(Cartas del cielo son escritas por Iv�n Valarezo)
(Nuestras condolencias y oraciones son para la familia y amistades del
asamble�sta fallecido recientemente de Julio Logro�o, en el hospital,
despu�s de una operaci�n sin �xito. Le damos, pues, gracias a nuestro Padre
celestial, en el nombre glorioso de su Hijo Jesucristo, por su vida y por
su servicio a la naci�n que lo vio nacer y crecer triunfantemente cada d�a.
Tambi�n le damos gracias a nuestro Padre celestial, en el nombre santo de
su Hijo Jesucristo, por haberlo recibido en su lugar eterno, en donde sali�
de su coraz�n santo para ser formado en su manos gloriosas en su imagen y
conforme a su semejanza celestial, para comer y beber por siempre del fruto
del �rbol de la vida del para�so.
As� tambi�n recordamos a los bomberos espa�oles fallecidos cumpliendo su
deber al intentar sofocar fuegos forestales, en ciertas regiones de Espa�a.
Nuestras oraciones, y mejores deseos de amor y respeto, son para sus
familiares, amistades y el departamento de bomberos de toda Espa�a. Ellos
regresaron al seno de nuestro Padre celestial, porque para esto nuestro
Padre celestial los cre� en el principio, en el reino de los cielos, para
que vivan para siempre con �l en la nueva eternidad celestial. Hoy, ellos
gozan del fruto del �rbol de la vida, nuestro Se�or Jesucristo, a cada
momento en el para�so, para jam�s volver a tener hambre ni sed de paz,
amor, gozo y la felicidad de ser libres en la eternidad, para servicio y
para honra infinita de nuestro Padre celestial y de su Esp�ritu Santo.
Oremos tambi�n por las l�neas �reas de Ir�n, porque ya van dos aviones que
se precipitan al suelo, perdiendo as� muchas vidas preciosas en estas dos
semanas pasadas. Esta vez dieciocho fallecieron. En la presencia santa del
SE�OR se encuentran hoy en d�a, gracias a nuestro Se�or Jesucristo y a su
gran obra salvadora de su sangre sant�sima, derramada por ellos y por sus
familiares con mucho amor, verdad y justicia celestial. En verdad, �sta es
la sangre del pacto eterno de Abraham, Isaac para con Jacob y nuestro Padre
celestial, la cual derram� asombrosamente en su d�a, sobre los �rboles
cruzados de Ad�n y Eva, sobre el monte santo de Jerusal�n, en Israel, para
fin de sus pecados y el comienzo de una vida sin fin. Y esto es de una vida
sumamente gloriosa y sant�sima, libre de Satan�s y de sus mentiras, pero, a
la vez, llena de amor, verdad, justicia del Esp�ritu Santo de Los Diez
Mandamientos, obedecidos y glorificados en nuestro Se�or Jesucristo, para
cada uno de ellos en la tierra y en el para�so y en su nueva eternidad
celestial.
Paz en sus tumbas, y el consuelo celestial del Esp�ritu Santo para sus
familiares y amistades, por medio del amor antiguo de nuestro Padre
celestial y la gracia infinita de su Hijo Jesucristo.)
(Felices Fiestas a todo Guayaquil. �ste libro es para ti, para que se gocen
cada d�a nuestras familias eternas, leyendo de las verdades infinitas de
nuestro Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, para ser por siempre
llenos de su Esp�ritu Santo de sus mandamientos, grandemente obedecidos y
glorificados en la sangre bendita del pacto eterno de paz, amor, verdad y
de justicia sin igual. Felices Fiestas Guayaquile�as a todos.)
LOS TRES ALTOS SACRIFICIOS DE TODO ISRAEL, PARA NUESTRO PADRE CELESTIAL:
Mois�s y Aar�n se acercaron al Fara�n egipcio y le revelaron, asegur�ndole:
nuestro Padre celestial nos ha hablado, el Dios de los hebreos est� con
nosotros, y quiere que vayamos por tres d�as de camino, por el desierto a
ofrecerle a �l "sacrificios", no sea que nos castigue por pecar con pestes
y con espadas, si no lo hacemos as�. Nuestro Padre celestial es
todopoderoso, y "tiene que ser honrado con sus sacrificios santos y
eternos", para satisfacer grandemente su voluntad santa y eterna en todos
nosotros, en la tierra y en la eternidad.
Por ello, nosotros no podemos quedarnos en la tierra de Gos�n ni por un d�a
m�s, porque el tiempo del cumplimiento de la palabra de nuestro Padre
celestial hacia nuestros antepasados ha llegado a su d�a y a su hora: por
eso tenemos que salir a ofrecerle sacrificios de sangre expiatoria a �l y a
su nombre muy santo. Adem�s, nuestro Padre celestial es un Dios sant�simo y
"s�lo puede ser complacido con sus sacrificios de sangre escogida por �l
mismo" y sobre su altar eterno, en la misma tierra que �l ha destinado para
nosotros servirle a �l grandemente y "s�lo en su gran obra misteriosa" y
eterna; de otra manera, no se le puede servir a �l jam�s.
Porque para nuestro Padre celestial "sin el derramamiento de sangre no hay
remisi�n de pecados posible", en la tierra ni menos en el m�s all�,
eternamente y para siempre. Y "la sangre qu� nuestro Padre celestial busca
cada d�a entre todos nosotros", no se encuentra entre tu gente egipcia ni
entre ninguna naci�n m�s de toda la tierra, sino solamente en los
descendientes de nuestro Padre Abraham y su hijo Isaac, para perd�n y
bendiciones sin fin de Israel y de las naciones -le aseguraba Mois�s al
Fara�n egipcio-.
Pues, "�sta es la misma sangre que nuestro Padre celestial le ped�a a
Abraham en su hijo Isaac, su �nico hijo", por el cual hab�a esperado muchos
a�os para que llegara a �l, y el cual tuvo que llevar al Moriah para
sacrificarlo al SE�OR, sobre su holocausto prof�tico y eterno del fin del
pecado y el comienzo de la vida eterna. Pues, en este d�a, en vez de
sacrificar a su hijo Isaac, se encontr� con un becerro trabado con las
ramas, de los �rboles sin vida de Ad�n y Eva sobre el Moriah, para derramar
su sangre y cubrir su pecado original del para�so y as� dejarlos
infinitamente limpios y listos, para recibir posteriormente el verdadero
sacrificio eterno del para�so.
