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(IVÁN): COMPRADOS CON SANGRE RESUCITADA EN EL TERCER DÍA

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valarezo

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Aug 30, 2008, 7:32:32 PM8/30/08
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Sábado, 30 de agosto, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica


(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)


COMPRADOS CON SANGRE RESUCITADA EN EL TERCER DÍA:

Por eso, todos ustedes son descendencia escogida, real juramento y
ministerio eternal, tierra bendita y adquirida por el Espíritu de
sangre santa y sacrificada, la cual resucito en el Tercer Día, para
que anuncien las justicias de aquel que los llama de las tinieblas a
su luz más luminosa, nuestro Árbol de la vida, su Hijo unigénito,
¡nuestro Salvador Jesucristo! Nosotros somos los hijos de Dios, no por
voluntad humana, como en nuestro primer nacimiento terrenal, sino por
voluntad santa y gloriosa de nuestro Padre celestial y por su Espíritu
Santo que están en los cielos y, por lo cual, «damos gracias a cada
hora del día a la vida gloriosa y sumamente honrada de su Hijo
unigénito», ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Ciertamente que hemos nacido de la luz más brillante que el Sol de
nuestro universo y del paraíso, nuestro Salvador Jesucristo, para ya
no ser tinieblas en la tierra ni en el más allá tampoco, sino «sólo en
la luz verdadera del nuevo reino celestial», la cual nuestro Padre
celestial ama con gran pasión eternal en su corazón santísimo. Por lo
tanto, hemos vuelto a nacer, por gracia y bondad infinita de su Hijo y
de su Espíritu, para ver cada día (y en la eternidad también) la
gloria de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, manifestada
día y noche en la vida de sus seres creados, como tú y yo, que hemos
creído en su Jesucristo. Y desde que comenzamos a creer en el Espíritu
de fe, de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado, nuestro Señor
Jesucristo, entonces no sólo nos hemos constituido en hijos de Dios,
sino también «en una nación santa, en un linaje escogido, de reyes y
sacerdotes para nuestro Dios, en la tierra y para la nueva eternidad
venidera».

Además, ésta gloria de nuestro Padre celestial, por medio de su Hijo y
de su Espíritu Santo, no es una gloria como las que los ángeles
conocen sino mucho mayor, para amarla y para vivirla ya cada día de
nuestras vidas en la tierra y así también en el nuevo reino celestial
de Su Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo. Ésta gloria que
nuestro Padre celestial nos la ha dado, por medio del Árbol de la
vida, nuestro Señor Jesucristo, «es algo muy santa y gloriosa a la
vez, para crecer en ella cada día de nuestras vidas» ya sea en el
paraíso, en la tierra o en La Nueva Jerusalén Celestial; por ello
somos benditos en los lugares celestes. Es más, somos mucho más
benditos que los ángeles, si permanecemos fieles a nuestro Padre
celestial, por medio de su Jesucristo únicamente; somos la nueva
gloria del reino de los cielos, salida de las manos de nuestro Padre
celestial, y esto lo saben muy bien los ángeles del cielo; somos reyes
y sacerdotes de Dios, para ellos.

Ciertamente que nuestro Padre celestial no compartirá su gloria con
nadie jamás, pero si con su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, como
siempre lo ha hecho con él, desde el comienzo de las cosas en el más
allá, como desde los primeros días de la antigüedad, por ejemplo; esta
gloria no es compartida con los ángeles, «pero sí con sus hijos».
Además, porque nuestro Señor Jesucristo vive en nuestros corazones
eternamente y para siempre, pues «somos benditos para la eternidad»,
desde el primer día que comenzamos a creer en él, en su sangre y en su
obra sublime, llevada acabo sobre los árboles cruzados de Adán y Eva,
para fin del pecado y el comienzo de nuestra nueva vida eterna.

Por lo tanto, somos del cielo inicialmente, porque nuestro Dios no
sólo nos creo en él, sino «porque nos bendijo grandemente en su misma
vida», en la vida de su Espíritu Santo y así también en la vida misma
de su Árbol de la vida, su Hijo amado, ¡nuestro Salvador Jesucristo!
En la medida en que, el pensamiento de nuestro Padre celestial hacia
cada uno de nosotros “es bueno, fiel y verdadero, lleno de justicia y
de verdades sin fin”, para que le conozcamos a él así como su Hijo
siempre le ha conocido en el cielo, desde los primeros días de la
antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo.

Entonces para conocer a nuestro Padre celestial “tenemos que haber
vuelto a nacer, como reyes y como sacerdotes”, ya sea en el paraíso o
en la tierra, comiendo de Jesucristo; es por eso que la vida de
nuestro salvador Jesucristo, como el Árbol de la vida del cielo, es de
suma importancia en nuestras vidas de cada día en la tierra.
Tenazmente, «obedecer a nuestro Jesucristo es el fin de Satanás y el
comienzo de la nueva vida infinitamente alegre y feliz de nuestro
Padre celestial» y de sus ángeles y de cada hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera también, en la nueva ciudad celestial de su
Gran Rey Mesías, el Árbol de la vida eterna, ¡nuestro Señor
Jesucristo!

Por lo tanto, sólo los que han creído en sus corazones y confesado con
sus labios delante de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo
el nombre misterioso de nuestro Señor Jesucristo, entonces «tienen
acceso desde ya a la vida santa y sumamente gloriosa del nuevo reino
colosal», en donde sus nombres están escritos para la nueva eternidad
celestial. Además, en donde, sólo los que han sido redimidos de las
tinieblas de Satanás, por los poderes sobrenaturales del Espíritu de
su sangre santísima, sacrificaba y resucitada en el Tercer Día, podrán
entrar para vivir en ella para siempre, porque «ya no pecaran más, ni
menos conocerán las mentiras de Satanás en sus corazones, ni se oirán
de sus labios jamás».

Por cierto, ésta es la verdadera vida infinita, por la cual nuestro
Padre celestial nos creo en sus manos santas en su imagen y conforme a
la hermandad infinita de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo,
«para vivir con Él cada día alegres y felices», y llenos de su
Espíritu Santo, eternamente y para siempre. Ciertamente que ésta es la
vida sin Satanás y sin ninguna de sus mentiras letales, por la cual
nuestro Padre celestial siempre soñó vivir con sus ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos del cielo, como
el hombre y la mujer en el Edén y así también con sus hijos e hijas de
las naciones que creen en su Jesucristo.

