Sábado, 09 de mayo, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica
(Feliz día de las Madres de toda nuestra América eterna y de todas
nuestras naciones hermanas del mundo entero también. Que nuestro Padre
celestial las bendiga grande y ricamente en el Espíritu Santo de Sus
Diez Mandamientos, infinitamente cumplidos en el nacimiento virgen, en
la vida célebre, en la crucifixión santísima y en su resurrección
gloriosa del tercer día de la tierra de Israel, para bien eterno de
muchos (en Israel y en todas las familias de las naciones del mundo
entero). Por eso, le pedimos fielmente a nuestro Padre celestial en el
nombre glorioso de nuestro Señor Jesucristo, que les conteste cada una
de las oraciones, ruegos, peticiones, suplicas y mediaciones, de las
que tengan delante de Él, para que todo lo que le pidan a Él, entonces
les sea concedida inmediatamente y grandemente también. Porque nuestro
Padre celestial jamás se ha olvidado de ninguna de ellas, pues él
mismo las tiene a todas vivas en su corazón santísimo, por amor a su
Jesucristo. Por lo tanto, él las ama grande y ricamente en el Espíritu
Santo de Sus Mandamientos sagrados, los cuales fueron glorificados
eternamente y para siempre en la vida de su Hijo amado, nuestro
Salvador Jesucristo: para que no sólo jamás les falte ningún bien sino
para que regresen desde ya a sus lugares de sus primeros pasos, al
paraíso.
El paraíso de Adán y Eva, en donde cada una de nuestras madres debió
darnos a luz, pero como Adán peca grandemente en contra del fruto de
la vida eterna, el Espíritu Santo del árbol de la vida de Los Diez
Mandamientos eternos, entonces tuvimos que descender a la tierra para
nacer en ella. Pero nuestro Padre celestial es Todopoderoso, y nada le
es imposible; porque nosotros podemos nacer, hoy en día, por su
voluntad divina, en el paraíso celestial, sí tan sólo invocamos el
nombre bendito y salvador de su Hijo amado, el Hijo de David, para
volver a nacer no en la tierra en donde nacimos, sino en el nuevo
reino angelical. Por eso, en este día, le pedimos muchas y grandes
bendiciones de amor, salud, riquezas y paz para nuestras madres
queridas, que no solamente son amadas en la tierra por nosotros sus
hijos, sino también en el reino de los cielos, por nuestro Padre
celestial, por su Hijo Jesucristo y por su Espíritu Santo.
Pues entonces les deseamos muchas felicidades y grandes lluvias del
cielo de bendiciones, alegrías, paz, sabiduría, poder y de salud sin
fin para sus vidas eternas, en este día de la madre a todas las madres
con sus hijos e hijas en todos los hogares de nuestras naciones
hermanas, de la humanidad entera. ¡Amén!)
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
PERMANECER EN JESUCRISTO ES VIVIR EN EL AMOR DE LA LEY DE DIOS:
Sí guardan mis mandamientos, entonces serán mis verdaderos discípulos,
para permanecer en mi amor salvador: así como yo también guardo los
Diez Mandamientos de mi Padre celestial y, por tanto, permanezco en su
amor fraternal—les aseguraba Jesucristo a sus discípulos—para bien de
sus vidas y de sus hijos para miles de generaciones venideras, de la
nueva eternidad celestial. Y el que no permanece en el Señor
Jesucristo, entonces simplemente «jamás podrá conocer de veras el amor
antiguo y sumamente glorioso de nuestro Padre celestial hacia su
Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos celestiales», en la tierra y
en el paraíso, para siempre.
Es decir, que jamás podrá entrar a la nueva vida eterna del nuevo
reino sempiterno, de nuestro Padre celestial y de sus huestes
angelicales, donde el árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo,
seguirá reinando grandemente, como de costumbre, sobre la vida de
todos para siempre, ángeles del cielo y hombres, mujeres, niños y
niñas de la humanidad entera. En verdad, el que no permanece en el
amor salvador de nuestro Señor Jesucristo, entonces no solamente no
cumple, ni lo cumplirá jamás, el Espíritu Santo de la Ley divina, sino
que no puede amar verdaderamente a nuestro Padre celestial que está en
el cielo, ni menos podrá gozar de sus bendiciones básicas de cada día
y de cada noche.
