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(IVÁN): NEGANDOSE A SI MISMO
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IVAN VALAREZO  
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From: IVAN VALAREZO <valare...@hotmail.com>
Date: Sat, 24 Nov 2007 12:53:32 -0600
Local: Sat, Nov 24 2007 1:53 pm
Subject: (IVÁN): NEGANDOSE A SI MISMO

Sábado, 24 de noviembre, año 2007 de Nuestro Salvador
Jesucristo, Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica

(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)

NEGANDOSE A SI MISMO:

El vivir en el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo es,
realmente, "negarnos a nosotros mismos todas las cosas
mundanas del pecado y de sus maldades terribles", en nuestros
corazones y en nuestras vidas del paraíso y de la tierra,
también, para Dios, para su Espíritu Santo, para su Hijo
amado y para sus huestes celestiales, por ejemplo. Es decir,
también, que todo aquel que recibe en su corazón a
Jesucristo, como su único y suficiente salvador de su vida,
en cualquier lugar del paraíso y de la tierra, entonces "para
nuestro Dios significa que se ha negado a si mismo de todas
las cosas del mundo", de hoy en día y de siempre: "para vivir
para Él, infinitamente".

Entonces llego el día cuando nuestro Señor Jesucristo decidió
subir al monte a orar como siempre, "pero no sólo esta vez".
Esta vez, decidió tomar con él a Pedro, a Juan y a Jacobo,
para que "ellos también suban al monte con él, para que el
hombre de la tierra entonces comience a orar con él, delante
de Dios y de sus ángeles santos" en el cielo.

Para que entiendan "que cada vez que se presentan delante de
su Dios y Creador de sus vidas con él, el Señor Jesucristo,
en sus corazones, entonces nuestro Dios se acerca a ellos en
su nube celestial, para oír y contestar cada una de sus
oraciones, ruegos, suplicas y mediaciones", no importando
jamás en donde estén en la tierra. Pues "subiendo al monte a
orar", he aquí que una nube celestial, La Gran Shekinah de la
antigüedad, hizo sombra sobre todos ellos.

Los discípulos del Señor Jesucristo se estremecieron mucho en
sus corazones y en sus espíritus humanos, porque "jamás
habían visto una nube tan inmensa y singular delante de
ellos". Ésta nube tocaba el monte, pero su altura se perdía
en los más alto del cielo, como si no tuviese fin en la
bóveda celeste.

En verdad, era nuestro Padre Celestial "quien realmente había
descendido del cielo", pero en su Shekinah Colosal y con los
siervos fieles a su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, de
la antigüedad, como Elías y como Moisés, por ejemplo. Pues
"esto era testimonio justo y verdadero de que los que andan
con el Señor Jesucristo entonces también los siervos de la
antigüedad andan igual con ellos, para orar, para rezar y
para interceder unos por otros (y por los que están lejos) de
igual forma", en todos los tiempos y lugares de la tierra y
del paraíso, por ejemplo.  

Pues bien, ambos, Elías y Moisés, "estaban en la nube con
nuestro Padre Celestial haciendo sus oraciones de costumbre,
delante de su Santidad Gloriosa", para bien de sus hermanos y
de sus hermanas en Israel y en todos los lugares de la tierra
(como de los que esperan en el Mesías, por ejemplo, en Israel
y en toda la tierra). Y el Señor Jesucristo había escogido a
Pedro, a Juan y a Jacobo, "para que sean testigos oculares de
esta gran realidad cotidiana, de la vida santa del reino de
nuestro Dios y Padre Celestial, en la vida de sus siervos
fieles a su nombre muy santo", de la antigüedad y de siempre,
por ejemplo.

Entonces cuando de pronto Pedro, Juan y Jacobo entraron con
el Señor Jesucristo en la nube de Dios y de sus siervos
fieles a su Hijo amado, entonces "como que sus corazones y
sus espíritus humanos se transformaron a sentir y a vivir
como se vive y como se siente en el corazón y en el alma, ya
en el cielo". En otras palabras, "nuestro Señor Jesucristo
estaba realmente llevando al hombre de la tierra a visitar su
Casa Antigua del cielo por unos momentos", ya que nuestro
Padre Celestial los había formado en sus manos santas, para
que vivan en el cielo y así ellos mismos vean como son
verdaderamente las cosas en el más allá, en estos últimos
días.