Puesto que, para el que cree en su Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
entonces el Espíritu de su sabiduría, entendimiento, gracia,
misericordia, verdad, justicia, santidad y poderes de milagros,
maravillas y prodigios sobrenaturales, para sanar vidas y llenar de
salud divina a todo ser viviente, ciertamente que «permanezca sobre él
y en la vida de cada uno de los suyos también infinitamente». Dado
que, éste llamado a ser santo, puro y fiel eternamente hacia Él y
hacia su nombre muy santo es para cada uno de los suyos y para los que
están lejos también, «para que sean libres de las tinieblas de Satanás
y vivan por siempre felices cada día, en la luz más brillante que el
sol», ¡nuestro Salvador Jesucristo!

Es por eso que el Espíritu del nombre y de la sangre bendita del
sacrificio eterno de nuestro Señor Jesucristo «no puede faltar» en la
vida de nadie ni menos en su hogar, por ejemplo, ni hoy ni nunca, para
siempre, para ningún hombre, mujer, niño, ni niña de la humanidad
entera, porque «ésta salvación es verdadera y para todos». Por lo
tanto, la promesa de nuestro Padre celestial para los antiguos es
igual, hoy en día, para la humanidad entera, y esto es que si crees en
el Espíritu sagrado y salvador de su Hijo, entonces «serás salvo» tú y
tu casa; y esto significa todos lo que habiten en tu hogar, «sean tus
familiares, amigos y hasta vecinos también».

Nuestro Padre celestial es cada día más poderoso en contra de cada una
de las artimañas de Satanás en tu vida y en la vida los tuyos también,
“pero sólo con el Espíritu de Jesucristo viviendo ya en tu corazón”.
Porque la verdad es que Satanás ya ha sido vencido grandemente, él no
tiene Poder alguno sobre nadie que ame a su Dios, por medio de su
Jesucristo; por lo tanto, “el hombre puede muy bien regresar desde ya
a su lugar eterno del paraíso”, como hijo de Dios, como rey y como
sacerdote de su nombre muy santo.

Visto que, para nuestro Padre celestial todos tienen que regresar
sanos y salvos a la tierra santa de sus primeros pasos, el paraíso; en
donde «Adán y Eva debieron jurarle amor eterno de todo corazón, con
todas sus fuerzas, con toda su mente y con toda su vida a su Árbol de
la vida», ¡nuestro Señor Jesucristo! En vista de que, esto era lo que
nuestro Padre celestial buscaba en Adán y Eva, que ambos, o tan sólo
uno, «le jurase amor eterno a Él, pero solamente por medio del fruto
del Árbol de la vida eterna», su Hijo amado, su Gran Rey Mesías
celestial y hebreo, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Dado que, sólo su Hijo amado, el Hijo de David, es el Gran Rey Mesías
del paraíso y de todos los tiempos de la tierra y de miles de futuras
generaciones venideras, para entrar y salir del paraíso y del nuevo
reino celestial de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta de Dios y de
sus ángeles infinitos, sin perderse jamás. Por ello, ésta tierra es en
si una tierra sumamente santa, en la cual jamás se ha oído una
mentira, «ni menos ha entrado ningún malvado para hacer la voluntad de
Satanás», como sucedió con los ángeles caídos del reino de los cielos
y así también en el Jardín del Edén con Adán y Eva, por ejemplo.

En esta tierra nueva y sumamente santa, entonces Adán y así también
cada uno de sus hijos e hijas comenzara a vivir y a gozar por vez
primera, el verdadero Espíritu de la vida no sólo de nuestro Padre
celestial, el cual recibimos de Él, en el día de nuestra creación en
sus manos santas, sino mucho más que esto. Y esto es que, sin duda,
realmente, «comenzaremos a sentir y a vivir cada día la vida eterna»,
tal cual como su Espíritu Santo y como su Hijo amado, nuestro Árbol de
la vida, siempre la han vivido con Él, en el reino de los cielos, como
desde su fundación y hasta nuestros días en la tierra.

Ésta es una vida tan santa, la cual Satanás siempre quiso tocarla,
vivirla y saborearla en su corazón y en su espíritu rebelde y perdido
ante la verdad y ante la justicia de nuestro Padre celestial y de su
Hijo unigénito, nuestro Salvador Jesucristo, y no lo logro jamás, por
más que lucho por ella. Es por eso que se la trato de robar a nuestro
Padre celestial, deshonrando en su vida y en la vida de una tercera
parte de los ángeles del cielo el nombre y la vida gloriosa y
sumamente honrada de su Árbol de la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo!

Ya que, sabe perfectamente Satanás, de que si vence a Jesucristo
faltando a la Escritura dada Israel y a la humanidad entera, entonces
la vida santa del reino de los cielos es de él, así como la vida de
Adán y Eva llegaron a ser de él, en el día que creyeron en sus
mentiras malvadas en el paraíso. Y por eso es que Adán y así también
cada uno de sus descendientes, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra, «vive la vida pobre de Satanás
y más no la vida, rica, santísima y muy agradable de nuestro Señor
Jesucristo», para nuestro Padre celestial, a partir de entonces y
hasta nuestros días, por ejemplo.

Es por eso que Satanás lucha desesperadamente para derrotar a
Jesucristo, en el cielo, en el paraíso y así también cada día en la
vida de Israel y de las naciones de la tierra; ciertamente que
«Satanás es el vencido siempre» y más no Jesucristo, para gloria
infinita de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo. Es más, la
mejor manera de atacar a Dios y a su Espíritu Santo “es hacer que el
hombre no crea en su Hijo amado”, como su Árbol de la vida, como el
sumo sacerdote, como la Ley cumplida, como el Cordero Escogido, como
el Hijo de David, único salvador posible de Israel y de las familias
de las naciones. Y Satanás sigue atacando incansablemente a Dios y a
su Gran Rey Mesías, el Hijo de David y a cada una de sus obras santas,
comenzando con la Escritura dada a Israel y a la humanidad entera,
«pero no logra nunca nada de nada, sino que se hunde aún más en sus
propias profundas tinieblas de la antigüedad».

Ni aun así, Satanás pudo tocar jamás la vida santa de nuestro Señor
Jesucristo, ni la vida de ninguno de sus seres santos, los fieles a su
sangre resucitada, como tú y yo, por ejemplo, los que posteriormente
nuestro Padre celestial nos formaría en su imagen y conforme a la
semejanza infinita de su Hijo unigénito, ¡nuestro Señor Jesucristo! Y,
desde entonces acá, «nuestro Señor Jesucristo jamás se ha manchado de
las mentiras de Satanás» ni de ninguno de sus males o calumnias
terribles; nuestro Señor Jesucristo ha sido siempre fiel, para
mantener el nombre santísimo de nuestro Padre celestial santo e
impecable y, a la vez, nuestras vidas puras, tan puras como la de él
mismo y para siempre.