Como, por ejemplo: bendiciones de perdón, paz, salud constante y, de
muchas cosas más a la vista y escondidas, como la misma vida eterna
(la cual está escondida por nuestros pecados), y esto será así cada
día, no solamente para el que cree sino también para los suyos, en
dónde sea que se encuentren, hoy en día, en toda la tierra. Por eso,
lo mejor que nosotros podemos hacer, en nuestras vidas por toda la
tierra, es, sin duda, el recibir al Señor Jesucristo en nuestros
corazones, como el Hijo de David, el Salvador y Rey Mesías de nuestras
vidas, por ejemplo, para que vivamos cumpliendo cada día y para
siempre con el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos perpetuos.
Por cuanto, ha sido sólo nuestro Señor Jesucristo quien realmente
nació del vientre virgen de la hija de David, de la tribu de Judá, en
Israel, para vivir el Espíritu Santo de la Ley viviente y así
cumplirlo justamente día a día por cada uno de nosotros, en nuestros
millares, delante de nuestro Padre celestial que está en el cielo. Y,
además, nuestro Señor Jesucristo pudo vivir y, a la vez, cumplir cada
palabra, cada letra, cada tilde y cada significado eterno del Espíritu
Santo de la Ley bendita, porque él mismo es ese Espíritu de la Ley y
su significado de vida, bendición, salud y salvación eterna, en la
tierra y en el cielo para todo ser viviente para siempre.
Entonces sólo nuestro Señor Jesucristo conoce perfectamente el
Espíritu Santo de la Ley viva para vivirlo y, justamente, para
cumplirlo en toda su verdad, justicia y santidad sin fin en su vida
santísima y así en la vida no solamente de ángeles sino también en la
vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
comenzando por Israel. Porque cuando nuestro Padre celestial le
entrega a Moisés las primeras tablas de la Ley, en si, fue para
injertar en Israel la vida santísima del Hijo de David, el Santo de
Dios y de Israel, nuestro Señor Jesucristo, para que desde ya
comiencen a gozar de su vida y de su presencia santa cada día de sus
vidas para siempre.
Porque seria solamente el Espíritu del Rey Mesías quien les enseñaría
de parte de nuestro Padre celestial cada una de sus enseñanzas
divinas, para que no mueran pecadores y en sus tinieblas de mentiras
mortales, como enfermedades y muertes infernales, sino para que
viviesen siempre bajo la tutela y conocimiento de Dios mismo, el
Fundador de su nueva nación angelical. Y ésta nación celestial es un
mundo nuevo, habitado no sólo por las tribus de Israel, desde su
nacimiento y hasta su última familia formada, sino también de todas
las familias de las naciones de toda la vida de la tierra—tal como
nuestro Padre celestial le prometió inicialmente a Abraham que seria
así, el padre de muchas naciones para siempre.
Además, nuestro Señor Jesucristo no sólo hizo todo esto para gloria y
honra del nombre santo de nuestro Padre celestial, sino también para
vida y salud eterna de cada hombre, mujer, niño y niña de toda la
tierra, comenzando con Adán y Eva sobre la cima santa de Jerusalén,
para que la mentira muera y la verdad viva por siempre. Porque sólo
así las mentiras de Satanás, en la vida del hombre, podían morir
finalmente, sobre los árboles secos de Adán y Eva y sobre la cima de
la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, con el Señor Jesucristo
crucificado y, juntamente, sangrando sobre ellos y sobre sus retoños
también para generaciones venideras, para que sean liberados
grandemente para siempre.
En éste día glorioso de nuestro Padre celestial y de su Hijo
Jesucristo, la mentira fue quitada de la vida del hombre y de la
mujer, para clavar sobre ellos y sobre sus descendientes: la verdad
del cielo (la cual jamás morirá en la nueva vida eterna de los ángeles
del cielo y así también de la humanidad entera). Porque sólo así
nuestro Padre celestial podía injertar no solamente la vida de nuestro
Señor Jesucristo, la cual es la vida eterna del cielo presentemente,
sino también la del Espíritu Santo del cumplimiento glorioso de su Ley
viviente, para que el espíritu de error y mentiroso ya no reine más en
nuestras vidas sino sólo su verdad celestial, ¡su Jesucristo!
