Por Horacio Verbitsky
Lula dio marcha atr�s con la comisi�n de la verdad, ante el planteo de las
Fuerzas Armadas y del ministro de Defensa del Brasil, un civil convertido en
vocero de la corporaci�n, como ocurr�a antes aqu� con los titulares de ese
cargo.
En Uruguay, la votaci�n plebiscitaria contra la ley de caducidad de la
pretensi�n punitiva del Estado volvi� a quedar unos puntos por debajo del 50
por ciento.
Aqu�, en cambio, debi� renunciar el ministro Abel Parentini, que fustig� el
enjuiciamiento de los jefes de la guerra sucia militar contra la sociedad
argentina y fue desautorizado por su propio partido el asesor de Maurizio
Macri, Diego Guelar, quien dice haber sido montonero pero es m�s conocido
por el vaciamiento del Banco del Oeste.
La legisladora del PRO, Laura Alonso, la juventud partidaria y hasta Jorge,
el primo inteligente de Macri, dijeron que la impunidad no era la pol�tica
del partido que gobierna la Ciudad Aut�noma de Buenos Aires.
La Argentina y Chile constituyen as� la vanguardia regional en el
enjuiciamiento de los cr�menes de lesa humanidad, declarado obligatorio por
la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
En Chile ese avance est� amenazado por el candidato de la derecha, el
empresario Sebasti�n Pi�era. Durante una reuni�n con retirados de las
Fuerzas Armadas, dijo que los juicios no pod�an arrastrarse para siempre,
pero esa opini�n no figura en su programa electoral, que s�lo incluye en el
rubro defensa mejoras provisionales y de salud para militares y polic�as.
En la Argentina la Corte Suprema de Justicia declar� que los cr�menes de
lesa humanidad no pueden ser amnistiados ni su persecuci�n caduca por el
mero paso del tiempo.
Jornal El Pais, Espanha,
Jesus Rodriguez 22/11/2009
A 8.000 metros de profundidad, frente a sus costas, un océano inmenso
de petróleo puede convertir a Brasil en una nueva e influyente
potencia mundial. Una ocasión histórica que el presidente Lula quiere
aprovechar para acabar con la pobreza y el atraso de su país y para
financiar el Mundial de Fútbol de 2014, los Juegos Olímpicos de 2016
y
el tren de alta velocidad. Y demostrar al mundo que Brasil todavía es
diferente.
El futuro de Brasil reposa en las entrañas del Atlántico. Mar
adentro,
a 8.000 metros de profundidad, frente a la costa tropical que une Río
y São Paulo, aguarda desde hace 50 millones de años un océano de
petróleo que puede cambiar el destino de este país veinte veces mayor
que España. Un tsunami de oro negro capaz de acabar con la pobreza y
transformarlo en la sexta potencia del mundo; en portavoz de los
países emergentes; líder de América Latina; miembro del Consejo de
Seguridad; financiar su educación, sanidad e investigación. Cimentar
una industria nacional poderosa. Y demostrar que puede escapar a la
eterna maldición de represión, corrupción y desigualdad que arrastran
los grandes productores de crudo del planeta, desde las monarquías
del
golfo Pérsico hasta Nigeria, Irán o Venezuela. "El petróleo es el
excremento del diablo; una maldición que le quita al enfermo la
voluntad de curarse", teoriza el politólogo y ex ministro de
Industria
venezolano Moisés Naím. Frente a ese modelo de dependencia absoluta
de
las exportaciones de crudo, los dirigentes brasileños esgrimen su
segunda vía: "Al contrario que los tradicionales Estados productores
de petróleo con muchas reservas, poca tecnología e industria, un
mercado interior pequeño y mucha inestabilidad, nosotros contamos con
grandes reservas, pero tenemos alta tecnología, una base industrial
diversificada, un gran mercado interno y, sobre todo, estabilidad".