En otras palabras, la vida de cada uno de nosotros, comenzando con la
de Adán, «está guardada, santificada, intachable, asegurada en su
perfecta santidad y libre de las mentiras de Satanás, en el Espíritu y
en la vida gloriosa y todopoderosa del Árbol de la vida eterna»,
¡nuestro Señor Jesucristo! Y es ésta vida tan santa, tan pura, tan
gloriosa, como la de nuestro Padre celestial, como la de la Ley, como
la del Espíritu Santo, ha sido con la cual su unigénito nació en
Israel del vientre virgen de la hija de David, «para entregárnosla
ya», si sólo creemos en nuestros corazones y confesamos con nuestros
labios su nombre milagroso.

Por cuanto, hemos sido creados en las manos de nuestro Padre
celestial, en la imagen y conforme a la semejanza de reyes y
sacerdotes, «para ser una nación celestial», llena de las familias de
las naciones de la tierra, para servicio y honor eterno de cada día
para su nombre muy santo, en nuestros corazones y con nuestros labios.
En otras palabras, cuando Adán y Eva pecaron ante nuestro Padre
celestial, su Espíritu Santo y sus huestes angelicales, fue «porque
simplemente no comieron del fruto del Árbol de la vida, la sangre
sacrificada, la vida ofrendada para la eternidad», ¡nuestro Señor
Jesucristo! Dado que, para nuestro Padre celestial, el que no come de
la cena de su mesa celestial, como Jesucristo comió con sus apóstoles
de su cuerpo y de su sangre ofrendada, por más santo que sea él, tan
santo como los ángeles, irremisiblemente muere en su pecado, porque
«es pecado de muerte no comer, ni beber de Jesucristo ante nuestro
Dios».

Puesto que, sin el Espíritu del Señor Jesucristo en nuestras vidas no
somos completos delante de nuestro Padre ni de su Espíritu Santo, por
eso tenemos que comer del Espíritu de su carne y beber de su sangre
ofrendada, para ser completos perpetuamente; es más, algo nos falta
cada día del cielo a todos, y éste algo “es nuestro Señor Jesucristo”.
Porque nuestro Padre celestial nos crea en sus manos santas, para ser
reyes y sacerdotes, nación santa, pueblo honrado y redimidos por la
sangre santísima del Altar eterno del cielo de nuestro Padre celestial
y de su Espíritu Santo, por lo tanto, somos de Dios y para Dios, hoy y
en la eternidad, para contar por siempre de “sus virtudes
celestiales”.

Por ello, sin Jesucristo en nuestras vidas no podremos ser santos, ni
nada de nada, ni menos reyes y sacerdotes, no como de los de la
tierra, con toda seguridad, sino como de los del Altar santísimo de
nuestro Creador y de su Espíritu Santo en el cielo, “para ministrar
fielmente cada día delante de Él y de sus huestes angelicales”. Puesto
que, ésta obra de ser reyes y sacerdotes para el nombre muy santo de
nuestro Padre celestial no lo puede hacer ni ministrar fielmente
ningún ángel del cielo, como nuestro Señor Jesucristo lo pude hacer o
como sus hermanos y hermanas lo pueden hacer cada día delante de Él y
de sus pueblos eternos del reino celestial, por ejemplo.

Es por eso que nuestro Señor Jesucristo descendido del cielo ha salvar
a lo que se había perdido en el día que Adán fue engañado por Satanás,
por medio de la boca de su esposa Eva, para que deje de ser rey y
sacerdote delante de nuestro Padre celestial y de sus huestes
angelicales del reino de los cielos. Es decir, también que cuando
nuestro Señor Jesucristo nació en Israel, nació para morir crucificado
sobre el monte santo de Jerusalén «para redimir a reyes y sacerdotes
de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo», y no sólo en
Israel sino también en cada nación de la tierra, desde la antigüedad y
hasta siempre.

Sí, nuestro Señor Jesucristo dejo correr su sangre santa sobre el
Altar de Dios por mí, por mis familiares, por ti y por tus familiares
y hasta por tus amigos también, porque para nuestro Padre celestial lo
mismo le es uno y el otro, sea de esta familia o de cualquiera, es
decir, que «para nuestro Dios todos somos iguales». Por eso, nuestro
Señor Jesucristo murió, dejando correr su sangre santa delante de
Dios, para que al Tercer Día, “su misma sangre santísima resucitara
una sola vez y para siempre”, para redimirte a ti que eres un rey y un
sacerdote del nombre santísimo de nuestro Padre celestial, en la
tierra y en el cielo, eternamente y para siempre.

Por eso es que con el Señor Jesucristo en nuestros corazones, entonces
hemos cumplido en todo y por todo con nuestro Padre celestial, con su
Espíritu Santo, con sus ángeles y hasta también con los seres del más
allá también; y nuestro Padre celestial nos dice desde ya: «Estos son
mis hijos y mis hijas, en quienes tengo complacencia eternal». En la
medida en que, el sacrificio supremo e inigualable de la sangre
ofrendada de nuestro Señor Jesucristo sobre el Altar eterno de nuestro
Padre celestial “lo cubre y lo abarca todo en nuestras vidas
terrenales y en nuestras nuevas vidas celestiales” del nuevo reino de
los cielos, de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del más allá y para
siempre.

Es decir, que con el Espíritu de la sangre sacrificada del Hijo de
David, viviendo ya en nuestros corazones, por ejemplo, entonces
nuestros nombres no sólo están escritos en el libro de la vida, sino
que también “todo está limpio e infinitamente bendecido para nuestras
nuevas vidas celestiales del nuevo reino de Dios y de sus huestes
angelicales”. Somos infinitamente libres, gracias a la sangre
expiatoria del Hijo de David, “la cual resucito en el Tercer Día para
volvernos a dar esa vida de ser reyes y sacerdotes”, para nuestro
Padre celestial y para su nombre santísimo, en la tierra y así también
en la nueva eternidad venidera de su Nueva Jerusalén celestial, ¡llena
de su Hijo Jesucristo!

En verdad, sin Jesucristo nadie podrá ser feliz para nuestro Padre
celestial, y esto es algo que Satanás y así también cada uno de los
ángeles caídos aprendió, perdiendo su vida celestial, «cuando acepto a
Satanás como su rey», renunciando así erróneamente a Jesucristo en su
vida eterna del reino de Dios y de su Espíritu Santo. Pero los que
reciben al Señor Jesucristo, como nuestro Padre celestial intento que
Adán y Eva le recibiesen a él en sus días de vida del paraíso, como el
fruto del Árbol de la vida, como el Rey Mesías, entonces «serán por
siempre felices», dado que con él jamás volverán a tener hambre, ni se
secara su garganta jamás.