Por esta razón, nuestro Padre celestial no solamente llama a Adán y
Eva inicialmente en el paraíso a obedecer el Espíritu Santo del árbol
de la vida, su Ley viviente, nuestro Señor Jesucristo, sino también a
comer y beber de él cada día, para que ya no tengan hambre ni sufran
sed alguna en todo sus seres vivientes y celestiales infinitamente.
Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es el verdadero cumplimiento y,
además, la glorificación celestial del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos, en la vida de nuestro Padre celestial y así también de
cada ángel del cielo y de cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera.
En otras palabras, lo que nuestro Padre celestial les estaba diciendo
a Adán y Eva, en sí, era de que estaban llamados a comer y beber del
Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, del paraíso y de toda la
tierra también, para que no sufran jamás las aflicciones del pecado ni
menos ninguna de sus muchas enfermedades mortales del más allá.
Nuestro Padre celestial quería darles de comer de la carne inmolada y
de beber de la sangre del pacto de vida eterna a Adán y así también a
cada uno de sus hijos e hijas, comenzando con Eva, su primera esposa:
para que su carne y su sangre sean cambiadas milagrosamente a la de su
Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!
Y sólo así ellos ya no podían jamás pecar en contra del Espíritu Santo
de Los Diez Mandamientos con sus pensamientos, ni mucho menos con sus
palabras o con sus acciones, sino que los podían cumplir, exaltar,
honrar, glorificar y demás, sin jamás transgredir en contra de ella,
en el paraíso o en cualquier lugar de toda la creación celestial.
Porque la verdad es que la carne santa de nuestro Señor Jesucristo y
así también su sangre reengendradora jamás podrán pecar en contra del
Espíritu Santo de la Ley viviente, sino sólo cumplirla; pero la carne
y la sangre pecadora de Adán y Eva en cada hombre, mujer, niño y niña
si pueden pecar cada día en contra de ella infinitamente.
Por eso, el que obedece a la palabra de nuestro Señor Jesucristo, no
sólo está obedeciendo a su Padre celestial que está arriba, sino
también obedece grandemente el Espíritu Santo de la Ley eterna—y esto
es gloria y honra del hombre, de la mujer, del niño y de la niña cada
día de sus vidas por toda la tierra. Dado que, el que vive lleno del
Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, entonces el espíritu de error
y pecador de Satanás ya no tiene poder alguno, en su vida del paraíso
y así mismo en cualquier lugar de toda la creación celestial, de Dios
y de su árbol de la vida eterna, su Hijo amado, ¡nuestro Señor
Jesucristo!
Por lo tanto, los pecados, maldades, falsedades, mentiras y muertes de
Satanás y de sus espíritus inmundos ya no tienen poder alguno sobre su
vida, ni menos tienen razón alguna para acercarse a él o a ella, en
todos los días de su vida y de los suyos también en toda la tierra,
para siempre. Es decir, de que donde está el espíritu de la carne
inmolada y de la sangre del pacto eterno entre Dios y el hombre,
entonces está el Espíritu Santo de los Diez Mandamientos bendiciendo
su vida grandemente a cada hora: así pues, el espíritu de error de
Satanás ya no puede estar ni menos acercarse a ésta nueva vida del
hombre.
Porque la verdad es que sólo nuestro Señor Jesucristo es la llenura
del Espíritu Santo de la Ley viviente en el paraíso con los ángeles y
así también con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, comenzando con Adán y Eva sobre la cima de la roca eterna, en
las afueras de Jerusalén, para muerte del pecado. Es decir, que cuando
comemos y bebemos en oración de la carne de nuestro Señor Jesucristo y
de su copa de vida, entonces estamos comiendo y bebiendo de toda la
verdad y de toda la justicia de la vida santa e infinitamente gloriosa
del Espíritu Santo de Sus Diez Mandamientos, sumamente cumplidos e
infinitamente glorificados, para sanar todas nuestras almas
vivientes.
Porque sólo con el Espíritu de la Ley de nuestro Padre celestial
viviendo ya en nuestros corazones y en nuestras almas eternas,
sumamente glorificado y honrado por el nacimiento virgen, por la vida
sanadora, por la muerte santa y por la resurrección gloriosa de
nuestro Señor Jesucristo, podremos entonces regresar al paraíso para
retomar nuevamente nuestras vidas celestiales para la eternidad. Visto
que, en la vida santa de los ángeles, del paraíso de Adán y Eva y de
la Nueva Jerusalén glorificada del cielo, en verdad, desde la
eternidad y hasta la eternidad: sólo se vive cada día únicamente del
Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, para glorificar continuamente
el nombre glorioso de nuestro Padre celestial en nuestras vidas,
humanas y angelicales.