En abril de 2006, Lula clamaba con las manos manchadas de crudo:
"Dios
es brasileño" todas las nuevas ganancias del petróleo irán a un fondo
social contra la pobreza
El negocio del petróleo está reactivando toda la industria del país
Brasil aún cuenta con 40 millones de pobres, pero son la mitad que
hace sólo 15 años
Para comprender la desigualdad social de Brasil hay que subir hasta
las favelas"
Brasil es diferente. Ése es al menos el diseño esbozado por el viejo
compañero del metal del sindicalismo brasileño, Luiz Inácio Lula da
Silva, de 64 años, durante sus dos mandatos como presidente. El
secreto de su éxito político ha sido el equilibrio. Cautela en
materia
económica y osadía en el plano social. Y estabilidad, "mucha
estabilidad", un adjetivo reiterado con orgullo por los hombres del
presidente. Brasil es un país fiable e influyente. Cuenta con 40
millones de pobres, pero son proporcionalmente la mitad que hace 15
años. Y la cifra va en descenso. Y la clase media, en aumento. "No
queremos ser un país rico y paria. No queremos diamantes de sangre,
sino democracia y progreso", describe un político carioca del Partido
dos Trabalhadores, la formación política de Lula: "Queremos
aprovechar
esta ocasión única que nos ofrece el petróleo; crear riqueza y que
llegue a cada habitante. Avanzar. Participar en la tecnología y la
investigación. No queremos exportar petróleo, importar todo lo demás
y
echarnos a temblar cada vez que caiga el precio del barril".
Brasil, el eterno gigante aletargado, está a punto de despertar. Se
está desperezando. El crudo es la gran espoleta, pero no hay que
olvidar que será el anfitrión del Mundial de Fútbol de 2014 y
organizará los Juegos Olímpicos de 2016; va a construir el primer
tren
de alta velocidad del continente y está realizando enormes
inversiones
en infraestructuras, vivienda, educación y protección social. Ese
dinero tiene que salir del crudo y sus derivados.
Un negocio muy caro y muy rentable. En la industria del petróleo, el
tiempo es oro. Un minuto de perforación en aguas ultraprofundas
cuesta
5.000 euros. En una sala blindada con las paredes cubiertas por
monitores en el corazón de la sede de Repsol en Río de Janeiro se
refleja cada movimiento de su plataforma de perforación Stena
DrillMax
I, que opera a 190 kilómetros de la costa de Macaé. Se visualiza en
pantalla cada centímetro que atraviesa su broca en el lecho marino;
la
composición de cada material en el que penetra, su resistencia y
temperatura, y el tiempo que resta para alcanzar el crudo. Desde que
se inicia la exploración de un yacimiento hasta que empieza a
producir
pueden pasar diez años. No es un negocio apto para cardiacos.
La Stena llegó a Brasil para perforar el bloque BM-C-33, en la cuenca
de Campos, hace dos meses, procedente del golfo de México; Repsol
paga
un millón diario de alquiler por esta plataforma (sus equipos y la
tripulación de 180 personas de 20 nacionalidades), que permanecerá en
estas aguas hasta enero antes de dirigirse a un nuevo bloque en aguas
de Brasil; los geólogos afirman que el crudo se encuentra a una
profundidad de 6.583 metros. La Stena perfora 24 horas al día. Los
gráficos que se reciben sin pausa en esta sala RTO (Real Time
Operation) aseguran que ya se han alcanzado los 4.494 metros. El
crudo
puede estar cerca. Antes hay que atravesar una barrera de sal viscosa
y movediza como la gelatina de más de un kilómetro de espesor. Pocos
datos más nos facilitan los geólogos. Toda la información que se
maneja en esta estancia blanca y sin ventanas es confidencial. La
petrolera española se juega en aguas brasileñas cientos de millones
de
inversión, sus reservas futuras y su prestigio y cotización bursátil.
No tiene un minuto que perder.