Con el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo en nuestras vidas, pues
entonces «comeremos y beberemos cada día comida y bebida de Dios», del
Espíritu Santo y de los ángeles del cielo, para conocer por siempre la
felicidad y sin que jamás nos falte ningún bien celestial, eternamente
y para siempre. Seremos infinitamente felices, porque conoceremos y
sentiremos el verdadero Espíritu de vivir la vida eterna del reino de
los cielos, como debió ser en el comienzo con Adán y Eva en el
paraíso, por ejemplo, si tan sólo hubiesen obedecido a nuestro Padre
celestial “cuando les dijo claramente que tenían que comer y beber del
Árbol de la vida”.

Dado que, sólo entonces podrían comenzar a vivir y a sentir la vida,
por la cual nuestro Padre celestial los había creado en sus manos, en
el comienzo de las cosas, «para que la tengan, la vivan y la disfruten
cada día», como él mismo siempre la disfruta grandemente como Dios
santísimo en su corazón y en su alma infinitamente noble. Por esta
razón, nuestro Padre celestial nos ha hecho linaje santo, escogidos
especialmente por sus manos santas, para que ya no vivamos más para
las tinieblas de Satanás en la tierra ni menos en las profundidades
del más allá, sino que todo lo contrario.

Y esto es que vivamos por siempre en el Espíritu de la luz y de la
vida santísima de su Árbol de la vida eterna, su Hijo unigénito,
nuestro Salvador Jesucristo, «para vivir y servirle sólo a Él», como
nuestro Padre celestial y como nuestro único Fundador de nuestras
nuevas vidas infinitas, en la tierra y para la eternidad infinita. Por
esta razón, «somos real sacerdocio» delante de Él y de sus huestes
angelicales, para ministrar vida, paz, felicidad y salud para bien de
muchos y para alcanzar nuevas glorias infinitas de su nombre santísimo
en los corazones de todos sus seres creados, ya sean ángeles del cielo
u hombres, mujeres, niños y niñas de las naciones de la humanidad
entera.

Por eso es que podemos “libremente anunciar las buenas nuevas de
bendición y de salvación infinita” de nuestro Padre celestial, por
medio del Espíritu de su Gran Rey Mesías, el Hijo de David, y el único
salvador posible para Israel y para las naciones de la humanidad
entera, hoy en día, así como lo fue inicialmente con Israel de la
antigüedad. Visto que, sin Él y sin su vida santa, pegada a nuestras
vidas, como con clavos y con su sangre expiatoria a nuestras manos y a
nuestros pies, como sucedió con Adán y Eva sobre el monte santo de
Jerusalén, entonces «no podremos jamás ponerle fin a nuestros pecados,
ni menos podremos empezar nuevamente a vivir la vida celestial del
paraíso».

Sin Jesucristo estamos más muertos que vivos, más perdidos que
Satanás, perdidos como ya en el paraíso, perdidos en la tierra y
finalmente perdidos para la eternidad, para desdicha de nuestros
corazones que no tiene fin jamás. Entonces, sin duda alguna, nuestro
Señor Jesucristo es lo mejor que nos puede suceder en nuestras vidas,
hoy en día y así también para siempre en el paraíso, o en La Nueva
Jerusalén Santa y Perfecta del cielo, por ejemplo.

Sin Jesucristo estamos muertos en el paraíso, que no te engañé nadie
jamás, claro está con Dios y con su Escritura, tal como le sucedió a
Adán y a Eva, por ejemplo, pues “así también estamos muertos en la
tierra y en el más allá” también, como en el infierno o como en el
lago de fuego. Entonces sin nuestro Señor Jesucristo y sin su vida
santísima en nuestros corazones, “seguiremos viviendo en las tinieblas
de las mentiras terribles de Satanás”, para que al fin de nuestros
días, seguir siendo tinieblas en el más allá, para jamás conocer la
paz, ni menos el amor de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado,
¡nuestro Señor Jesucristo!

Ya que, éste amor eterno y único, por el cual nuestro Padre celestial
nos crea en sus manos inicialmente, para que llevemos su imagen y
seamos su semejanza celestial infinitamente en la tierra y así también
en la nueva vida de La Nueva Jerusalén Celestial, “ha nacido del
Espíritu de amor mutuo entre Él y su Hijo amado”, ¡nuestro Salvador
Jesucristo! Es decir, que el Espíritu de amor, el cual nuestro Padre
celestial nos ha brindado a través de su Hijo amado, nuestro Salvador
Jesucristo, es, realmente, “un amor eterno y exclusivamente para reyes
y sacerdotes de Él y de su Espíritu Santo”, para vivirlo ya en la
tierra y así también en el paraíso y para siempre en la eternidad
venidera.

Además, éste es un Espíritu de amor eterno e infinitamente fiel, a
pesar de todas las cosas malas de Satanás y de sus muchas mentiras
crueles, para bendecirnos cada día y cada noche de nuestras vidas y
hasta aún más allá de la eternidad venidera también, es decir, que
éste amor infinito de nuestro Dios “jamás morirá en nosotros”. Éste
Espíritu de amor de nuestro Padre celestial y de su Hijo amado “está
lleno” de grandes milagros, maravillas y de prodigios para redimir y
llenar de vida santa y sumamente honrada, como la vida sin igual de
reyes y de sacerdotes del cielo y de la tierra también, para nuestro
Dios y para su nueva vida infinita del cielo.

Por eso es que éste Espíritu de amor, el cual nuestro Padre celestial
nos lo ha entregado a cada uno de nosotros, por medio del Espíritu de
vida de nuestro Señor Jesucristo, es sobrenatural en nuestros
corazones y en nuestras vidas de cada día, «para destruir las obras de
Satanás siempre, en la tierra y en el más allá también». Porque sólo
la unión de nuestros corazones con el Espíritu de amor de nuestro
Padre celestial y de su Hijo amado, «entonces somos fuertes» para
derribar cada una de las artimañas de Satanás y de sus ángeles caídos,
los cuales se manifiestan para mal en las gentes de gran mentira y de
la decepción eterna, por ejemplo, en toda la tierra. Es por eso que
tenemos que ser fuertes siempre en el Espíritu de amor entre Dios y su
Hijo, “porque en el amor está la fuerza incomparable y todopoderosa”,
obrando siempre para bien de cada uno de nosotros y de los nuestros en
casa y en tierras lejanas también, por los poderes sobrenaturales del
Espíritu Santo de Dios.