Formalmente, sin el Espíritu de la Ley viviente nadie jamás podrá
regresar al Dios de su nuevo vida eterna, en la tierra ni menos en el
más allá, como en el reino angelical, el paraíso o La Nueva Jerusalén
celestial; es más, es totalmente imposible para el hombre ver a Dios,
sin la Ley cumplida en su vida por Jesucristo. Por eso, nuestro Padre
celestial envió a Israel a su Hijo amado, para que nos enseñará cada
día de nuestras vidas cada una de las enseñanzas no tanto de sí mismo
sino las de Él y las de su Espíritu Santo de la Ley sagrada, para que
muera el pecado y viva por siempre la verdadera vida eterna, en todos
nosotros.
Por esta razón, nuestro Señor Jesucristo nos decía a todos nosotros,
por medio de sus apóstoles y discípulos, por ejemplo, de que sí nos
mantenemos firmes en sus enseñanzas, entonces “permanecemos vivos” en
su amor todopoderoso: así como él mismo guarda cada día el Espíritu de
la Ley viviente, para permanecer resucitado en el amor santísimo de su
Padre celestial. Porque, por amor, no solamente a Israel sino al mismo
Espíritu Santísimo de Sus Diez Mandamientos gloriosos, fue que nuestro
Padre celestial envió a su Hijo amado a nacer del vientre virgen de
una de las hijas de David, para que el Espíritu eterno de su voluntad
antigua sea cumplida y exaltada en su vida milagrosa, para bien eterno
de todos nosotros.
Entonces fue sólo por medio del nacimiento milagroso de nuestro Señor
Jesucristo, por medio del Espíritu Santo de la Ley viva, del vientre
virgen de la hija de David, que no sólo Satanás fue finalmente
derrotado contundentemente sino también cada una de sus mentiras y
falsedades eternas, en la vida del hombre y para siempre para la
eternidad celestial. Es decir, que nuestro Padre celestial
inicialmente derrota a Satanás y a sus mentiras crueles, de las que
entraron en el corazón de Adán y Eva y así también en el corazón de
cada uno de sus retoños por toda la tierra, sólo con el nacimiento
virgen de su Hijo amado del vientre virgen de la hija de David.
Ya, con éste nacimiento virgen del Rey Mesías de Israel, Satanás
estaba completamente juzgado y condenado por nuestro Padre celestial,
para que su espíritu de error y mentiroso saliera por fin de la vida
del hombre: para que en su lugar entre no solamente su Jesucristo sino
también él mismo (nuestro Creador) con sus bendiciones eternales y
todopoderosas de cada día. Por eso, nuestro Señor Jesucristo les
aseguraba a sus discípulos, diciéndoles: Sí ustedes verdaderamente
obedecen a mi palabra, entonces yo y mi Padre celestial vendremos a
ustedes para hacer morada en sus corazones, para que todos vean que
ustedes son hijos legítimos de Dios para siempre.
Y sí permanecen en mi, como dice la Escritura, entonces serán
verdaderamente libres de los males del pecado y de las tinieblas dé
Satanás y de sus ángeles caídos en la tierra y en el más allá,
eternamente y para siempre; y nada les será imposible en sus vidas
para siempre, porque serán verdaderamente mis discípulos para hacer
mis obras cada día. En la medida en que, todo aquel que invoca el
nombre santo del Hijo de Dios, nuestro Salvador Jesucristo, en verdad,
está invocando y, juntamente, cumpliendo no solamente la voluntad
perfecta de su Dios y Fundador de su nueva vida eterna, sino que
también: cumple grandemente con el Espíritu Santo de la Ley viviente
en su vida para la eternidad.
