El reciente episodio de Rodrigo Granda es sólo una muestra. Granda, uno de los líderes de las narcoguerrillas comunistas de las FARC colombianas, fue secuestrado en Caracas por militares venezolanos que cobraron por su entrega una millonaria recompensa del gobierno de Uribe. Granda era uno de los centenares (o quizás miles) de subversivos colombianos que han obtenido refugio y ayuda en Venezuela. El teniente coronel Chávez, airado, le pidió explicaciones a Uribe, pero lo razonable es que las hubiera dado en lugar de solicitarlas.
Venezuela ha reemplazado a Cuba como cuartel general de la izquierda violenta. Hace pocas semanas un ex oficial peruano de las fuerzas armadas, Antauro Humala, tras autodesignarse como discípulo de Hugo Chávez, acompañado de varias docenas de insurgentes tomó unas instalaciones militares, asesinó a cuatro policías e intentó sin éxito desatar una revolución nacional. En octubre de 2003, el presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Losada fue obligado a dimitir tras una serie de desórdenes populares organizados por grupos radicales aparentemente financiados desde Venezuela. Al frente de las protestas marchaba Evo Morales, un dirigente cocalero indigenista profundamente antioccidental.
Simultáneamente, Chávez utiliza el río de petrodólares que le está entrando al país como resultado del precio de los combustibles para fortalecer la capacidad ofensiva de su ejército. Se prevé la compra de 50 aviones Mig-29 a Rusia y una cantidad importante de tanques, helicópteros y material blindado. El destino de esos equipos es fácil de adivinar: un eventual enfrentamiento con Colombia, encaminado no sólo a liquidar al gobierno ''oligárquico y pronorteamericano'' de Alvaro Uribe, sino a iniciar la reconstrucción de la Gran Colombia, esa patria grande intentada sin éxito en el siglo XIX, que también incluía a Ecuador.
Pero ese peligroso sueño imperial bolivariano tiene otra deriva aún más peligrosa: la guerra con Chile para destruir el bastión del ''neoliberalismo''. Bolivia y Perú son el camino elegido por Chávez para agredir a Chile. Su estrategia consiste en reabrir las viejas heridas de la Guerra del Pacífico (1879-1883), y la pérdida de territorios que entonces sufrieron estas dos naciones, para crear una alianza que restaure la vieja cartografía decimonónica de la zona.
Se trata de un plan alocado, pero no nuevo. A mediados de la década de los setenta Fidel Castro ideó un proyecto similar para derrocar a Augusto Pinochet, tras el golpe contra Salvador Allende de 1973. Castro entonces contaba con la complicidad del dictador izquierdista peruano, general Juan Velasco Alvarado. Este poco conocido episodio de la guerra fría abortó con el golpe militar del general Morales Bermúdez, quien en 1975 puso fin al gobierno de Velasco Alvarado y Perú retomó el camino de la democracia.
Para conjurar estos peligros va a ser necesaria una intensa labor diplomática de Estados Unidos, México y la OEA, mientras países como Brasil y Argentina deciden si se van a dejar arrastrar al conflicto de la mano de Chávez o si van a actuar con sensatez. Si la Guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia (1932-1935) se saldó con noventa mil muertos, la que el caudillo venezolano se trae entre manos puede triplicar esa cantidad. Dios nos coja confesados.
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> CARLOS ALBERTO MONTANER
Un sinverguenza trae un articulo de otro sinverguenza. No joda... Fuera
vaca loca martori.