Porque "los que se niegan a si mismo de los males del mundo
para andar fieles con el Señor Jesucristo, entonces nuestro
Padre Celestial está con ellos", como estuvo con los
patriarcas de Israel en la antigüedad y de siempre, por
ejemplo. Y estando ya todos dentro de la nube celestial de
Dios y de sus ángeles santos, entonces "se oía una voz (no
extraña en nada para el alma del hombre de toda la tierra),
la cual los recibía cordialmente y devotamente en su morada
celeste".

Y "ésta voz era la misma voz audible de siempre de nuestro
Padre Celestial, cuando les hablaba a sus siervos de Israel y
de la tierra y de sus ángeles del cielo, también, por
ejemplo, para que su voluntad sea conocida y ejecutada a la
vez", en sus corazones y en sus espíritus eternos. Pues
Pedro, Juan y Jacobo se atemorizaron mucho en sus corazones,
"como cuando los israelíes oyeron la voz de Dios, la cual les
hablaba desde la cima del Sinaí, para hacerse conocer de
ellos", como el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios
de Jacobo, por ejemplo.

Y en aquel entonces los israelíes le decían a Moisés: "Habla
tú con nosotros, y no Dios, para que no muramos aquí por el
poder sobrenatural de la voz y de la Ley Divina de nuestro
Creador". Y el SEÑOR le dijo a Moisés: "He oído lo que los
israelíes te han dicho. Pues está muy bien, todo lo que te
han dicho. Yo, por tanto, hablare contigo, y tú les dirás lo
que te diga, para que me oigan y hagan mi voluntad tal como
yo la ordene, en sus corazones y en sus espíritus humanos".

Pero conste, a todo Israel, "que yo mismo, su Dios y
libertador de sus vidas del poder de las tinieblas de sus
enemigos, les he hablado desde el cielo a todos por igual,
para que oigan mi voz y me obedezcan siempre en todos los
días de sus vidas por la tierra". Y desde aquel entonces en
adelante, "los hombres como Moisés hablaban al pueblo de
Israel departe de su Dios, para que sean bendecidos y
liberados del poder de sus enemigos y de sus males eternos
también".

Entonces estando todos sobre el monte y dentro de la nube de
Dios, Dios les decía (asegurándoles con autoridad suprema en
su palabra) a Pedro, a Juan, a Jacobo y asimismo a todos y en
todos los tiempos de la vida de Israel y de las naciones,
diciéndoles: "Éste es mi Hijo amado y sólo en él tengo
complacencia. Obedézcanle a él en todo lo que les diga, para
que les vaya bien a ustedes y a sus hijos en futuras
generaciones en todos los lugares de la tierra, hoy en día y
para siempre en la eternidad venidera, de su nuevo reino
sempiterno".

Y los israelíes obedecieron a la voz de Dios al pie de su
palabra por medio de Moisés, para hacer la voluntad perfecta
de su Dios en sus vidas, "para bien de ellos mismos y de
muchos en todos los tiempos de la vida de la humanidad entera
y en toda la tierra, también". Verdaderamente, "los israelíes
habían decido negarse a si mismo para obedecer la voz de
Dios, únicamente por medio de la voz de Moisés". (Porque
Moisés era símbolo de lo que seria el Hijo de Dios, nuestro
Señor Jesucristo, en su nacimiento, en su manifestación a
Israel, en su vida mesiánica y predicadora de la Ley, en su
crucifixión, en su muerte y en su ascenso al cielo, por
ejemplo.)

Y esto fue algo que quedo bien claro "entre Dios y los
israelíes de la antigüedad y de todos los tiempos", por
ejemplo. Y, en estos días, nuestro Dios le había manifestado
a Moisés su mensaje mesiánico para Israel, que "Él mismo
levantaría a uno igual que su siervo Moisés, de entre los
israelíes, para que le oigan sus palabras y las lleven en sus
corazones todos los días de sus vidas", para que vivan
siempre y jamás sean destruidos por sus enemigos.

Además, cada vez que Moisés tenia la oportunidad de
recordarles a los israelíes, "éste mensaje mesiánico y muy
especial departe de Dios, para cada uno de ellos, en sus
millares, en todos los lugares de la tierra, entonces lo
hacia" sin titubear y sin reserva alguna en su corazón:
porque Moisés estaba muy seguro del Señor Jesucristo en su
vida. Y Moisés les decía (con gran seguridad en su corazón),
nuestro Dios nos ha declarado que "Él mismo levantara a uno
igual que yo, de entre ustedes mismos en Israel, y a Él le
oirán cada una de las palabras que Dios mismo desee
transmitirles a Israel y a todos sus hijos, para miles de
generaciones venideras en la eternidad".

