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(IVÁN): JESÚS VINO A ISRAEL NUEVAMENTE PARA SALVAR DE SATANÁS A LAS NACIONES:
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valarezo  
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 More options Jun 27, 1:19 pm
From: valarezo <IVANIVAN...@aol.com>
Date: Sat, 27 Jun 2009 10:19:47 -0700 (PDT)
Local: Sat, Jun 27 2009 1:19 pm
Subject: (IVÁN): JESÚS VINO A ISRAEL NUEVAMENTE PARA SALVAR DE SATANÁS A LAS NACIONES:

Sábado, 27 de junio, año 2009 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica

(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)

JESÚS VINO A ISRAEL NUEVAMENTE PARA SALVAR DE SATANÁS A LAS NACIONES:

Yo salí del Padre celestial, para venir al mundo; ahora dejo
nuevamente el mundo para volver a mi Padre que está en los cielos,
nuestro Señor Jesucristo les aseguraba a sus apóstoles, para que
“entendieran que su obra de perdón y salvación eterna” ya había
llegado al cumpliendo de la Ley, para con ellos y para con el mundo
entero también. Es decir, que él había cumplido y glorificado
grandemente en su corazón, en su cuerpo y en su sangre santísima y
salvadora del espíritu humano del hombre “el Espíritu Santo de los
Diez Mandamientos inmaculados”, para fin del pecado y la
reconciliación absoluta entre Dios y el hombre, en la tierra y en la
eternidad venidera del nuevo reino sempiterno.

A partir de entonces, cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y de
las naciones de la humanidad entera, podía comer y beber de él
libremente, para salud y para vida eterna, sin ningún problema alguno,
para perdón de sus pecados y salud eterna de su cuerpo y espíritu
humano en la tierra y en el paraíso, para siempre. Porque sólo él es
«el pan del cielo y la copa de las aguas de vida eterna», para que
todo aquel que de él coma, no vuelva a tener hambre jamás; y así
también para que todo aquel que de él beba, no vuelva a tener sed
jamás, en esta vida ni en la venidera de La Nueva Jerusalén
celestial.

Y esto es hambre y sed de la verdad y de la justicia infinita del
Espíritu Santo de Los Diez Mandamientos infinitamente cumplidos,
honrados y glorificados en su vida santísima, como el Hijo de David,
el Hijo del hombre, el Hijo de Dios, el Santo de Israel y de la
humanidad entera, ¡el Todopoderoso! Y son precisamente: éste pan del
cielo y ésta agua de vida eterna, las que nuestro corazón, alma,
cuerpo y espíritu humano necesitan día a día para seguir viviendo la
verdadera vida celestial, de nuestro Padre celestial y del Espíritu
Santo de sus mandamientos, su Hijo amado, ¡nuestro Salvador
Jesucristo!

De otra manera, no podemos vivir en paz, ni menos felices ni llenos de
bendiciones para nuestro espíritu humano y para nuestro corazón
eterno, entonces morimos día y noche de hambre y de sed en la tierra,
sin darnos cuenta jamás de éste mal, ni de que caminamos hacia el
abismo del fuego eterno del infierno, con nuestros pecados del
paraíso. Pero si comemos y bebemos del fruto del árbol de la vida,
como Dios manda inicialmente a Adán y Eva en el paraíso, entonces
nuestros corazones, cuerpos y espíritu humano serán satisfechos, para
seguir viviendo en el espíritu de la paz y el amor infinito, de todas
las cosas verdaderas y justas de nuestras vidas terrenales y
celestiales, para siempre.

Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la verdad y la justicia de las
cosas que están en los cielos y así también en la tierra y en La Nueva
Jerusalén celestial, para que ya no vivamos más en el espíritu de la
muerte, el cual es el espíritu de Adán y Satanás, sino en el Espíritu
de vida eterna, ¡nuestro Jesucristo! En verdad, cada vez que el
hombre, la mujer y así también el niño y la niña de todas las familias
de las naciones del mundo entero, comienzan a vivir sus vidas normales
en la tierra y sin haber comido ni bebido del fruto de la vida,
entonces empiezan a morir gradualmente y hasta que por fin se quedan
sin vida sus cuerpos.

Visto que, la poca vida pecadora que recibieron de Adán y Eva comienza
a desaparecer poco a poco con el espíritu de error en su espíritu
humano, y hasta que por fin mueren perdidos sin Dios y sin más vida
alguna del árbol de la vida en la tierra, para descender al fuego
eterno del mundo de los muertos, ¡el infierno! Y esto sucede en cada
uno de ellos, así como sucedido con Adán y Eva en el paraíso, porque
sus corazones, cuerpos y espíritu humano sin el alimento correcto del
cielo, nuestro Señor Jesucristo, entonces comienzan a morir de
enfermedades que se ven y de las que no (se ven), para entrar en el
más allá: Infinitamente hambrientos y sedientos de Jesucristo.

Por eso, nuestro Padre celestial nos dio inicialmente el fruto del
árbol de la vida en el paraíso, por medio de Adán, y así también en
Israel, por medio de Moisés inicialmente como la Ley escrita, y hasta
que se volvió carne justificada en el vientre virgen de la hija de
David, como ¡el Gran Rey Mesías de todos los tiempos! Y nuestro Padre
celestial nos da a su Jesucristo como el fruto del árbol de la vida en
el paraíso, por medio de Adán, y así también como el Espíritu Santo de
Los Diez Mandamientos, por medio de Moisés, para que últimamente se
volviera nuestra única carne, huesos y sangre santa del pacto eterno,
para vida y salud constante de todo hombre.