En aquel sacrificio, Abraham sacrific� el becerro trabado en las ramas de
los �rboles secos de Ad�n y Eva y lo quem� con sus mismos palos y ramas
sobre todo lo alto del Moriah, para abrirle as� paso a la llegada del Hijo
de Dios al mundo, el Hijo de David, �el Cristo! Y los dos j�venes, que
acompa�aban a Abraham y a Isaac su hijo, miraban desde lejos el fuego y el
humo, como testigos fieles y verdaderos de lo que estaba haciendo Abraham
sobre todo lo alto del Moriah, as� como Jesucristo tendr�a sus dos testigos
con �l en su Holocausto eterno, para fin del pecado del para�so de Ad�n y
Eva.
Y es, precisamente, �sta misma sangre libertadora, por la cual nuestro
Padre celestial est� entre nosotros, hoy en d�a, busc�ndola para llevarla a
la tierra prometida, prometida inicialmente a los padres de los hebreos,
camino a tres d�as en el desierto, para derramarla sobre toda ella y sus
habitantes y as� llenarlo todo de bendici�n y de salud sin fin,
infinitamente. Adem�s, �sta sangre santa del Dios de los hebreos tiene que
salir con ellos de Egipto con toda su gente y sus animales, para ofrendarla
sobre todo lo alto del monte santo del SE�OR, en la misma tierra escogida
por �l mismo, desde la fundaci�n del cielo y la tierra, para llevar acabo
�sta gran obra inmortal para bien de todos.
Porque si la sangre del sacrificio eterno estuviera entre las familias
egipcias o de cualquier otra naci�n que no sea Israel, entonces ya hace
mucho tiempo que hubi�semos sacrificado su cordero escogido por �l mismo,
para que sea derramada su sangre para remisi�n de pecados y salvaci�n de
todo hombre, mujer, ni�o y ni�a de Israel y de la humanidad entera. Pero
�sta sangre muy santa s�lo se encuentra entre los hebreos, los hijos de
Abraham, de Isaac y de Jacob, por lo tanto, tenemos que salir de nuestra
vida egipcia para ir camino a tres d�as por el desierto a una tierra
gloriosa y derramarla all�, de una vez por todas y para siempre, sobre el
altar santo del SE�OR.
Y, adem�s, �ste es un lugar muy glorioso, escogido primordialmente por
nuestro Padre celestial y por su Esp�ritu Santo, para llevar a cabo el
sacrificio eterno de Israel y de la humanidad entera, para cumplir con toda
justicia y as� por fin alcanzar una vida eterna para todos, jam�s vivida en
el cielo ni menos en toda la tierra. Pero entonces, el Fara�n egipcio no
crey� a las palabras de Mois�s, porque nuestro Padre celestial hab�a
decidido "endurecer su coraz�n para con los hebreos y para con su
sacrificio eterno de sangre santa y de infinita reparaci�n" para el
coraz�n, el alma, la mente, el cuerpo y el esp�ritu humano de cada hombre
de la humanidad entera.
Y nuestro Padre celestial lo hizo as� con todo Egipto no s�lo porque quer�a
manifestar los milagros, maravillas y prodigios incre�bles de su nombre
santo en la tierra y el cielo, sino tambi�n para castigarlos por los muchos
pecados que hab�an cometido en contra de su ungido, Jesucristo, quien hab�a
vivido entre los hebreos por algunos siglos como su sumo sacerdote. Es
decir, que nadie que agravie a su Hijo amado, nuestro Se�or Jesucristo, y
su sangre sant�sima para perd�n de todo pecado y para bendici�n eterna del
coraz�n, alma, cuerpo, vida y esp�ritu humano de todo hombre, mujer, ni�o y
ni�a de Israel y de la humanidad entera, nuestro Padre celestial no lo
puede dejar sin castigo nunca.
Porque todo aquel que maltrata a su Hijo amado, entonces no solamente est�
maltratando su vida sant�sima sino tambi�n su sangre y la resurrecci�n
gloriosa y sumamente honrada de todos los dem�s: por eso, nuestro Padre
celestial tenia que sacar la sangre de su Hijo Jesucristo de Egipto, para
que no empeoraran las cosas para los egipcios ni para nadie m�s. En otras
palabras, nuestro Padre celestial decidi� sacar a su Hijo amado de Egipto,
porque tuvo gran misericordia de los egipcios y as� no murieran para
siempre en sus pecados, los cuales estaban cometiendo injustamente en
contra de la sangre bendita del Holocausto eterno de todo Israel y de las
naciones de la humanidad entera, de todos los tiempos.
Y �ste abuso cruel en contra de su Hijo Jesucristo, nuestro Padre celestial
no se lo iba a tolerar ni por un s�lo momento m�s a Satan�s ni a ninguno de
sus seguidores malvados, haciendo de las suyas como siempre, en todo Egipto
y en contra de Israel y de sus promesas santas de vida y felicidad infinita
para todos. Ciertamente que nuestro Padre celestial no quiso jam�s que
Egipto muriese, por pecar en contra de la vida sagrada y del Holocausto
eterno de su Hijo Jesucristo, por eso libera a Israel de sus tierras y con
la misma sangre santa y todopoderosa de su Cordero eterno, nuestro Salvador
Jesucristo, para que siga viviendo al lado de su naci�n eterna, Israel.
Es decir, que como iban las cosas en Egipto y la muerte constante de los
varones hebreos cada vez que sal�an del vientre de sus madres, entonces
nuestro Padre celestial perfectamente pod�a maldecir a todo Egipto y
dejarlo sin vida y sin salvaci�n para siempre; pero la misericordia que
nuestro Padre celestial sent�a por todo Israel tambi�n se manifest� para
ellos grandemente. Y toda la gloria de Egipto se vino abajo
precipitadamente, no porque nuestro Padre celestial los haya maldecido, de
una manera u otra, sino fue porque Israel sali� de ellos con su Holocausto
de sangre milagrosa y salvadora de su Hijo Jesucristo, para entrar a la
tierra prometida, y as� jam�s volver a su vida antigua del pasado egipcio.
En otras palabras, todo Egipto se volvi� grande, la mayor y poderosa de
todas las naciones de la tierra, fue, realmente, porque la sangre bendita,
salvadora y resucitadora de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad
viv�a entre ellos, gracias a los hebreos y a su hermano antiguo,
Jesucristo, el Holocausto salvador y la resurrecci�n perfecta para vida
eterna. Pero cuando nuestro Padre celestial sac� a los hebreos de su
cautividad egipcia, entonces las muchas bendiciones y salvaci�n
sobrenatural para una resurrecci�n perfecta del esp�ritu humano de la
humanidad entera se fue con ellos a vivir y servirle al SE�OR, alrededor de
su Holocausto y resurrecci�n sobrenatural de todos, por eso, Egipto se
debilito y perdi� su supremac�a entre las naciones.