Y nuestro Padre Celestial le hablaba así a Moisés, porque "él
era su siervo muy fiel a Él y a al nombre sagrado y salvador
de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo. Realmente,
"Moisés había aprendido a ser casi igual como nuestro Mesías,
en su forma de hablar, de vestir, de caminar y de tratar a
sus hermanos con mucha humildad delante de Dios y hasta
cuando lo atacaban injustamente, por lo cual confió en él
infinitamente en su corazón santísimo, para bien de la
humanidad entera y su salvación colosal e infinita".

En verdad, "nuestro Padre Celestial confió en Moisés tanto en
su corazón muy santo, como jamás había confiado en otro
hombre" en el paraíso, ni en toda la tierra, desde el día que
formo a Adán en sus manos santas en el cielo y hasta siempre,
por ejemplo. Porque Moisés, además, "se había negado a si
mismo de las cosas de la vida de la tierra, como se negó ser
hijo de Faraón en Egipto, pues, como su Hijo amado lo haría
en sus días mesiánico en Israel, igual, para servirle al
SEÑOR únicamente", en el espíritu y en la verdad de su Ley
Eterna, para fin del pecado.

Consiguientemente, nuestro Dios deseaba que los hombres, como
Pedro, Juan, Jacobo y como tú y yo, hoy en día, mi estimado
hermano y mi estimada hermana, entonces "entendamos que
tenemos que sacrificar nuestros espíritus humanos, como
Elías, como Moisés y así mismo como nuestro Señor Jesucristo,
para que la voluntad perfecta de Dios sea una realidad en
nuestras vidas", infinitamente. Y, en aquel día, de la
aparición de nuestro Dios sobre su Shekinah "para
reencontrarse de persona a persona no sólo con su Jesucristo
sino con los hombres de la antigüedad y con los de hoy, pues
entonces nos estaba enseñando que tan sólo los que caminan
con su Hijo se han negado a si mismo, para servirle a Él,
lealmente".

LA GRACIA DE DIOS SE MANIFIESTA DESDE EL CIELO, PARA NOSOTROS

Dado que, "el Espíritu de la gracia salvadora de nuestro
Padre Celestial se ha revelado" a todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Israel,
por ejemplo, "para enseñarnos a vivir de manera sensata,
justa, verdadera y humana en nuestros días, para renunciar a
la impiedad y a las pasiones del mundo pecador". Porque la
verdad es que "desde el comienzo de las cosas, nuestro Padre
Celestial ha deseado hacer de la tierra un paraíso
celestial", lo cual no es nada imposible "si tan sólo lograse
establecer su Árbol de vida eterna en su epicentro", tal como
lo es en el reino de los cielos y en el paraíso, por ejemplo.

Y para lograr "éste gran propósito celestial y divino de su
corazón infinito, entonces tiene que enseñarle a la humanidad
entera a negarse a sí misma durante sus días de vida por la
tierra y servirle sólo a Él, en el Espíritu y en la vida
gloriosa de la sangre y del nombre honrado de su Hijo amado",
¡nuestro Señor Jesucristo! Y "estas grandes cualidades del
Espíritu de la gracia de nuestro Dios se han manifestado en
nuestras vidas, por medio de su Hijo, de la misma manera que
se manifestó a Adán en el paraíso", por ejemplo: "para
ayudarlo a ser un siervo fiel a su Dios y Fundador de su
linaje humano, para vivir infinitamente feliz en el cielo".

Porque Adán, después de haber sido formado en las manos de
nuestro Padre Celestial en su imagen y conforme a su
semejanza celestial, entonces "su ego estaba muy en alto al
verse igual que el Dios del cielo y de toda la creación
colosal del más allá". Realmente, "Adán se veía a él mismo
tan semejante y tan perfecto como su Creador, cada vez que
veía a su Dios y Creador de su vida andar con él por el cielo
y delante de las huestes angelicales", por ejemplo.

Y "esto preocupo mucho a Dios", hasta el punto que se dio
cuenta él mismo primero, que "Adán necesitaba un encuentro
personal con su salvador del cielo, su Crucifijo amado", ¡
nuestro Señor Jesucristo! Ciertamente, "el ego de Adán estaba
levantándose muy en alto, aún más alto de lo pensado por
nuestro Dios"; porque "Adán veía a los ángeles del cielo, en
su gloria y en su gran poder sobrenatural, doblar sus
rodillas ante Dios y hasta ante él también, porque era igual
a Dios en todo su parecer humano e espiritual".