Además, esto sucede en cada una de nuestras vidas, como en cada
momento de la manifestación de la misericordia de nuestro Padre
celestial y de la gracia infinita de su Hijo, por medio de su Espíritu
Santo, cuando creemos en su obra santa en nuestros corazones y así
confesamos libremente con nuestros labios su nombre santísimo, «para
recibir bendiciones inagotablemente». Por eso es que, hoy en día, si
tan sólo creemos en nuestro Padre celestial y en su palabra santa,
manifestada en sus profetas y principalmente en su Hijo Jesucristo,
entonces dejaremos de ser tinieblas de Satanás para hacer su voluntad
malvada con mentiras y falsedades de siempre, «para inmediatamente
comenzar a vivir en la luz de la justicia legitima».

Comprobado que, la luz más brillante que el sol, en la creación, es,
sin duda alguna, el Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo: «y es
sólo Él a quien nuestro Padre celestial les ha prometido como su
salvador no sólo a Adán y a Eva, como en el día que pecaron en el
paraíso, sino también a su humanidad entera». Además, nuestro Dios lo
juro así, en el día cuando Adán y Eva rehusaron ininteligiblemente
comer de su Hijo Jesucristo, como salvador principal de sus vidas,
como el sumo sacerdote, como el Cordero de Dios que intercede por
ellos con su sangre sacrificada, “sacrificada desde antes de la
fundación del mundo, para librarlos de Satanás y de sus mentiras
crueles”.

Palabra por palabra, sólo el Hijo de David tiene en si estas
cualidades, dones, características sobrenaturales y, además, divinas
infinitamente como ningún otro en el linaje hebreo para ser no sólo el
Hijo de Dios, sino también el sumo sacerdote de todos, el Cordero de
Dios que quita el pecado del mundo, con sólo confesar su nombre
respetado por los ángeles. Por lo tanto, sólo es nuestro Señor
Jesucristo “quien pelea incansablemente día y noche por cada uno de
nosotros”, en nuestros millares, “como el Ángel del SEÑOR y con su
sangre resucitada”, en contra de Satanás y destruye sus obras
mentirosas victoriosamente en la vida de los hijos de Dios, como con
Adán y Eva, por ejemplo, en todas las naciones.

Y, hoy en día, tenemos los poderes del cielo y de la tierra obrando a
nuestro favor, si sólo le creemos a nuestro Padre celestial en
nuestros corazones, «por medio del Espíritu del nombre sagrado de su
Hijo Mesías», para que no sólo nos haga luz, como él siempre deseo que
seamos luz, sino para que nos bendiga grandemente cada día. Visto que,
cuando somos luz de Dios, por medio de su Jesucristo, nuestro Gran Rey
Mesías de todos los tiempos, el Hijo de David, “es entonces cuando
realmente nuestro Padre celestial nos reconoce como sus hijos e hijas”
y, a la vez, nos concede sus ricas bendiciones de cada día a nuestras
vidas, sin que nos falte ningún bien jamás.

Es decir, para que vivamos felices y confiados como los ángeles, sin
las mentiras y los problemas que con llegan a nuestros corazones y a
nuestros espíritus humanos cada vez que Satanás nos ataca
cobardemente, por medio de sus malvados mentirosos, «para que la
verdad de nuestro Padre celestial y la de su Jesucristo jamás sea una
realidad en nuestras vidas». Ya que, el temor de cada día de Satanás
es que el corazón del hombre, de la mujer, del niño y de la niña de
las naciones de toda la tierra, “conozca y viva día a día el Espíritu
de la verdad y de la justicia legitima de nuestro Padre celestial y de
su Hijo unigénito”, ¡nuestro Salvador Jesucristo!

En vista de que, fue esto precisamente lo que Satanás quiso destruir
grandemente en el paraíso, cuando se acerco con sus mentiras y
falsedades letales ante Eva y (luego sólo por medio de ella) acercarse
a Adán y a su descendencia, “con el fin de desterrarlos del paraíso y
posteriormente destruir sus vidas en el fuego eterno del infierno”. Y
Satanás hacía todo esto en contra del hombre y de la mujer, sin que
ellos jamás le hayan hecho ningún mal a él, pero, sin embargo, lo
hizo; lo hizo, “porque somos indiscutiblemente la imagen y la
hermandad perfecta del Señor Jesucristo” delante de nuestro Dios y de
su Espíritu Santo en el cielo, hoy mismo y en la eternidad.

Es más, cuando Satanás nos ve, realmente nos ve con envidia profunda
hacia nuestro Padre celestial, porque no solamente somos la imagen y
la hermandad sin tacha del Árbol de la vida, nuestro Señor Jesucristo,
sino porque somos como Dios mismo, “santos y perfectos”, ¡gracias al
Espíritu de la sangre sacrificada y resucitada en el Tercer Día de
nuestro Señor Jesucristo! Es decir, que Satanás no nos ataca día y
noche por nuestros pecados y por nuestras malas obras, como si él
fuese justo de alguna forma, administrando justicia y verdad para
todos, sino “porque odia a Dios y a su Jesucristo en cada uno de
nuestros corazones y de nuestras vidas humanas, comenzando con Adán y
Eva, desde el paraíso, por ejemplo”.

Es decir, también, que los ataques constantes en contra de Dios y de
su Jesucristo no han cambiado desde el día que se rebelo en contra de
ellos con la tercera parte de los ángeles y así también con la vida de
Adán y Eva, en el paraíso; pues Satanás no cambia, “nos odia de muerte
igual hoy, como en la antigüedad”. Pues podemos asumir que Satanás nos
ha atacado, de una manera u otra, a cada uno de nosotros, de la misma
manera que originalmente ataco a nuestro Padre celestial y a su nombre
muy santo en el corazón de nuestro Señor Jesucristo, por ejemplo, en
el reino de los cielos, “para que no exista amor ni menos justicia
real jamás”.

Por eso es que Satanás ataca, sin pensarlo dos veces, a Eva y luego a
Adán, para consiguientemente seguir sus atacas continuos a sus
descendientes, en sus millares, en el paraíso, en la tierra y a donde
sea en toda la creación, “para que el amor, la verdad y la justicia de
Dios y de su Hijo jamás se conozca infinitamente”. Y así manchar sus
vidas humanas infinitamente con su mismo espíritu de error y de
grandes falsedades de la antigüedad, declaradas en contra de nuestro
Padre celestial y de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, “para que
jamás sean felices en su verdad ni en su justicia real en el paraíso,
en la tierra, ni menos en la nueva eternidad celestial”.

De modo definitivo, esto es diabólico, desde principio a fin, para
terminar con todo espíritu humano de amor, verdad, justicia y lealtad
a Dios, en los ángeles del cielo y así también en los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera y, aún así “nuestro
Jesucristo descendió a Israel para derrotar las obras de Satanás, para
siempre”. Entonces, desde que nuestro Señor Jesucristo descendió del
cielo para entrar en la vida de Israel para siempre, aunque Satanás
quiso truncar su vida y su ministerio y echarlo fuera de Israel, así
como hizo con Adán en el paraíso, “pero nuestro Señor Jesucristo lo
venció y jamás perdió ninguna de sus batallas ante él ni ante ninguna
de sus mentiras crueles”.

Es decir, que la vida celestial que el Hijo de David empezó en Israel
y sus familias, es eterna, diga lo que diga el malvado, haga o deje de
hacer Satanás y sus mentirosos crueles, nuestro Jesucristo nació,
vivió, creció como rey y sacerdote “para que sus hermanos sean reyes y
sacerdotes también para Dios, hoy mismo y para la eternidad”. Puesto
que, sabe muy bien Satanás, que si Adán y sus hijos llegasen a
entender la verdad y la justicia infinita que existen sólo entre la
vida santa y sumamente gloriosa de nuestro Padre celestial y de su
Hijo Jesucristo, nuestro Rey Mesías, entonces “jamás dejarían de ser
felices para hablar de su amor y de sus glorias inefables cada día”.

Además, esto seria en cada día de sus vidas y hasta aún más allá de la
nueva eternidad venidera, por ejemplo, para jamás volver a comer ni
beber del espíritu de las mentiras de Satanás para enfermar sus vidas
y así destruir cruelmente sus almas eternas en el infierno, sino “para
comer y beber siempre de su Jesucristo, para felicidad eterna”. Pues
seriamos luz en vez de tinieblas, para sólo hablar cada día de
nuestras vidas: de milagros, maravillas y de prodigios portentosos
para bien, salud, sanidad y salvación infinita de todos los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera; con Jesucristo
“viviríamos en la perfecta voluntad de nuestro Padre celestial, en la
tierra y en el cielo, para siempre”.

Visto que, esta verdad y justicia infinita de Dios y de su Hijo, los
ángeles, arcángeles, serafines, querubines y demás seres santísimos
del cielo, siempre desearon ser los primeros en anunciarlas en sus
palabras y alabanzas de gloria y honra de cada día hacia su nombre
santísimo en el cielo y en la tierra, pero Dios no lo quiso así.
Además, éstas nuevas glorias y honras infinitas de nuestro Padre
celestial, alcanzadas por nuestro Señor Jesucristo, “les pertenecen
solamente a Adán y así también a cada hombre, mujer, niño y niña de
las naciones, anunciarlas”, en el paraíso, en la tierra y así también
en el cada día de la nueva vida infinita de La Nueva Jerusalén
Espaciosa del cielo.

Nuestro Padre celestial reservo éste privilegio sin igual “sólo para
el hombre”, como Adán y Eva en el paraíso y así también con cada uno
de sus hijos e hijas de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos de la tierra, para que, “sean solamente ellos quienes
anuncien las virtudes infinitas de Dios y de su Jesucristo cada día”.
Pues ha sido por esta razón única, por la cual nuestro Padre celestial
les impartió no solamente su imagen y su semejanza a todos ellos, sino
que también les dio una copia exacta de su mismo corazón santísimo
(amante de Jesucristo), para que, “con sus corazones crean y con sus
labios anuncien el amor de Él y de su Jesucristo infinitamente”.

En la medida en que, es precisamente éste Espíritu de amor del Padre y
del Hijo, “el cual tiene que entrar y prevalecer por siempre”, por los
poderes sobrenaturales de su Espíritu Santo, “en el corazón y en los
labios de Adán y así también de cada uno de sus descendientes”,
comenzando con Eva su esposa, por ejemplo. Porque fue Eva “quien
primeramente engañada por el espíritu de error y las mentiras de gran
maldiciones que conlleva”, para el corazón de los que creen en
Satanás, aunque no lo vean así, pero es muy cierto, desde los primeros
días de vida de Adán en el paraíso y hasta nuestros días con sus hijos
en la tierra, “los mata igual”.

Visto que, todo aquel que cree a una mentira, por menor que sea en su
corazón, “le está creyendo a la serpiente antigua del Edén”, para mal
de su vida y de los suyos también, así como Eva primeramente le creyó
a ella, para luego acercarse a Adán y engañar a su linaje humano
fatalmente de parte de Satanás. Eso era todo lo que Satanás tenia que
hacer para matar a Adán, por medio de una tercera persona, es decir,
para hacer que el Espíritu de amor de entre Dios y su Hijo, como el
Árbol de la vida, “muera en el corazón del hombre”, y así alejarlo del
paraíso sin que conozca jamás la verdad ni la justicia real
infinitamente.

Para no sólo comenzar a destruir su vida, sin Jesucristo o sin su
Árbol de la vida en su corazón, sino también empezar a destruir, al
mismo tiempo, la vida santa y pura de los suyos y hasta tocar la misma
vida santísima y sumamente gloriosa de su único hermano verdadero,
santo y fiel del cielo, ¡nuestro Señor Jesucristo! Porque la verdad es
que “cada uno de nosotros es un ciudadano más del nuevo reino de los
cielos” y sin el espíritu de error y de las mentiras usuales de
Satanás y de sus seguidores, como las que se conocen y hasta las que
no se conocen aún, por ejemplo, ¡gracias a la sangre sacrificada de
nuestro Salvador Jesucristo!

Sin Satanás, al instante, somos santos y libres de todo mal como los
ángeles; pero, aún así, como Adán y Eva, por ejemplo, en el paraíso,
necesitamos del Espíritu del nombre y de la vida gloriosa del Árbol de
la vida, ¡nuestro Señor Jesucristo!, para ser “verdaderamente santos
para nuestro Creador y para su Espíritu Santo, hoy y en la eternidad”.
Y desde el día que Adán y Eva conocieron a Satanás, por razones de sus
mentiras en contra de Dios y del Árbol de la vida, nuestro Gran Rey
Mesías, el Hijo de David, entonces “tenemos que volver a ser
injertados a Él”, como Adán y Eva crucificados con clavos y con sangre
sacrificada; de otra manera, no regresamos a Dios jamás.