Despu�s de nuestro Se�or Jesucristo haber cumplido con el Plan salvador de
nuestro Padre celestial para con todo Israel, entonces lo mismo le sucedi�
a Israel: porque nuestro Se�or Jesucristo as� como vino se fue, sin que los
lideres hebreos lo recibiesen, a no ser un remanente que se salv� para
resucitar con Jesucristo en el d�a de la resurrecci�n. Cuando nuestro Se�or
Jesucristo abandon� Israel para regresar al Padre celestial con todas las
victorias sobrenaturales, en contra de Satan�s y de sus mentiras malvadas,
entonces todo Israel dej� de ser naci�n, asimismo como Egipto en el
principio de todo; pero ahora Israel ha vuelto a ser naci�n, gracias a los
verdaderos creyentes y porque Jesucristo regresa a su tierra nuevamente.
Es decir, tambi�n que si los creyentes no existieran en toda la tierra, ni
Jesucristo se estuviera acercando cada vez m�s a Israel como en los d�as de
la antig�edad, por ejemplo, entonces Israel no s�lo no hubiese vuelto a ser
naci�n jam�s, sino que ninguna de sus tribus existir�a en nuestros d�as en
toda la tierra, de modo definitivo. Porque la verdad es que s�lo por la
sangre bendita de su Cordero escogido es que nuestro Padre celestial puede
tener comuni�n y armon�a eterna, para bendici�n y salvaci�n, para con cada
hombre, mujer, ni�o y ni�a de la humanidad entera, empezando con las
familias de todo Israel, por ejemplo.
Por deducci�n, sin el derramamiento de sangre santa y salvadora de su �rbol
de la vida eterna, el Hijo de David, nuestro Se�or Jesucristo, entonces no
hay comuni�n ni armon�a alguna para con los hombres de toda la tierra, y
as� tambi�n en el para�so y en todo su reino angelical para siempre.
Entonces nuestro Padre celestial necesitaba sacar a Israel de Egipto, para
que vaya ya a levantar sus sacrificios delante de su presencia santa tres
d�as de camino por el desierto y hasta situarse en su nueva tierra
prometida a sus antepasados, la cual fluye leche y miel cada d�a del cuerpo
y de la sangre bendita del Holocausto de grato olor.
Por ello, nuestro Se�or Jesucristo estaba siempre con todas las familias
hebreas durante su cautiverio de m�s de cuatrocientos a�os, en su calidad
de intercesor, como sumo sacerdote, Cordero santo y escogido por Dios
mismo, para que sea su sangre milagrosa la que no solamente los liber� de
su cautiverio egipcio, sino que tambi�n los llev� a su hogar eterno. Porque
s�lo nuestro Se�or Jesucristo sab�a de la tierra prometida, en donde iba a
nacer como un var�n de Dios del vientre virgen de la hija de David, para
darle a Israel y a la humanidad entera esa vida sant�sima del cielo con sus
huesos inquebrantables, carne santa y sangre milagrosa de perd�n,
salvaci�n, salud y de bendiciones sin fin.
Pero nuestro Se�or Jesucristo, aunque viv�a con todos los hebreos a trav�s
de los siglos, no sab�a el d�a ni la hora en cuando nuestro Padre celestial
le iba a permitir a �l sacar a Israel de su cautiverio egipcio, para
introducirlo en el desierto y darles la tierra prometida, prometida
inicialmente a sus padres. En verdad, ni aun el Esp�ritu Santo de Los Diez
Mandamientos y sus �ngeles fieles sab�an del d�a y la hora en cuando
nuestro Padre celestial le iba a permitir a su Hijo Jesucristo que subiese
con su sangre santa sobre todo lo alto del Sina�, para ser visto por Mois�s
y as� empezar la liberaci�n de todo Israel.
Pero cuando lleg� el d�a y la hora, entonces nuestro Padre celestial le
responde grandemente a las oraciones de su Hijo Jesucristo para liberar a
Israel, y sin m�s esperar nuestro Se�or Jesucristo subi� al Sina�, para ser
visto por Mois�s y as� enviarlo con su mensaje de salvaci�n a todo Israel y
al Fara�n egipcio al mismo tiempo. Aqu�, nuestro Padre celestial empieza a
liberar no s�lo a Israel de su cautiverio sino tambi�n a todo Egipto, para
que no entrase en pecados mayores no solamente en contra del Holocausto
eterno y de sangre bendita, sino tambi�n en contra del Esp�ritu Santo de
Los Diez Mandamientos, los cuales har�an grandes cosas en el tercer d�a por
la humanidad entera.
Y como el Fara�n egipcio se negaba a dejarlos ir libres de la tierra de
Gos�n, para salir al desierto y entrar finalmente a su tierra cananea,
Israel conocido de siempre, entonces nuestro Se�or Jesucristo con su nombre
muy santo y milagroso comenz� a hacer maravillas y milagros incre�bles,
delante de todos ellos. Aqu�, nuestro Se�or Jesucristo, con el permiso de
nuestro Padre celestial, comenz� a hacer grandes obras delante de los
hebreos y de los egipcios, para que entendiesen por fin de que todo �ste
asunto era de parte de Dios y no del hombre, para que salga Israel de su
cautiverio y tomado de la mano del Rey Mes�as hacia la tierra eterna.
Adem�s, como el Fara�n egipcio no quer�a aceptar la palabra de nuestro
Padre celestial, por medio de Mois�s y de Aar�n, por ejemplo, entonces
soberanamente nuestro Padre celestial se encontr� obligado a dejar suelto
al �ngel de la muerte, para que les d� muerte a cada uno de sus
primog�nitos. Y esto seria de darles muerte inmediata no s�lo a los
primog�nitos de los incr�dulos egipcios, sino tambi�n de los que no
creyesen a su palabra, y esto inclu�a a los hebreos que dudaban a Mois�s y
a su mensaje de liberaci�n, departe de nuestro Padre celestial y de su
Jesucristo sobre todo lo alto del Sina�, por ejemplo.
