(IVÁN): JESUCRISTO TORNO EL ESPÍRITU SANTO DE LA LEY EN BENDICIÓN PARA TODOS:

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valarezo

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Jul 18, 2009, 11:47:21 AM7/18/09
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Sábado, 18 de julio, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica


(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)

(A Irán. Damos nuestras más profundas condolencias a todas las
familias y amistades de los ciento sesenta y ocho victimas que
desaparecieron días atrás, en el accidente aéreo de Terán, en Irán.
Nosotros oramos por ellos y sus familiares, para que nuestro Padre
celestial consuele sus corazones con la gracia salvadora de su Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo, porque ellos ya no están en este
mundo sino en el mejor mundo del más allá, el paraíso, en donde todo
es amor, verdad y justicia celestial para todos. Ellos, hoy en día,
gozan de la presencia santa de su Dios y Creador de sus vidas, porque
ya no tienen que comer del fruto de la tierra ni beber de sus aguas
cada día, sino de la comida y bebida santa del árbol de la vida
eterna, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

A toda nuestra América de naciones independientes. Felicidades a todo
Argentina y sus familias por el día de su gran Independencia Nacional
y que sigan gozando de toda esa libertad que sus antepasados forjaron
mucho por alcanzarla con las fuerzas de sus corazones, con las fueras
de sus mentes y con las fuerzas de sus mismas vidas regadas por su
misma sangre, en su territorio argentino. Así pues, como los
antepasados de Argentina y Bolivia y de toda nuestras hermanas
naciones americanas derramaron sus vidas y su sangre humana por sus
tierras, para que en días así no solamente los recordemos como
nuestros libertadores, sino que también nos gocemos con el mismo gozo
de ver a sus tierras por fin liberadas, para ser naciones
independientes, para siempre.

Por todo ello, muchas felicidades y grandes bendiciones de
prosperidades infinitas a nuestras hermanas naciones de Argentina,
Bolivia y así al resto de todo el conjunto de naciones americanas, en
todas nuestras tierras eternas, en el nombre glorioso y todopoderoso
de nuestro Salvador Jesucristo.

Y que la paz, la verdad, la justicia de la Ley, y sobre todo el amor a
nuestro Padre celestial y de su Jesucristo, reinen grandemente y por
siempre en sus vidas de cada día y de cada noche y así también en su
nueva eternidad venidera del nuevo reino celestial, de nuestro Padre
celestial y de su árbol de la vida. Amen.

¡Y Muchas Felicidades en sus días de Independencias Nacionales a
todos!)


JESUCRISTO TORNÓ EL ESPÍRITU SANTO DE LA LEY EN BENDICIÓN PARA TODOS:

Maldito todo aquel que no ponga en práctica cada una de las palabras,
letras y significados eternos del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos. Y todo el pueblo dirá, ¡amen! Los levitas (sacerdotes
hebreos) leían la Ley de Dios delante de toda la gente para que
vivieren por ella, para agradar por siempre a nuestro Padre celestial,
para miles generaciones venideras.

Ciertamente que nuestro Padre celestial había llamado a Moisés para
que recibiera de sus propias manos las dos tablas de los Diez
Mandamientos, para que las gentes tuvieran en sus corazones el mismo
Espíritu de vida eterna, el cual les daría al Gran Rey Mesías en su
día: con sus huesos, carne santa y sangre santificadora para “el
sacrificio supremo”. Porque «el Espíritu Santo de los Diez
Mandamientos es el mismo corazón y vida santísima» del Hijo de David,
el Ángel del SEÑOR, el Santo de Israel, el cual le habla inicialmente
a Moisés sobre el monte Horeb, para empezar a liberar a Israel de su
cautividad eterna. Fue por éste sacrificio eterno por el cual nuestro
Señor Jesucristo libera a los hebreos de Egipto, para realizarlo en
Israel, de una vez por todas y para siempre, para fin del pecado, la
muerte y Satanás y así empezar una nueva vida eterna en Israel y para
la humanidad entera.

Sin duda alguna: Éste es el Hijo de Dios, el Rey Salvador y Mesías de
Israel, quien posteriormente nacería entre sus hermanos los hebreos y
en la tierra prometida de Israel, para servirle a nuestro Padre
celestial, tal como él mismo siempre le ha servido en el reino de los
cielos con todos sus santos ángeles de antaño. Porque nadie le puede
servir ni menos adorar a nuestro Padre celestial, si no es por medio
del Espíritu de vida y de salud de su árbol de la vida, nuestro Señor
Jesucristo y, por esta razón, no solamente los hebreos tenían que
recibirlo como el Hijo de Dios, sino también los egipcios y las demás
naciones de la tierra.

Dado que, ésta salvación, la cual empezó de lleno y con muchos
milagros y maravillas increíbles en Egipto, para sacar a Israel a
servirle a nuestro Padre celestial, en la llenura del Espíritu Santo
de Sus Diez Mandamientos, no solamente es para ellos sino también para
Egipto mismo y para el resto de las naciones de la humanidad entera.
Por eso, nuestro Padre celestial saca a Israel inicialmente de Egipto,
con grandes señales y poderes sobrenaturales de su nombre y de su mano
santa, para que ellos vayan a poseer sus nuevas tierras, en donde su
unigénito nacería como el Hijo de David para servirle a él, tal como
le sirven los ángeles en el cielo, por ejemplo.

