Apología del terrorismo por Rafael Narbona

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LiaV

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May 22, 2013, 10:25:17 AM5/22/13
to política a largo plazo_#acampadasol
http://rafaelnarbona.es/?p=2337

Cada vez son más frecuentes los casos de internautas imputados por
apología de la violencia o el terrorismo. Sin embargo, los verdaderos
terroristas hablan con absoluta libertad, con ese aire chulesco que
revela la pervivencia de una España eterna y cainita, tridentina y
reaccionaria, canallesca e inquisitorial. Se acusa a un internauta de
terrorismo por pedir a ETA que vuele el Palacio de la Zarzuela, pero
un juez desestima la denuncia de Consolación Baudín de Lastra que
recibió un pelotazo el 11 de julio de 2012, cuando aplaudía a los
mineros que desfilaban por Madrid, luchando por conservar su puesto de
trabajo. El pelotazo en el costado le causó un neumotórax y la
fractura de varias vértebras. Necesitó ventilación mecánica durante 40
días y hubo que realizarle una traqueotomía. El juez archiva el caso
ante la imposibilidad de identificar al agente. Si reparamos en que el
gobierno ha organizado un circo con el número de identificación de los
antidisturbios, adoptando las medidas más peregrinas para ocultar su
identidad, sólo podemos concluir que no vivimos en un Estado de
Derecho, sino en un Estado criminal, desvergonzado, cínico y
escandalosamente mendaz.



Iñigo Cabacas murió por culpa de un pelotazo de la Ertzaintza. Salvo
unas tímidas disculpas oficiales, no ha pasado nada. Consolación
Baudín de Lastra, de 54 años, también pudo morir, pero igualmente no
habría sucedido nada. Nada relevante desde el punto de vista jurídico.
La impunidad es la regla. El poder judicial no protege al ciudadano,
sino al Estado y a sus mastines. Se habla de libertad, democracia y
división de poderes, mientras se violan los derechos humanos, gracias
a la complicidad de los forenses y los jueces. No es una opinión
subjetiva o una simple imprecación inspirada por una pataleta
infantil. El reciente informe del Comité Europeo para la Prevención de
la Tortura ha redundado en las denuncias que España acumula por malos
tratos y torturas. No se trata de casos aislados, sino de una práctica
habitual que acontece en comisarías, calabozos y cuarteles de la
Guardia Civil. Los cinco días de aislamiento contemplados por la
legislación antiterrorista son un pozo negro donde se cometen toda
clase de iniquidades, algunas dignas del Proceso de Reorganización
Nacional de las Juntas Cívico-Militares argentinas. Acaba de morir
Jorge Rafael Videla y se han recordado las atrocidades perpetradas en
la Escuela de Mecánica de la Armada, con palabras de espanto y
solidaridad. Sin embargo, en la calle Guzmán el Bueno de Madrid se
halla la Dirección General de la Guardia Civil y en sus calabozos se
violó en 2011 a Beatriz Etxebarria. Anal y vaginalmente. Además, se le
hizo la bolsa, se la insultó, se la humilló, se la amenazó, se la
golpeó y apenas se le permitió dormir o ir al baño. Una buena parte de
la sociedad aplaude en silencio, pues se trata de una activista de
ETA, ignorando que la Benemérita no se muestra más respetuosa con
inmigrantes ilegales, delincuentes comunes o simples ciudadanos que
protestan porque son desahuciados o han agotado el subsidio de
desempleo. Se condenan los atentados de ETA, pero los guardias civiles
implicados en torturas y probables asesinatos son indultados o
ascendidos. En el caso de Gurutze Iantzi, que falleció en el cuartel
de la Guardia Civil de Tres Cantos en septiembre de 1993, después de
una noche de malos tratos y torturas, ni siquiera se abrió un
expediente por imprudencia, alegando que la muerte se produjo por
causas naturales. En 1977, Inge Genefke, una médica danesa que
colabora con Amnistía Internacional, escribe: “Si bien la tortura se
detecta por todo el Estado español, en el País Vasco es más común”.
Desgraciadamente, las cosas no han cambiado demasiado, de acuerdo con
los informes de diferentes organismos internacionales. Simplemente,
los métodos se han perfeccionado para no dejar huellas visibles. Ahora
se utiliza más la “tortura blanca” o “tortura limpia”: la bolsa, las
flexiones, la privación de sueño, el aislamiento sensorial. Además,
los agentes protegen su anonimato con pasamontañas, evitando mencionar
su nombre o el de sus compañeros.


