(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
EXPIACIÓN (REIVINDICACIÓN, ARREGLO) DEL ALMA PECADORA
La sangre del Señor Jesucristo te limpia, te purifica y te hace libre de
los poderes del pecado y de sus profundas tinieblas, como la muerte, si tan
sólo la recibes en tu corazón y en tu vida diariamente para la eternidad
venidera, por amor a la verdad y a la justicia de Dios y de su Espíritu
Santo. Pues esta es la expiación y salvación perfecta, por la cual nuestro
Padre Celestial ha luchado, desde tiempos inmemoriales, para que hoy en
día, por ejemplo, sea una realidad en tu vida, sí tan sólo crees en tu
corazón y oras con tus labios, en el nombre sagrado de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!
Sin la expiación, salvación y reconciliación de la sangre bendita del Señor
Jesucristo emplazada en su corazón, por el poder del espíritu de fe,
entonces ningún pecador ni ninguna pecadora vera la vida eterna de Dios y
de su Espíritu Santo, en esta tierra ni en la venidera del nuevo reino de
los cielos. Es por eso, que la sangre del Señor Jesucristo fue muy
importante para Adán y Eva en el paraíso y aun lo es, hoy en día, en
nuestros corazones, también, de todas las razas, familias, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la humanidad entera.
Solamente la sangre del Señor Jesucristo limpia y purifica el corazón y el
alma eterna del hombre y de la mujer, como el agua y el jabón al cuerpo
humano, de todos los poderes del pecado y de sus profundas tinieblas de
enfermedades y de terribles maldades del más allá, como el infierno y el
lago de fuego, por ejemplo. Y sin la sangre viva y milagrosa del Señor
Jesucristo, Dios jamás pudo comenzar con su Espíritu Santo y sus manos
limpias, santas y puras: la formación de cada hombre, mujer, niño y niña de
la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo,
y su humanidad infinita en toda la tierra, también.
Es por eso, que la sangre viva de nuestro Señor Jesucristo, el Árbol de la
vida infinita, es nuestra única vida, para poder seguir viviendo en la
tierra y así también en la nueva vida infinita de nuestro Padre Celestial
de su nuevo reino de los cielos, en el más allá. Porque sólo la sangre
sagrada del Señor Jesucristo contiene para cada uno de nosotros la verdad,
la justicia, la santidad y la justificación expiatoria de nuestros males y,
por ende, la salvación infinita de nuestras almas eternas, en la tierra y
en el paraíso, también, eternamente y para siempre.
El hombre se perdió en el paraíso, no porque Dios lo quiso así, sino porque
rehusó comer y beber de su vida infinita. En verdad, Adán fue creado en las
manos de Dios, pero lleno de la vitalidad del Árbol de la vida del paraíso
y de toda la creación celestial de Dios y de su Espíritu Santo. Y esta vida
sobrenatural, en la cual Adán fue creado en el principio en las manos de
Dios, es sumamente santa, la cual no puede contaminarse con el pecado de
Lucifer jamás, para seguir existiendo, sino por lo contrario.
Ésta vida única de Adán tenía que continuar santa y libre de toda
contaminación de la presencia rebelde y pecadora de Lucifer, en el paraíso
y en toda la creación celestial de Dios. Y la única manera por la cual la
vida del hombre en el paraíso y de cada uno de sus descendientes pudiese
continuar santa y libre de toda contaminación extraña en su corazón y en
todo su cuerpo, principalmente libre del pecado, seria sólo posible por
medio del fruto de la vida verdadera e infinita.
Porque sólo el fruto del Árbol de la vida puede mantener eternamente y para
siempre libre de toda contaminación extraña y de pecado: el corazón, el
alma, el espíritu y la vida total del ángel y así también de Adán y de cada
uno de sus descendientes, en sus millares, por doquier, en el paraíso y en
toda la creación celestial. Es por eso, que Dios siempre requirió e
insistió que Adán comiese del fruto de la vida celestial, tal cual como los
ángeles obedientes lo han hecho a través de los siglos y hasta siempre
(será así), en la nueva vida venidera, del nuevo reino de los cielos, por
ejemplo.
Dado que, sólo la sangre y la vida gloriosa del Árbol de la vida del
paraíso y del reino puede mantener el corazón, el espíritu de cada ser
creado, como ángeles y así también como hombres del paraíso y de la tierra:
libres de toda contaminación extraña en sus corazones y en todos sus seres
vivientes, también, para siempre. Porque el Señor Jesucristo es como el
jabón y el agua, para lavar, limpiar y santificar: el corazón, el espíritu
y la vida completa de los cuerpos celestiales y terrenales de los ángeles y
de los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, comenzando
con Adán y Eva en el paraíso, por supuesto.