Entonces nuestro Padre celestial saca a Israel de Egipto para que su
primogénito le comenzara a servir y adorar cada día de su vida entre
los hebreos y en su misma tierra escogida, pero únicamente con el
holocausto supremo consumado; porque nuestro Padre celestial escoge a
Israel y a la tierra cananea, para ser servido grandemente por el
Holocausto de Jesucristo. Por esta razón, nuestro Padre celestial le
dice a Moisés que le revele al Faraón de todo Egipto, que su Hijo
amado es Israel, su primogénito, y él tiene que ser liberado de su
cautividad para que le vaya a servir a tres días de camino por el
desierto, y ésta es la tierra prometida.

Además, nuestro Padre celestial le habla así no solamente al Faraón de
Egipto sino también a las naciones de toda la tierra, comenzando con
Israel, porque hasta ese día, nuestro Padre celestial no había sido
servido ni menos honrado por “el Holocausto de Jesucristo entre los
hebreos”; y esto era algo que tenia que empezar ya y con gran urgencia
también. Porque sólo nuestro Señor Jesucristo no solamente es su Hijo
amado, sino que también él es su árbol de la vida, el Cordero Escogido
para el perdón eterno, los huesos inquebrantables, la carne santa y la
misma sangre santificadora, reparadora, salvadora llena de vida eterna
y de bendiciones sin fin, para el espíritu humano de todo hombre de
las naciones.

En otras palabras, sí nuestro Señor Jesucristo salía de Egipto hacia
la tierra prometida con sus hermanos los hebreos, entonces él
perfectamente podía empezar a servirle a nuestro Padre celestial en el
Espíritu Santo de sus mandamientos, en el corazón del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña de todas las familias del mundo entero,
empezando con Israel. Pero todo esto tenia que suceder en la tierra
escogida, en donde nuestro Padre celestial se manifestaría a las
familias israelíes y judaicas en el nacimiento de su Gran Rey Mesías,
del vientre virgen de la hija de Sion, para vivir una vida consagrada
solamente al Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos, para
glorificarlos grandemente entre ellos y en la eternidad.

Visto que, nuestro Señor Jesucristo no solamente es el Hijo amado de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos, sino que también es el Hijo de Sion, de La Nueva
Jerusalén prometida a Abraham, Isaac, Jacob y millares más de todas
las naciones; porque Abraham es el padre de muchas naciones de toda la
tierra. Ésta es la nueva tierra escogida por Dios mismo para Israel
con su capital Jerusalén, en donde su unigénito se manifestaría al
fin, para que su pueblo entero empiece verdaderamente a servirle a él,
en su Espíritu y en su verdad infinita del mismo Espíritu Santo de sus
Diez Mandamientos, cumplidos y glorificados grandemente en su
Holocausto sangriento y supremo.

Porque la verdad es también que nadie jamás podrá servirle a nuestro
Padre celestial si no es únicamente por medio del fruto del árbol de
la vida, nuestro Señor Jesucristo; por eso, Lucifer y sus ángeles
caídos se perdieron, porque no sabían servirle a Dios por medio de
Jesucristo y así también Adán y Eva en el paraíso, por ejemplo. Y en
nuestros tiempos, Israel ha sido un gran ejemplo a través de las
edades de que si no le sirve a su Dios y Padre celestial que está en
los cielos por medio de su Jesucristo, entonces no solamente no sale
nunca del cautiverio egipcio, sino que jamás hubiese entrado en la
tierra prometida para presenciar el Sacrifico libertador.

Porque ninguno que no recibió a Moisés como el ungido de nuestro Padre
celestial cuando descendía del Sinaí con las dos tablas de Los Diez
Mandamientos escritas por el mismo dedo de Dios, sino que se
levantaron en danzas y adoraciones terribles para un cordero fundido
en oro, entonces nuestro Padre celestial quiso terminar con sus vidas
para siempre. Pero Moisés intercedió por ellos ante el SEÑOR, así como
nuestro Señor Jesucristo intercedía por ellos cuando estuvo por
cuatrocientos treinta años rogándole al Padre celestial, para que los
favoreciera y los sacara de Egipto antes que murieran perdidos para
siempre, y nuestro Padre celestial oyó la oración de Moisés y no les
quito la vida entonces en Horeb.

Y como nuestro Padre celestial no les quitó la vida en aquel día en
las faldas del Sinaí, porque Moisés intercedió por ellos así como su
Jesucristo siempre ha mediado por sus bendiciones eternas, pues aún
así no los sacó del desierto sino que dando vueltas por cuarenta años
siempre los llevaba a los lugares a donde habían quebrantado sus
mandamientos. Y ninguno de ellos entró a la tierra prometida de Israel
ni aún Moisés, sino que murieron postrados alrededor de su ídolo del
cordero fundido en oro, en las faldas del Sinaí, porque nadie puede
burlarse o maldecir a Jesucristo delante de nuestro Padre celestial y
no pagar por su pecado con su propia vida.

Por eso la Escritura dice claramente, bendigan al Hijo no sea que se
enoje y los maldiga con una gran maldición mientras van por el camino
de sus vidas por toda la tierra; y la Escritura también dice,
bienaventurados todos los que en él se refugian, para perdón y
bendiciones sin fin del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos.
Entonces sólo los hijos de los que salieron de la cautividad egipcia
pudieron entrar a la tierra prometida para poseerla, porque ninguno de
ellos había sido maldecido por las primeras tablas del Espíritu Santo
de Los Diez Mandamientos, sino sólo sus padres; sus padres murieron
bajo la maldición de la Ley y postrados en el desierto ante su ídolo
fundido en oro.