En verdad, Adán por sí mismo "no podía superar su grandeza
humana y, a la vez, celestial y hasta muy divina, también,
sin la ayuda de Dios y de su Jesucristo". Además, aunque
todos estos ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres santos del cielo, "eran hermosos en poder y en
gloria celestial e infinita, pues, aún así no podían
compararse a Adán en nada, como en su imagen y como en su
semejanza celestial y divina de Dios y de su Hijo amado", ¡
nuestro salvador Jesucristo!

Porque Adán y cada uno de sus descendientes "había sido
formado en las manos de Dios y más no los ángeles del cielo",
por ejemplo. Por lo tanto, "la hermosura de la perfección del
hombre era mayor que los ángeles más admirables y hasta aún
mucho más gloriosos del reino de los cielos".

Y el único que podía ayudar a Adán a comenzar a controlar su
ego era, ni más ni menos, "el fruto del Árbol de la vida
eterna", ¡nuestro Señor Jesucristo!, y sin más demora alguna,
por que los días de su vida en el paraíso estaban en contra
de él y de su linaje humano, también, si no comía de
Jesucristo. Es por esta razón, que no mucho tiempo después,
después de haber formado al hombre, en su imagen y conforme a
su semejanza celestial, entonces "nuestro Dios tenía que
hacer su responsabilidad personal de llevar a Adán y a cada
uno de sus descendientes por el camino de la verdad y de la
vida, para que le conozcan a Él".

Con el fin, de que "el hombre aprenda de su Hijo amado, el
Árbol de la vida, ha ser, realmente, un ser humilde, santo,
justo, verdadero, respetuoso y amoroso de su Dios, en su vida
celestial del paraíso y del resto de toda la creación
infinita", tal como Él mismo lo ha sido así continuamente,
desde tiempos inmemoriales y hasta siempre. Ya que, Adán así
como cada uno de sus descendientes, "sí no tenía al Señor
Jesucristo viviendo en su corazón, entonces tenía el
potencial de que su ego se dispare terriblemente aún más allá
de lo permitido por Dios".

Haciendo así que un nuevo ser viviente y poderoso sé rebele
en contra de Él y de su Árbol de la vida eterna, nuestro
Señor Jesucristo, "como sucedió con Lucifer, por ejemplo, el
cual se convirtió en Satanás": llevándose con él una tercera
parte de los ángeles del cielo a vivir al infierno, como
sucede, hoy en día, por ejemplo. Y es por esta razón, de los
males y sus conflictos de desacuerdos entre familias y entre
pueblos en general, de robos y hasta de guerras increíbles.
De guerras terribles, "de las cuales amenazan con la
destrucción total de todo lo que es de Dios y hasta de la
vida humana entera, de sobre la faz de la tierra, por
ejemplo, desde que la tierra es tierra y hasta nuestros
días".  

Puesto que, "los ángeles caídos que no se negaron a si mismos
para vivir por Dios, al recibir al Señor Jesucristo en sus
corazones, entonces tuvieron que ser vomitados por la misma
tierra santa del reino de los cielos", para que desciendan al
infierno, su nuevo hogar eterno. Pues así también Adán y Eva,
"no hicieron nada para negarse a si mismos, delante de Dios y
de sus ángeles del cielo, para recibir al Señor Jesucristo
como su único fruto de vida eterna": por lo tanto, "la misma
tierra del paraíso los vomito de sus lugares celestes, para
que desciendan a seguir viviendo sus vidas en la tierra".

Y Adán y Eva descendieron a la tierra vivos y más no muertos,
aún después de haber pecado terriblemente en contra de Dios y
de su Hijo amado en el paraíso, fue porque aún tenían la
oportunidad de volver a ver la vida eterna, pero con el fruto
de vida eterna establecido en sus corazones y en sus
espíritus humanos. Y nuestro Padre Celestial no fue así de
bueno ni misericordioso con ninguno de los ángeles caídos,
porque ninguno de ellos había sido formado en sus manos,
cerca de su corazón y de su rostro santísimo, para que lleven
su imagen y su semejanza celestial en sus cuerpos celestes
perpetuamente, como lo hizo con el hombre y su linaje, por
ejemplo.

