Revolución Industrial y cambios cualitativos en las relaciones de
producción:
Con la Revolución Industrial, los bienes y servicios más relevantes,
generados a partir del conocimiento tácito y mano de obra familiar,
pasaron a ser “producidos” por máquinas, en las fábricas creadas por
el sistema de técnicas del industrialismo emergente. Esto representó
el fin de la economía basada en el trabajo de los artesanos y el fin
de la relación entre maestros y aprendices. El conocimiento tácito de
estos actores fue sistematizado, traducido para el lenguaje mecánico y
materializado en las líneas-de-montaje de las fábricas, donde ya no se
necesitaba de las mentes sino de las manos de los que generaban
aquellos bienes y servicios. La economía productiva pasó a basarse en
tres factores tangibles e interdependientes: tierra, capital y
trabajo. La idea de progreso fue culturalmente introducida, con la
premisa de que el crecimiento material era ilimitado, y que
beneficiaría a toda la humanidad. El capital y el trabajo se quedaron
interdependientes; mientras el capital sobre-explotaba al trabajo,
uno no podría existir sin el otro.
Revolución Industrial y cambios cualitativos en las relaciones de
poder:
Durante la Revolución Industrial, el poder fue transferido de las
manos de los que poseían la tierra, y de las mentes de los que poseían
el conocimiento tácito, para las manos de los que poseían el capital
industrial, porque éstos pasaron a poseer las fábricas y las máquinas
del industrialismo emergente. La dinámica de la ecuación del poder -
integrada por los factores fuerza, dinero y conocimiento- fue alterada
(Toffler 1990).
Desde la invención de la agricultura, hace más de 10 mil años, la
fuerza había prevalecido sobre el dinero y el conocimiento dentro de
esta ecuación. A partir de la Revolución Industrial, la fuerza fue
reemplazada por el liderazgo del dinero, en el contexto de las reglas
nacionales establecidas por los Estados-Naciones, cuyo poder creció
rápidamente, principalmente para proteger la propiedad privada y
promover los intereses mercantilistas e (principalmente) industriales
del sistema capitalista en expansión. Obviamente, la fuerza continuó
a ser usada y abusada, pero el capital asumía el estatus
incuestionable de factor estratégico en la ecuación del poder, por su
aporte crítico al proceso de producción, distribución y apropiación de
la riqueza, a través de la sobre-explotación del trabajo.
Revolución Industrial y cambios cualitativos en la experiencia humana:
La Revolución Industrial generó impactos radicales en, por ejemplo, la
institución de la familia, en el concepto de sexualidad y en las
relaciones de los seres humanos con la naturaleza. En el caso de la
familia, toda su existencia pasó a ser planificada en torno al tiempo
mecánico establecido por los relojes de las fábricas, y no más por los
ritmos de la naturaleza que habían prevalecido sobre la dinámica de
las comunidades. Las fábricas separaron a los padres de sus hijos
durante el día, que se quedaron privados de la interacción frecuente a
que estaban acostumbrados. En el caso de la sexualidad, los esposos
fueran también separados de sus esposas por la fábrica durante el
día. Esta nueva realidad pasó a determinar hasta la hora en que
podrían hacer el amor: antes o después del horario de la fábrica.
Los casados y enamorados fueron presionados a programar el periodo en
que sus deseos y sentimientos podrían ser estimulados y cultivados, ya
que la fábrica se interponía entre las parejas durante el periodo más
largo en que estaban despiertos. La relación orgánica con la
naturaleza, que era lo común en el agrarianismo, fue radicalmente
reemplazada por una relación instrumental y utilitarista, donde la
naturaleza pasó a ser percibida apenas como una reserva de recursos
naturales y de ciertas materias-primas a ser explotadas.
Revolución Industrial y cambios cualitativos en la dimensión cultural
Con la Revolución Industrial, las relaciones sociales, antes de
naturaleza orgánica, fueron superadas en volumen e importancia por
relaciones de naturaleza mecánica, impersonal, generadas a partir de
la proliferación de las fábricas del industrialismo emergente. Éstas
reunían a extraños, que debían relacionarse entre sí, independiente de
su origen geográfico e historia social. La emergencia de nuevos
negocios en las ciudades industriales también atraía a extraños
(fenómeno de la urbanización), que se relacionaban de forma impersonal
en el espacio del mercado. En paralelo, el nuevo sistema de ideas
promovía los valores requeridos por el industrialismo mecánico:
individualismo, eficiencia, productividad, comando, control,
cuantificación, disciplina, puntualidad, asiduidad. Estaba en marcha
la consolidación de la cultura de la eficiencia productiva, donde la
metáfora de la máquina servía para todo: para interpretar el mundo y
para comprender la vida cotidiana, para actuar sobre la realidad
general y para decidir sobre las rutinas domésticas, para inspirar a
la educación de las masas y para moldear la práctica científica.
Es relativamente fácil deducir los trastornos generados por la
Revolución Industrial: mucha turbulencia, inestabilidad,
incertidumbre, desorientación, discontinuidad, inseguridad,
fragmentación, perplejidad y, por lo tanto, vulnerabilidad
generalizada. El resultado fue la dominación de la lógica mecánica de
la época del industrialismo sobre la lógica orgánica de la época del
agrarianismo, a través del establecimiento dominante de un nuevo
sistema de ideas, un nuevo sistema de técnicas y una nueva
institucionalidad para el desarrollo. Pero el imperio del
industrialismo tuvo vida corta; 200 años después de la revolución que
le originó, el industrialismo agoniza en su ocaso, abriendo paso al
alba de una nueva época.
La época emergente es una fotografía fuera de foco. Todavía no es
posible anticipar como estaremos en el 2050. Pero algunas de las
tendencias actuales apuntan hacia un mundo más integrado
tecnológicamente y más interdependiente económicamente, pero más
fragmentado política y socialmente, y con más desigualdades sociales,
antiguas y nuevas (Amin 1997; Hoogvelt 1997; De Souza Silva et al.
2001a).