Además, nuestro Señor Jesucristo no había estado orando ante el Padre
celestial todos estos cuatrocientos años y más de cautiverio en
Egipto, para que luego los condenara o los matara en el desierto, sino
que nuestro Señor Jesucristo había orado por ellos para que los sacara
del desierto, para entrar a la tierra prometida y realizar su
Holocausto eterno para salvación. Porque sólo en la tierra escogida
por nuestro Padre celestial mismo, el Hijo de David iba a nacer del
vientre virgen de la hija de David, para vivir su vida consagrada al
Espíritu Santo de los mandamientos, para cumplirlos grandemente no
solamente en su vida santísima y singular, sino asimismo en la vida de
sus hermanos y hermanas.

Porque si nuestro Señor Jesucristo lograba nacer del vientre virgen de
la hija de David, para vivir su vida obedecedora una vez por todas al
Espíritu Santo de los mandamientos, entonces no solamente cumplía el
Espíritu de vida eterna en sus hermanos sino también en las familias
de todas las naciones, para fin del pecado y la salvación de todos. Y
por todo esto nuestro Señor Jesucristo siempre vivió entre los hebreos
en todos estos años, orando, intercediendo, subiendo al Padre
celestial en el cielo y bajando de nuevo a sus hermanos en la
cautividad egipcia, para que nuestro Padre celestial los favoreciera y
los sacara a la tierra promedia de Israel, para empezar grandes
bendiciones con su Holocausto supremo.

Todo esto, en verdad, era un gran misterio para Moisés, tan misterioso
como el mismo árbol de la vida encendido en un gran humo y fuego que
no terminaba de consumirse, y así también de misterioso para el Faraón
y su gente de todo Egipto que ni aún los israelitas conocían ni les
había pasado por su mente jamás. Sin embargo, nuestro Padre celestial
le revela a Moisés ésta gran verdad, para que le deje saber a todo
Israel, de que ellos estaban comprometidos a cumplir una Ley, la cual
es totalmente imposible cumplirla y glorificarla en sus vidas de cada
día y para siempre en la eternidad, y así también para el resto de la
humanidad entera, sin duda alguna.

Éste Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos es, en sí, la misma vida
santa y gloriosa del árbol de la vida del paraíso y del reino
angelical de La Nueva Jerusalén celestial, su unigénito, el salvador
de Israel y de la humanidad entera, el Gran Rey Mesías, el Hijo de
David, el cual Adán rechaza por mentiras en el paraíso. Por lo tanto,
nuestro Padre celestial tenía a su Hijo amado en su mente, desde el
comienzo de todas las cosas en la liberación de Israel, de su
cautividad eterna en Egipto, para que le sirva, como sólo él lo sabe
hacer desde siempre y desde tiempos inmemoriales del más allá y de su
antigua eternidad celestial, por ejemplo.

De aquí que, nuestro Padre celestial tenía que no solamente manifestar
obligadamente sus maravillas y poderes sobrenaturales de su nombre muy
santo y salvador de su mismo Hijo amado, sino que también tenia que
encaminar a todo Israel por el camino de la verdad y de la vida eterna
de su primogénito, el Hijo de David, ¡nuestro Señor Jesucristo! Visto
que, sólo por el camino de la verdad y la justicia infinita de su
árbol de la vida, su Hijo Israel, lleno de milagros, maravillas y de
señales en los cielos y en la tierra, entonces nuestro Padre celestial
podía sacarlo de Egipto y llevarlo por el camino de tres días a vivir
una vida totalmente nueva y maravillosa.

(Hoy, si sólo Israel entendiera por fin todo lo que se perdió con
Moisés y en el desierto al no obedecer en sus corazones y confesar con
sus labios al dador de la vida, nuestro Jesucristo, para agradar por
siempre toda verdad y justicia infinita del Espíritu Santo de Dios y
de sus mandamientos, entonces no volvería a rebelarse nunca más.
Porque nuestro Señor Jesucristo, como el árbol de la vida, saca a
Israel de Egipto para investirse del Espíritu Santo de los
mandamientos sobre el Sinaí con el fin de llevar acabo el Gran
Sacrificio supremo de bendición eterna para Israel y para todas las
familias de la humanidad entera, desde todo lo alto del monte santo de
Jerusalén, en Israel.)

En la medida en que, sólo nuestro Señor Jesucristo no solamente es el
camino, la verdad y la vida en el paraíso para con Adán y Eva sino
también en todos los lugares de la tierra, comenzando con el mismo
Israel de todos los tiempos, para gloria y para honra infinita de su
nombre muy santo. Por ello, nuestro Padre celestial tenia que
encaminar a Israel por el camino santo y milagroso de su unigénito,
porque sólo por medio de éste camino sobrenatural del Holocausto
supremo y salvación infinita es en el cual nuestro Padre celestial
desea ser servido día y noche y por los siglos de los siglos en las
naciones y en el reino angelical.

Pues es éste el camino que puede llevar a cada alma viviente del
hombre de la tierra no-solo a la puerta de La Nueva Jerusalén
celestial y gloriosa, sino que también puede entrar por ella, para
jamás volver a salir de la presencia santa de nuestro Padre celestial
y de su árbol de la vida, ¡nuestro Salvador Jesucristo! En realidad,
sólo éste es el camino de nuestro Padre celestial y de su Hijo Israel,
en donde el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos es por siempre
honrado, glorificado y, por tanto, exaltado grandemente en la tierra y
en los cielos para su obediencia sobrenatural y sumamente gloriosa
para todos, ángeles del cielo y la humanidad entera, para siempre.

