Sábado, 17 de octubre, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
(Felices días de Fiesta de octubre a todo Quito, capital eterna de
todas las familias ecuatorianas, dentro y fuera de nuestro gran
territorio ecuatoriano. Por ello, le deseamos de todo corazón, en
estos días: Feliz día de su Fundación de 475 años a San Francisco de
Quito, para que sea, por no variar, “la primer luz de América” para la
Independencia de muchos de nuestros pueblos hermanos del yugo
extranjero. Que nuestro Padre celestial los siga bendiciendo rica y
abundantemente, en el poder glorioso de cada uno de sus dones
sobrenaturales de su Espíritu Santo, por la gracia infinita de su Hijo
Jesucristo, para enriquecer sus hogares y cada una de sus obras de las
cuales emprendan en sus vidas, para bien eterno de sus hijos e hijas y
amistades también.
Además, le damos gracias al Profesor Vizuete, director técnico de
nuestra gran selección ecuatoriana, por su gran esfuerzo de tratar de
entrar calificado con todo su plantel de atléticos futbolísticos al
Mundial de Sudáfrica 2010. Todos sus esfuerzos, y por el buen fútbol
colectivo de sus integrantes, el cual desplegaron ante las mejores
selecciones de nuestra Iberoamérica, hizo sobresaltar los corazones de
muchos alrededor del mundo del balompié con profundas alegrías y
sorpresas—pues le damos gracias por todo ello también. Gracias una vez
más al Prof. Vizuete y a cada uno de los integrantes de nuestra gran
selección ecuatoriana y sus familias, por su gran labor deportiva y
fidelidad incomparable. Concretamente, por la gran labor manifestada
del Prof. Vizuete a través de estos últimos años, entonces deseamos
que siga como director técnico de nuestra selección, para que alcance
nuevas glorias futuras para nuestros pueblos en nuestros campos
futbolísticos y lejos de ellos también, manteniendo así cien por
ciento ecuatoriano la historia de nuestra selección ecuatoriana, para
muchos años porvenir.)
COMEMOS Y BEBEMOS DE LA GLORIA DE DIOS SIEMPRE CON SU JESUCRISTO:
Tuyos son, oh Dios, los cielos, la tierra y toda su gloria infinita en
cada una de todas las cosas que has creado, para bendición y
exaltación de tu nombre muy santo en los corazones de los ángeles y
así también de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de todas las
familias de las naciones. Por lo tanto, sólo tu gloria puede llenar el
corazón de cada una de todas tus criaturas, sean ángeles del cielo u
hombres y mujeres de toda la tierra, así como llenas misteriosamente y
grandemente el vasto universo con tu misma gloria infinita, por medio
de tu Hijo Jesucristo.
Ciertamente que tuyos son, oh Padre celestial, la nobleza, el poder,
la gloria, el esplendor y la magnificencia de las cosas; porque todo
subsiste de acuerdo a tu bendita voluntad eterna de todo lo que has
creado, ya sea de las que están en los cielos, en la tierra y en La
Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo. Entonces sólo tuyo es el
reino, oh Padre santísimo, y tú te enalteces grandemente como cabeza
de todos, grande y pequeño, sobre todo lo alto de las alturas
celestiales más distantes del más allá, como de donde salimos de tu
corazón y de tus manos, para recibir a tu Jesucristo en nuestros días,
por el poder sublime de tu misma fe inagotable.
Por eso, te alabamos y te damos gloria y honra grandemente, por medio
de nuestros corazones, gracias a la obra santísima que tu Hijo amado
ha logrado conquistar sobre todo lo alto de la loma santa de
Jerusalén, en Israel, para bien de toda vida angelical y humana en el
cielo y así también por todos los lugares del mundo entero. Y por ésta
gloria viva, pues, enviaste a tu Hijo amado al mundo y con gran llanto
de tu corazón herido por el mismo hombre, para que resplandezca no
tanto en Jesucristo, así como siempre ha resplandecido en el reino
angelical, sino para que todo hombre, mujer, niño y niña sea llena de
esa misma gloria infinita, de tu Hijo Jesucristo.