Es decir, que cada uno de nosotros fue creado por nuestro Padre
celestial: santo, puro y sin ningún defecto en todo nuestro ser
viviente, como cuando Adán y Eva fueron creados en sus manos
santísimas inicialmente, “para sólo conocerle a él, por medio del
Espíritu de amor entre Él y en su Jesucristo, en toda su vasta
creación infinita”. Pero como, desdichadamente, Adán creyó a la
mentira que Eva había creído erróneamente de parte de su mejor amiga,
la serpiente del Edén, pues entonces «creyó a Satanás sin haberlo
visto aún, para mal de su vida y para mal de los suyos también, en
nuestros millares», como tú y yo, hoy en día, en todos los lugares de
la tierra.

Es decir, que fue la mentira que Eva creyó en su corazón en contra del
Árbol de la vida y así también en contra de nuestro Padre celestial,
la cual finalmente creyó Adán para mal de su vida y destierro del
paraíso con todos sus hijos e hijas, como tú y yo, hoy mismo en toda
la tierra. Y así Satanás logra que nosotros no nos formásemos en una
nación santa, en un real sacerdocio, en un pueblo adquirido por
nuestro Padre celestial de las más profundas tinieblas por la
resurrección de Jesucristo, “para que conozcamos su nombre santísimo y
la verdad y la justicia real entre Él y su Hijo Mesías”, ¡el Árbol de
la vida!

Aquí, aparentemente, Satanás se salió con las suyas, riéndose y
gozándose como nunca con son sus mentiras y maldades de siempre, pero
no por mucho tiempo; ciertamente que nuestro Padre celestial fue mucho
más sabio que él, en todo y en todo tiempo también y hasta para
generaciones venideras del futuro, por ejemplo. Y, desde mucho antes
de la creación del paraíso para Adán y para su humanidad infinita de
razas, familias, pueblos y naciones eternas, Satanás y el Ángel del
SEÑOR luchan constantemente con sus fuerzas sobrenaturales del más
allá: “el mal para humillar a Dios y nuestro Señor Jesucristo para
glorificar aún mucho más que antes su Ley y su nombre santísimo”.

Y Satanás ha sido el que siempre ha perdido delante de nuestro Padre
celestial, de su Espíritu Santo y de nuestro Señor Jesucristo con la
ayuda idónea, como siempre, de sus ángeles, arcángeles, serafines,
querubines y demás seres muy santos del cielo. Además, ésta es la
misma lucha de cada día de Satanás y de sus seguidores en la tierra,
es decir, que la mala historia de Adán y Eva en el paraíso se repite a
cada hora del día, «para que la verdad y la justicia de la sangre
santísima que fue inmolada desde la fundación del mundo no se conozca
nunca más».

Además, Satanás hace todos estos males terribles, crueles e inhumanos,
como de costumbre, desde los primeros días de la antigüedad y hasta
nuestros días igual, por ejemplo, por odio de muerte a nuestro Señor
Jesucristo, «la cual es la perfecta imagen y la semejanza viviente de
Dios en cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera». Para
que de esta manera “no haya más pueblo santo para Dios, ni pueblos
adquiridos por la sangre del Señor Jesucristo”, para bendición, para
glorificación santísima y permanente del nombre muy santo de nuestro
Padre celestial y de su Espíritu Santo en el cielo, en la tierra y así
también en La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del cielo.

En donde todo es lleno del Espíritu de amor de nuestro Padre celestial
y de su Hijo, no sólo en los corazones de los ángeles fieles a su
nombre santísimo, sino también “en los corazones de cada hombre,
mujer, niño y niña de las familias de las naciones de mundos antiguos
y de los que han de venir en el futuro también”. Pues todos ellos han
sido creados por las manos santísimas de nuestro Padre celestial y de
su Espíritu, en la imagen y según la semejanza de su Árbol de la vida,
su unigénito, “para que seamos sus hijos e hijas desde ya”, por los
poderes escondidos del Espíritu de fe, en el paraíso, en la tierra y
en La Jerusalén celestial.

Por cierto, éste espíritu de fe, viene a nosotros cada día de nuestras
vidas y aún desde mucho antes que fuésemos creados, por las manos de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo en el cielo, «cuando
Dios mismo ordenó a su Espíritu de la sangre sacrificada”, sacrificada
desde mucho antes de la fundación del mundo, “descender sobre la
tierra”. Y el Espíritu de Dios viene a nosotros, con el fin de
subyugar a Satanás y así comenzar a abrirnos las puertas de las
profundas tinieblas y “comencemos a ser seres vivientes de una nación
santa, pura, sin mancha alguna”, ni relación alguna al pecado de Adán
ni de ningún enemigo de Dios y de su Jesucristo, como Satanás, por
ejemplo.

Por lo tanto, hemos sido levantados del polvo de la muerte de toda la
tierra, para volver a nacer, no de la tierra llena de las profundas
tinieblas de Satanás, sino de la tierra santa del reino de Dios,
“llena de la luz más brillante que el sol, nuestro Árbol de la vida,
nuestro Gran Rey Mesías”, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Dado que, sólo
por medio de Él, no sólo hemos de comer y beber para vida y salud
eterna, sino que también nos constituiremos en una nación santa, pura,
firme y sumamente honrada, para llevar infinitamente el nombre bendito
de nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo, “así como nuestro
Señor Jesucristo siempre lo ha llevado en su corazón fiel”.

En otras palabras, hemos sido creados por nuestro Padre celestial ha
imagen y conforme a la semejanza celestial de su Espíritu Santo y de
su Árbol de la vida, su Hijo amado, nuestro Gran Rey Mesías de todos
los tiempos, “para llevar por siempre y para siempre su nombre muy
santo en perfecta santidad y gloria infinita de nuestro Señor
Jesucristo”. Y por eso es que Satanás nos odia de muerte a cada uno de
nosotros, de igual modo que odia de muerte a nuestro Señor Jesucristo
y a su Espíritu Santo, por ejemplo, desde los días de la rebelión
angelical del cielo, “para que reine por siempre la mentira y la
maldad en toda la vasta creación celestial”.

Es decir, también, que nuestro Padre celestial nos ha creado en sus
manos santas, en su imagen y conforme a su semejanza celestial, como
la de su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, para que tengamos en
nuestros pechos un corazón santo y puro “para llevar de santidad en
santidad y a glorias sin iguales su nombre santísimo en la eternidad”.
En otras palabras, somos templo de Dios y de su nombre muy santo,
gracias al Espíritu de la sangre santísima y sacrificada de nuestro
Señor Jesucristo, la cual nos ungió grandemente, desde mucho antes la
fundación del mundo, para que desde hoy mismo y en la eternidad:
«Alcanzar nuevas glorias y honras jamás alcanzadas por los ángeles
para su nombre santísimo».