En otras palabras, éste es el único camino del cielo facilitado a los
hombres, empezando con todo Israel, para que todo hombre, mujer, niño
y niña camine por siempre, por siempre cumpliendo y honrando en sus
vidas en cada uno de sus pasos de cada día y hacia la eternidad el
Espíritu Santo de los mandamientos, para satisfacción infinita de
Dios. Es más, sólo el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos puede
llevar no sólo a Israel sino también a cada una de las naciones de
toda la tierra hacia la paz y la gloria eterna, del nuevo reino
angelical del cielo, La Gran Jerusalén celestial, inicialmente
prometida a los antiguos, pero sólo por medio nuestro Salvador
Jesucristo.

Porque ésta es la verdadera ciudad celestial, por la cual nuestro
Padre libera a Israel de su cautividad eterna, sino que también los
lleva al fondo del mar Rojo para bautizarlos en sus aguas, para que
dejen sus vidas viejas en su fondo y se levanten a caminar por una
nueva vida santa y gloriosa digna del cielo, ¡nuestro Salvador
Jesucristo! Y los hebreos fueron bautizados en aquel día, sin que se
den cuenta de nada, así como Juan el bautista y sus discípulos
bautizaban a las multitudes de Israel, a través de los años de su
ministerio en todo Israel y, finalmente, para cumplir por fin con toda
justicia entonces término bautizando (Juan) a nuestro Señor Jesucristo
en el Jordán.

Y cuando nuestro Señor Jesucristo era bautizado por Juan en el Jordán,
entonces el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo de nuestro
Padre celestial como una paloma sobre su cabeza, para entrar en su
cuerpo con todas las bendiciones de todos los hombres, mujeres, niños
y niñas de Israel y de la humanidad entera. Y se oía una voz del
cielo, justamente cuando el Espíritu de Dios entraba en Él, que decía
claramente en todos los lugares, hogares y templos de Israel: Éste es
mi Hijo amado, o mi Holocausto salvador, en quien tengo complacencia:
a él oigan para que me sirvan todos los días de sus vidas y para
siempre en la eternidad.

En éste día, en el cual nuestro Señor Jesucristo fue bautizado por
Juan, entonces todos nosotros fuimos bautizados también juntos con Él
en el Jordán, como cuando Jesucristo mismo bautizó a todo Israel que
salía de Egipto en el mar Rojo; y hasta aún Juan mismo fue bautizado
por nuestro Señor Jesucristo, porque Juan no había sido bautizado por
nadie aún. Verdaderamente, nuestro Señor Jesucristo descendió del
cielo para no solamente ser bautizado por Juan el bautista, sino que
también, al mismo tiempo, cada uno de nosotros fue bautizado junto con
Él, así como Adán y Eva no habían sido bautizados aún por el Señor en
el cielo ni en la tierra tampoco.

En vista de que, para recibir la salvación de nuestro Padre celestial
por medio de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, entonces cada
uno de nosotros tiene que ser sumergidos bajo el agua, para dejar
nuestras vidas antiguas sepultadas debajo y en lo más profundo del
Jordán. Y una vez que todos fuimos bautizados juntos con el Señor
Jesucristo en el Jordán, en Israel, y por medio de Juan, entonces
recibimos el derecho no solamente de oír el mensaje de perdón y de
salvación eterna, sino que también pudimos por fin alcanzar el
privilegio infinito e irrevocable, de volver a nacer del Espíritu
Santo de Dios.

Ya que, para esto descendió el Espíritu Santo de Dios sobre nuestro
Señor Jesucristo cuando era bautizado por Juan en el Jordán, para que
nosotros también lo recibamos en nuestros corazones y en nuestras
nuevas vidas infinitas de salud y de bienestar infinito, para empezar
a vivir la vida eterna y llena de milagros sin fin, de aquí en
adelante. Y éste Espíritu Santo de Dios, el cual descendió de parte de
nuestro Padre celestial para entrar en nuestro Señor Jesucristo es, en
sí, el cumplimiento y glorificación infinita de Los Diez Mandamientos
de Israel y de Moisés, para fin del pecado y de toda maldición en
nuestras nuevas vidas, en la tierra y así también para la eternidad
celestial.

Por lo tanto, cuando nuestro Señor Jesucristo era bautizado por Juan,
entonces todos los demás eran bautizados juntos con Él, como Adán y
Eva, por ejemplo, quienes no habían sido bautizados aún en el paraíso
ni en la tierra tampoco, por nuestro Padre celestial ni por su Hijo
Jesucristo. Entonces cuando nuestro Señor Jesucristo fue bautizado, en
verdad, fue para que Adán y Eva fueran bautizados juntos con él y con
cada uno de sus hijos e hijas de todas las generaciones de toda la
tierra, empezando con nuestra vida celestial del paraíso, por ejemplo,
para ya no morir más sin vivir la vida eterna, sino vivirla ya e
infinitamente.

Y sólo así, Adán y Eva estaban listos para recibir a nuestro Señor
Jesucristo con clavos en sus manos y en sus pies sobre sus cuerpos
muertos y sobre la cima santa en las afueras de Jerusalén, para el
cumplimiento y glorificación eterna del Espíritu Santo de los Diez
Mandamientos en sus vidas y sólo así vivir libres del pecado
infinitamente. Aquí, nuestro Padre celestial removió para siempre la
maldición de la Ley de nuestras vidas, para que ya no nos siga
haciendo más daño, sino sólo bien, pero exclusivamente: por medio del
nacimiento virgen, bautismo de justicia, vida consagrada, crucifixión
bendita, muerte santa, resurrección victoriosa en el tercer día, y
ascensión gloriosa al Padre celestial de nuestro Salvador Jesucristo.