Y como el Fara�n egipcio no cre�a a la palabra del Se�or Jesucristo ni a
las se�ales y milagros incre�bles de su nombre santo, de la mano y de la
boca de Mois�s, entonces nuestro Padre celestial permiti� inmediatamente al
�ngel de la muerte que matase a los primog�nitos de Egipto y hasta de las
primicias de sus animales tambi�n. En aquella noche el �ngel de la muerte
mat� a tantos egipcios y de las primicias de sus animales tambi�n, que los
egipcios se levantaron a llorar a sus muertos, sin que hubiese nadie que
los consolase de su gran dolor, en el cielo ni menos en toda la tierra.
Mientras en Gos�n, los hebreos hab�an obedecido fielmente al llamado de su
sumo sacerdote, nuestro Se�or Jesucristo, ha salpicar con su sangre santa
los linteles de todas las puertas de sus hogares, para que el �ngel de la
muerte cuando viera su sangre redentora, entonces no les hiciera ning�n mal
a ninguno de ellos ni aun a sus animales. La sangre del Cordero escogido
por nuestro Padre celestial, desde la fundaci�n del cielo y la tierra,
hab�a hecho su gran obra del Holocausto eterno sobre todos los primog�nitos
hebreos y hasta de sus animales tambi�n, para que ninguno de ellos muriese
en aquella noche de juicio divino, sino que saliesen bien librados hacia la
tierra prometida a sus antepasados inicialmente.
En este d�a, los hebreos y as� tambi�n los egipcios vieron el poder
sobrenatural de la sangre sant�sima del Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo entero, y s�lo cuando se lo obedece/invoca para perd�n, salud y
salvaci�n infinita del alma viviente del hombre, de la mujer, del ni�o y de
la ni�a de toda la tierra. En este d�a, todos vieron como la sangre
sant�sima de nuestro Se�or Jesucristo, la misma sangre gloriosa que le fue
ofrecida a Ad�n y Eva en el para�so y la que posteriormente se derramar�a
sobre el monte santo de Jerusal�n, en Israel, hab�a librado de la muerte a
todos los hebreos e incluyendo a sus animales tambi�n.
En esta noche, la misma sangre entregada inicialmente a Abraham, Isaac y a
Jacob que hab�a vivido entre los hebreos por algunos siglos, entonces se
manifest� con grandes milagros, maravillas y de salvaci�n para todo Israel,
para que el Fara�n los dejara ir libres por fin a la tierra del Holocausto
de sangre y de salvaci�n eterna del Gran Rey Mes�as. Despu�s de tantos
milagros y grandes maravillas manifestadas en el nombre de nuestro Se�or
Jesucristo, para gloria y honra de nuestro Padre celestial, entonces el
Fara�n egipcio no tuvo m�s que hacer sino contar sus muertos y, al fin,
dejar ir a Israel por el camino que ya nuestro Padre celestial hab�a
trazado divinamente, camino directo a la tierra prometida.
En donde, finalmente, todo Israel levantar�a los sacrificios sangrientos de
nuestro Padre celestial, por los cuales la tierra y as� tambi�n Ad�n, Eva,
Abraham, Isaac, Jacob y millares m�s hab�an esperado por siglos, para que
se lleve acabo en su d�a y en su hora, cumpliendo as� con toda verdad y
justicia delante de nuestro Padre celestial y de sus �ngeles. Pues, en este
d�a el pecado habr� llegado a su fin eterno, para abrir las nuevas puertas
de la nueva vida eterna de La Nueva Jerusal�n santa y gloriosa del cielo,
en donde nuestro Padre celestial podr�a vivir felizmente con cada hombre,
mujer, ni�o y ni�a sin ofensa del pecado hacia el Esp�ritu Santo, de Sus
Diez Mandamientos glorificados
Pero antes que todo esto sucediese, los hebreos ten�an que primeramente ser
bautizados en el mar Rojo, sin duda alguna, para poder recibir la verdad y
la justicia infinita del Esp�ritu Santo de la vida gloriosa de su Hijo
amado, el sublime Holocausto sangriento, perdonador, sanador y libertador,
en sus corazones eternos, el Hijo de David, �nuestro Salvador Jesucristo!
Dado que, sin el bautismo de agua en el mar Rojo, entonces nuestro Padre
celestial no los pod�a liberar de sus vidas antiguas y muertas, ni mucho
menos los pod�a limpiar de sus impurezas en el primer y segundo d�a, para
que en el tercer d�a darles el Esp�ritu Santo de Los Diez Mandamientos
escritos con su propio dedo.
En vista de que, con el Esp�ritu Santo de los Diez Mandamientos es que no
solamente ellos iban a conocer la nueva vida santa del reino angelical,
sino que tambi�n iban a conocer meticulosamente la verdadera vida sant�sima
de su Gran Rey Mes�as, por el cual hab�an esperados muchos a�os as� como
sus antepasados, por ejemplo, Abraham, Isaac y Jacob. Porque �ste es el
Esp�ritu Santo de la nueva vida eterna, sin duda, por la cual nuestro Padre
celestial los libera de Egipto grandemente, para que entren a la tierra
prometida: en donde todos iban a vivir sus nuevas vidas, pero saturadas
enormemente por la santidad, pureza, perfecci�n de la carne santa y de la
sangre bendita y salvadora de Jesucristo.
Entonces los hebreos no solamente tomaron de las manos de Mois�s las dos
tablas de Los Diez Mandamientos en su d�a, sino que tambi�n recibieron
departe de nuestro Padre celestial levantarle los sacrificios delante de su
presencia santa sobre el monte santo de Jerusal�n, para fin del pecado y el
comienzo de la flamante vida resucitada en el tercer d�a. Pero lo que no
sab�an los hebreos era que no pod�an ya m�s levantarle los sacrificios
escogidos de nuestro Padre celestial sobre el monte santo de Jerusal�n,
sino que sus hijos lo har�an en su d�a, porque hab�an pecado grandemente
delante de su presencia sant�sima al doblar sus rodillas y darle de su
gloria a un becerro fundido en oro.
A todos los hebreos que salieron de la cautividad egipcia, y que hab�an
visto las maravillas y milagros incre�bles del nombre santo de su Hijo
amado, nuestro Padre celestial no los quer�a volver a ver m�s delante de su
presencia santa, ni mucho menos que entrasen en la tierra prometida con
Mois�s y con sus rebeliones pasadas del Sina� y del desierto. Y nuestro
Padre celestial no quiso terminantemente que ninguno de ellos entrase a la
tierra prometida de Israel con Mois�s, porque no solamente hab�an fundido
un becerro en oro en las faldas del Sina�, cuando el Esp�ritu Santo de Los
Diez Mandamientos descend�a a ellos, sino que estaban contaminados
terriblemente con �ste mismo sacrificio abominable en sus corazones
rebeldes.