Además, nuestro Padre celestial ha hecho todas estas cosas grandes y
pequeñas a la vez, para redimir lo que se había perdido infinitamente
en el cielo, por medio de las mentiras crueles de Satanás, las cuales
Adán y Eva creyeron en sus corazones, para que comiencen a morir de
sed y de hambre del árbol de la vida, ¡su Jesucristo! Visto que, «sólo
nuestro Señor Jesucristo es el pan de la gloria de nuestro Padre
celestial» en el cielo, en la tierra y para la eternidad venidera
igual; es decir, que no hay nadie mayor que nuestro Señor Jesucristo
en ningún lugar, para llevar la gloria de nuestro Padre celestial en
perfecta santidad a través de los tiempos, de generaciones futuras.
Además, desde el día que Adán y Eva creyeron a las mentiras de Satanás
en contra de nuestro Señor Jesucristo, el pan del árbol de la vida
eterna del paraíso y de las afueras de la Nueva Jerusalén santa y
gloriosa del cielo, el hombre y así también sus retoños mueren de
hambre y de sed delante de su Hacedor. Es decir, que el hombre sufre
males terribles a cada hora, como problemas y dificultas terribles y
así también enfermedades y muertes sin fin: porque su corazón y su
alma viviente están muriendo de sed y de hambre de Dios y de su
Jesucristo en todos los lugares de la tierra y para la eternidad
mortal del lago de fuego también.
Porque el hombre fue creado inicialmente para que viva junto con el
Espíritu Santo de amor infinito entre el Padre y el Hijo Jesucristo, y
jamás lejos de ellos, ni por un solo instante; pero el hombre, hoy en
día, vive lejos de Dios con los suyos, por culpa de las mentiras de
Adán y Eva vivas aún en sus corazones eternos. Y como el hombre vive
en pecado y lejos del Fundador de su vida, entonces cada día sufre los
males terribles del hambre y de la sed por falta de la comida y de la
bebida del pan real de nuestro Padre celestial, la cual da vida y,
además, es su gloria infinita, únicamente manifestada a todo ser
viviente en su Jesucristo.
En verdad, es por falta de la gloria de nuestro Padre celestial y de
su Jesucristo en el corazón, alma, cuerpo y espíritu humano de cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las familias del mundo entero, por
los cuales mueren progresivamente: por eso, Jesucristo tiene que
volver a ellos, de una manera u otra, y cuanto antes mejor. Porque el
proceso del envejecimiento y muerte del cuerpo y del espíritu humano
del hombre es por falta de la comida y de la bebida de la gloria de
nuestro Padre celestial, su Hijo Jesucristo, y nada más: para que
entonces el corazón, el cuerpo, el alma y el espíritu humano vuelvan a
nacer y tener vida para siempre y abundantemente.
De otra manera, el hombre jamás podrá dejar de envejecer ni mucho
menos de morir cada día de hambre y de sed del pan del árbol de la
vida, la gloria de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, el
Hijo de David, ¡nuestro Señor y Salvador Jesucristo! Por eso, el
Espíritu Santo del evangelio eterno del amor infinito de nuestro Padre
celestial y de su Hijo Jesucristo no cesa de ser predicado en el cielo
por los ángeles y así también en la tierra por el hombre, para que
todos despierten ya en la gloria de Dios, para dejar de morir y
empezar a vivir la vida eterna todos juntos.
Por lo tanto, la gloria de nuestro Padre celestial y de su Hijo
Jesucristo también se come y se bebe, como se puede comer y beber del
Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, los cuales ningún hombre,
mujer, niño, niña los podrá cumplir ni menos glorificar propiamente
delante de nuestro Padre celestial y de sus huestes angelicales, salvo
¡nuestro Señor Jesucristo! Es decir, también que para cumplir y
glorificar el Espíritu Santo de la nueva vida eterna de los Diez
Mandamientos, entonces cada uno de nosotros, en nuestros millares, en
toda la tierra, sin duda, tiene que comer y beber de Jesucristo;
porque todo aquel que come de su pan de vida, pues entonces, cumple
infinitamente con el Espíritu Santo de la Ley.
Pues esa es la gloria de nuestro Padre celestial en cada uno de
nosotros, de que su Hijo Jesucristo vive por nosotros cumpliendo y
glorificando grandemente el Espíritu Santo de los Diez Mandamientos,
en la tierra y así también en el paraíso y en la Nueva Jerusalén santa
y gloriosa del cielo, para toda la nueva eternidad venidera. Y sí tú,
mi estimado hermano y hermana, cumples y glorificas el Espíritu Santo
de los Diez Mandamientos, entonces no solamente has pasado de las
tinieblas de la muerte a la luz de la vida eterna, sino que eres mayor
que los ángeles, porque ahora eres igual a Jesucristo, de pies a
cabeza, para nuestro Padre celestial y su nueva eternidad celestial.