Ahora, cuando nuestro Señor Jesucristo moría clavado y sangrando sobre
los árboles cruzados y sin vida de Adán y Eva sobre el monte santo de
Jerusalén, entonces los bautizó con el Espíritu Santo y fuego de los
mandamientos, para bendecirlos grandemente no solamente a ellos sino
también a cada uno de sus retoños que andan perdidos por toda la
tierra. Así como nuestro Señor Jesucristo bautizó a todo Israel que
salía de Egipto en el fondo del mar Rojo, para posteriormente
entregarles el Espíritu Santo de los mandamientos en el tercer día,
así pues Jesucristo se bautiza por Juan, para bautizarnos a todos en
el tercer día con su Espíritu Santo y fuego, de los mandamientos
obedecidos en toda justicia celestial.

Además, éste es un bautismo que cada uno de nosotros tiene asegurado
en nuestro Señor Jesucristo, así como el bautismo de agua que Juan se
lo daba a todo el pueblo de Israel que venia a él para ser bautizado
en el Jordán, por ejemplo, para perdón de pecados y salvación de sus
almas infinitas y para la vida eterna. Porque éste bautismo de nuestro
Señor Jesucristo nos libra de cada una de las maldiciones de los
mandamientos que no han sido cumplidos en la vida del hombre pecador,
que aún no lo ha recibido en su corazón como su único y suficiente
salvador de su alma viviente, para entrar desde ya en la vida eterna
de La Nueva Jerusalén celestial.

Por eso, el evangelio antiguo de nuestro Padre celestial tiene que ser
predicado en las naciones, para que todas las familias reciban la
verdad y la justicia infinita del bautismo de perdón y de salvación
eterna del Espíritu Santo de los Diez Mandamientos, infinitamente
obedecidos únicamente en su Jesucristo, para entrar desde ya a la vida
eterna de La Nueva Jerusalén celestial. Porque con el Espíritu de los
mandamientos maldiciéndonos día y noche, porque no podemos cumplir con
sus estatutos y decretos eternos, entonces no podremos jamás entrar a
la vida eterna ni mucho menos ver a nuestro Padre celestial, ni hoy ni
nunca en la eternidad; y esto es algo muy triste e injusto, para el
hombre de toda la tierra.

Pues los hebreos se sentían tristes, porque se veían perdidos
injustamente, porque tenían unos mandamientos que cumplir, sin saber
cómo, con qué o cuándo cumplirlos; ellos estaban perdidos sin
Jesucristo en sus corazones y con unos mandamientos que lo único que
hacia cada día era recordarles que estaban perdidos, cuando la verdad
era que Jesucristo siempre estuvo con ellos. En consecuencia, todos se
sentían eternamente perdidos, grandes y pequeños, sabios o no, ricos y
pobres y, por tanto, no tenían a nadie que los ayude a cumplir con el
Espíritu Santo de los mandamientos en todo Israel, es decir, que no
veían el poder sobrenatural para cumplirlos jamás en sus vidas
humanas, cuando Jesucristo siempre fue su “Holocausto salvador”.

Porque escrito está: Maldito para siempre todo aquel que no cumpla con
los estatutos y decretos prescritos en el libro de la Ley. Y todo el
pueblo dirá: ¡Amén! Y esto lo leían siempre los levitas ante el altar
de nuestro Dios, para que la gente recordara que estaban perdidos
delante de Él y sin poder jamás cumplir con los estatutos y
reglamentos del libro de la Ley; verdaderamente, ésta era una manera
sumamente fuerte y segura, para hablarles a los hebreos de la
necesidad de Jesucristo, en sus vidas.

Y decirles que no pueden vivir sin Dios y sin su Cordero Escogido que
quita el pecado del mundo entero, consiguientemente necesitan de su
intervención sobrenatural cada día de sus vidas, por donde sea que
vayan por toda la tierra, para que no mueran jamás bajo la condena de
la Ley, sino que vivan por el cumplimiento de la misma, ¡Jesucristo!
Además, esto les hacia entender a los hebreos, en general, que
necesitaban al Rey Mesías urgentemente, y que naciera entre ellos ya,
para que viviese el Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos y sin
jamás quebrantarlos, para que así toda verdad y justicia sea cumplida
en la tierra y en el cielo, para satisfacción infinita de nuestro
Padre celestial.

Por eso, nuestro Padre celestial le decía a Moisés que le anunciara al
Faraón de Egipto de que Israel es su hijo, su primogénito, y que tenia
que dejarlo ir libre a servirle en el desierto, porque el cumplimiento
y la glorificación infinita del Espíritu Santo habían llegado a su
tiempo de obediencia eterna, para bien de la humanidad entera. Porque
la obediencia y glorificación infinita del Espíritu Santo de los
mandamientos había llegado a su tiempo y, por tanto, tenia que ser
recibido por los hijos de Abraham, Isaac y Jacob para su cumplimiento
y glorificación eterna, pero sólo en el hijo de Dios, Israel, el
primogénito del SEÑOR, el Hijo de David, ¡nuestro Salvador
Jesucristo!

Es decir, que los huesos, la carne santa y la sangre santificadora de
su primogénito tenia que salir con todos los hebreos de Egipto, para
no solamente ser bautizados en el mar Rojo, sino también para recibir
el Espíritu Santo de la vida eterna sobre el Sinaí, como cuando
posteriormente Jesucristo mismo manifestaría su salvación final sobre
el monte santo de Jerusalén. Pues, en el tercer día, después de
haberse purificado sus cuerpos y sus vestiduras en el primer y segundo
día, entonces perfectamente podían recibir el Espíritu Santo de la
vida gloriosa de La Nueva Jerusalén celestial, y éste es el Espíritu
Santo de los Diez Mandamientos obedecidos y honrados grandemente en la
vida gloriosa de todo Israel, ¡gracias a Jesucristo!