Y para nuestro Padre Celestial, esto se llama "expiación infinita", de los
corazones, de los espíritus, de las vidas y de los cuerpos celestiales y
terrenales de cada uno de sus seres creados, para que se mantengan por
siempre delante de Él: libres de toda contaminación maligna que les pueda
cambiar y hacer daño, en sus vidas. Esto fue algo, que Lucifer ni ninguno
de sus ángeles caídos jamás entendió en su corazón, por más que Dios mismo
se los explico meticulosamente con su palabra santa. Porque todos los demás
ángeles: comieron y bebieron voluntariamente del fruto del Árbol de la
vida, el Señor Jesucristo, y por amor para cumplir la voluntad perfecta del
Creador de sus vidas infinitas, en el reino de los cielos, no pecaron
jamás.
Pero no fue así en absoluto con Lucifer ni con ninguno de sus ángeles
caídos, porque ellos se rebelaron en contra de Dios y de su Árbol de la
vida eterna, para jamás tocar ni menos comer ni beber del Señor Jesucristo,
eternamente y para siempre. Porque ellos pensaron que podían continuar
viviendo sus vidas celestiales y rebeldes, rebeldes eternamente y para
siempre a toda verdad y a toda justicia del fruto del Árbol de la vida, ¡el
Señor Jesucristo! Pero se equivocaron profundamente los enemigos del Árbol
de la vida, delante de Dios y de sus seres santos del cielo y de toda su
inmensa creación celestial y terrenal, también.
Ciertamente, en esto se equivoco Lucifer profundamente junto con sus
ángeles caídos, para así entonces alejarse de su Dios y de su nueva vida
infinita, para jamás volver a ser los seres santos, los cuales Dios mismo
había creado con sus palabras y con su nombre, para el bien de muchos, en
el cielo y en toda la creación. Realmente, Lucifer lo perdió todo con sus
ángeles caídos, para ganar nada en el cielo ni en la tierra; porque Lucifer
desde el día de su rebelión celestial, en el reino de Dios y hasta nuestros
días, no ha ganado nada de nada en contra de Dios, ni de Jesucristo ni de
ningún pecador o pecadora de toda la tierra.
En realidad, la tercera parte de los ángeles del cielo se rebelaron en
contra de Dios y de su fruto de vida eterna, porque pensaron que Lucifer,
por su gran sabiduría celestial, entonces podía exaltar su nombre inicuo
más alto que el nombre del Señor Jesucristo. Y aquí, fue cuando Lucifer
murió como arcángel y se convirtió en el eterno adversario del Señor
Jesucristo en el corazón del pecador, para que ningún ser viviente de toda
la creación, jamás pueda creer en su corazón ni menos confesar con sus
labios: su nombre santo y eternamente glorioso, para bendición eterna de su
vida terrenal y celestial.
En otras palabras, para que ninguno, sea ángel del cielo u hombre o mujer
del paraíso o del mundo, entonces vea la vida eterna en su corazón y con
sus ojos, en la tierra y en el paraíso, sino que siga siendo ciego para con
Dios y para con su nueva infinita del nuevo reino de los cielos, por
ejemplo. Porque la verdad es que Lucifer desea la muerte de todos los
ángeles del cielo y así también de todo hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera del paraíso y de toda la tierra, para que así jamás Dios
sea complacido en su vida y en su justicia infinita, de su Árbol de vida
eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Y esto es algo terrible para Dios y para su vida infinita de su Espíritu
Santo y de sus huestes angelicales del paraíso y del reino de los cielos,
por ejemplo. Por eso, el Señor Jesucristo ha luchado a diestra y a
siniestra para derrotar a Lucifer no con armas y ángeles poderosos, sino
con el poder sobrenatural de los dones del fruto de la vida y de su
Espíritu Santo, viviendo en los corazones de sus ángeles y de los hombres y
mujeres de la humanidad entera.
Entonces, desde los días de la antigüedad y hasta nuestros días, los
ángeles toman gratuitamente de los frutos del Árbol de la vida eterna, para
continuar viviendo con su Dios y Creador de sus vidas, en el reino de los
cielos y así también para jamás alejarse de Él, eternamente y para siempre,
en la nueva eternidad venidera. Porque es el Señor Jesucristo que los
mantiene a cada uno de sus seres creados muy cerca de Dios, para que le
sirvan y le honren día y noche y por los siglos de los siglos, en la nueva
vida celestial del nuevo reino infinito, en donde seguirán honrando los
ángeles el nombre de Dios juntos con la humanidad entera.