Por lo tanto, nuestro Padre celestial no quer�a que entrasen en su tierra
santa, y escogida por �l mismo desde mucho antes de la fundaci�n del cielo
y la tierra, porque en ella no se ha hecho jam�s ning�n pecado similar a
�ste, delante de su presencia gloriosa; desde entonces, nuestro Padre
celestial quiere a Israel libre de �ste pecado abominable. Por eso, ning�n
�dolo deb�a/podr� jam�s entrar a la tierra de Israel, para que la ira de
nuestro Padre celestial, la cual se manifest� peligrosamente en las faldas
del Sina� en el d�a que se fundi� un becerro de oro en lugar del Cordero
escogido de Dios, pues entonces no vuelva ni por un momento m�s a Israel,
para condenarlo.
Consecuentemente, los �dolos e im�genes del vaticano son muerte de parte de
Satan�s no s�lo para todo Israel, sino tambi�n para cada una de las
familias de las naciones del mundo entero; porque si nuestro Padre
celestial no perdon� a Israel con su �dolo de oro, pues tampoco te
perdonara a ti con los �dolos del vaticano, si no te arrepientes. Adem�s,
nuestro Padre celestial hab�a escogido a estas tierras eternas, para llevar
a cabo exclusivamente su gran sacrificio asombroso sobre la cima santa de
Jerusal�n, para fin del pecado con el derramamiento de la sangre sant�sima,
y la �ltima oraci�n inmortal de su Hijo Jesucristo por todo Israel, �el
Cordero de Dios que sali� de Egipto, para olvidar el pecado de todos!
Y la �ltima oraci�n inolvidable que nuestro Se�or Jesucristo hizo sobre la
cruz, y entre sus dos testigos personales y eternos, antes de entregar su
alma a nuestro Padre celestial, en el momento de su muerte, fue, sin duda
alguna: �Padre amado! �Perd�nalos, porque no saben lo que hacen! Y en su
�ltimo suspiro de vida israel� dijo abiertamente tambi�n: �Consumado es!
(Aqu� se cumpli� al pie de la letra las Escrituras de los profetas y de los
salmos, para fin del pecado y para gloria y honra infinita de nuestro Padre
celestial.)
Por lo tanto, s�lo el sacrificio supremo de su Hijo Jesucristo, nuestro
Padre celestial quer�a ver en todo Israel y m�s no el recuerdo en los
corazones rebeldes del sacrificio fundido en oro de los primeros hebreos;
por eso, nuestro Padre celestial los dej� postrados alrededor de su
sacrificio fundido en oro, en los alrededores de las faldas del Sina�. Pero
los sacrificios que nuestro Padre celestial quer�a ver al fin, simplemente
eran los dos criminales clavados sobre sus �rboles sin vida sobre todo lo
alto del monte santo de Jerusal�n, con su Hijo Jesucristo en medio de
ellos, muriendo por todo Israel y la humanidad entera para resucitar en el
tercer d�a con la vida eterna de todos.
Y esto seria cl�sicamente nuestro Se�or Jesucristo clavado a los �rboles
cruzados de Ad�n y Eva, tal cual como debieron ser clavados inicialmente a
la vida gloriosa y sumamente santa de nuestro Padre celestial en el
para�so, sangrando sobrenaturalmente el Esp�ritu Santo de vida de Los Diez
Mandamientos, infinitamente obedecidos y glorificados en su esp�ritu humano
para fin de todo pecado. Y s�lo con estos altos sacrificios, de los tres
hebreos clavados a sus cruces sobre el monte santo de Jerusal�n, en las
afueras de Jerusal�n, en Israel, entonces nuestro Padre celestial pod�a
vivir infinitamente satisfecho en toda su verdad, santidad y justicia
infinita del Esp�ritu Santo de sus mandamientos, para empezar entonces la
vida eterna de la humanidad entera.
Adem�s, nuestro Padre celestial hizo que dos hebreos sean crucificados
juntos con su Hijo Jesucristo sobre el monte santo de Jerusal�n, para que
sean testigos fieles de todo lo sucedido en su crucifixi�n sant�sima, en la
tierra para Israel y en el cielo para los �ngeles, porque escrito est� en
su Ley: Todo testimonio de dos testigos o tres es valido. Entonces estos
dos testigos que fueron crucificados juntos con nuestro Se�or Jesucristo
sobre el monte santo de Jerusal�n, verdaderamente vieron paso a paso todo
lo que le sucedi� injustamente a nuestro Se�or Jesucristo, en las manos
crueles de sus verdugos en la tierra con los pecadores y en el coraz�n de
la tierra con el �ngel de la muerte.
Pues estos dos testigos son los testigos fieles delante de nuestro Padre
celestial y de Israel junto con la humanidad entera, de que en el d�a que
nuestro Se�or Jesucristo fue crucificado por los pecadores, entonces en el
tercer d�a no solamente lo vieron vencer la muerte, sino que lo vieron
resucitar junto con ellos mismos, para entrar al para�so victorioso. Por lo
tanto, estos son los tres sacrificios escogidos delante de la presencia
santa de nuestro Padre celestial y del Esp�ritu Santo de sus mandamientos
con su Hijo amado clavado y sangrando sobre los �rboles sin vida de Ad�n y
Eva junto con sus dos hermanos hebreos flanque�ndolo, por los cuales
nuestro Padre celestial saca a Israel de Egipto para consumarlo.
Es decir, que para estos tres sacrificios nuestro Padre celestial liber� a
los hebreos antiguos con la misma sangre sant�sima de su Jesucristo, como
su sumo sacerdote, su Cordero escogido y Mes�as Salvador de sus almas
vivientes, para que al fin sea crucificado entre los dos criminales, para
levantarse victoriosamente en el tercer d�a con una nueva vida infinita
para todos. Porque mayor sacrificio de estos y de sangre humana pecadora
junta con la sangre sant�sima de su Hijo Jesucristo, sobre los cuerpos sin
sangre y sin vida de Ad�n y Eva, entonces no hay mayores en el cielo ni en
la tierra, no s�lo para fin del pecado sino para el comienzo de la vida
gloriosa de La Nueva Jerusal�n celestial.