Lo curioso es que Brasil nunca fue una potencia petrolera. Al
contrario. Era uno de los mayores productores mundiales de carne,
café, soja, cacao, madera, caucho, azúcar, zumos de frutas, grano,
hierro, uranio o esmeraldas. Todo bajo un sol generoso y regado por
la
primera reserva de agua dulce del planeta. Como reza grandilocuente
su
himno nacional, "Gigante por la propia naturaleza / eres bello, eres
fuerte, impávido coloso". No miente. Impresiona perderse por este
inmenso territorio entre lagunas y bosques interminables donde la
vegetación abarca cientos de kilómetros de costa, los cultivos no
tienen fin y el 80% de la energía es de origen hidroeléctrico. Brasil
tenía todo menos crudo. A mediados de los cincuenta importaba el 95%
del petróleo que consumía. Era el reverso de otros países
latinoamericanos, como México o Venezuela, que explotaban desde los
años treinta sus generosos yacimientos. El éxito exploratorio
brasileño es el resultado de medio siglo de tesón. Una obsesión por
ir
más hondo, más lejos. Y considerar el petróleo como un recurso
estratégico, no un surtidor de dinero fácil. En aquellos primeros
pasos se acuñó un eslogan en Brasil que revela la importancia para el
orgullo nacional del control estatal del crudo: "O petróleo é
nosso" (el petróleo es nuestro). Lo explica un ingeniero de
Petrobrás,
la compañía nacional del petróleo brasileña: "La clave era buscar la
autosuficiencia energética, no convertirnos en exportadores. Nunca
pensamos entrar en la OPEP. Queríamos tener petróleo y crear una
industria petroquímica. Manufacturar. Aprender el negocio y lanzarnos
a operar en el exterior. Y ya estamos trabajando en 27 países. Ha
sido
una carrera de fondo. Cuando nos cercioramos de que no había petróleo
en tierra, nos lanzamos al mar, fuimos los primeros y hemos ido
acumulando experiencia; en 1977 descendimos a 124 metros. Y
continuamos a medida que el conocimiento científico lo iba
permitiendo. Hoy, nuestro récord de perforación está en 7.000 metros
en el lecho marino tras atravesar una lámina de agua de otros 3.000".
El éxito se hizo de rogar. En la década de los setenta, Brasil aún
importaba el 80% del combustible. Su dependencia de las importaciones
de crudo era tal que tras la primera crisis del petróleo de 1973, el
Gobierno militar promovió la fabricación de etanol a partir de la
caña
de azúcar como sustitutivo de la gasolina. Hoy, la mayoría de los
coches brasileños funcionan con una mezcla de gasolina y un 25% de
etanol. El 80% de los vehículos que se fabrican en este país ya
admite
esa composición, que supone para el país un ahorro diario de más de
500 millones de litros de gasolina. También se optó por la energía
nuclear con la construcción de dos centrales y una tercera en
proyecto. Al margen de esas alternativas energéticas, los sucesivos
Gobiernos, en dictadura o democracia, jamás frenaron la exploración
del océano. Era cuestión de Estado.
A mediados de los ochenta, los geólogos tuvieron por fin la certeza
de
que decenas de miles de millones de barriles de petróleo aguardaban
enterrados en la cuenca de Santos. Los yacimientos se extendían hasta
las vecinas cuencas de Campos y Espíritu Santo a lo largo de una
extensión equivalente a un tercio de España. La cuestión era llegar a
ellos, extraerlos y conducirlos a tierra. Más difícil aún al
permanecer atrapados bajo una capa de dos kilómetros de sal que hacía
imposible en aquel momento su visualización y extracción. Estos
yacimientos, a los que se denominó pre-sal, representaban una de las
más grandes reservas de petróleo del planeta en un momento en el que
los tradicionales productores comenzaban a mostrar síntomas de
agotamiento. Un golpe de suerte. Antes había que explotarlos.
Los retos a los que se enfrentaban las petroleras públicas brasileñas
para acometer la exploración y desarrollo de esos yacimientos eran
enormes. Para empezar, necesitaban financiación. Mucho dinero. Y
había
que captarlo fuera. Técnicamente, el proyecto era tan complicado como
alcanzar la Luna. Había que descender una tubería a lo largo de una
lámina de más de 2.000 metros de agua hasta ...
O garoto lunfita
"Hegelly" <mar...@zipmail.com.br> escribi� en el mensaje
news:274ff3bc-19f9-4dd1...@u37g2000vbc.googlegroups.com...
Aqui falamos portugu�s....
Hoy Brazil, mañana Marte, hasta la mañana la Luna una fina lámina de
petroleo.
Hay hay hay caramba! Vou andar de caçamba.