiempos pasados y peligrosamente convertirla en
un auxiliar necesario e indispensable, como ciertamente lo están
viendo sectores de la población.
El Ministerio de Justicia y Seguridad Pública debe analizar
detenidamente el papel y la misión asignado por la Constitución y
proceder con planes y acciones creativas para prevenir y combatir el
delito. Puede ser que el estado de emergencia y el accionar de las
pandillas, la delincuencia y el crimen organizado haya superado sus
capacidades tanto en hombres, equipos y recursos móviles y
estacionarios y que tal situación obligó al presidente de la república
a acudir a los efectivos militares; pero no puede ser la regla y el
expediente de siempre. Se debe tomar la experiencia de otros países y
actuar con imaginación y mucha creatividad. No es posible que a un
problema con profundas raíces sociológicas y humanas -estructural,
pues- únicamente se le dé una salida policíaca.
Los generales tiene la visión militarista y sus escasas "entendederas"
no les permite analizar con propiedad el fenómeno. Es más, se atreven
a sugerir y hablar tonterías como eso de que “El Salvador está como un
semáforo en amarillo mientras el gabinete se centra en la dialéctica”,
literalmente expresado por el general Mauricio Ernesto Vargas. O las
mentiras dichas por el general René Emilio Ponce de que “antes de que
los soldados salieran a las calles, la Procuraduría de los Derechos
Humanos no había recibido ninguna queja por violación a los derechos
humanos (…)”. Las noticias de los medios de difusión constantemente
hablan de violaciones sexuales o asesinatos cometidos por soldados,
clases y oficiales. Pero para este general estos únicamente han
ocurrido en cuanto “salieron a patrullar”. Mayor cinismo e hipocresía,
¡imposible!
Los grandes y graves problemas heredados por los regímenes areneros
que padece el país, serán muy difíciles de atacar y resolver en cinco
años; pero es necesario crear planes concretos en lo económico, social
y político para garantizar fuentes de empleo, un mejor sistema
sanitario y asistencia a la población más vulnerable, educación
gratuita en todos los niveles, mejores centros de instrucción desde la
parvularia a la universitaria, leyes más fuertes y apropiadas al
momento en que estamos viviendo y, por supuesto, pensando en el
futuro, así como instituciones bien constituidas que brinden seguridad
y garantías a todos los salvadoreños, nos referimos concretamente al
Tribunal Supremo Electoral, a la Fiscalía General de la República, a
la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, a la
Procuraduría General de la República y a la Corte de Cuentas.