Porque la verdad es que cuando nuestro Padre celestial creaba al
primer hombre, Adán y después a ti, con la ayuda idónea de su Espíritu
Santo de amor y de gracia infinita para con todos, entonces lo copió
de pies a cabeza de su misma imagen y conforme a su semejanza
celestial, y éste ser tan santo y glorioso es su Hijo Jesucristo. Por
esta razón, el rey Melquisedec de Salem, cuando vio a Abram, entonces
sin demora preparó la mesa del SEÑOR, para darle de comer del pan del
cielo y de beber de la copa de vino, la cual es «la sangre
santificadora y reparadora del pacto eterno» no sólo de Israel sino de
multitudes de naciones a través de las edades.
Y ésta es la sangre bendita de nuestro Padre celestial, la cual la
derramó en su día y en su hora por medio de nuestro Señor Jesucristo,
sobre los árboles cruzados sin vida de Adán y Eva, para limpiarnos de
nuestros pecados sobre su roca eterna, en las afueras de la Jerusalén
de siempre y la celestial también, la cual no muere jamás. Y es,
precisamente, ésta sangre bendita, la cual no solamente viene a
nosotros directamente de un nacimiento perfecto del vientre virgen de
la hija de David, sino que viene a nuestras vidas cada día sin pecados
para nuestro Padre celestial, la cual «se derramó sobre Israel para
resucitar en el tercer día» por todos nosotros, para poder vivir la
eternidad infinitamente libres.
Además, porque ésta sangre santa y reparadora de nuestras vidas
pecadoras vive en la tierra y en el cielo por su Espíritu Santo
omnipresente y todopoderoso, pues entonces también nosotros podemos
vivir eternamente y para siempre no solamente en la tierra, con nuevos
cielos y nueva tierra, sino en el nuevo reino angelical de nuestro
Dios y de su Hijo Jesucristo. Y sí piensas que has pecado demasiado en
tu vida, y que nuestro Padre celestial jamás podrá perdonarte tus
grandes pecados, entonces te estás equivocando también esta vez,
porque no conoces el poder de Dios y de su Jesucristo en toda la
tierra ni mucho menos en el paraíso para siempre, como Adán y Eva, por
ejemplo, no lo conocieron erróneamente.
La verdad es que nuestro Padre celestial sí puede perdonarte todos tus
pecados, porque él tiene los poderes y autoridades necesarias en su
nombre santo y sumamente glorioso de su Hijo Jesucristo para hacerlo
así cada día de tu vida en la tierra, y para siempre en la eternidad
vendiera mantenerte puro y santo para él y para su reino angelical.
Porque ésta es la gloria de nuestro Padre celestial en su Hijo
Jesucristo, por la cual él puede milagrosamente volverte a dar vida y
en abundancia, para que vuelvas a nacer como un nuevo hombre, una
nueva mujer, un nuevo niño o una nueva niña para la eternidad venidera
de su nuevo reino angelical, para que seas por fin feliz
infinitamente.
Por esta razón, en estos días, nuestro Padre celestial tiene la
solución perfecta para cada problema y dificultad de tu vida, y así
también tiene la sanidad sobrenatural para cada enfermedad de tu
corazón, alma y espíritu humano, pero sólo en su Jesucristo viviendo
en tu cuerpo, al comer y beber de él fielmente cada día de tu vida.
Porque es el comer y beber de nuestro Señor Jesucristo cada día lo que
realmente le da gloria y honra a su nombre muy santo, en la tierra y
así también en el cielo, para que todos los problemas, enfermedades y
muertes desaparezcan de tu vida, en un instante y para siempre.
Mejor dicho, cuando comes y bebes de nuestro Señor Jesucristo cada día
de tu vida, entonces lo que sea de Satanás sale de tu vida y hasta de
la vida de los tuyos y amistades también, porque cuando Jesucristo
entra entonces Satanás sale con sus problemas, dificultades,
enfermedades, muertes y demás, para no volver más a ti ni a los tuyos.
Esto es gloria eterna desde tu corazón para nuestro Padre celestial
que está en el cielo esperando por ti con toda su paciencia santa y
antigua, para que dejes de sufrir y morir para Satanás, y vuelvas a la
vida eterna de donde saliste de su corazón y de su reino angelical en
el más allá, para gloria de su nombre santísimo.