Porque sólo con éste Espíritu Santo de los mandamientos de su
primogénito, por ejemplo, entonces todos los hebreos podían entrar a
sus nuevas tierras con sus hijos, para empezar a servirle a su Dios y
Fundador de sus almas vivientes, en ésta nueva vida eterna del nuevo
reino angelical, La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo. De
otra manera, y sin éste Espíritu Santo de los mandamientos en sus
vidas liberadas de la tiranía egipcia, entonces ningún hebreo podía
jamás pisar la nueva tierra prometida a ellos, por medio de sus
antepasados como Abraham, Isaac y Jacob, para empezar a vivir y servir
cada día justa y sanamente para nuestro Padre celestial en su
Holocausto eternal, ¡Jesucristo!

Y es, precisamente, ésta salvación milagrosa de los hebreos, con su
bautismo del mar Rojo, de su recibimiento del Espíritu Santo de los
mandamientos en el tercer día, y de su camino hacia Canaán es, hoy en
día, la misma salvación que nuestro Padre celestial nos brinda para
todos, por medio de su mismo primogénito que salió de Egipto con
ellos, ¡Jesucristo! Porque la verdad es también que nuestro Señor
Jesucristo sufrió cada día el cautiverio egipcio por cuatrocientos
treinta años, así mismo como sus hermanos sufrieron, esperando con
mucha fe y en oración e intercesión por la manifestación del favor de
nuestro Padre celestial, en el día y en la hora que solamente él
conocía en su santa y gloriosa soberanía divina.

Porque fue por nuestro Señor Jesucristo inicialmente, su primogénito,
que nuestro Padre celestial le reclama al Faraón de Egipto, desde el
monte Sinaí y por medio de Moisés, que lo dejara ir libre para que le
sirviese a Él camino tres día por el desierto, y sólo en la tierra
prometida de Canaán, la cual fluye leche y miel para todos. Es decir,
también que fue por nuestro Señor Jesucristo por quien nuestro Padre
celestial estaba reclamándole al Faraón de Egipto, por medio de
Moisés, que lo dejara ir libre con sus hermanos a servirle a él, en el
Espíritu Santo de sus mandamientos que les daría posteriormente sobre
el mismo monte Sinaí, para que entren a la tierra prometida de
Canaán.

Y ésta salvación, hoy en día, está llena de milagros, maravillas y de
prodigios del cielo y la tierra, como en la antigüedad, para todo
aquel que crea en la sangre bendita de su primogénito, nuestro Señor
Jesucristo, para perdón y sanidad eterna de su corazón, alma, cuerpo,
vida y espíritu humano en la tierra y en el paraíso, para siempre.
Ahora, todo aquel que no cree en el Señor Jesucristo en su corazón,
como su único y suficiente salvador de su alma viviente, entonces los
poderes terribles de gran maldición, o la maldición de nuestro Padre
celestial, está sobre su vida y sobre su casa también, porque no ama a
su primogénito para perdón y salvación de su alma viviente.

Por eso, la gente enferma y sus tierras están llenas de maldad,
mentiras y de crímenes increíbles, porque los corazones que habitan en
esas tierras no aman al dador de la vida, el primogénito de nuestro
Padre celestial, quien salió de la cautividad de Egipto, para nacer
del vientre virgen de la hija de David, en la tierra prometida,
Israel. Porque fue el hijo de Dios, el primogénito, quien salió de la
cautividad de Egipto con sus familias, para ser bautizado en el mar
Rojo y posteriormente recibir en el tercer día el Espíritu Santo de
Los Diez Mandamientos, llenos de bendiciones increíbles, sí tan sólo
ellos eran cumplidos y honrados cabalmente en la vida de cada uno de
ellos.

Es decir, que nuestro Señor Jesucristo, como el Ángel del SEÑOR, no
solamente estuvo siempre con los antiguos, como con Adán, Noé,
Abraham, Isaac, Jacob y todos los demás, sino que también estuvo con
todo Israel en su cautividad eterna, para liberarlos al fin de sus
males increíbles, de su cautividad y de sus sufrimientos de día y
noche en Egipto. Y nuestro Señor Jesucristo estuvo, con Israel por
todo el tiempo de su cautividad egipcia, orando por ellos cada día y
sin cesar, porque él sabía perfectamente que algún día tenía que
sacarlos de Egipto, para llevarlos de la mano por el desierto camino
de tres días, a la tierra prometida del Holocausto para la salvación
final de todos nosotros.

Históricamente, quizás los hebreos nunca se dieron cuenta de que
nuestro Señor Jesucristo siempre vivió entre ellos todos esos años
como su ungido/sacerdote, porque oraba por su liberación de sus
opresores de cada día delante de nuestro Padre celestial; y nuestro
Señor Jesucristo nunca dejó de orar por ellos, porque si lo hacia
entonces jamás hubiesen sido liberados de Egipto. Verdaderamente,
cuando nuestro Señor Jesucristo estuvo viviendo con los hebreos en su
cautividad egipcia, él intercedía por su liberación día y noche,
porque no sabía cuando iba a ser el día y la hora de su liberación,
sino que sólo nuestro Padre celestial lo sabía; por eso, a nuestro
Señor Jesucristo sólo le quedaba esperar pacientemente, por el mandato
del SEÑOR.