Es por eso, que el Señor Jesucristo descendió del cielo para entrar en la
vida del hombre pecador y de la mujer pecadora y hacerlos hijos e hijas de
Dios y de su Espíritu Santo, también, en esta vida para luego entrar en la
nueva vida venidera, del nuevo reino de los cielos, en el más allá. Porque
así como los ángeles, los hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad
entera, tienen que purificar sus corazones, sus espíritus, sus almas y sus
cuerpos de toda contaminación extraña y del pecado, para ser hechos libres
y actos para el servicio del nombre de Dios, no sólo en la tierra, sino
también en la eternidad.
Y esto es expiación del corazón, el alma, el espíritu, el cuerpo y la vida
entera del hombre redimido de toda la tierra, con los poderes
sobrenaturales de la sangre bendita y eternamente poderosa del Árbol de la
vida, ¡el Señor Jesucristo! Porque sólo el espíritu viviente de la sangre
del pacto eterno del Señor Jesucristo y de nuestro Padre Celestial
realmente nos puede limpiar, sanar y librar de todos los males de las
profundas tinieblas de Lucifer y de sus ángeles caídos, en esta vida y en
la venidera, igual, eternamente y para siempre, en el nuevo reino de los
cielos.
Entonces hoy más que nunca, nuestro Padre Celestial desea expiar tu
corazón, tu alma, tu cuerpo y tu vida entera, con el espíritu bendito del
nombre y de la sangre gloriosa del pacto infinito del Señor Jesucristo, si
tan sólo tú se lo permites en un momento de fe y de oración, en su nombre
santo y eternamente honrado. Y ésta es sangre bendita del Árbol de la vida
la que te da vida, derramada desde el día señalado por el SEÑOR sobre los
árboles cruzados de Adán y Eva, para cumplir tu Ley Divina y así ponerle
fin al pecado que te mata diariamente en la tierra y en el más allá, como
en el infierno, por ejemplo.
Y nuestro Dios te ha entregado a su Hijo en tu corazón y en tu alma, porque
sólo Él podía cumplir la Ley Divina que tú no podías honrar en tu corazón
ni menos cumplirla en tu vida, para ponerle fin al pecado y a tus enemigos
eternos de tu verdad y de tu justicia infinita, como Lucifer, por ejemplo.
Es decir, que si el Señor Jesucristo vive en tu corazón, entonces tu Ley
Celestial ha sido honrada y propiamente cumplida en toda tu vida y, además,
cada uno de tus males eternos de tus pecados y de sus muchas tinieblas ha
sido destruido eternamente y para siempre, también, para gloria infinita de
Dios y de su Espíritu Santo.
Así como Lucifer y cada uno de sus ángeles caídos, por ejemplo, han sido
destruidos en tu vida, desde los árboles cruzados de Adán y Eva sobre la
cima de la roca eterna, con el poder de la sangre santa, en las afueras de
Jerusalén, en Israel, para que no te vuelvan hacer ningún mal, eternamente
y para siempre. Realmente, desde el día que el Señor Jesucristo fue clavado
a los palos secos y sin vida de Adán y Eva, sobre la cima de la roca
eterna, en las afueras de Jerusalén, desde entonces no se ha podido jamás
volver hacer una expiación tan sublime y tan profunda como ésta, para tu
alma y toda tu vida, también.
Además, el Señor Jesucristo lo hizo todo muy bien y sin quejarse jamás por
nada y con gran amor en su corazón santo y lleno de la sangre salvadora,
por el amor infinito que nuestro Padre Celestial siente desde siempre por
cada uno de sus hermanos y hermanas, en toda la creación del paraíso y de
toda la tierra, también. Y, hoy en día, nuestro Dios desea hacer esta misma
"expiación divina" de tu corazón, alma, espíritu, cuerpo y de toda tu vida,
también, como se lo hizo a los ángeles y a los hombres y mujeres de buena
fe y de buena voluntad de toda la tierra, sólo en el poder sobrenatural de
su sangre sagrada de su unigénito.
JESUCRISTO SE SOMETIÓ A LA MUERTE, PARA AMARTE MÁS SIEMPRE
El Señor Jesucristo fue quien se dio a sí mismo por nosotros, con el
propósito de redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí mismo un
pueblo propio, santo, justo, honrado, honorable y sobre todas las cosas:
celoso de buenas obras. Por lo tanto, nos entrego de su Espíritu Santo,
para que seamos llenos de sus dones y de sus muchos talentos, para exaltar
por siempre su nombre santo, con buenas obras, en nuestros corazones y en
los corazones de todos los demás, también, en todos los lugares del mundo
entero, para que el pecador se avergüence de su pecado mortal.
Por cuanto, es muy importante que el nombre sagrado de nuestro Padre
Celestial y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, sean por siempre
enaltecidos en las vidas de sus seres creados, sean ángeles del cielo u
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, por ejemplo. Pues
por esta razón, nuestro Padre Celestial crea todas las cosas en los cielos
para los ángeles y para los hombres y mujeres de su humanidad infinita,
para que cada uno de todos ellos siempre tenga todo lo necesario en su vida
para servirle y para honrarle por siempre, no sólo en la tierra, sino
también en la eternidad venidera.