Por lo tanto, s�lo por �ste sacrificio santo y glorioso y entre sus dos
semejantes hebreos suspendidos con clavos, como �l mismo, y en medio de
ellos, entreg�ndoles su sangre sant�sima, para fin de sus pecados y el
comienzo de una nueva vida eterna no s�lo para todo Israel sino tambi�n
para las naciones del mundo entero, sin duda alguna. Por esta raz�n, el
Esp�ritu Santo del evangelio eterno del amor antiguo y sant�simo de nuestro
Padre celestial y de su Hijo Jesucristo, no solo empez� predic�ndose entre
todo Israel, como en la antig�edad por sus profetas, sino tambi�n que se
lanz� sobre todas las naciones, para erradicar a Satan�s y a sus mentiras
para siempre de toda la tierra.
Y s�lo alrededor de �ste sacrificio santo y glorioso de nuestro Se�or
Jesucristo sangrando mortalmente sobre los �rboles sin sangre y sin vida de
Ad�n y Eva y entre sus semejantes criminales, pecadores, condenados a
morir, nuestro Padre celestial llama constantemente a todo Israel a
servirle a �l, en su esp�ritu y en su verdad infinita de su Esp�ritu Santo.
Entonces el sacrificio de fundici�n de oro del cordero del Sina� tenia que
quedarse fuera de Israel, para los muertos, para el vaticano y sus
id�latras, y m�s no para los que viven infinitamente y le sirven a �l, como
su Dios y Fundador de sus nuevas vidas eternas, en la tierra y en el
para�so, eternamente y para siempre.
En otras palabras, s�lo por �ste sacrificio de la sangre santa de su
hermano antiguo, Jesucristo, nuestro Padre celestial llama a todo Israel de
todos los tiempos a servirle a �l, en su esp�ritu y en su verdad infinita,
para fin de la vida pecadora y el comienzo de su nueva vida eterna, �llena
del �rbol de la vida del cielo! Y si le obedecen a �l cada d�a, alrededor
de �ste sacrificio sant�simo, el cual comenz� en Egipto mismo con Mois�s y
sobre todo lo alto del Sina�, como el que posteriormente se llev� a cabo
sobre el monte santo de Jerusal�n, en Israel, entonces ellos ser�n sus
hijos y su especial tesoro de su coraz�n sant�simo, para la eternidad
entera.
Y esto seria, en realidad, una naci�n de reyes y de sacerdotes para
glorificaci�n y santidad infinita de su nombre muy santo, entre todas las
naciones de la humanidad entera, en los cielos y en la tierra, para jam�s
volverse a separar de �l, en su nuevo camino a la vida eterna de La Nueva
Jerusal�n santa y gloriosa del cielo. Adem�s, �sta es una vida sumamente
santa y antigua, la cual est� llena de milagros, maravillas y de se�ales
incre�bles en los cielos y en la tierra, para no solamente glorificar y
honrar su nombre sant�simo por siempre, sino tambi�n para darle vida, salud
y prosperidad al que no las tiene en toda tierra, para fin de Satan�s y sus
mentiras.
Porque con el fin de Satan�s y sus mentiras, las cuales comenzaron en la
vida de Eva y luego de Ad�n y sus reto�os en el para�so, entonces nuestro
Se�or Jesucristo reinar�a grandemente en nuestras vidas terrenales y
celestiales, para que todas las enfermedades llenas de mentiras salgan de
nuestras vidas, para jam�s volver a ninguno de nosotros, para siempre.
Visto que, son las mentiras de Satan�s las que nos mantienes en problemas y
terribles enfermedades de nuestros cuerpos y de nuestras tierras, para
finalmente caer muertos en el fuego eterno del infierno, porque el
sacrificio supremo de nuestro Se�or Jesucristo no reina en nuestras vidas,
como Dios llam� a todo Israel a honrarlo infinitamente, y esto es
inicialmente desde Egipto.
Por lo tanto, para que las mentiras y maldades incre�bles abandonen la
tierra junto con su padre Satan�s y sus malvados cl�sicos, entonces Israel
tiene que servirle a su Dios y Fundador de su nueva vida, llena de paz,
amor, gozo y de felicidades incre�bles, en la tierra y en el para�so: "pero
s�lo alrededor del sacrificio supremo de su hermano Jesucristo". El Hijo de
David, quien no solamente vivi� junto con ellos su cautiverio de siglos
como su sumo sacerdote en silencio y como su Cordero del escape egipcio por
el poder sobrenatural de su nombre santo y de su sangre salvadora, sino que
al fin los liber� grandemente de sus vidas antiguas para concebir su
sacrifico eterno delante de Dios, en Israel.
Entonces si no le sirven constantemente alrededor de �ste sacrificio
supremo de su hermano Jesucristo, quien resucit� por ellos en el tercer
d�a, como Dios manda, desde la fundaci�n del cielo y la tierra, y desde su
escape de Egipto, entonces seguir�n sufriendo los embates de las mentiras
de Satan�s y de sus �ngeles ca�dos, y todo esto para mal eterno. Porque
mientras todo Israel se mantenga alejado de la verdad y de la justicia
infinita del Holocausto de sangre santificadora de su hermano Jesucristo,
entonces permanecer�n desprotegidos, y Satan�s seguir� atac�ndolos con sus
mentiras y maldades de siempre y hasta que termine con ellos en todos los
lugares de la tierra y hasta en el m�s all� tambi�n, de seguro.
Pero si hacen del sacrificio supremo de la sangre bendita de su hermano
Jesucristo, quien muri� por amor a sus hermanos y entre dos de ellos mismos
clavados tambi�n a sus cruces sobre el monte santo de Jerusal�n, entonces
ser�n restituidos a cada una de sus bendiciones sin fin, dada a ellos por
nuestro Padre celestial, para que sean felices infinitamente. Ya que, vivir
cada d�a alrededor del sacrificio supremo de su hermano Jesucristo y de su
resurrecci�n gloriosa en el tercer d�a, en verdad, no solamente es la
consumaci�n total de la voluntad santa de nuestro Padre celestial para con
ellos, por la cual los liber� inicialmente de Egipto, sino que es la
liberaci�n eterna de todas las mentiras de Satan�s.
Porque son las mentiras de Satan�s, no solamente como las que descendieron
con Ad�n y Eva a la tierra en el d�a que salieron del para�so, sino que
tambi�n son las mentiras crueles con las que Satan�s los llen� grandemente
cuando fundieron en oro un becerro abominable, llam�ndolo su libertador,
ofendiendo as� a nuestro Padre celestial y a su Jesucristo. Entonces son
estas mentiras terribles de los hebreos creyeron cuando se sentaron al pie
del Sina�, para pecar con sus vidas liberadas, liberadas por la verdadera
sangre del Cordero de Dios, y fundir con sus manos un becerro en oro para
declararlo su libertador, humillando as� grandemente el verdadero
sacrificio supremo de Jesucristo, por el cual escaparon urgentemente de
Egipto.