Cristina Cifuentes, delegada del gobierno en la Comunidad de Madrid,
elogia a la Unidad de Intervención Policial cada vez que apalea a los
manifestantes y utiliza su cuenta de Twitter para intimidar a los
internautas que mencionan los problemas de su marido con la justicia.
Jorge Fernández, Ministro de Interior, declara que el comportamiento
de los antidisturbios el pasado 25 de septiembre durante la protesta
“Asedia el Congreso” fue “brillante”, “extraordinario” y “ejemplar”.
“No hubo excesos”, afirma con aire satisfecho, pese a las imágenes de
jóvenes y no tan jóvenes con la cabeza abierta, transeúntes del metro
golpeados sin motivo, policías infiltrados incitando a la violencia
(el famoso “¡que soy compañero!”) y escenas de pánico dignas de las
manifestaciones de los 70, cuando los grises repartían leña a
mansalva, obedeciendo a sus mandos, que a su vez recibían
instrucciones de los responsables políticos. No puedo evitar una
repugnancia invencible cuando escucho a Cristina Cifuentes minimizando
las heridas de una joven que se solidarizó con los mineros en la misma
manifestación donde casi pierde la vida de Consolación Baudín de
Lastra. Al parecer, la chica había cometido varios hurtos y esos
terribles actos delictivos justifican su rostro ensangrentado por una
policía que llegaría tan lejos como los políticos establecieran, sin
retroceder ante la tortura o el asesinato. A fin de cuentas, el
régimen de Franco cometió un genocidio y nadie ha respondido por las
miles de vidas segadas en tapias y cunetas. España es un gran
cementerio bajo la luna donde reinan la injusticia y la desigualdad.
Los suicidios por culpa de los desahucios ya no son noticia, pero los
escarches se califican de terrorismo. Felipe González, el indiscutible
“señor X”, dotado de un talento natural para la mentira, el cinismo y
la demagogia, se queja del sufrimiento de los niños que soportan los
escraches en la puerta de sus domicilios. No le he escuchado hablar
con la misma indignación de ese 20% de niños residentes en el Estado
español que ya se hallan en situación de pobreza, malnutridos,
subsistiendo en infraviviendas y con las maletas preparadas para un
inminente desahucio.



Se habla del talante de Rodríguez Zapatero, como si su cara amable
encarnara un período de tolerancia y normalidad democrática, pero su
espíritu conciliador no puso ningún reparo en ratificar el régimen
FIES, modificando en 2011 el Reglamento Penitenciario para sortear la
sentencia del Tribunal Supremo, que consideró de “nulo derecho” un
sistema incompatible con los derechos humanos de los presos, pues les
mantiene en una situación de aislamiento que se ha llamado “la cárcel
dentro de la cárcel” por las numerosas restricciones impuestas. No
importa que el caso de Alfonso Fernández Ortega, “Alfon”, un joven de
21 años, detenido el 14 de noviembre de 2012 durante la huelga
general, haya sacado a la luz esas condiciones de encierro, vigentes
desde 1989. La maquina de triturar seres humanos sigue su marcha. En
el caso de “Alfon”, hijo de Elena Ortega, una conocida activista
política y social de Vallecas, se le aplicó el régimen FIES-5, el más
duro, reservado para los criminales más peligrosos. Después de dos
meses en una claustrofóbica celda individual y sin ninguna clase de
contacto con otros reclusos, “Alfon” salió a la calle, declarando que
“ahí dentro sólo eres un trozo de carne”. La policía le acusa de
llevar una mochila con material explosivo, pero el juez le ha puesto
en libertad al no aparecer sus huellas dactilares en las pruebas
incautadas. Sin embargo, está pendiente de juicio y podría ser
condenado a una pena que oscila entre cuatro y ocho años de prisión.
Todo apunta que se ha tratado de un montaje policial para propagar el
miedo y contener el descontento de una juventud sin otro horizonte que
el desempleo o la emigración. Se podrían repetir las palabras de Julio
Caro Baroja en una carta abierta de 1977: “Buscan crear un clima de
terror de una manera indiscriminada”. “Alfon” no se considera un
símbolo ni un héroe y anima a los chicos de su edad a continuar con
las protestas: “Que no teman, que el miedo va a cambiar de bando”.



Imagino que Cristina Cifuentes opina que Karl Marx y Friedrich Engels
incurrieron en apología del terrorismo al pedir en su famoso
Manifiesto de 1848 la destrucción del capitalismo: “Los comunistas no
tienen por qué esconder sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran
que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia
todo el orden social existente”. Si algún intelectual se atreviera a
escribir algo semejante en nuestros días, la Audiencia Nacional le
acusaría de enaltecimiento del terrorismo. Es poco probable, pues los
intelectuales de nuestro tiempo están demasiado preocupados por
conseguir galardones literarios y honores oficiales. El grado de
putrefacción moral de nuestros escritores (si es que merecen ese
nombre) recuerda las primeras décadas del franquismo. No me cuesta
mucho trabajo imaginar al abyecto Juan Manuel de Prada escribiendo La
fiel infantería o Madrid, de corte a checa, pero su pluma carece de la
inspiración de Rafael García Serrano o Agustín de Foxá. ¿Por qué nadie
se atreve a decir abiertamente que apología del terrorismo es aplicar
una política criminal, diseñada para liquidar los derechos de los
trabajadores, privatizar la sanidad y la educación y recortar sueldos
y pensiones? ¿Por qué no se reconoce de una vez que socializar la
deuda de la banca es un delito económico contra la humanidad? Yo lo
tengo muy claro. En este país, los terroristas están en las cámaras
legislativas y en los grandes medios de comunicación, fingiendo que la
soberanía popular es algo real y no una simple pantomima. El ideal
democrático ha fracasado, al menos en la forma actual, pues no produce
igual, libertad ni fraternidad. Creo que sobran argumentos para
rebelarse y luchar por un mundo más justo y solidario, pero al parecer
lo democrático es aceptar los ultrajes y las humillaciones sin
alborotar. No soy un iluso. La sociedad está desarmada frente a un
poder político y financiero que mantiene un verdadero estado de
excepción, gracias a una policía brutal, una clase política corrupta,
un régimen penitenciario inhumano y unas leyes inmorales y
arbitrarias. Si contemplamos el mundo desde una perspectiva global,
los argumentos para rebelarse se convierten en un clamor universal.
Miro hacia el porvenir y no atisbo ningún signo utópico, pero la
desesperanza no es un motivo para renunciar a la verdad y la verdad es
que la lucha de los pueblos por la libertad y la dignidad no es
terrorismo, sino resistencia. Cuando hay hambre, desamparo, abuso de
poder y “el pobre escupe sangre para que el rico y el poderoso viva
mejor” (Periko Solabarria), lo ético no es menear la cabeza o morderse
los puños con rabia, sino hacer lo posible para compartir la mesa y no
tolerar que la dureza de corazón de unos pocos convierta a la familia
humana en un escenario de bajezas, atropellos e intolerables
desigualdades.



RAFAEL NARBONA
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