Porque ésta es la obra de mi Padre celestial que está en el cielo, de
que crean en aquel que él mismo señalo con su mismo dedo santo, con el
cual escribió Sus Diez Mandamientos, para que descendiera del cielo,
como el pan de vida eterna para todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera. Dado que, sí nuestro Señor Jesucristo no se injerta
a Israel, por medio del Espíritu Santo de la Ley viviente, desde el
Sinaí y del vientre virgen de la hija de David, entonces no solamente
Satanás no podía ser derrotado jamás, sino que tampoco nuestro Creador
podía entrar en el corazón, ni menos en la vida, del hombre de la
humanidad entera.
Porque la verdad fue inicialmente que, una vez que nuestro Padre
celestial crea al hombre en su imagen y conforme a su semejanza
celestial, entonces deseaba entrar en él, para vivir cada día con él
en el cielo y en toda su nueva creación celestial (la cual tenia
planeado crear para Él mismo y para su nueva humanidad infinita de
naciones). Porque todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera, sin hacer excepción de persona alguna, nuestro Padre celestial
los crea inicialmente en su seno, para que vivan con él y con sus
huestes angelicales en su nuevo reino angelical, comiendo y bebiendo
por siempre de su Hijo amado, como su único Espíritu Santo de su Ley
viva.
Visto que, sólo así cada uno de ellos no solamente iba a ser lleno del
espíritu de gozo y de la felicidad eterna, sino que también podía
continuar viviendo en su nueva vida bendita y sumamente gloriosa,
gracias por la obra progresiva de Jesucristo: pero esta vez con
nuestro Padre celestial dentro de su corazón y de toda su vida
también. Y sólo así entonces nuestro Padre celestial permanecería
infinitamente en el corazón y en la vida del hombre, de la mujer, del
niño y de la niña de todas las naciones, para quedarse a vivir con
ellos cada día de sus vidas en el paraíso, en la tierra y así también
en La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo.
Es decir, que ha sido nuestro Padre celestial quien inicialmente no
solamente desea crear al hombre y a la mujer en su imagen y conforme a
su semejanza celestial, sino que también decidió vivir en el corazón y
en la vida de cada uno de ellos y de sus retoños en su nuevo reino
celestial y para siempre en la eternidad. Por eso, nuestro Señor
Jesucristo les decía a las multitudes, una y otra vez y sin cesar: Sí
guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor salvador—así como yo
mismo permanezco en el amor eterno de mi Padre celestial que está en
el cielo—porque permanezco continuamente en su amor divino, por su Ley
viva de cada día.
Porque es por amor al Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos que
nuestro Padre celestial inicialmente no solamente crea al hombre en su
imagen y conforme a su semejanza celestial, sino también a cada uno de
sus retoños, comenzando con Eva, para que juntos aprendan a amarle a
él, en el espíritu y en la verdad de sus Mandamientos inmortales. Y
esto es, hoy en día, tal como en tiempos antiguos, de amarle
grandemente a Él cada día de nuestras vidas y sin cesar jamás también,
cómo nuestro único Dios y Fundador de nuestras nuevas vidas infinitas:
pero sólo por medio de su fruto de vida y de salud eterna, su Hijo
amado, el Hijo de David, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
Además, nuestro Padre celestial desea ser amado por cada uno de
nosotros, en nuestros millares, en toda la tierra, comenzando con
Israel, así como se lo pidió inicialmente a Adán y Eva en el paraíso:
porque su Hijo amado está lleno grandemente del Espíritu Santo de Sus
Diez Mandamientos eternos, completamente glorificados y santificados
como su mismo nombre santísimo, por ejemplo. Y nuestro Señor
Jesucristo no solamente nació del Espíritu Santo de la Ley del vientre
virgen de la hija de David, sino que también los cumplió grandemente
por amor a Israel y a la vida de todas las naciones, para
posteriormente morir crucificado por el pecado de todos y resucitar en
el tercer día por el mismo Espíritu Santo de Dios.
Porque el Espíritu Santo de la Ley jamás murió inicialmente, aunque
Satanás hizo que Israel pecara en contra de ella al fundir un becerro
de oro con las joyas de los egipcios y así, en el acto, descendieron
sus primeras tablas santas al submundo, crucificadas sobre el Sinaí,
por tanto, heridas y desfiguradas mortalmente por el pecado pagano de
Israel. Y porque Israel, en su ceguera y engaño espiritual infiel:
desfigura y envía las primeras tablas de la Ley, despedidas de las
manos de Moisés, al corazón de la tierra: pues entonces Dios quiso, en
su justo juicio, dejar correr la sangre de Israel completamente al pie
del Sinaí, en el mismo lugar donde peca traidoramente en contra de su
Ley bendita.