Y cuando el llamado de nuestro Padre celestial a su Hijo Jesucristo
llegó para empezar a liberar a Israel de su cautividad egipcia,
entonces nuestro Señor Jesucristo se manifestó como el árbol de la
vida eterna sobre el Sinaí entre humo, llamas y luces brillantes, para
que todos los vieran a él, pero menos el diablo y sus seguidores
malvados. Aquí, podemos apreciar a nuestro Señor Jesucristo jubiloso
como el árbol de la vida cubierto de humo y por fuego a su alrededor,
llamando a Israel para informarles de que su día de liberación había
llegado, por misericordia y amor eterno de nuestro Padre celestial a
la promesa suministrada inicialmente a sus antepasados, Abraham, Isaac
y Jacob.

Aquí, vemos al Señor Jesucristo en las afueras de la tierra de Gosén,
en Egipto, como en las afueras de Jerusalén, en Israel, sobre todo lo
alto del monte anunciando su presencia salvadora, como el Gran Rey
Mesías, como el Holocausto de la salvación final, para bendecir sus
vidas y salvaguardarlos eternamente de todo mal del enemigo de
siempre. Por lo tanto, fue el Señor Jesucristo, como el Ángel del
SEÑOR, o como el árbol de la vida, o como el Holocausto supremo y
libertados, el cual Moisés veía desde lejos ardiendo en llamas pero no
se propagaba su fuego por todo el monte, sino que siempre estaba en su
mismo lugar fiel y sin moverse para ningún lado.

Aquí, nuestro Señor Jesucristo comienza a hacer su gran obra de muchos
milagros, maravillas y de señales increíbles, para liberar por fin a
todos sus hermanos los hebreos de la cautividad ciega de los Egipcios,
para que lo empezaran a ver a él como a uno más de sus hermanos, ¡el
único libertador posible del cielo, para sus almas vivientes! Y es,
precisamente, ésta fe, en el Señor Jesucristo, lo que no solamente
liberó a los hebreos junto con Moisés de la sumisión egipcia, sino
también de la muerte segura del desierto, para que todos entraran a la
tierra prometida de Canaán, en donde conocerían cara a cara al fin a
quien los había sacado de Egipto, para darles vida eterna.

Y los hebreos tenían que ver al Señor Jesucristo cara a cara, así como
Moisés lo vio en sus días de vida de Egipto y por todo el desierto,
para que por fin conociesen quien había vivido con ellos por tantos
años en esclavitud y, además, como los había liberado con los poderes
sobrenaturales del nombre santo de nuestro Padre celestial. Porque
nuestro Señor Jesucristo vivió junto con los hebreos en la privación
egipcia y hasta que nuestro Padre celestial decidió liberarlos por fin
de su cautiverio y sólo en su día y en su hora escogida soberanamente
por Él mismo, para así entonces entregarles una nueva vida eterna,
jamás vivida en el cielo ni menos en toda la tierra.

Ésta nueva vida infinita sólo se puede vivir en la nueva Jerusalén
santa y gloriosa del cielo, en donde todo es luz, verdad y justicia
infinita, llena del amor antiguo de nuestro Padre celestial por su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo y por cada hombre, mujer, niño y
niña de la humanidad entera también, de todos los tiempos. Entonces
nuestro Señor Jesucristo vivió con los hebreos, por más de
cuatrocientos treinta años de cautividad en Egipto, porque nuestro
Padre celestial estaba preparándolos no solamente para ser bautizados
en el fondo del mar Rojo, sino también para confiarles todo su
Espíritu Santo de los mandamientos en el tercer día, para que
seguidamente sea glorificado su Espíritu Santo en sus corazones.

Y todo esto iba a ser sólo posible en su día y únicamente por medio de
su Hijo amado, su primogénito, nuestro Señor Jesucristo, para que
todas las naciones sean llenas de su luz viviente de la vida eterna,
empezando con Egipto y así también con todo Israel y las demás
naciones del mundo entero, de toda la vida. Para que, de este modo, el
mundo entero se vuelva un paraíso terrenal, llena de naciones, como
Israel mismo, por ejemplo, amando a nuestro Padre celestial, pero sólo
por medio del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos infinitamente
obedecidos y grandemente honrados, en la vida gloriosa de su Hijo
unigénito, ¡nuestro Señor Jesucristo!

De otra manera, nuestro Padre celestial no solamente no podía salvar a
Israel de su muerte segura en Egipto, sino que tampoco podía jamás
sacar de Egipto a su hijo primogénito (a Israel mismo), para llevarlo
a vivir a una tierra sobresaliente, llena de la vida eterna del cielo,
en donde todo seria amor, verdad y justicia eterna para todos. Porque
nuestro Señor Jesucristo tenía que nacer del vientre virgen de la hija
de David, en Israel, para que sea su árbol de la vida eterna, en las
afueras de Jerusalén, así cómo él mismo es el árbol de la vida
angelical, en el epicentro del paraíso y en las afueras de La Nueva
Jerusalén santa y gloriosa del cielo.

Y sólo así nuestro Padre celestial no solamente preservaba a Israel de
su muerte segura en cautividad, sino que también llevaba a su Hijo
primogénito a su tierra prometida, prometida inicialmente a Abraham,
Isaac y Jacob para que sea su árbol de la vida del Cordero Escogido,
clavado a los árboles secos de Adán y Eva, para vida eterna de todos.
Para que entonces la maldición del Espíritu Santo de los mandamientos
ya no tenga ningún poder para hacerle daño a nadie más, sino sólo
bien, porque nuestro Señor Jesucristo la obedeció y glorificó
grandemente en su vida, para fin del pecado y el comienzo infinito de
la nueva vida eterna, de La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del
cielo.