Ahora, "sí los ángeles caídos hubiesen comido del fruto del
Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo,
cuando tuvieron la oportunidad única de hacerlo así en el
cielo, entonces todo hubiese sido diferente con ellos": pero,
desdichadamente, no fue así para mal de ellos mismos y de
muchos inocentes en toda la tierra. Porque desde el comienzo
de todas las cosas en la vida de Lucifer, "él siempre rehusó
comer y beber del fruto del Árbol de la vida eterna del reino
de Dios, por lo cual, lo constituyo como enemigo de Dios y de
todo lo bueno de la vida eterna y del nuevo reino venidero,
también".

Y este es, realmente, Satanás, desde la antigüedad de la vida
gloriosa del reino de los cielos: "el adversario de Dios para
mal de su vida y la de muchos también, en el cielo con los
ángeles caídos, en el paraíso con Adán y Eva y en la tierra
con todo pecador y con toda pecadora de la humanidad entera".
Es por eso, que la gracia salvadora de nuestro Padre
Celestial "ha sido manifestada a todos los hombres, mujeres,
niños y niñas de la humanidad entera, comenzando con Israel",
por ejemplo, para que aprendamos de Él y de su Hijo amado,
"como ellos se aman mutuamente en el Espíritu de amor, de
verdad y de justicia infinita de su Espíritu Santo".

Y así nuestro Padre Celestial "ha puesto el ejemplo personal
de su misma vida santísima, negándose a si mismo de la vida y
de la gloria bendita de su Hijo amado, al entregárnoslo a
todos nosotros, de la misma manera que se lo entrego a Adán
en el paraíso, por ejemplo, para que coma de él y viva por
siempre". Pues así también, nuestro Señor Jesucristo ha hecho
igual que nuestro Padre Celestial, cuando él mismo "después
de haber descendido del cielo, entonces nació en Israel para
vivir como todo hombre: pero siempre negándose a si mismo de
toda la gloria de su deidad celestial, como el Hijo de Dios o
como el gran rey Mesías de todos los tiempos".

Para que entonces cada uno de nosotros, en nuestros millares,
así como los ángeles del cielo, "aprendamos a vivir
prudentemente nuestras vidas en estos últimos días de vida
del mundo, para renunciar inequívocamente día y noche y sin
parar a toda maldad del pecado y de sus pasiones desordenadas
para no ofender a la Ley del Mesías", por ejemplo. Porque el
mismo Espíritu de la Ley nos llama desde su manifestación,
primeros a nosotros y luego al gran rey Mesías de todos los
tiempos, a nuestro Señor Jesucristo, "a negarnos a nosotros
mismos de todas las maldades y de las pasiones desordenadas
del mundo pecador, para servirle fielmente a un Dios Vivo",
único Creador del cielo y de la humanidad entera.

Porque la verdad es que "eso es la base de la Ley de Moisés y
del Mesías, el poder negarse a si mismo de todos los males y
de las pasiones desordenas del corazón malvado de Satanás y
del bajo mundo de los espíritus perdidos", como lo es el
infierno o el lago de fuego, por ejemplo. Es por esta razón,
que "nuestro gran rey Mesías vino y se fue de Israel, pero
primero cumplió las palabras, las letras, los significados
infinitos de cada tilde de la palabra de vida y de bendición
infinita, de nuestro Padre Celestial y de su Espíritu Santo,
"negándose a si mismo las glorias de ser conocido como el
Hijo de Dios", primeramente.

Ciertamente, nuestro Señor Jesucristo sufrió todos nuestros
males carnales e espirituales, también, de cada hombre,
mujer, niño y niña de Israel y de la humanidad entera,
comenzando con Adán y Eva (clavado a ellos sobre sus árboles
cruzados), "para cumplir con el Espíritu de la Ley de Dios y
de Moisés al pie de su última misiva". Para que entonces
"días buenos vengan a los que aman al Fundador de sus vidas",
por medio del poder sobrenatural de su misma sangre gloriosa,
"la cual se negó a si misma a ser manchada por el pecado de
Adán, desde su nacimiento en el vientre virgen de la hija de
David, para gloria eterna de Dios y de Israel".

Porque era necesario "que la misma sangre del gran rey Mesías
primero se negase, desde su nacimiento en el vientre virgen
de la hija de David a mancharse con el espíritu de mentiras
del pecado de Adán y de Eva y así entonces finalmente
"cumplir la Ley Divina en Israel y hasta aún en el más allá,
también". En el más allá, como en el paraíso y como en La
Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, para que el
hombre ya no tenga que morir más por su pecado, sino que sólo
disfrute del Espíritu Santo de la vida eterna, de Dios y de
su Jesucristo", eternamente y para siempre.