Por ello, Melquisedec le sirvió la cena del SEÑOR a Abram y sus
hombres, porque no solamente nuestro Padre celestial le había dado
tantas victorias en contra de sus enemigos mucho más poderosos que él,
sino porque tenía que beber y comer obligadamente del árbol de la vida
en las afueras de Salem, para seguir viviendo y triunfando
progresivamente y para siempre. Es decir, que Melquisedec no invitó
jamás a Abram a que entre en la ciudad y servirle la mesa del SEÑOR en
unos de sus lugares más santos, preciados y lujosos, sino que le
preparó su comida y bebida en las afueras de la ciudad, porque ahí
mismo iban a comer y beber todos los demás, empezando con Adán y Eva.
Puesto que, Adán y Eva habían rehusado comer y beber de la gloria de
Dios en el paraíso, por lo tanto ya no solamente no podían comer ni
beber del árbol de la vida, sino que tampoco de ninguno de los árboles
del paraíso, es decir, que ambos comenzaron a morir de hambre y de sed
en el cielo. Por eso, nuestro Padre celestial los sacó de su vida
santa y gloriosa del paraíso, para que no mueran de hambre ni de sed
delante de su presencia santa y de sus ángeles celestiales, sino que
los envió a la tierra para que vuelvan a tener la oportunidad de comer
y beber del Señor Jesucristo y sólo en su día escogido.
Pero, esta vez seria con clavos y con sangre sumamente santa sobre sus
cuerpos muertos, muertos como árboles secos en las afueras de
Jerusalén, en Israel, para fin del pecado y el comienzo de la gloria y
la honra infinita del nombre santo de nuestro Padre celestial en sus
nuevas vidas infinitamente glorificadas por medio de su Hijo
Jesucristo. Y sólo ahí, ambos, clavados y cruzados como palos secos
sobre todo lo alto del monte santo de Jerusalén y en sus afueras,
entonces ellos pudieron comer de la carne de Jesucristo y beber de su
sangre santísima propiamente, para reconciliación eterna con la gloria
de nuestro Padre celestial, para que ya no mueran más, sino que vivan
infinitamente santos y libres.
Porque la verdad es que es la gloria de nuestro Padre celestial y de
su Hijo Jesucristo en cada uno de nosotros, lo cual no solamente nos
hace libres e hijos de Dios al instante, sino que nos da una nueva
vida totalmente libre de las mentiras y artimañas de muertes eternas
de Satanás y de sus malvados caídos, para siempre. Así pues, una vida
sin Satanás ya es, en sí, una vida sumamente llena de paz, gozo,
prosperidad, por tanto, grandemente rica y con alegrías eternas; ahora
imagínate la grandeza celestial, por un momento, restaurado a la
gloria infinita de nuestro Padre celestial—por medio del Espíritu
Santo de la sangre y de la vida gloriosa de su Jesucristo—es la
felicidad eterna.
Esto es precisamente lo que tu corazón siempre busca en ti, desde el
día que comenzó a tener conocimientos de las cosas que le agradan y de
las que no (le agradan), por ejemplo; siempre buscando la restauración
infinita a la gloria de nuestro Padre celestial, y tú no se la puedes
dar, porque no la alcanzas jamás sin Jesucristo. En otras palabras, el
hombre es sumamente infeliz y, demás, no podrá crecer jamás,
espiritualmente hablando, porque no solamente no siente la gloria de
Dios, como debía sentirla, sino que no la conoce por medio de su Hijo
Jesucristo, su gran Creador y Salvador de su alma, corazón, cuerpo y
espíritu humano, en el cielo y la tierra, para siempre.
Por eso, el Espíritu Santo del evangelio eterno de nuestro Padre
celestial y de su Hijo Jesucristo desciende cada día con poder sobre
nosotros, para alimentarnos con ésta gran historia de amor de Padre e
Hijo, sobre todo lo alto del monte santo de Jerusalén, para fin de
nuestros pecados y el comienzo desde ya de nuestras vidas
infinitamente felices. Dado que, cuando comemos del Espíritu Santo del
evangelio de amor entre Dios y su Hijo Jesucristo, entonces ya la vida
pecadora de Satanás no es la nuestra más, por inicio, como lo fue con
Adán y Eva en el paraíso inicialmente, sino ahora la vida santísima de
Jesucristo es nuestra para siempre, para nuestra felicidad eterna de
nuestros corazones inmortales.