Son estas mentiras las que viven en los hebreos, hoy en d�a, para seguirles
haciendo da�o a trav�s de los tiempos, dando vueltas a�n alrededor de este
cordero fundido en oro al pie del Sina� y sus derredores, en vez, de dar
vueltas alrededor de toda la verdad y justicia infinita del
aceptable/cre�ble sacrificio supremo de su hermano Jesucristo, en Israel.
Porque nuestro Se�or Jesucristo no solamente muri� por ellos y junto con
sus dos semejantes hebreos sobre el monte santo de Jerusal�n, para fin de
sus pecados, sino que tambi�n resucit� junto con ellos en el tercer d�a
para vivir la vida eterna, y �sta es la nueva vida infinita de La Nueva
Jerusal�n santa y gloriosa del m�s all�.
Porque en el sacrificio supremo y cre�ble de todo Israel, nuestro Se�or
Jesucristo muri� y descendi� junto con los dos testigos oculares al coraz�n
de la tierra, para dar testimonio a las generaciones pasadas de todas las
naciones de que s�lo �l es el Hijo de David, el Santo de Israel y de la
humanidad entera, para perd�n y salvaci�n eterna. Y el testimonio de estos
dos hebreos, los cuales acompa�aron progresivamente a nuestro Se�or
Jesucristo sobre el monte santo de Jerusal�n, no solamente dio testimonio
fiel en el coraz�n de la tierra, de lo que vieron y oyeron en el d�a de la
crucifixi�n de su sangre santificadora, sino que tambi�n testificaron
asimismo delante de los �ngeles en el cielo.
Y estos dos testigos fieles de nuestro Se�or Jesucristo dar�n sus
testimonios individuales en el d�a del juicio delante de la presencia de
nuestro Padre celestial y de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a de Israel y de
cada una de las familias de las naciones de toda la tierra, para cumplir
con toda justicia infinita en la eternidad. Y as� nuestro Padre celestial,
seguidamente, terminara lo que empez� con todo Israel al sacarlos de
Egipto, para llevar acabo su gran sacrificio supremo y aceptado de su Hijo
amado junto con dos de sus semejantes oculares, los cuales no solamente
testificaron en el coraz�n de la tierra sino tambi�n en el cielo, y
asimismo testificaran fielmente en el juicio final.
Porque los que vivieron alrededor del sacrificio eterno y de sangre santa y
salvadora de su Hijo Jesucristo, entonces vivir�n para siempre, porque
creyeron a la verdad y a la justicia de nuestro Padre celestial y de su
Hijo Jesucristo amando al mundo entero, desde todo lo alto del Moriah, del
Sina� y del monte santo de Jerusal�n, para vida eterna. Pero los que
vivieron d�a a d�a alrededor del sacrificio del cordero fundido en oro, por
las manos de los hebreos antiguos que salieron de Egipto, como �dolos e
im�genes de piedra, metal, madera y dem�s, no podr�n sostener sus propias
vidas delante de Dios y de su Jesucristo, porque sus nombres no est�n
escritos en el libro de la vida.
Estos descender�n al mundo perdido del fuego eterno del infierno, en donde
el gusano no muere ni se cansa jam�s de comer de sus carnes y de beber de
su sangre pecadora y enferma, por el pecado de las mentiras de Satan�s y de
sus malvados de siempre. Pero nuestro Padre celestial no liber� a Israel
para matarlo en el desierto, sino para llevarlo a vivir alrededor de su
verdadero sacrificio eterno y salvador de cada hombre, mujer, ni�o y ni�a
de todas las familias de las naciones de toda la tierra, para que las
tinieblas mueran y la luz del �rbol de la vida viva en todos infinitamente.
Por eso, si nuestro Padre celestial te est� llamando a que regreses al lado
de su sacrificio eterno de su Hijo amado sobre todo lo alto del Sina� y del
monte santo de Jerusal�n, ser�, pues entonces, para que regreses al
para�so: porque nuestro Se�or Jesucristo resucit� en el tercer d�a, para
volver al cielo y a la vida eterna. Porque para estos tres sacrificios de
nuestro Se�or Jesucristo junto con sus dos semejantes hebreos, como
testigos fieles de su vida, muerte y sangre sobre el monte santo de
Jerusal�n, nuestro Padre celestial libera a Israel para que le sirva cada
d�a y para siempre en la eternidad, como en la vida eterna de La Nueva
Jerusal�n santa y colosal del cielo.
Y, hoy en d�a, tu nombre est� escrito en el libro de la vida, gracias al
servicio dado de fe eterna de tu coraz�n inmortal, mi estimado hermano y mi
estimada hermana, alrededor del sacrificio de sangre santa y reparadora de
nuestro Salvador Jesucristo, el Hijo de David, para que no mueras jam�s
sino que resucites bendecido grandemente para la eternidad. Porque para
esto nuestro Padre celestial te cre� inicialmente en su coraz�n sant�simo y
con sus manos gloriosas, para que comas y bebas cada d�a, para bendiciones
sin fin y salud de tu coraz�n, alma y esp�ritu humano, del Esp�ritu Santo
de Sus Diez Mandamientos infinitamente glorificados en el Holocausto
aceptable y cre�ble de Jesucristo, para que vivas para siempre. Am�n.
El amor (Esp�ritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo es
contigo.
�Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
D�gale al Se�or, nuestro Padre celestial, de todo coraz�n, en el nombre del
Se�or Jesucristo: Nuestras almas te aman, Se�or. Nuestras almas te adoran,
Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra
santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, tambi�n, para siempre,
Padre celestial, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Se�or Jesucristo.
LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad d�a y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):
"'�Maldito el hombre que haga un �dolo tallado o una imagen de fundici�n,
obra de mano de tallador (lo cual es transgresi�n a la Ley perfecta de
nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!' Y todo el pueblo
dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!' Y todo el
pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
pr�jimo!' Y todo el pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que desvi� al ciego de su camino!' Y todo el pueblo dir�: '�
Am�n!'
"'�Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del hu�rfano y de la
viuda!' Y todo el pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque descubre la
desnudes de su padre!' Y todo el pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!' Y todo el
pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su
madre!' Y todo el pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que se acueste con su suegra!' Y todo el pueblo dir�: '�
Am�n!'
"'�Maldito el que a escondidas y a traici�n hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!' Y todo el pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!' Y todo el pueblo dir�: '�Am�n!'
