Enviado por admin2 o Xov, 19/02/2004 - 23:42.
Entrevista a Monseñor Pedro Casaldaliga: El neoliberalismo es la
muerte
El neoliberalismo es la idolatría de la muerte, afirma Mons. Pedro
Casaldáliga, obispo de São Félix do Araguaia (Mato Grosso, Brasil), en
esta entrevista. Como obispo y, por tanto, como servidor de toda la
Iglesia, él establece un puente anual entre las comunidades de la
Amazonia y Centro-Oeste de Brasil y los pueblos centroamericanos. Une,
en un solo corazón y una sola esperanza, las angustias y las
aspiraciones de los indios del Araguaia y de los campesinos de
Nicaragua, de los agentes pastorales de Santa Terezinha y de los
misioneros de El Quiché, en Guatemala. Casaldáliga dice que el
neoliberalismo profundiza el empobrecimiento de los pueblos de nuestra
América, al idolatrar al dios del mercado. Y pide a la sociedad que
tenga vergüenza y venza el hambre de las mayorías. Brasileño de
adopción, español de nacimiento, latinoamericano de honor, Pedro
Casaldáliga es una de las personalidades más representativas de la
Iglesia de los Pobres en Brasil, en América Latina y en el mundo.
Misionero claretiano, vino a trabajar a la Amazonia hace 25 años. Es
uno de los fundadores del Consejo Indigenista Misionero (CIMI) y de la
Comisión Pastoral de la Tierra (CPT) de la Iglesia brasileña. La
dictadura militar intentó cinco veces expulsarlo del país.
Su Prelatura fue invadida cuatro veces en operaciones militares. En
1977 fue asesinado a tiros, a su lado, el padre Juan Bosco Penido
Burnier; él y Pedro protestaban contra las torturas que practicaba la
policía contra mujeres presas. Varios de sus sacerdotes fueron
apresados y uno de ellos, Francisco Jentel, fue condenado a 10 años de
prisión y expulsado del país. El archivo de la Prelatura fue saqueado
y su boletín fue editado de forma apócrifa, para incriminar al obispo.
Pedro ha sido perseguido también por los sectores conservadores de la
Curia Romana y de la Iglesia de Brasil y de América Central. Poeta, es
uno de los autores de la 'Misa de la Tierra sin males' y de la 'Misa
de los Palenques (Quilombos)', con Milton Nascimento y Pedro Tierra.
-¿Cuáles son los rasgos que caracterizan la realidad latinoamericana
hoy?
- La palabra de orden, hoy, en América Latina, el Caribe y el mundo es
'neoliberalismo', con las consecuencias más dramáticas para el Tercer
Mundo. No podemos olvidar que el neoliberalismo continúa siendo el
capitalismo. A veces se olvida esto.
Me preguntaron varias veces, en este viaje, qué puede decir o hacer la
Iglesia ante el neoliberalismo. Yo, recordando los consejos de
nuestros antiguos catecismos ('contra pereza, diligencia; contra gula,
abstinencia') respondí: 'contra el neoliberalismo, la siempre nueva
liberación'. Destaqué que el neoliberalismo es el capitalismo
transnacional llevado al extremo. El mundo convertido en mercado al
servicio del capital hecho dios y razón de ser. En segundo lugar, el
neoliberalismo implica la desresponsabilización del Estado, que
debería ser el agente representativo de la colectividad nacional. Y
agente de servicios públicos. Al desresponsabilizar al Estado, de
hecho se desresponsabiliza la sociedad. Deja de existir la sociedad y
pasa a prevalecer lo privado, la competencia de los intereses
privados. La privatización no deja de ser el extremo de la propiedad
privada que, de privada, pasa a ser privativa y que, de privativa,
pasa a ser privadora de la vida de los otros, de las mayorías. La
privatización es privilegización, la selección de una minoría
privilegiada que, ésa sí, merece vivir, y vivir bien. Esta es doctrina
de los teólogos del neoliberalismo: el 15% de la humanidad tiene
derecho a vivir y a vivir bien; el resto es el resto. Al contrario de
lo que dice la Biblia, de que es el resto de Israel, resto de pobres,
quien debe abrir caminos de vida y de esperanza para las mayorías. El
neoliberalismo es la marginación fría de la mayoría sobrante. O sea,
salimos de la dominación hacia la exclusión. Y, como se suele decir,
hoy ser explotado es un privilegio, porque muchos ni siquiera alcanzan
la 'condición' de explotados, ya que no tienen ni empleo. Estamos
viviendo entonces lo que se llama un 'maltusianismo' social, que
prohíbe la vida de las mayorías.
El neoliberalismo es también la negación de la utopía y de toda
posible alternativa. Es conocida la expresión de Fukuyama: el 'fin de
la historia', el no va más de la historia. Es también la mentira
institucionalizada, con base en la modernidad, de la técnica, de la
libertad y de la democracia. Bellos nombres que deberían tener su
auténtico valor, pero que son manipulados y tergiversados. Se trata de
una modernidad que ya es posmodernidad, en el Primer Mundo, y una
técnica que es puesta como valor absoluto, en función del lucro y una
pseudolibertad y una pseudodemocracia. En América Latina salimos de
las dictaduras para caer en las 'democraduras'. Es bueno recordar la
palabra lúcida del teólogo español González Faus -que ya ha venido
varias veces a América Latina- al decir que, así como el colectivismo
dictatorial es la degeneración de la colectividad y la negación de la
persona, el individualismo neoliberal es la degeneración de la persona
y la negación de la comunidad. El individualismo egoísta degenera la
persona, que, por definición, debería ser relación y complementación
con los otros. Este individualismo neoliberal es, pues, la
degeneración de la comunidad, que es participación y compartimiento.
Como Iglesia, como cristianos, delante de esta bestia fiera del
neoliberalismo, es necesario que proclamemos y promovamos el servicio
del Dios de la Vida. Hoy, más que nunca, la Teología de la Liberación,
la Pastoral de la Liberación y la Espiritualidad de la Liberación,
proclaman, afirman y celebran y practican el Dios de la Vida. Se trata
también de promover la responsabilidad y la corresponsabilidad de las
personas y de las instituciones sociales y de la propia Iglesia, a
todos los niveles. El mandamiento de Jesús vivido en la vida diaria,
política e institucionalizada. La opción por los pobres, muy definida
por las mayorías. Jesús mismo la formula diciendo: 'He venido para que
tengan vida y la tengan en abundancia'.
Y la afirmación de la utopía, que refuerza la esperanza en la acogida
y en el servicio, ya, aquí y ahora, estimulando y posibilitando la
presencia y la acción de los nuevos sujetos emergentes (el mundo
indígena, el mundo negro, la mujer, la juventud), el protagonismo de
los laicos -como ha dicho Santo Domingo- y el protagonismo de los
pobres. Esta es la política del Evangelio de Jesús. La verdad nos hace
libres, y la transparencia de vida debe aparecer como testimonio. En
términos de Iglesia, esto se traduce muy bien en la Teología y en la
Espiritualidad de la liberación, en las comunidades de base, en las
pastorales específicas que actúan en esas fajas más prohibidas y más
marginadas, por la Biblia en las manos del pueblo. Por la Pastoral de
la Frontera, la Pastoral de la Consolación y la Pastoral del
Acompañamiento. Y también, más recientemente, por la Pastoral de la
Sobrevivencia, sin caer en el pragmatismo asistencialista que podría
hacer nuevamente que el pueblo olvidase las estructuras, las causas,
los derechos. Me llamó la atención (y voy a decirlo con simplicidad,
respeto y libertad de espíritu) que un sacerdote español que vino a
Honduras dijo a un grupo de miembros del movimiento del
neocatecumenado: las tres grandes tentaciones para la Iglesia de Dios
en América Latina hoy son el nacionalismo, la inculturación y la
ecología. Yo lo interpreté así: si el nacionalismo me incomoda es
porque estoy defendiendo el transnacionalismo; si la inculturación me
incomoda es porque continúo defendiendo el colonialismo; si la
ecología me incomoda, es porque defiendo el capitalismo depredador. El
propio documento de Santo Domingo aconseja a los movimientos
neoconservadores que participen en la Pastoral de Conjunto y no sean,
de hecho, neocolonizadores. La inculturación es el gran desafío para
la Iglesia en América Latina y en el Tercer Mundo. Se trata de esa
encarnación en las culturas, en los procesos, en la realidad de
nuestro pueblo. Vi por ahí una camiseta con la inscripción: '501'. O
sea, comenzamos ya otros 500 años de otro signo. Social, política,
cultural y eclesiásticamente, queremos que así sea.
-América Latina vive un nuevo período de elecciones presidenciales en
varios países (Bolivia, Uruguay, Paraguay, Brasil, Guatemala, El
Salvador, Argentina y otros). Estas elecciones vienen sucediéndose
prácticamente desde el poder colonial. ¿Qué implican de desafío?
- Las elecciones son muy publicitarias y dependen en gran parte de
redes de televisión que hacen las elecciones. Hay una decepción
bastante generalizada con relación a los políticos. Todas las personas
conscientes piden otros políticos. Los partidos están desprestigiados,
en muchos lugares. Muchos sectores quieren incluso prescindir de los
partidos. Piensan más en alianzas de tipo movimiento popular. Tampoco
podemos caer en el peligro de diluir la conciencia, la resistencia y
la organización, y seguir dominados por fuerzas que tienen en sus
manos el dinero, los medios de comunicación y los puestos políticos.
Pero no hay duda de que, bajo el poder del capital neoliberal,
representado por el FMI y por el Banco Mundial, la alianza de esos
políticos de marketing, al servicio del mismo neoliberalismo y ante la
impotencia de amplios sectores de las fuerzas populares, es de temer
que se repitan, con algunos retoques, las elecciones de años
anteriores y hasta de siglos atrás, como usted señala. La táctica en
todas partes es la misma. Las promesas, los programas acaban siendo
los mismos. Todos los partidos conocen muy bien las necesidades del
pueblo y saben programar teóricamente soluciones. Por otra parte,
recientemente ha llamado la atención del mundo entero que Cuba haya
votado significativamente en favor de Fidel. Leí comentarios de medios
de comunicación de Europa -antes de las elecciones cubanas-
pronosticando que Fidel sufriría una derrota. Cuba está mal
económicamente, de esto no hay duda, pero los cubanos ven lo que
ocurre a sus vecinos neoliberales y no quieren perder las conquistas
básicas de la Revolución, en educación, en salud, en participación
popular.
- Sobre Cuba, ¿qué actitud piensa usted que los cristianos debemos
asumir ante la situación de ese país, en este momento?
- Debemos continuar condenando, abiertamente, el bloqueo económico a
Cuba. Es algo totalmente injusto e inicuo. Es simplemente un gesto de
prepotencia y de orgullo imperial de Estados Unidos. En segundo lugar,
debemos ayudar al propio pueblo cubano y a sus dirigentes a irse
abriendo también a aspectos formales de la democracia. Debemos, antes
de nada -y la historia seguirá agradeciendo siempre esto- la actitud
firme, coherente de antiimperialismo de la Revolución Cubana. Y
debemos ir posibilitando, entre todos, la integración latinoamericana
de un modo alternativo. Ni el MERCOSUR (Mercado Común del Cono sur),
ni el NACLA (Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Canadá y
México).
México lo está pasando mal. Muchos empresarios tuvieron que cerrar sus
empresas. El obispo de Chiapas, Mons. Samuel Ruiz, me dijo que se
puede prever cualquier tipo de insurrección en el país. Ya se llegó al
extremo de importar leche de Australia.
- ¿Qué piensa usted de la deuda externa, que parece olvidada hasta por
parte de los partidos progresistas?
- La deuda externa continúa siendo la sangría de nuestros pueblos.
Sigue siendo el gobierno real de nuestras democracias. No son nuestras
Constituciones las que mandan; es la deuda externa. Los presidentes y
los ministros de hacienda de nuestros países son representantes del
FMI. La deuda externa, con el pago de los intereses, es lo que
condiciona los salarios, los servicios públicos. Mientras no
resolvamos este problema, es prácticamente imposible imaginar una
economía democrática en nuestros países de tercer mundo. Y,
evidentemente, no será el neoliberalismo el que resuelva el problema
de la deuda externa. 'En América Latina salimos de las dictaduras para
caer en las 'democraduras'.'
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ALAI, América Latina en Movimiento, 20/05/03
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