Y así podamos anunciar las virtudes escondidas de nuestras mentes y de
nuestros corazones y sólo manifestadas al mundo entero, hoy en día,
como en la antigüedad, por medio del testimonio sublime de su Espíritu
y de su Hijo unigénito, “para que ya no seamos pobres como las
tinieblas de Satanás sino profundamente ricos como la luz admirable de
Jesucristo”. Realmente, somos más que vencederos cada día de nuestras
vidas en la tierra, porque nuestro Señor Jesucristo venció a Satanás y
al ángel de la muerte en cada una de sus mentiras e infamias de
siempre, “para que ya no vivamos más para morir, sino que vivamos para
vivir infinitamente en la tierra y así también en La Nueva Jerusalén
celestial”.

En la nueva tierra con nuevos cielos, creadas por las manos de nuestro
Padre celestial y de su Árbol de la vida, para acomodar las nuevas
vidas de naciones santas, “pueblos adquiridos por el Espíritu de la
verdad y de la justicia infinita de la sangre santísima de nuestro
Jesucristo”, la cual resucita al Tercer Día, para bien de muchos. Para
que de esta forma, seamos reyes y sacerdotes para nuestro Padre
celestial y para su nombre santísimo, para que, anunciemos sus
virtudes celestiales y terrenales de sus ángeles y de sus hijos e
hijas de todas las familias de las naciones de la humanidad entera,
desde los días del paraíso y hasta nuestros días, por ejemplo.

Sí, «somos reyes y sacerdotes», no sólo porque nuestro Padre celestial
nos crea en sus manos santas para ministrar su nombre muy santo en el
cielo, en la tierra y en La Nueva Jerusalén Colosal, sino por la gran
obra de amor de sangre santa del Hijo de David, el Gran Rey Mesías de
todos los tiempos, ¡nuestro Salvador Jesucristo! Para ello, hemos sido
comprados costosamente, desde mucho antes de la fundación del mundo,
con la misma sangre sacrificada, resucita y viva de nuestro Señor
Jesucristo, sobre los cuerpos cruzados y sin vida de Adán y Eva sobre
el monte santo de Jerusalén, en Israel, para volver a nacer en una
vida infinitamente glorificada por Dios y por su Espíritu Santo.
¡Amén!

El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.


¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!


Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.

LAS MALDICIONES BIBLICAS, para los que obran maldad día y noche,
(Deuteronomio 27: 15-26):

“‘¡Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o una imagen de
fundición, obra de mano de tallador (lo cual es transgresión a la Ley
perfecta de nuestro Padre celestial), y la tenga en un lugar secreto!’
Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que le reste importancia a su padre o a su madre!’ Y
todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que cambie de lugar los limites de propiedad de su
prójimo!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que desvié al ciego de su camino!’ Y todo el pueblo
dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que falsee el derecho del extranjero, del huérfano y de
la viuda!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con la mujer de su padre, porque
descubre la desnudes de su padre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que tenga contacto sexual con cualquier animal!’ Y todo
el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su hermana, hija de su padre o hija
de su madre!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que se acueste con su suegra!’ Y todo el pueblo dirá:
‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que a escondidas y a traición hiera de muerte a su
semejante, sin causa alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que acepte soborno para matar a un inocente, sin causa
alguna!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

“‘¡Maldito el que no cumpla las palabras de esta ley, poniéndolas por
obra en su diario vivir en la tierra!’ Y todo el pueblo dirá: ‘¡Amén!’

LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS

Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad
perfecta del Padre celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto
tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de
pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos termine,
cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad. Los ídolos
con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día y noche entre
las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber desobedecido a
la Ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos estos males está
aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el Señor Jesucristo. Cree en
Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe en Él, escaparas los
males, enfermedades y los tormentos eternos de la presencia terrible
de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales en tu vida y en
la vida de cada uno de los tuyos también, para la eternidad del nuevo
reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en
día honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus
ángeles santos. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada
hermana, has sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada
palabra, cada oración, cada tilde, cada categoría de bendición
terrenal y celestial, cada honor, cada dignidad, cada señorío, cada
majestad, cada poder, cada decoro, y cada vida humana y celestial con
todas de sus muchas y ricas bendiciones de la tierra, del día de hoy y
de la tierra santa del más allá, también, en el reino de Dios y de su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las
naciones!

SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS

Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:

PRIMER MANDAMIENTO: “No tendrás otros dioses delante de mí”.

SEGUNO MANDAMIENTO: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

TERCER MANDAMIENTO: “No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios,
porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano”.

CUARTO MANDAMIENTO: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo.
Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será
sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni
tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el
forastero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová
hizo los cielos, la tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y
reposó en el séptimo día. Por eso Jehová bendijo el día del sábado y
lo santificó”.

QUINTO MANDAMIENTO: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días
se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da”.

SEXTO MANDAMIENTO: “No cometerás homicidio”.

SEPTIMO MANDAMIENTO: “No cometerás adulterio”.

OCTAVO MANDAMIENTO: “No robarás”.

NOVENO MANDAMIENTO: “No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo”.

DECIMO MANDAMIENTO: “No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo”.

Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de
Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú
no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de los
tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres de
todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los días
de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día de hoy.
Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino que
sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en cada
una de sus muchas familias, por toda la tierra.

Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:

ORACIÓN DEL PERDÓN

Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu
reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la
tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras
deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos
metas en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el
poder y la gloria por todos los siglos. Amén.

Porque sí perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ”.
Juan 14:

NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.

¡CONFÍA EN JESÚS HOY!

MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.

YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.

- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.

Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):

Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.

QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL
SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.

¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?

¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?

Sí tu respuesta fue Sí, entonces esto es solo el principio de una
nueva maravillosa vida en Cristo. Ahora:

Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El
ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en
un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema
autoridad. Habla de Cristo a los demás.

Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros
cristianos que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de
Jesús te recomienden leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su
palabra sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en
gran cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata
a tu barrio, entonces visita a las librerías cristianas con
frecuencia, para ver que clase de libros están a tu disposición, para
que te ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.

Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.

El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es
la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: “Vivan
tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén”. Por causa de mis hermanos y
de mis amigos, diré yo: “Haya paz en ti, siempre Jerusalén”. Por causa
de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la tierra:
imploraré por tu bien, por siempre.

El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que
respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso!
Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de
todo corazón, con su voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor
al nombre santo de Dios, en la tierra y en las alturas, como antes y
como siempre, para la eternidad.


http://www.supercadenacristiana.com/listen/player-wm.asp?playertype=wm%20%20///


http://www.unored.com/streams/radiovisioncristiana.asx


http://radioalerta.com

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