Es decir, que la vida de Jesucristo es tan nuestra, hoy en día, como
la es de él mismo, desde el comienzo de la eternidad celestial y con
toda su gran gloria infinita del nacimiento del vientre virgen de la
hija de David, su consagración a la Biblia, su crucifixión, muerte,
resurrección en el tercer día y ascensión final al paraíso para todos.
En otras palabras, cada uno de nosotros es convertido milagrosamente,
por gracia y por amor eterno de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo, ha ser infinitamente un nuevo ser celestial, así no
tanto como los ángeles gloriosos e incomparablemente fieles a
Jesucristo, sino mucho más que todo esto.
Y esto es convertidos literalmente ha ser eternamente delante de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo como nuestro mismo
Señor Jesucristo, para vivir una vida santa y sumamente gloriosa y
productiva, como si jamás hubiésemos pecado en nuestras vidas de cada
día por toda la tierra y así también en el cielo, para la nueva
eternidad venidera. Es decir, también que todo lo que es nuestro Señor
Jesucristo como Dios e Hijo de Dios, entonces lo somos cada uno de
todos nosotros también para siempre, para ya no vivir más para el
pecado ni bajo la Ley justiciera de Moisés, sino para la gracia y el
favor infinito de nuestro Padre celestial, en la tierra y en el cielo,
eternamente.
Por lo tanto, sí estás sufriendo males terribles de Satanás en tu
vida, entonces será porque la gloria de nuestro Padre celestial y de
su Hijo Jesucristo no ha llegado a ti aún, como llegó a millares en el
pasado a través de las edades y hasta en nuestros días también, por
ejemplo, para salvar infinitamente a la humanidad entera. Porque a
Adán y Eva les llegó Jesucristo no en el paraíso, sino que les llegó a
ellos de lleno al comer y beber del pan del árbol de la vida con
clavos y con sangre reparadora en las afueras de Jerusalén, porque ya
no podían orar por ellos mismos con sus bocas cerradas eternamente, y
todo por haber comido del fruto prohibido.
Por eso, tienes que recibir en tu corazón y confesar con tus labios el
nombre glorioso del Hijo de Dios, para que dejes de sufrir y de morir
cada día para el mal y su infierno eterno e infinitamente tormentoso
para tu alma viviente, para que de este modo escapes de tus males y
enfermedades, los cuales agobian tu vida inhumanamente. Y todo esto
empezó no tanto con Adán y Eva en el paraíso, ya que ambos
desobedecieron al llamado salvador, sino por medio de Abraham e Isaac
su hijo, para que naciese Jacobo y llené de sus hijos el mundo entero,
como las doce tribus de Israel, por ejemplo, para que así
triunfalmente ingrese su gloria divina al mundo entero.
Además, al ingresar la gloria celestial al mundo, por medio del
nacimiento del vientre virgen, de una de las hijas de David, entonces
no solamente comenzar a destruir con su gloria todopoderosa las obras
malvadas de Satanás, sino también vencerlo infinitamente, pero esta
vez para que no vuelva a tocar el espíritu humano del hombre con sus
mentiras y con sus muertes crueles. Para que así cada hombre, mujer,
niño y niña de todas las familias de las naciones, comenzando con
Israel, por ejemplo, vuelva a nacer glorificado y sin enfermedades,
pero no del espíritu rebelde de Adán y Eva, sino del mismo Espíritu
Santo y humano que le volvió a dar vida abundantemente, su Hijo
Jesucristo en el tercer día para la eternidad de todos.
Por cuanto, ha sido Jesucristo, quien no solamente descendió de Dios
para nacer glorioso del vientre virgen como el Mesías celestial, sino
también del vientre virgen de la tierra, como el Mesías terrenal, pero
esta vez resucitó para ser el primero y el último, el nacimiento y la
gloria eterna de todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera. Por lo tanto, sólo nuestro Señor Jesucristo es por siempre la
gloria de nuestro Padre celestial en los ángeles del cielo y así
también del hombre de la tierra, para por fin poder no solamente
volver al paraíso y a su vida eterna en que nació inicialmente todo
hombre, sino también a la nueva vida gloriosa de La Nueva Jerusalén
inmortal del cielo.
Y, hoy en día, comemos y bebemos fielmente de nuestro Señor Jesucristo
cada día, no sólo para complacer toda verdad y justicia celestial de
Los Diez Mandamientos, sino también para volver a vivir la vida eterna
en la tierra, en el paraíso y en La Nueva Jerusalén santa y gloriosa
del cielo, para siempre.
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
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