Ahora, si no nos negamos a nosotros mismos, "nuestro propio
vivir en este mundo pecador (lleno de las profundas tinieblas
de Santas y de sus pecados mortales, los cuales llevan al
alma preciosa del pecador y de la pecadora al fondo del
infierno), entonces realmente estamos viviendo para el mal
del pecado y de nuestras muertes eternas del más allá". Pero,
sin embargo, "sí recibimos en nuestros corazones el nombre
bendito de nuestro Señor Jesucristo, entonces estamos
haciendo la voluntad perfecta de nuestro Padre Celestial y,
por ende, de su Espíritu Santo y de sus millares huestes
angelicales del reino de los cielos" (como con quienes
viviremos juntos a ellos por miles de siglos venideros, en la
nueva eternidad celestial).

Es decir, también, de que cada uno de nosotros, "al recibir a
nuestro Señor Jesucristo en nuestros corazones, entonces nos
hemos negado a nosotros mismos todas las profundas tinieblas
de maldades y de pasiones desordenadas del mundo pecador, de
hoy en día y de siempre, para vivir y servirle por siempre al
Creador y Fundador de nuestras vidas", ¡el Todopoderoso! Y,
hoy en día, también, como en los días de la antigüedad, por
ejemplo, "éste mismo Espíritu de la gracia salvadora de
nuestro Padre Celestial, por medio del milagro de Israel y de
la vida de nuestro Señor Jesucristo y de su nombre muy
glorioso, entonces llega a ti con mucho amor y poder de todo
lo alto".

Realmente, llega a ti día y noche la gracia salvadora con el
mismo Espíritu de amor y de misericordia infinita de Dios,
"para llenar tu vida de poder, para que te impongas siempre
al mal y seas lleno del bien del Fundador de tu nueva vida
eternal, en la nueva tierra y con nuevos cielos, como en La
Nueva Jerusalén Celestial". Es decir, también, que cada
hombre, mujer, niño y niña de todas las naciones, "que haya
recibido en su corazón al Señor Jesucristo como su único y
suficiente salvador de su vida, en esta vida y en la venidera
también, entonces realmente se a negado a si mismo a vivir al
pecado y a las maldades del mundo", en donde vivimos.

Efectivamente, "ésta es la salvación perfecta de Dios" para
el hombre de la tierra, del ayer y de siempre: el negarse a
si mismo al espíritu de error y de mentiras de Satanás y, en
su lugar recibir el Espíritu de las buenas palabras y
promesas de perdón, de bendición, de vida y de salud eterna
de nuestro gran rey Mesías. Porque realmente "esto es lo que
Dios desea oír y ver de todos los pecadores y de todas las
pecadoras del mundo entero, para que la tierra ya no sea más
llena de las profundas tinieblas del mal de Satanás, sino
únicamente (llenas) del bien y de la vida eterna de su Árbol
de vida", su Hijo amado, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Porque "sí en la vida de la tierra nos gozamos de los pecados
y de las múltiples maldades de Satanás y de sus ángeles
caídos, como ídolos e imágenes de talla del vaticano,
entonces estamos ofendiendo continuamente a la voluntad
perfecta del Espíritu de la Ley; es más, el vaticano jamás ha
honrado la Ley del Mesías, como Satanás, por ejemplo". Por lo
tanto, "ya no somos aptos para vivir para Dios en la tierra,
ni menos en el paraíso, sino hijos e hijas del fuego eterno
del infierno y del lago de fuego" (la segunda muerte final de
todo espíritu pecador del ángel caído y del alma pecadora del
hombre y de la mujer de la humanidad entera).

LOS SIERVOS DE DIOS VENCEN A SATANÁS, POR LA SANGRE DE CRISTO

Y nosotros "no somos de los que descendemos al bajo mundo del
infierno, sino de vuelta a nuestra tierra de origen (al
paraíso)", porque hemos vencido el mal por causa de la sangre
del Cordero y de la palabra del testimonio de nuestro Dios:
"ya que, no amamos nuestras vidas hasta la muerte, por amor a
nuestro salvador Jesucristo". Ciertamente, "el que recibe el
Espíritu de la sangre y de la vida gloriosa y sumamente
honrada de Jesucristo, entonces está renunciando al mundo
pecador y lleno de las profundas tinieblas de las primeras
palabras mentirosas que Adán oyó", como en el día que peco en
contra de Dios y de su Hijo amado, ¡el Árbol de la vida
eterna!

Porque la verdad es que "las primeras palabras del hombre que
descendieron con él, en el día que abandono el paraíso,
fueron las palabras mentirosas de Lucifer y de la serpiente
antigua", para seguir pecando en contra de la Ley de Dios y
del Árbol de la vida eterna, ¡nuestro único camino de regreso
a Dios, el Señor Jesucristo! Y es "éste espíritu rebelde de
las mentiras de Lucifer, dichas en contra de Dios y de su
Hijo amado, nuestro fruto de Árbol de la vida, el que
realmente ha llenado de las profundas tinieblas del bajo
mundo a toda la tierra", para que maten a Abel, por ejemplo,
y que luego muera Adán con todos sus descendientes, también.

Puesto que, es "el espíritu de mentiras y de gran error de la
boca de Lucifer y de la serpiente antigua, las que realmente
han estado matando a todos los hombres, mujeres, niños y
niñas de la humanidad entera", comenzando con Adán y Eva, por
ejemplo, nuestros primeros padres del paraíso y de la tierra.
De hecho, éste es el mismo espíritu de las mentiras de
Satanás, "las cuales han causado terribles males,
enfermedades, guerras y múltiples holocaustos a través de los
tiempos de la vida de la tierra y de su humanidad infinita".

Es más, estas mismas mentiras de Lucifer y de la serpiente
antigua del Edén han de seguir su curso de siempre:
"Enfermando los corazones de las naciones y de sus gentes
hasta aún más allá de la muerte, de todos los que no aman a
Dios y a su Hijo amado", ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque el
que no está con el Señor Jesucristo, en verdad, no está
protegido de los males de Satanás.

Además, es necesario para Lucifer "que ninguna palabra de
Dios, ni de su Ley Viva, ni de su Hijo, sobreviva en todos
los lugares de la tierra, para que sus mentiras sigan
haciendo de las suyas y destruyendo toda verdad y toda vida
por doquier" (como lo hizo en el paraíso, para que su reino
de maldad sea instalado infinitamente). Actualmente y como en
la antigüedad ésta es la lucha constante de Satanás en contra
del Señor Jesucristo, en el corazón de Adán y de cada hombre,
mujer, niño y niña de la tierra, así como lo fue con los
ángeles y hasta que logro convencer a una tercera parte de
ellos con mentiras, para que muera para Dios, infinitamente.

Pero "nuestro Padre Celestial es más sabio que Satanás y sus
diversos planes de gran maldad" para destruir a la humanidad
de Dios, ya sea en el paraíso o en toda la tierra, por
ejemplo. Y Satanás obra con maldad sólo en estos lugares de
la creación celestial, porque "en La Nueva Jerusalén del
cielo no tiene entrada alguna, ni ninguno de sus ángeles
caídos, tampoco, para hacer de las suyas (como sólo a él le
gusta hacer siempre en contra de los hijos de Dios y de su
Árbol de vida, ¡nuestro Señor Jesucristo!)".

Además, nuestro Padre Celestial tiene otros planes y muy
buenos, por cierto, "para bendecir no sólo a la vida de todas
las naciones, familias, pueblos, linajes, tribus y reinos de
la tierra, sino también para (bendecir) la misma tierra (de
nuestro nacimiento) sobrenaturalmente y hasta convertirla en
un cielo terrenal". Y esto ha de ser, realmente, en su día y
sin más tardar con nuevas tierras y con nuevos cielos,
también, "para que sólo la palabra de vida eterna sobreviva
infinitamente en los espíritus, en los corazones y en las
almas infinitas no sólo de sus ángeles sino también de la
humanidad entera", como con sus seres muy amados, por
ejemplo.

Y estos seres muy amados de nuestro Dios, como en la
antigüedad y como hoy en día, son, por ejemplo, "todos
aquellos que han creído en sus corazones para recibir en sus
vidas al Señor Jesucristo y con cada una de sus muy ricas
bendiciones de paz, salud, felicidad y vida infinita", (de
una nueva vida sumamente gloriosa del paraíso). Pues ellos
son de todos ellos, en sus millares, "de los que han vencido
a Satanás, por causa de la sangre del Cordero Escogido por
nuestro Padre Celestial para perdón, bendición, salud y
salvación infinita de nuestras almas", en la tierra y en el
paraíso, también, desde mucho antes de la fundación del cielo
y de su vasta creación infinita.