Es decir, que el Espíritu Santo de los mandamientos perfectos se
volvió huesos, carne y sangre santificada, en el vientre virgen de la
hija de David, para no solamente darnos a su Jesucristo, el Hijo de
David, sino también para quedarse con Israel para siempre y con las
naciones también, de la humanidad entera de toda la tierra. En otras
palabras, nuestro Señor Jesucristo es la carne justificada que
nuestros cuerpos deben tener, y así también son los huesos y la sangre
santa en que nuestros cuerpos humanos deben vivir diariamente, delante
de la presencia santa de nuestro Padre celestial, libres de pecado y
de toda presencia de Satanás, en la tierra y en el paraíso, para
siempre.

Y nuestro Padre celestial nos quiere cambiar de huesos, carne y sangre
sobrenaturalmente a cada uno de nosotros, porque están manchados por
el pecado mentiroso de la serpiente antigua y de Satanás, con sólo
comer del pan del cielo y beber de la copa de vida eterna, nuestro
Señor Jesucristo, para poder volver a vivir nuestras vidas normales
del cielo. Porque la verdad es que tenemos que salir de la carne
pecadora, huesos quebrados y sangre enferma de Adán y Eva, porque han
quebrantado el Espíritu Santo de los mandamientos perfectos para mal
de sus vidas y la de todos los demás, en el paraíso y por toda la
tierra, pero no así jamás con nuestro Jesucristo.

En cuanto que, la carne santa, huesos perfectos y sangre salvadora de
nuestro Señor Jesucristo jamás han transgredido el Espíritu Bendito de
los mandamientos antiguos ni en el cielo ni en la tierra, y así
también será en la nueva era venidera del nuevo reino sempiterno de La
Nueva Jerusalén santa y bendita del cielo, por ejemplo. Por eso,
nuestro Padre celestial llama a Adán inicialmente a volverse en su
Hijo amado, como nuestro Señor Jesucristo, con tan sólo comer de su
carne santificada, de sus huesos inquebrantables y de su sangre llena
de vida eterna, al tan sólo poseer de su pan del cielo, el árbol de la
vida, ¡nuestro Jesucristo!

En la medida en que, sólo en Jesucristo nuestro Padre celestial nos
ama grandemente en su corazón santísimo para siempre; sólo en
Jesucristo nuestro Padre celestial nos conoce por dentro y por fuera;
por lo tanto, sólo en Jesucristo nuestro Padre celestial nos puede
colmar de muchas bendiciones sin fin, como: paz, salud y de su misma
felicidad celestial e infinita. De otra manera, no podemos volver al
paraíso ni menos a las manos de nuestro Padre celestial, si no
cambiamos nuestros huesos, nuestras carnes y nuestra sangre enferma,
por los huesos, de la carne santificada y por la sangre milagrosa del
fruto del árbol de la vida, para cumplir con toda verdad y justicia
del Espíritu Santo de los mandamientos intocables.

Y sólo así, no solamente volver al paraíso desde ya, sino empezar a
vivir nuestras verdaderas vidas humanas, no la de Adán y Eva que
comieron del fruto prohibido, sino la de nuestro Señor Jesucristo, la
cual es la misma vida eterna de nuestro Padre celestial y de su
Espíritu Santo de los mandamientos intachables y glorificados, para
siempre. Por eso, nuestro Señor Jesucristo les decía a sus discípulos,
por todos lugares de Israel, por donde iba urgentemente a predicar su
evangelio santo del nombre bendito de nuestro Padre celestial, de que
él no es de este mundo sino del de arriba; pues así también todos los
que le siguen no son de este mundo tampoco, sino del cielo.

Puesto que, sólo nuestro Señor Jesucristo es el único fruto del árbol
de la vida eterna, el árbol del cumplimiento y glorificación infinita
del Espíritu Santo de los mandamientos intachables en el reino
angelical, en el paraíso, en la tierra y así también para la nueva era
venidera de La Nueva Jerusalén santa y bendita del cielo. Porque todo
aquel que come y bebe de él, ya no come ni bebe del espíritu de error
de Adán y Eva, sino del verdadero Espíritu Santo de sus mandamientos
glorificados, para fin del pecado y de cada maldición del paraíso, y
el comienzo de la vida y de la salud eterna, asegurada para nosotros
con sus bendiciones constantes del cielo.

Dado que, cuando comemos y bebemos del fruto del árbol de la vida,
nuestro Señor Jesucristo, cada vez que nos sentamos a la mesa del
comedor de nuestros hogares, entonces estamos comiendo y bebiendo del
Espíritu Santo de los mandamientos cumplidos e infinitamente honrados
en su nacimiento virgen, vida bendita, muerte santa, resurrección
victoriosa y ascensión gloriosa al Padre celestial. Es decir, que Adán
y Eva ya no están en nosotros, como cuando nacimos en el mundo del
vientre de nuestras madres en su espíritu humano, manchado con el
pecado del fruto prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del
mal, sino que ahora somos nacidos del Espíritu Santo de los
mandamientos cumplidos en Jesucristo, para gloria y salud eterna.