"'�Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poni�ndolas por obra
en su diario vivir en la tierra!' Y todo el pueblo dir�: '�Am�n!'
LOS �DOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los �dolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad y
al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la omnipotencia
de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta del Padre
celestial y de su Esp�ritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en tu vida,
en �sta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quiz� que el fin de
todos los males de los �dolos termine, cuando llegues al fin de tus d�as.
Pero esto no es verdad. Los �dolos con sus esp�ritus inmundos te seguir�n
atormentando d�a y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno,
por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de
todos estos males est� aqu� contigo, en el d�a de hoy. Y �ste es el Se�or
Jesucristo. Cree en �l, en esp�ritu y en verdad. Usando siempre tu fe en
�l, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los �dolos y de sus huestes de esp�ritus infernales
en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos tambi�n, para la eternidad
del nuevo reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de d�a
en d�a honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
�ngeles santos. Y t� con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra,
cada oraci�n, cada tilde, cada categor�a de bendici�n terrenal y celestial,
cada honor, cada dignidad, cada se�or�o, cada majestad, cada poder, cada
decoro, y cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del d�a de hoy y de la tierra santa del m�s all�,
tambi�n, en el reino de Dios y de su Hijo amado, �el Se�or Jesucristo!, �El
Todopoderoso de Israel y de las naciones!
S�LO �STA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la �nica ley santa de Dios y del Se�or Jesucristo en tu coraz�n,
para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el
cielo para siempre. Y te ha venido diciendo as�, desde los d�as de la
antig�edad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendr�s otros dioses delante de m�".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te har�s imagen, ni ninguna semejanza de lo que
est� arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de
la tierra. No te inclinar�s ante ellas ni les rendir�s culto, porque yo soy
Jehov� tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre
los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generaci�n de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman
y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomar�s en vano el nombre de Jehov� tu Dios, porque
�l no dar� por inocente al que tome su nombre en vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acu�rdate del d�a del s�bado para santificarlo. Seis
d�as trabajar�s y har�s toda tu obra, pero el s�ptimo d�a ser� s�bado para
Jehov� tu Dios. No har�s en ese d�a obra alguna, ni t�, ni tu hijo, ni tu
hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que est�
dentro de tus puertas. Porque en seis d�as Jehov� hizo los cielos, la
tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y repos� en el s�ptimo d�a.
Por eso Jehov� bendijo el d�a del s�bado y lo santific�".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus d�as se
prolonguen sobre la tierra que Jehov� tu Dios te da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometer�s homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometer�s adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robar�s".
NOVENO MANDAMIENTO: "No dar�s falso testimonio en contra de tu pr�jimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciar�s la casa de tu pr�jimo; no codiciar�s la
mujer de tu pr�jimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni
cosa alguna que sea de tu pr�jimo".
Entr�gale tu atenci�n al Esp�ritu de Dios y d�shazte de todos estos males
en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, tambi�n.
Hazlo as� y sin m�s demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la
vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres
de sus �dolos y de sus im�genes de talla, aunque t� no lo veas as�, en �sta
hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, tambi�n. Y t� tienes el
poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han
llegado a ellos, desde los d�as de la antig�edad, para seguir destruyendo
sus vidas, en el d�a de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males
en sus vidas, sino que s�lo �l desea ver vida y vida en abundancia, en cada
naci�n y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Se�or Jesucristo.
Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente
oraci�n de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre celestial,
nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas:
ORACI�N DEL PERD�N
Padre nuestro que est�s en los cielos: santificada sea la memoria de tu
nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea
hecha tu voluntad, como en el cielo as� tambi�n en la tierra. El pan
nuestro de cada d�a, d�noslo hoy. Perd�nanos nuestras deudas, como tambi�n
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentaci�n, mas
l�branos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos
los siglos. Am�n.
Porque s� perdon�is a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
tambi�n os perdonar� a vosotros. Pero si no perdon�is a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonar� vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Se�or Jes�s dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la
VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR M�". Juan 14:
NADIE M�S TE PUEDE SALVAR.
�CONF�A EN JES�S HOY!
MA�ANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MA�ANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL D�A DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de �ste MUNDO y su
MUERTE.
Disp�nte a dejar el pecado (arrepi�ntete):
Cree que Jesucristo muri� por ti, fue sepultado y resucito al tercer d�a
por el Poder Sagrado del Esp�ritu Santo y deja que entr� en tu vida y sea
tu �NICO SALVADOR Y SE�OR EN TU VIDA.
QUIZ�S TE PREGUNTES HOY: �QUE ORAR? O �C�MO ORAR? O �QU� DECIRLE AL SE�OR
SANTO EN ORACI�N? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios m�o, soy un pecador y
necesito tu perd�n. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y
ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo
a venir a mi coraz�n y a mi vida, como mi SALVADOR.
�Aceptaste a Jes�s, como tu Salvador? �S� _____? O �No _____?
�Fecha? �S� ____? O �No _____?
S� tu respuesta fue S�, entonces esto es solo el principio de una nueva
maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada d�a para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando
todos los d�as en el nombre de JES�S. Baut�zate en AGUA y en El ESP�RITU
SANTO DE DIOS, adora, re�nete y sirve con otros cristianos en un Templo
donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los dem�s.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que
los hermanos Pentecost�s o pastores del evangelio de Jes�s te recomienden
leer y te ayuden a entender m�s de Jes�s y de su palabra sagrada, la
Biblia. Libros cristianos est�n disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librer�a cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a
las librer�as cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros est�n
a tu disposici�n, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de
Dios.
Te doy las gracias por leer m� libro que he escrito para ti, para que te
goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y as� comiences a
crecer en �l, desde el d�a de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusal�n
d�a a d�a y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque �sta es la tierra,
desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas
nuestras bendiciones y salvaci�n eterna de nuestras almas vivientes. Y nos
dice Dios mismo, en su Esp�ritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman.
Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusal�n".
Por causa de mis hermanos y de mis amigos, dir� yo: "Haya paz en ti,
siempre Jerusal�n". Por causa de la casa de Jehov� nuestro Dios, en el
cielo y en la tierra: implorar� por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Esp�ritu de Dios
a toda la humanidad, dici�ndole y asegur�ndole: - Qu� todo lo que respira,
alabe el nombre de Jehov� de los Ej�rcitos, �el Todopoderoso! Y esto es, de
toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo coraz�n, con su
voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en
la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, para la eternidad.
http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%
20///
http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx