*Un Mensaje a la Conciencia*
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19 ago 11
*«LA VIDA NO TIENE SENTIDO SIN TI»* por el Hermano Pablo
«Quiero un pasaje de ida solamente, para Londres.» Así dijo en la agencia de
viajes de Melbourne, Australia, Neil Browne, hombre de treinta años de edad.
Cuando tomó el avión y comenzó el vuelo, Neil se mostró sereno. Su rostro no
reflejaba ni pena ni alegría, ni angustia ni temor, sino sólo la expresión
del que ha tomado una decisión definitiva, la de poner fin a sus días.
Cuando llegó a Gales, punto final de su viaje, Neil cerró herméticamente las
puertas de su auto, dejó el motor en marcha y se dejó morir asfixiado por el
monóxido de carbono. En las manos tenía las fotografías de él y de su novia,
y un mechón de los cabellos de ella. Tres días antes, su novia también se
había suicidado, por ser imposible el casamiento de los dos.
He aquí otro caso de «pacto suicida», común entre muchos enamorados desde
los tiempos de Romeo y Julieta, y otro doble suicidio de jóvenes que se suma
a los miles que se producen semanalmente.
Neil Browne y Susan Pritchard se habían conocido en 1980 en Gales,
Inglaterra. Se enamoraron y se juraron amor, eterno. La boda iba a
realizarse en 1984, pero por desavenencias familiares, la joven no podía
viajar a Australia. Por eso se suicidó arrojándose a las aguas de un río.
Neil la siguió en el pacto suicida poco después.
«La vida no tiene sentido sin ti», escribieron los dos enamorados. Para
ellos la vida consistía en estar unidos; en vivir siempre juntos, ya fuera
como pobres o ricos; en mirarse y escucharse cada día; y en compartir todas
las cosas, todos los momentos, todos los sentimientos, todas las ilusiones y
todos los pensamientos.
Si eso no se podía realizar, era mejor morir, porque sin eso la vida
carecería de importancia, de sentido y de estímulo.
Es precisamente esto último que Cristo demanda de aquellos que desean
hacerse sus discípulos: un amor eterno, que no se satisface con nada de este
mundo sino con la presencia permanente y la comunión con el Ser amado.
Cristo recompensa ese amor, esa devoción y consagración a Él, con la más
grande de las bendiciones para las cuales fue creado el hombre: conocerlo,
amarlo y servirle como su Señor y Salvador.
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