Milagrosamente hemos vuelto a nacer no del vientre de las tinieblas de
nuestras madres, como cuando entramos al mundo por primera vez,
llorando a gritos y ciegos por el pecado, sino de la matriz viviente,
la cual está llena de la luz gloriosa del Espíritu Santo de nuestro
Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, para no morir jamás. Porque
la verdadera matriz, de donde nosotros salimos como seres vivientes
delante de nuestro Padre celestial, en el día que nos formaba en su
imagen y conforme a su semejanza celestial, fue la matriz del Espíritu
Santo de los mandamientos intachables y honrados, como siempre, en la
vida santa del árbol de la vida, nuestro Jesucristo, ¡nuestro único
Gran Rey Mesías!

Por eso, cuando recibimos al Señor Jesucristo como nuestro Salvador
personal de nuestras almas vivientes, en un momento de oración y fe,
al invocar su nombre salvador, entonces estamos volviendo a nacer de
la matriz del Espíritu Santo de los mandamientos, cumplidos y
glorificados en él mismo, en todo Israel y así también para siempre en
la eternidad venidera. Por esta razón, nuestro Padre celestial no
solamente llama a Adán y Eva a permanecer en la fe, del Espíritu Santo
de los mandamientos cumplidos e infinitamente honrados en el fruto del
árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, sino también a cada uno de
nosotros, en nuestros millares, de todas las familias, razas, pueblos,
tribus y reinos del mundo entero.

Visto que, nuestra verdadera matriz de nuestro primer nacimiento
humano delante de la presencia santa de nuestro Padre celestial no fue
la matriz de nuestras madres, sino la del Espíritu Santo de los
mandamientos inmaculados en el reino angelical, el día en que nuestro
Padre celestial nos formaba en sus manos santas, para que seamos por
siempre exactamente como él mismo. Por ello, para nosotros volver a
nacer no tanto en la tierra sino en el mundo angelical del paraíso,
como en el principio, no podemos nunca regresar a la matriz de
nuestras madres biológicas, pero si podemos regresar a la matriz del
Espíritu Santo de los mandamientos infinitamente cumplidos y
glorificados en la vida milagrosa del Hijo de David, ¡el Cristo!

Por esta razón, nuestro Padre celestial nos llama inicialmente a comer
y a beber del fruto de la vida eterna, comenzando con Adán y Eva en el
paraíso, para empezar nuevas cosas en nuestras vidas de cada día y de
cada noche en la tierra y en el cielo también, para gloria y para
honra de su nombre muy santo. Es más, cada uno de nosotros es llamado
día a día por nuestro Padre celestial a regresar a la matriz, del
Espíritu Santo de sus mandamientos perfectos, para volver a nacer en
él nuevamente, para empezar a vivir la vida eterna de nuestro Señor
Jesucristo, la cual está inagotablemente llena de milagros, maravillas
y sanidades sin fin para nuestro espíritu humano.

Porque la verdad es que cada uno de nosotros puede volver a nacer por
inicio, de la matriz del Espíritu Santo de los mandamientos íntegro
cuandoquiera, para perdón de sus pecados y para volver a tomar la vida
eterna, en la tierra y así también en el reino angelical para siempre,
con sus muchas bendiciones y grandes poderes sin fin del cielo.
Consiguientemente, después de haber comido y bebido del fruto de
nuestro Señor Jesucristo, entonces no solamente todos hemos cumplido y
glorificado grandemente el Espíritu Santo de los mandamientos
impecables, sino que Satanás ya no nos puede lanzar más de sus
zancadillas comunes; verdaderamente, hemos vuelto a nacer de las
tinieblas a la luz viviente, pero con nuestro Señor Jesucristo
únicamente.

Porque sólo nuestro Señor Jesucristo nos puede volver a ayudar a
entrar inmediatamente en la matriz del Espíritu Santo de los
mandamientos perfectos, para perdón y reconciliación eterna con
nuestro Padre celestial y así, enseguida, regresar, renaciendo en la
vida eterna de nuestras verdaderas vidas del cielo y más no a la vida
pecadora de Adán, en la cual está Satanás. Ciertamente que cada
problema que sufres, desde el día en que naciste, ya sea por
enfermedad o males comunes o terribles, ha sido porque Satanás obra en
contra de tu vida con sus mentiras ocasionales, como las del paraíso
que atacaron inocentemente a Eva primero y luego a Adán para después
tocar tu vida en su manera más cruel posible, desdichadamente.

Pero no temas a Satanás ni a ninguna de sus mentiras jamás, porque
nuestro Señor Jesucristo salió del Padre celestial, para venir al
mundo y destruir cada una de sus obras malvadas, para que Satanás
muera junto con los suyos en el fuego eterno del infierno, y así
hacerte libre de sus males perpetuamente. Porque la verdad es que
nuestro Padre celestial desea que vivas y que no mueras jamás, pero
sólo por medio del Espíritu Santo de sus mandamientos intachables, los
cuales no solamente son cumplidos en la vida de su Hijo Jesucristo,
sino que también son grandemente glorificados en nuestras vidas de
cada día, en la tierra y en el paraíso, para siempre.

Y es así como nuestro Padre celestial siempre desea que el hombre, la
mujer, el niño y la niña de todas las naciones vivieran sus vidas, en
la tierra y delante de su presencia santa y de la de sus santos
ángeles del reino de los cielos, para gloria y para honra infinita de
cada día de su nombre muy santo. Porque nuestro Padre celestial nos
crea a cada uno de nosotros, en nuestros millares, de todas las
familias, razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la tierra, para
amar a su Hijo Jesucristo con las fuerzas de nuestros corazones, con
las fuerzas de nuestras vidas y con las fuerzas de nuestro espíritu
humano, para conocerlo a él personalmente al fin.

Porque la verdad es que sin el Señor Jesucristo viviendo en nuestras
vidas de cada día, lleno del Espíritu Santo de los mandamientos
infinitamente milagrosos en su sangre del pacto eterno, entonces no
podemos alabar, ni honrar, ni servir a nuestro Padre celestial, ni
mucho menos podremos amarle jamás, como él se merece ser amado por
nosotros en toda la tierra. Por eso, nuestro Señor Jesucristo salió
del Padre celestial, no para ir a los ángeles, sino, para entrar en
nuestras vidas cotidianas, lleno del Espíritu Santo de los
mandamientos infinitamente cumplidos y glorificados en su sangre
santísima, del pacto eterno entre él y Abraham, Isaac, Jacobo y así
también con cada uno de nosotros en la actualidad en toda la tierra.

Pues, ésta es la victoria de nuestro Padre celestial para con cada uno
de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la tierra,
la cual no solamente nos perdona el pecado, sino que nos llena de vida
eterna con sus poderes, autoridades sobrenaturales de milagros,
maravillas y de prodigios en los cielos y en la tierra de cada día.
Puesto que, inicialmente nuestro Padre celestial está determinado a
acabar no solamente con Satanás sino también con cada uno de los que
cree a sus mentiras malvadas, de todos sus seguidores de siempre, las
cuales han hecho tanto daño a la humanidad entera, desde el nacimiento
del sol del primer día de vida, en la tierra y de su humanidad
infinita.

Por eso, nuestro Padre celestial envió a su Hijo amado al mundo, para
destruir a cada una de las mentiras malvadas, las cuales nuestro Padre
celestial jamás perdonará ni dará por inocente a ningún malvado
mentiroso en este mundo, ni en el mundo infernal de las almas perdidas
y de los ángeles caídos del más allá, ¡el infierno candente y
tormentoso! Por ende, nuestro Padre celestial desea ponerle fin a las
mentiras del paraíso, de las cuales Eva creyó primero para luego
hacerle creer a Adán en el espíritu de error y de rebelión, en contra
del fruto del árbol de la vida, en todos nuestros corazones, pero sólo
con la invocación del Espíritu Santo de los mandamientos glorificados,
¡en nuestro Salvador Jesucristo!

Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es la verdad y la justicia
infinita de nuestro Padre celestial en la vida de cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, para perdón y bendiciones sin fin,
cuando Satanás es toda mentira e injusticia mortal en la tierra, en el
paraíso y hasta en el mismo infierno, eternamente y para siempre. Por
esta razón, cada uno de nosotros necesita urgentemente del Señor
Jesucristo y de su sangre santísima y salvadora, porque el mismo
Espíritu Santo de los mandamientos íntegros que estaba supuesto a
darnos vida y bendiciones sin fin, en verdad, nos estaba acusando de
pecado para morir perdidos eternamente entre las llamas candentes del
fuego del infierno, por culpa de Satanás.

Por eso, nuestro Padre celestial envió a su Jesucristo al mundo, para
nacer libre de Adán desde el vientre virgen de la hija de David, y
sólo así salvarnos de la acusación de cada día del pecado y de la
amenaza constante del fuego eterno del infierno, porque no podíamos
jamás vivir de acuerdo al Espíritu Santo de los mandamientos
soberanos. Porque no solamente hemos nacido en el espíritu de error y
rebelde de Adán y Eva al fruto del árbol de la vida, nuestro
Jesucristo, sino que todos seguimos creciendo en éste mismo espíritu
malvado y mentiroso para morir: Por ende, no podemos cumplir jamás el
Espíritu Santo de los mandamientos vivos, como sólo Jesucristo lo
puede hacer sin ningún problema por/en nosotros.

Por ende, nuestro Señor Jesucristo es lo más importante cada día de
nuestros días, ya sea en el paraíso, en la tierra y así también en la
nueva vida eterna de La Nueva Jerusalén celestial, en donde sólo se
habla de la verdad, el amor y la justicia entre nuestro Padre
celestial y su árbol de la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque la
verdad es que cada vez que hablamos del amor de nuestro Padre
celestial y de la gracia infinita de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, entonces el Espíritu Santo de los mandamientos perfectos
es engrandecido, para derrotar aún mucho más a Satanás y a cada una de
sus obras malvadas en contra de gente inocente, por el mundo entero.

Y la derrota de Satanás y de sus zancadillas de siempre, sólo
significa que las ricas bendiciones sin fin de salud, paz,
prosperidad, poder, sabiduría y gozo eterno, pues entonces pueden
entrar a nuestras vidas sin ningún problema, fácilmente cada día, para
enriquecer no solamente nuestras vidas sino también las de nuestros
familiares y amistades, alrededor del mundo entero. Es decir, también
que las enfermedades mueren, de las que se ven y hasta de las que no
(se ven), y así también cada problema y dificultad desaparecen
completamente de nuestras vidas, sin dejar rasgo alguno en nuestros
corazones y memoria, para que entonces comencemos a vivir y disfrutar
nuestras nuevas vidas, llenas de bendiciones inagotables cada día y
para siempre.

Puesto que, para nuestro Padre celestial es necesario que Satanás y
todas sus artimañas malvadas sean pisoteados cada día y cada noche en
la vida de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, por
los poderes y autoridades sobrenaturales del Espíritu Santo de los
mandamientos cumplidos y glorificados por Jesucristo, para terminar
con toda pobreza espiritual y material. Porque nuestro Padre celestial
jamás le permitió que atacase a Adán en el paraíso y así también a sus
descendientes, pero como Satanás es el enemigo primordial de
Jesucristo y de sus ángeles, pues lo hizo y lo sigue haciendo aún con
mucha mala fe y en contra de todo hombre; porque Satanás es malo con
Jesucristo y así también contigo.

En otras palabras, cada enfermedad o problema o dificultad que hayas
sufrido en tu vida o en la vida de cualquier hombre, mujer, niño o
niña, no ha sido la voluntad de nuestro Padre celestial ni la del
Espíritu Santo de los mandamientos perfectos, sino que siempre ha sido
Satanás obrando de mala fe, por el odio que siente por Jesucristo. Por
eso, tus enfermedades o males terribles, como problemas y
dificultades, de las que vez y hasta de las que no (ves), son
realmente lanzadas desde Satanás y desde sus ángeles caídos hacia el
Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, para destruir o dañar toda
obra de Dios, en el cielo y en la tierra, para terminar con La
Jerusalén celestial.

Es decir, también que cada vez que eres atacado por algún malvado o
criminal escondido, en verdad, es el espíritu de error y de rebelión
de Satanás atacando al Hijo de Dios, el Hijo de David, en ti y en cada
uno de los tuyos también, familiares y amistades, para que las
tinieblas reinen y la luz de Jesucristo muera. Por eso, toda
enfermedad y problema de tu vida, por más escondida que esté de tu
vista y de tu sentir, es de nuestro Padre celestial y de su Hijo
Jesucristo para sanarla y solucionarla, destruyéndola por completo y,
a la vez, arrancándola de tu vida para que no te vuelva a hacer ningún
mal nunca más.

Por cuanto, es el Señor Jesucristo quien salió del Padre celestial,
para entrar al mundo y cumplir cabalmente y hasta glorificar
grandemente el Espíritu Santo de los mandamientos inmaculados, en la
vida de Israel y de cada nación también, y más no que sea deshonrado
por gente malvada del vaticano y sus ídolos engañadores o como Satanás
mismo, por ejemplo. Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es quien
cumple y glorifica grandemente el Espíritu Santo de los mandamientos
intachables en los ángeles fieles del cielo y así también en la vida
de cada hombre, mujer, niño y niña de todas las familias de la
humanidad entera, para perdón y sanidad total del corazón, alma,
cuerpo y espíritu humano de regreso al paraíso.

Por eso, se manifiestan grandes milagros, maravillas y prodigios en
los cielos y en la tierra cada día que se habla del amor del Padre
celestial y de la gracia infinita de su Hijo Jesucristo, para que las
tinieblas mueran y las enfermedades y problemas del más allá abandonen
la tierra y su humanidad indestructible. Entonces siempre es bueno
hablar del amor de nuestro Padre celestial, por la gracia de su Hijo
Jesucristo, en la vida de cada uno de nosotros, para que Satanás deje
de existir y así también cada una de sus artimañas, mentiras y
maldades de siempre, de muerte y de destrucción eterna, en la tierra y
en el más allá, por ejemplo.

Porque cuando hablamos de nuestro Padre celestial y de cómo nuestro
Señor Jesucristo salió de él, para entrar en la vida de Israel,
entonces estamos destruyendo poderes de las tinieblas de Satanás, para
darle cabida a la luz de la verdad y la justicia que necesitamos en
nuestras vidas del árbol de la vida, el Espíritu Santo de la Ley
glorificada. Y diariamente nuestro Padre celestial está atento, desde
sus lugares santos del reino angelical, para escuchar al corazón del
hombre invocar el nombre milagroso y sumamente glorioso de su Hijo
Jesucristo, para él mismo entonces moverse con sus poderes y
autoridades sobrenaturales de su nombre muy santo, para bien eterno de
los que lo aman a él siempre, en oración y fe.

Y sin la invocación del nombre sagrado de su Jesucristo, entonces
nuestro Padre celestial no se mueve para hacer nada de nada por nadie,
en la tierra ni en ningún otro lugar del más allá; porque sin la
invocación de su Jesucristo, la Ley satisfecha/feliz y con buena
suerte, él no puede hacer ninguna cosa por más que lo desee hacer así.
En verdad, vivíamos solos y perdidos en la tierra, porque teníamos un
Espíritu Santo de los mandamientos intachables que no solamente no
podíamos cumplir jamás en nuestras vidas humanas, sino que tampoco
podíamos glorificarlo para presentarnos santos y libres de Satanás,
delante de nuestro Padre celestial que está en el cielo, para entonces
entrar a la vida eterna desde ya.

Inicialmente, vivíamos muy lejos de Dios y de su árbol de la vida
eterna, nuestro Señor Jesucristo, en todos los lugares de la tierra,
incluyendo en Israel mismo, porque teníamos un Espíritu Santo de los
mandamientos justicieros, los cuales no podíamos jamás satisfacer en
nuestras vidas, para alejarnos de Satanás y de sus mentiras malvadas
de muerte y de destrucción infernal. Por esta razón, nosotros no
solamente estábamos lejos del árbol de la vida y de sus bendiciones de
salud y de felicidad y paz eterna, sino que enfermábamos
constantemente por la voluntad malvada de Satanás y de sus ángeles
caídos, para posteriormente morir en las manos crueles del ángel de la
muerte, y así descender perdidos con él al infierno candente.

Pero nuestro Padre celestial nos ama tanto que no solamente nos pudo
ver en la necesidad de su intervención celestial y divina, sino que
supo hacer bien las cosas en el cielo y en la tierra, para no solo
cumplir por nosotros con toda justicia del Espíritu Santo de los
mandamientos perfectos, sino que seguidamente nos proclamó como sus
hijos legítimos. Y para hacernos infinitamente sus hijos legítimos,
entonces no solamente tenía que perdonarnos nuestros pecados,
salvarnos de la vida pecadora de Adán y Eva, sino que también tenía
que atacar y destruir para siempre cada obra de Satanás, como las
enfermedades que estás sufriendo o esos problemas y dificultas que no
se van de tu vida jamás, por ejemplo.

Pues para esto nuestro Padre celestial envió a su Hijo amado al mundo,
para atacar y vencer a Satanás en esa enfermedad de tu cuerpo o del
cuerpo de tus amados y hasta amigos, por ejemplo, para atacar y vencer
también cada problema de tu vida o de la vida de tu familia, pueblo,
ciudad, nación o naciones del mundo entero. Entonces precisamente para
resolver y curar esa enfermedad o enfermedades, para resolver y acabar
con ese problema o dificultades, nuestro Señor Jesucristo salió de
nuestro Padre celestial, para nacer del vientre virgen de la hija de
David, y así hacerte libre de Satanás y de las mentiras malvadas de la
serpiente antigua del Jardín del Edén, a estas mismas horas.

Porque toda enfermedad y así también cada problema y dificultad del
espíritu humano, en sí, es una mentira viva de Satanás y de sus
ángeles caídos, para atacar y desfigurar cada día la imagen y
semejanza celestial de nuestro Padre celestial en cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera; pero nuestro Señor Jesucristo es
todo lo contrario de Satanás. Nuestro Señor Jesucristo no solamente es
nuestro perdón eterno de nuestros pecados, sino también es la sanidad
de cada una de nuestras enfermedades y la solución perfecta de
nuestros problemas y dificultades de nuestras vidas y de la de los
nuestros también, como familiares y hasta amistades, por ejemplo;
porque para nuestro Padre celestial, por medio de Jesucristo, “todo es
posible”.

Por lo tanto, nuestro Padre celestial no solamente nos dio el Espíritu
Santo de los mandamientos inmaculados sobre el Sinaí, para que
aprendamos a vivir justamente de él, como se vive delante de su
presencia santísima en el reino angelical, sino también para
convertirnos milagrosamente en sus hijos legítimos de su nuevo reino
venidero para siempre, en la nueva eternidad celestial. Y desde Moisés
muchos hebreos intentaron con todas las fuerzas de sus corazones, con
todas las fuerzas de sus almas, con todas las fuerzas de sus mentes y
con todas las fuerzas de su espíritu humano, especialmente los levitas
(sacerdotes del tabernáculo), convertirse milagrosamente en hombres,
mujeres, niños y niñas de Dios, pero no lo lograron jamás.

Porque la verdad sigue siendo la misma del paraíso, y esto es que para
convertirse uno en un hijo de Dios, primero tiene que cumplir con el
Espíritu Santo de los mandamientos perfectos: de otra manera, es
totalmente imposible convertirse de las tinieblas de Satanás a la luz
más gloriosa y brillante que el sol de la vida eterna, ¡nuestro
Salvador Jesucristo! Y ésta vida eterna, que el hombre, la mujer, el
niño y la niña de todas las naciones, comenzando con Israel,
necesitaban alcanzar para empezar a vivir una vida sana y santa
delante de nuestro Padre celestial, no podía salir de ningún otro
lugar que no sea de Dios mismo—porque nuestra vida humana empezó por
su mismo Espíritu Santo inicialmente.

Por esta razón, nuestro Señor Jesucristo salió de nuestro Padre
celestial para nacer del vientre virgen de la hija de David, para que
a los nueve meses no salga por el Espíritu Santo otro Adán o otra Eva
a pecar, sino el Hijo del hombre, el Hijo de David, el Gran Rey Mesías
de todos los tiempos para salvaguardar nuestras almas vivientes,
¡Jesucristo! Porque sólo nuestro Señor Jesucristo salió del Padre
celestial, para nacer por los poderes sobrenaturales del Espíritu
Santo, del vientre virgen de la hija de David, libre de todo  pecado
de Adán y Eva, para entonces vivir cada día para cumplir y glorificar
grandemente el Espíritu Santo de los mandamientos intachables para
bien eterno del espíritu humano, en todo hombre.

Y sólo con ésta nueva vida, entonces el hombre, la mujer, el niño y la
niña que habían nacido del vientre de su madre, por el espíritu de
error de Adán, pues entonces pudieran volver a nacer como en el cielo,
pero está vez en el mismo Espíritu Santo de los mandamientos
glorificados grandemente en nuestras nuevas vidas milagrosas, ¡por
Jesucristo! Y es así como nuestro Padre celestial redime desde el
paraíso al hombre, a la mujer, al niño y a la niña de todas las
familias del mundo entero, para que vuelvan a nacer, pero esta vez del
mismo Espíritu Santo que le agrada mucho a su corazón santísimo, para
llenarnos cada día de sus ricas y gloriosas bendiciones del cielo.

Ya que, para que el espíritu humano del hombre sea feliz, pues
entonces tiene que vivir no en el espíritu de error y de gran maldad
de Adán y Eva, sino en el Espíritu Santo de los mandamientos cumplidos
y glorificados grandemente por nuestro Salvador Jesucristo únicamente;
de otra manera, la felicidad de su corazón estará por siempre lejos de
él. Y, por cierto, sólo éste es el único Espíritu Santo de Dios, el
cual no solamente le dio vida y salud diariamente a Jesucristo en
Israel, sino que lo resucitó después de estar muerto por tres días,
para cumplir con toda verdad y justicia celestial en la tierra y en el
cielo, para gloria y honra de nuestro Padre celestial.