Verdaderamente, nuestro Padre celestial quería crucificar a Israel,
haciéndolos sangrar, así como ellos mismos posteriormente, y por las
manos de los romanos, crucificarían a su Hijo Jesucristo sobre lo alto
de su monte santo, en las afueras de Jerusalén, para fin del pecado;
pero Moisés se opuso terminantemente, intercediendo por ellos (así
como Jesucristo siempre intercede por todo Israel, por ejemplo). En
este día, nuestro Padre celestial pensó seriamente en salvar a su
Jesucristo de una muerte segura en las manos no solamente del Consejo
de los sacerdotes Levitas y demás lideres israelíes y hasta de los
pecadores de las naciones, haciendo que todo Israel muriese en lugar
de su Hijo amado sobre el Sinaí; pero Moisés no estuvo de acuerdo.
(En verdad, nuestro Padre celestial desea primero crucificar a todo
Israel antes que crucificar a su Hijo Jesucristo sobre lo alto de su
monte santo, ya sea sobre lo alto del Sinaí, en aquel día muy
peligroso para todo Israel y para la humanidad entera, o sobre la cima
del monte santo antiguo, en las afueras de Jerusalén, en Israel. Es
decir, que nuestro Padre celestial quiso crucificar sobre todo lo alto
del Sinaí a cada hebreo y así también a cada uno de sus hijos para
todas las generaciones venideras, y así no crucificaría al fin a su
Hijo Jesucristo, como sucedería posteriormente en su día, en las
afueras de Jerusalén, en Israel, para fin del pecado y del diablo.)
Pero Moisés ruega al SEÑOR, para que desistiera de llevar acabo su
juicio justo y sagrado en contra de Israel, para que las naciones no
se burlen de él después de haberlos sacado de Egipto para entonces
crucificarlos sobre el Sinaí: ya que no pudo hacer que obedecieran y
honraran el Espíritu Santo de su Ley viva, ¡a su Cordero Inmolado! Y
nuestro Padre celestial le decía a Moisés, déjame hacer lo que quiero
hacer con este pueblo hoy mismo; ellos tienen que morir por haber
ofendido el Espíritu de la Ley viviente, la vida santísima del Cordero
Inmolado del mundo entero, y de ti haré una gran nación, mejor que
ellos, para que el Espíritu Santo de mi Ley sea infinitamente
honrado.
Pues para esto he descendido del cielo con mi Ley viva, para que sea
honrada y dé fruto de vida y de salvación eterna en abundancia a todos
los que crean en ella, en esta vida y en la venidera también,
eternamente y para siempre—le aseguraba nuestro Padre celestial a
Moisés—. Déjame, pues, hacer una nación de ti: una nación que me ame
en el espíritu y en la verdad viviente de Mis Diez Mandamientos, para
que el pecado muera con todos los poderes malvados de las mentiras y
falsedades de Satanás; yo mismos, pues, haré de ti una nación nueva,
la mejor del mundo para que habite en mi tierra escogida.
Porque yo borrare de mi libro todo aquel que peque en contra de mí y
de mi Cordero Inmolado, con falsedades y mentiras malvadas de Satanás
y de sus espíritus inmundos; yo haré una nueva nación de ti, desde hoy
mismo: si sólo me dejas llevar a cabo el juicio que tengo en contra de
todo Israel, por este pecado terrible. No, mi SEÑOR Santo, si los
borras a ellos de tu libro, por haber pecado en contra de tu Ley, el
Espíritu viviente de tu Rey Mesías, pues entonces borra también mi
nombre con el de ellos; aunque deseo quedarme contigo y servirte todos
los días de mi vida en la tierra y así también infinitamente en tu
nuevo reino angelical.
Y el SEÑOR le dijo a Moisés: Está bien, he oído tu oración; al fin,
voy hacer como tú me pides con toda esta gente que ha pecado en contra
del Espíritu Santo de la vida gloriosa de su Gran Rey Mesías y único
Salvador posible para sus vidas, en la tierra y en la eternidad, para
siempre. Pero el alma que pecare, me dará cuenta de su pecado en el
día del juicio de todas las cosas; yo no daré por inocente al malvado,
jamás, por ninguna razón; el que peque en contra del Espíritu Santo de
la Ley viviente de la vida gloriosa del Rey Mesías, pues, que muera
irremisiblemente. Dios no puede ser burlado jamás por la mentira de
nadie, ni de ninguna nación o naciones, para siempre.