Por esta razón, la maldición del Espíritu Santo de Los Diez
Mandamientos ya no está en nosotros, sino en los impíos (los que no
creen en sus corazones ni confiesan con sus labios el nombre bendito
del Hijo de Dios, el Hijo de David, nuestro Salvador Jesucristo, el
Santo de Israel desde los días del paraíso y hasta nuestros días,
ciertamente). Y, hoy en día, gozamos de muchas bendiciones, y la
primera de las bendiciones de nuestras almas vivientes, en sí, es que
ya no tenemos que vivir bajo la maldición del Espíritu Santo de los
mandamientos quebrantados por Adán y Eva y por todo pecador, porque
ninguno de nosotros podía con él, para cumplirlos y glorificarlos en
nuestros corazones, para siempre.

Pero gracias a nuestro Señor Jesucristo quien no solamente nos dio las
lajas de Los Diez Mandamientos sobre el Sinaí, sino que también los
tomó en todo su ser santo para cumplirlos y glorificarlos grandemente,
para bien de todos nosotros, en cada uno de sus días de vida por todo
Israel y hasta que finalmente fue crucificado entre ellos. Porque Adán
y Eva no solamente representaban la muerte del pecado sobre la cima
del monte santo de Jerusalén, en Israel, sino que también
representaban las dos lajas de los mandamientos que no se habían
cumplidos en sus hijos: pero cuando Jesucristo fue clavado a ellos,
entonces se llenaron del obedecimiento y la glorificación infinita del
Espíritu Santo de los mandamientos.

Al fin, Adán y Eva fueron llenos del Espíritu Santo de los
mandamientos, cuando nuestro Señor Jesucristo fue clavado a ellos,
sangrando por su cabeza, su rostro, sus manos, su quinta costilla y
sus pies, y así se cumplió y se glorificó grandemente el Espíritu
Santo de la Ley, para no ser quebrantado jamás en sus nuevas vidas
eternas del paraíso. En éste día, la maldición del Espíritu Santo de
los mandamientos se alejó de ellos, porque la sangre bendita de
nuestro Señor Jesucristo los cubrió y los justificó, para que regresen
en ese mismo día a volver a ser reyes del paraíso (o padres del
espíritu humano de todo hombre de toda tierra, como en el principio,
por ejemplo).

Por eso, con el Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones,
entonces ya no podemos confesar derrota de ninguna mentira malvada de
Satanás ni de ninguno de sus malvados de siempre, sino que
confesaremos la victoria y el cumplimiento de la glorificación total
del Espíritu Santo de los mandamientos en nuestras vidas terrenales y
celestiales, ¡gracias a nuestro Salvador Jesucristo! En vista de que,
con el Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones, entonces hemos
cumplido con cada palabra, con cada letra y con cada significado
eterno del Espíritu Santo de los mandamientos de Israel y de Moisés,
para no volver a pecar jamás, en la tierra y en el paraíso y en La
Nueva Jerusalén santa y gloriosa del cielo.

Por lo tanto, ya no vivimos más bajo el Espíritu Santo de los
mandamientos quebrantados por Adán, sino sobre toda bendición
celestial del mismo Espíritu Santo de los mandamientos obedecidos
grandemente en Jesucristo, para ya no morir más para el ángel de la
muerte, sino vivir para nuestro Padre celestial y para su árbol de la
vida en la eternidad. Porque el cumplimiento del Espíritu Santo de los
mandamientos ha sido desde siempre, de amar a nuestro Padre celestial
con todas las fuerzas de nuestro corazón, con todas las fuerzas de
nuestra alma, con todas las fuerzas de nuestra mente y con todas las
fuerzas de nuestra vida y así también amar a nuestro prójimo, como a
nosotros mismos.

Considerando que nuestro Señor Jesucristo salió huyendo de Egipto con
sus hermanos hebreos, para manifestarle su amor santo y eterno no
solamente a cada uno de ellos sino también a cada hombre, mujer, niño
y niña de toda la tierra; amándolos a todos, como a hermanos, así como
siempre ha amado a su Padre celestial que está en los cielos. En otras
palabras, nuestro Señor Jesucristo nos ama con el mismo amor antiguo
que siempre ha amado a nuestro Padre celestial y a su Espíritu Santo
de Los Diez Mandamientos de Moisés y de Israel, para perdonarnos y
bendecirnos con sus grandes bendiciones sin fin de milagros y de
maravillas de cada día de su Holocausto de salvación final para todos.

En nuestros días: Mayores mandamientos que estos dos que resumen y
cumplen con el Espíritu Santo de los mandamientos de Moisés y de
Israel, en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las
familias de la tierra, en realidad, no hay otros iguales en el paraíso
ni en toda la tierra. Y sólo nuestro Señor Jesucristo ha sido el que
verdaderamente ha amado a nuestro Padre celestial con todas las
fuerzas de su corazón, con todas las fuerzas de su mente y con todas
las fuerzas de su vida santísima en todo Israel, para obedecer
grandemente el Espíritu Santo de los mandamientos, para bien de todos
sus hermanos para siempre.

Entonces sí, hoy en día, nuestro Señor Jesucristo reina en tu corazón,
así como reino en el corazón de Noé, Abraham, Isaac, Jacob y en fin
millares más, pues eres infinitamente libre de toda maldición del
Espíritu Santo de los mandamientos que no podías cumplir jamás en tu
vida, por más que lo quisieras hacer así con tus propias fuerzas
humanas. Así que, con nuestro Señor Jesucristo en tu corazón has
tornado la maldición del Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos en
toda una bendición sin fin, llena de milagros, maravillas y de
prodigios en tu vida, en la vida de los tuyos y hasta de tus amistades
también, para gloria y honra de nuestro Padre celestial que está en
los cielos. Amén.

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):

“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.

CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.

QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.

SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.

SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.

OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.

NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.

DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.


http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///


http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx


http://radioalerta.com



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