Además, cuando nuestro Señor Jesucristo resucita en el tercer día,
gracias al Espíritu Santo de los mandamientos cumplidos y honrados en
su vida mesiánica en Israel, no solamente venció eternamente al ángel
de la muerte sino también a Satanás y a sus seguidores malvados, para
que por fin vivamos victoriosos sobre Satanás y sobre toda muerte
eterna del infierno. Porque la verdad es que el hombre había vivido
bajo la maldición de la Ley por mucho tiempo, por no poderla cumplir
en todos los días de su vida, dado a su naturaleza humana y pecadora,
por culpa del pecado original de Adán y Eva en el paraíso: el pecado
original de creerle a Satanás, en vez de creerle a Jesucristo.

Pues éste es el mismo pecado de Israel y así también de las naciones
del mundo entero, hoy en día, como en los días de la antigüedad del
paraíso, por ejemplo, de creerle a las mentiras de Satanás, en vez de
creerle a la verdad y a la justicia bendita del Espíritu Santo de los
mandamientos cumplidos y glorificados grandemente en Jesucristo. Por
eso las gentes sufren tantos males no de parte de nuestro Padre
celestial ni de su árbol de la vida, sino de las mentiras crueles y
malvadas de Satanás y de sus seguidores de siempre en toda la tierra,
para mal eterno de muchos desdichadamente que no conocen al Señor
Jesucristo aún como su Salvador personal, por ejemplo.

Entonces el hombre estaba destinado a sufrir las maldiciones de las
enfermedades prescritas en el libro de la Ley y, al fin, morir en la
tierra y en el infierno, para no volver a ver la vida jamás; pero
nuestro Padre celestial lo amaba, aún así, en su condición pecadora y
mortal, por su gran amor a Jesucristo, y lo redime grandemente.
Además, nuestro Padre celestial le entrega al hombre su Espíritu Santo
de los mandamientos perfectos, para que él mismo empiece a conocer
diariamente la vida santísima de su unigénito, el Hijo de David, quien
saldría de él en su día señalado, del vientre virgen de la hija de
David, para fin del pecado y el comienzo de una nueva Jerusalén
celestial.

Históricamente, el Espíritu Santo de la Ley habla del Hijo de Dios
constantemente, como nuestro Salvador personal, como nuestra nueva
vida eterna, para que lo aceptemos como nuestro único Gran Rey Mesías
de todos los tiempos, en la tierra y así también en el paraíso, para
que todo nos vaya bien siempre, en todos los lugares y hasta en la
eternidad. Por eso, cuando nuestro Señor Jesucristo fue crucificado
sobre los árboles sin vida de Adán y Eva, entonces fue golpeado por
los pecadores, para desfigurar su rostro, la imagen y semejanza de
Dios en él y en nosotros también, para que no quede imagen de él en
toda la tierra y así no violar el Espíritu Santo de la Ley jamás.

Por esta razón, no hay imagen alguna de nuestro Señor Jesucristo en
Israel y así también en las naciones del mundo entero, es decir, que
nadie sabe como es el rostro o figura humana de nuestro Señor
Jesucristo, salvo los hebreos que lo vieron cara a cara en aquellos
días en Israel y en el cielo sus ángeles fieles, por ejemplo. Pero
gracias a nuestro Padre celestial, que nos amo tanto, aún más allá de
nuestros pecados y muertes infernales, que no nos juzgó ni nos
abandonó a nuestro destino fatal del infierno, sino que nos entregó a
su Jesucristo fielmente, para que lo recibamos y así no vivamos más
bajo la maldición de la Ley, sino sobre sus bendiciones celestiales y
eternales.

Porque nuestro Padre celestial antes de crearnos en sus manos santas,
cuando salíamos de su corazón y de su alma gloriosa, ya él nos había
bendecido grandemente con el Espíritu Santo de sus mandamientos
inmaculados en sus lugares altos y eternos del más allá del nuevo
reino celestial, por amor a su árbol de la vida, ¡su Hijo Jesucristo!
Por lo tanto, nosotros hemos sido bendecidos mucho más que los ángeles
del cielo, con los poderes y autoridades sobrenaturales del Espíritu
Santo de los mandamientos intachables; por eso Satanás nos odia y nos
quiere ver sufriendo y muertos en su espíritu de error y de gran
rebelión hacia Dios y hacia su fruto de vida y salud eterna, ¡nuestro
Señor Jesucristo!

Porque Satanás sabe que nosotros no solamente somos la alabanza y la
gloria de nuestro Padre celestial en todos los lugares de la tierra,
además de la tierra de Israel, sino que también seremos los que
alcanzaremos nuevas glorias, honras y santidades infinitas de la vida
santa, del nuevo reino angelical para nuestro Padre celestial, ¡y todo
gracias a su Jesucristo siempre! Por ello, Satanás siempre nos ha
podido hacer el mal que ha deseado hacernos, porque no solamente
nacimos en el espíritu de error y de mentiras del paraíso de Adán y
Eva, sino que aún permanecemos viviendo en la tierra en ese mismo
espíritu de imperfección, por lo tanto, nos puede seguir haciendo daño
cada vez que lo desee hacer así malvadamente.

Pero en el Espíritu Santo de los mandamientos felices grandemente en
la vida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo todas las cosas
cambian a favor de nosotros milagrosamente: entonces Satanás ya no
puede hacernos ningún mal como antes: porque no puede entrar ni menos
hacer nada en el Espíritu de Dios para mal de nadie, en la tierra y el
más allá. Por eso, tenemos que volver a nacer urgentemente, antes hoy
que mañana, por la oración, no del espíritu de error del fruto
prohibido, del árbol de la ciencia del bien y del mal, como sucedio
con Adán, sino del Espíritu Santo del fruto del árbol de la vida, Los
Diez Mandamientos cumplidos en la vida gloriosa del Hijo de David, ¡el
Cristo!

Porque es en éste Espíritu Santo de los mandamientos cumplidos y
honrados por nuestro Señor Jesucristo y por su sangre santísima, en la
cual nuestro Padre celestial no solamente nos crea para vivir en él,
sino para amarle, servirle, exaltarle y glorificarle por siempre, en
la tierra y en el cielo y para toda la eternidad vendiera del nuevo
reino angelical. Puesto que, es éste mismo Espíritu Santo de los
mandamientos cumplidos y glorificados en Jesucristo, el cual reina
sublime en toda vida de ángeles y así también de cada hombre, mujer,
niño y niña de las naciones de toda la tierra, en el paraíso y en el
nuevo reino angelical, como La Nueva Jerusalén santa y gloriosa del
cielo, por ejemplo.

Por eso, era necesario que nuestro Señor Jesucristo saliera de nuestro
Padre celestial para venir al mundo y salvarnos de los juicios
permanentes del Espíritu Santo de los mandamientos incensurables, con
los poderes sobrenaturales y autoridades especiales, de parte de él
mismo y de su gracia infinita; porque sólo por la gracia de nuestro
Señor Jesucristo podíamos alcanzar la felicidad eterna. De otra
manera, ninguno de nosotros podía jamás haber no solamente cumplido
con el Espíritu Santo de los mandamientos eternos, sino que jamás
hubiese alcanzado “la gloria del perdón”, para volver a nacer de su
Espíritu de vida eterna y así regresar a su vida antigua del paraíso;
sinceramente, sin Jesucristo estábamos sufriendo ya en el infierno y
en su eternidad increíble.

Y Satanás estaba feliz con sus mentiras, para no solamente seguir
destruyendo la imagen y semejanza de nuestro Creador en cada uno de
nosotros, sino que siempre hacia todo lo posible para que caigamos en
las manos del ángel de la muerte cada día, para descender por fin al
infierno: en donde nadie puede volver a invocar a Jesucristo jamás,
para arrepentirse. Sinceramente, cada día de nuestras vidas humanas
por toda la tierra, desde los primeros días de Adán y Eva en el
paraíso, peligramos grandemente con las mismas mentiras de Satanás,
que nos salen al encuentro como bestias salvajes, de los lugares que
menos pensamos, para hacernos daño como hicieron daño a Jesucristo
inicialmente en el paraíso y en Israel también, por ejemplo.

Pero cuando nuestro Señor Jesucristo regresa a nuestra naturaleza
humana nuevamente, entonces cada uno de nosotros vuelve a nacer
fácilmente del Espíritu Santo de los mandamientos perfectos, para
volver a empezar a vivir una vez más santificados en la tierra y en el
paraíso, y esta vez para siempre, gracias al amor eterno que nuestro
Padre celestial siente por nosotros cada día. Porque cuando nuestro
Señor Jesucristo salió de nuestro Padre celestial, para descender al
mundo y entrar en nuestras vidas nuevamente, entonces lo hizo de una
vez por todas y para siempre, para jamás volverse a separar de
nosotros en la eternidad, aunque tuvo que regresar al Padre después de
haber resucitado en el tercer día—pero lo hizo con nosotros también—.

En otras palabras, aunque nuestro Señor Jesucristo fue levantado al
cielo de nuevo, por el mismo Espíritu Santo de los mandamientos
cumplidos e infinitamente glorificados en la vida de todo Israel, pues
no nos dejo solos sino que nos volvió a dar de su Espíritu Santo, como
el Consolador, pero con mayores poderes que antes, para que esté con
nosotros siempre. Y éste Consolador, el cual es el Espíritu de verdad
de los mandamientos glorificados, es el que no solamente está en ti y
a tu lado en todo momento, sino que también intercede con sus
oraciones antiguas para que tengas las bendiciones necesarias de tu
vida de cada día por toda la tierra, para que jamás te falte ningún
bien para siempre.

En cumplimiento con la Escritura, nuestro Señor Jesucristo vino a
Israel para salvar de Satanás a las naciones, para que sean redimidas
de todas sus mentiras y de su gente malvada y así empezar a vivir
desde ya la nueva vida eterna, llena de milagros, maravillas y de
prodigios sin fin, para bien eterno de cada uno de todos nosotros,
para siempre. Decididamente, por amor, nuestro Padre celestial envió a
su Hijo Jesucristo a nacer, del vientre virgen de la hija de David,
para no solamente jamás abandonar a Israel sino también a cada hombre,
mujer, niño y niña de las familias de las naciones, para que todo sea
sólo verdad y justicia de su Espíritu Santo de los mandamientos
perfectos, para siempre. ¡Amén!

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.

¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!

Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):

“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

 “‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ÉSTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.

CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.

QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.

SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.

SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.

OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.

NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.

DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin más demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁS TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador?  ¿Sí _____?  O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____?  O ¿No _____?

Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman.  Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.

http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=w...

http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx

http://radioalerta.com


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