Porque todo aquel que peque en contra del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos tendrá que darme cuenta en el día del juicio final por su
pecado, por su culpa, y, al final, ha de morir por su maldad, si no se
encuentra en él la pureza del Espíritu Santo de vida y de salud eterna
del Mesías de toda la Ley viviente. Puesto que, del mismo Espíritu
Santo y virgen de los Diez Mandamientos en su día y sin demora:
saldrá, nacerá, vendrá y se vera vivo y sumamente glorificado para
gloria eterna de nuestro Padre celestial, al Rey Mesías prometido:
prometido inicialmente a Abraham, Isaac, Jacob y a los patriarcas y
demás familias por sus tribus de todo Israel y las naciones.
Y así fue que el SEÑOR desistió en su ira ardiente para vengarse de
Israel, para quitarlos de su presencia santa por ser los primeros que
pecaron gravemente en contra del Espíritu Santo de Sus Diez
Mandamientos, para mal de sus vidas y la de muchos, desdichadamente,
por todas las naciones de la tierra. Porque si Israel no hubiese
cometido tan grave pecado en contra del Espíritu Santo de las primeras
tablas de la Ley, entonces el Mesías, el Hijo de David, se hubiese
manifestado de inmediato—es decir—que Israel se hubiese convertido en
un paraíso terrenal con el Mesías viviendo ya en sus tierras, como
Dios manda, para bien eterno de todos nosotros.
Porque es la presencia gloriosa del Rey Mesías lo que convertirá
milagrosamente, en un amén, a la tierra conflictiva de Israel, como la
misma tierra prometida de la bóveda celeste que nuestro Padre
celestial no solamente soñó darles a los israelitas inicialmente, sino
también a las naciones, para que el Espíritu Santo de su Ley sea
glorificada grandemente para siempre. Porque, para nuestro Padre
celestial, todo aquel que se rebela en contra de la presencia santa
del Espíritu Santo y sumamente milagroso de las primeras tablas de Los
Diez Mandamientos, como los antiguos hebreos lo hicieron erróneamente
en sus días y engañados por Satanás, entonces se están rebelando
fatalmente en contra del Rey Mesías, el Hijo de David, para mal
eterno.
Porque en el principio los primeros hebreos de Egipto se rebelaron
erróneamente en contra del Espíritu Santo de los Mandamientos, sin
saber lo que hacían, para que descendieran crucificados, quebrantados,
desfigurados y transgredidos al infierno; así, pues, también nuestro
Señor Jesucristo descendió al bajo mundo, crucificado, quebrantado y
desfigurado por el pecado de Israel— ¡para resucitar en el tercer día
gloriosamente! Es decir, que de la presencia santa de nuestro Padre
celestial, las primeras tablas de la Ley salieron despedidas de las
manos de Moisés, para descender crucificadas, deshonradas,
desfiguradas al submundo: porque Israel las rechaza erróneamente por
culpa de un becerro de oro—la mentira de Satanás, como cualquier obra
pagana del vaticano de siempre para mal eterno de muchos ingenuos.
Así, pues, también nuestro Señor Jesucristo descendió sangrando,
crucificado y todo desfigurado de pies a cabeza al corazón del mundo,
por culpa del pecado de rechazo no sólo de Israel sino también, esta
vez, de todas las naciones, para que sus pecados se queden en el
infierno y más no la Ley, ni menos nuestro Rey Mesías, ¡el Hijo de
David! Porque la verdad es que, el Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos es la vida santísima del Hijo de David; o, podemos decir
también, sin equivocarnos jamás, de que el Hijo de David es la misma
vida santa y sumamente gloriosa del mismo Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos, en el cielo y en toda la creación divina, para siempre.
Por eso nuestro Padre celestial llama inicialmente a Adán y Eva a que
coman y beban fielmente del fruto de la vida (el cual es el mismo
árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo), en las afueras del
paraíso o en las afueras de Jerusalén, en Israel, o en las afueras de
La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo. Para que todo aquel que
coma y beba de él, entonces no vuelva a tener hambre ni sed, es decir,
para que jamás vuelva a sufrir el mal de Satanás y de sus muchas
enfermedades crueles, para que no muera perdido en sus tinieblas, en
la tierra ni en el infierno ni menos en el lago de fuego eterno, por
ejemplo.
Ya que, el que come y bebe del Señor Jesucristo, así como nuestro
Padre celestial les ordeno inicialmente a Adán y Eva en el paraíso: o,
como les mando, por inicio, a sus apóstoles sobre su mesa de la cena
del fruto de la vida de Israel, pues entonces serán verdaderamente
libres de Satanás y finalmente llenos de la vida eterna. Para que, de
este modo, Satanás ya no les haga tener hambre ni sed jamás, en esta
vida ni en la venidera para siempre, para satisfacer los deseos
mundanos de la carne pecadora, para tropiezo y muerte de sus almas
vivientes en la tierra y en el más allá también (como le sucedió a
Adán en el paraíso, por ejemplo).
Hoy, el llamado a obedecer a Jesucristo de nuestro Padre celestial,
para con cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera,
comenzando con Israel, es el mismo (llamado) de siempre (como el que
les hizo primeramente en su día a Adán y Eva, por ejemplo), para que
no vivan enfermos, sino llenos de vida y de salud eterna cada día. En
verdad, nuestro llamado celestial de bendición y de salvación eterna,
de parte de nuestro Padre celestial, para amar, comer y beber de su
fruto de vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, es tan santo y tan
importante, crucial, decisivo, esencial, hoy en día, como lo fue en su
día para Adán y Eva en el paraíso, sin duda alguna.
Y esto es, hoy en día, de que tenemos que comer y beber del árbol de
vida de Israel y las naciones, para perdón, para bendición, para
sanidad, para liberación, para salvación y demás, ya sea en las
afueras del paraíso, en las afueras de Jerusalén, o en las afueras de
La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo. Por esta razón, nuestro
Señor Jesucristo les dijo abiertamente a sus discípulos, en todo
Israel, por ejemplo: Yo soy la puerta de las ovejas; ellas oyen mi voz
y me siguen, porque me conocen.
En serio: Nadie, nunca, puede venir a mí, a no ser que sea enviado
directamente y por voluntad divina por mi Padre celestial que está en
el cielo. Por lo tanto, sólo yo soy la puerta del cielo, y todo aquel
que entre por mí, entrara y saldrá libremente, para hallar pastos y
descanso para su alma viviente. (Ésta puerta del reino de los cielos
está abierta para ti, mi estimado hermano y mi estimada hermana: sólo
tienes que invocar el nombre milagroso y todopoderoso de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, para pasar por ella hacia tu perdón,
bendición, salud y salvación eterna con todas las demás cosas que
desee tu corazón delante de nuestro Padre celestial.)
Y cómo nuestro Señor Jesucristo no hay más verdad y camino hacia la
salud y la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la tierra y así
también del paraíso (como en el paraíso con Adán y Eva), para que
nuestro Padre celestial se sienta complacido con nosotros hoy y en la
eternidad: pues entonces tenemos que recibirlo siempre. Por eso, como
el Señor Jesucristo les decía a los gentiles y hebreos de Israel,
incluyendo a los lideres religiosos de aquellos días y de siempre: Sí
guardan mi palabra, la cual yo mismo les he manifestado de parte de mi
Padre, entonces permanecerán en mi amor salvador—así como yo guardo su
Ley santa y permanezco en su amor antiguo.
Y todo aquel que permanece día a día en el amor salvador de nuestro
Señor Jesucristo, entonces el mismo amor antiguo de nuestro Padre
celestial se engrandecerá sobre su vida, para colmarlo de bienes y de
bendiciones sin fin, en esta vida y en la venidera también,
eternamente y para siempre, para gloria y honra de su nombre muy
santo. Concretamente, todo lo que le pedía al Padre celestial, en el
Espíritu de amor y de verdad sagrada de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, entonces le será concedido inmediatamente (lo que le haya
pedido), en oración y en fe; y, por tanto, nada le será imposible
jamás, en esta vida ni en la venidera, para él y para los suyos.
¡Amén!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!
SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.
SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.
TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.
CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.
QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.
SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.
SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.
OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.
NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.
DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.
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