Ciertamente, "cada uno de ellos es de los que han creído en
el Creador de sus vidas para negarse a si mismo y,
seguidamente, recibir la voluntad perfecta de sus corazones y
de sus almas inmortales", para cumplir toda verdad, derecho y
justicia en sus vidas terrenales y así también en sus nuevas
vidas celestiales e infinitas del cielo. Y esto es poder y
gloria sobrenatural en la tierra y así también en el cielo,
"únicamente en la vida de todo ser creyente de Dios y de su
Espíritu Santo, en el nombre sagrado de nuestro Señor
Jesucristo", ¡el único salvador posible de Israel y de las
naciones!

Es por eso, que es muy importante "que el mismo Señor
Jesucristo (y no otro, como en ídolos) esté contigo en cada
momento de tu vida", mi estimado hermano y mi estimada
hermana, para que tu corazón conozca la voluntad perfecta de
Dios y de su nueva vida eternal del cielo, como de La Nueva
Jerusalén Santa e Infinita, por ejemplo. Porque en ésta
ciudad santa y gloriosa sólo encontrara tu corazón: "la
palabra bendita de amor y de salud eterna, por la cual, jamás
ha de conocer el mal del error sino sólo la verdad, la
justicia y el derecho de conocer, de persona a persona, al
Fundador de tu vida", ¡el Todopoderoso de Israel y de la
humanidad entera!

Además, "estas bendiciones son tuyas y, han de llegar a tu
vida una a una, unas veras y otras quizás no, pero vendrán a
tu vida aún así", de todas maneras; porque "así obra nuestro
Padre Celestial con sus poderes sobrenaturales, desde el más
allá, para bien de todos los que le aman a él, por amor a
Jesucristo". Y esto ha de ser, realmente, desde el momento
que comiences a honrar y a glorificar a nuestro Padre
Celestial, "como tú único y suficiente Dios y Suplidor de tu
vida, en la tierra y en el cielo, también, en el nombre
sagrado de su Hijo amado", ¡nuestro Señor Jesucristo!

Ya que, "es sólo nuestro Padre Celestial quien verdaderamente
día y noche nos suple cada una de todas nuestras necesidades,
para gloria y para honra infinita de su nombre muy santo", en
nuestros corazones y en nuestras almas infinitas, también.
Porque para nuestro Dios, "los que están con su Jesucristo",
entonces son todos ellos "de los que se han alejado de la
maldad terrible del espíritu de las mentiras de Lucifer y de
la serpiente antigua, para que ya no tengan ningún efecto
negativo en sus corazones, ni en sus vidas en la tierra, ni
menos en el paraíso", para siempre.

Es decir, también, que cada uno de ellos "se ha negado a si
mismo a vivir para el pecado y para sus muchas maldades de
las mentiras de Lucifer y de sus ángeles caídos en todos los
lugares de la tierra, del ayer y de siempre", por ejemplo,
por amor al Señor Jesucristo en sus nuevas vidas terrenales e
espirituales. Por lo tanto, ninguno de ellos ya no es del
mundo de Satanás ni de la voluntad malvada de sus gentes de
gran mentira y de la muerte eterna del infierno y del lago de
fuego, sino que, realmente: "son de Dios y de su nueva vida
infinita del nuevo reino de los cielos", sólo posible con
nuestro Señor Jesucristo.

Dado que, todos los que están con el Señor Jesucristo,
realmente, "están totalmente cubiertos y diariamente
protegidos con los poderes sobrenaturales de la sangre del
pacto eterno entre Dios y el hombre de toda la tierra, para
que los males del pecado no echen más por tierra sus vidas,
ni la de los suyos, tampoco", eternamente y para siempre. Y
es, precisamente, "ésta sangre santa de nuestro Señor
Jesucristo (la cual se negó a si misma a mancharse con el
espíritu de las mentiras de Lucifer y de la serpiente
antigua) que reinaba en el corazón de Adán y de sus
descendientes en Israel y en el resto de la humanidad entera,
para destruir al pecado definitivamente".

Es por esta razón, "que nuestro Señor Jesucristo es muy
importante en nuestras vidas en la tierra y así también en
nuestras nuevas vidas infinitas del paraíso y de La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del nuevo reino de Dios, por
muchas razones" (como las que he mencionado anteriormente, ya
varias veces, por ejemplo). Primeramente, porque "la sangre
del Señor Jesucristo se a negado a si misma a mancharse del
pecado por amor a cada uno de nosotros, en nuestros millares,
de todas las naciones de la humanidad entera, para que ya no
vivamos más para los pecados del mundo, sino para las
bendiciones y las glorias infinitas del nuevo reino
celestial, para siempre".

Saludos cordiales,

Iván Valarezo


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