Es decir, para enaltecer su nombre bendito en sus corazones y en todos los
días de sus vidas, también, ya sea en el cielo, en el paraíso, en la tierra
o en todos los lugares de su nueva creación celestial, como su Nueva
Jerusalén Santa e Infinita del cielo, por ejemplo. Y todo lo que nuestro
Dios crea con sus palabras o con su nombre sagrado en todos los lugares del
reino celestial y así también de toda la tierra, realmente, ha sido limpio,
purificado y libre por la sangre divina, de toda contaminación de pecado y
de la maldad del espíritu de error de Lucifer y de sus ángeles caídos.
Para que entonces el servicio a su nombre sagrado, desde los corazones de
los ángeles del cielo o de los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera, sea puro, santo y verdadero delante de su presencia
sagrada, en el cielo y en toda su nueva creación, también. Por lo tanto,
nada de lo que nuestro Padre Celestial nos ha entregado ha sido jamás
contaminado con el pecado o con alguna de sus muchas tinieblas, sino
siempre lleno del espíritu de la sangre bendita del pacto eterno, del Árbol
de la vida y de su Espíritu Santísimo, por ejemplo, en el paraíso y en toda
la tierra, también.
Por lo tanto, todo lo que nuestro Dios nos ha entregado, entonces ha sido
realmente limpio, santo y libre de toda contaminación de Lucifer y de sus
ángeles caídos, por el poder sobrenatural de la sangre expiatoria del
paraíso y de la tierra; porque nuestro Dios no tiene nada de nada de
Lucifer y viceversa. Más, sin embargo, todo lo que Lucifer posee, en
verdad, ha sido robado al hombre, robado a Dios y a su Árbol de vida
eterna, por medio de la caída de Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, al
creer en sus corazones, en sus mentiras y las de la serpiente antigua del
Edén, para mal eterno de muchos.
Es por esta razón, que "la predicación de la palabra y del nombre sagrado"
de nuestro Padre Celestial y de su Árbol de vida eterna son de suma
importancia en nuestros corazones y en todos los días de nuestras vidas, en
la tierra y aun más allá de nuestra nueva vida infinita, en el nuevo reino
de los cielos. Y cada palabra de la predicación de nuestro Señor Jesucristo
y de cada uno de sus discípulos y discípulas contra ataca a cada palabra
dicha por Lucifer, en contra de nuestro Dios y de su Árbol de vida eterna,
en el corazón de Adán y de cada uno de sus descendientes, en el paraíso y
en toda la tierra, también.
Es por eso, que cada vez que la palabra de nuestro Dios y de su Hijo amado
es predicada, entonces Lucifer es una vez más derrotado en el corazón de
cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, y hasta que de él
no quede nada, en la vida de la tierra y del más allá, también. Porque el
enemigo eterno de Dios tiene que por fin, en sus últimos minutos de vida,
doblar sus rodillas delante del Árbol de la vida, para declarar con sus
mismos labios mentirosos, para gloria infinita de nuestro Padre Celestial,
que su Hijo amado, el Señor Jesucristo, es SEÑOR para miles de siglos
venideros, en la nueva eternidad celestial e infinita.
Es decir, que nuestro Dios y su Árbol de vida han derrotado a Lucifer y a
cada una de sus mentiras con las mismas verdades sagradas, vividas por el
Señor Jesucristo durante los días de su ministerio mesiánico en Israel,
para ponerle fin al pecado y a la muerte de todo hombre, mujer, niño y niña
de toda la tierra. Porque nuestro Señor Jesucristo sólo podía ponerle fin
al pecado y a la muerte de cada hombre, mujer, niño y niña de Israel y de
la humanidad entera, por medio del cumplimiento de la Ley de Dios y de
Moisés, en su vida sumamente sagrada y eternamente honrada, en Israel y en
toda la creación celestial, por ejemplo.
Porque la verdad es que si el Señor Jesucristo no cumplía la Ley Divina en
su vida mesiánica, delante de los ojos de los israelíes y de todos los
gentiles del mundo entero, entonces no podía redimir la vida de ningún
hombre, mujer, niño o niña, de los poderes terribles del pecado y de su
muerte infinita, también. Por lo tanto, la venida del Señor Jesucristo a la
tierra, realmente, hubiese sido en vano, para todos eternamente y para
siempre.
Y digo "en vano", porque si la Ley Celestial del paraíso no hubiese sido
honrada en su carne, en su sangre, en su alma, en su espíritu y en toda su
vida, entonces el fin del pecado y su muerte total, en la vida del hombre y
de su humanidad infinita, hubiese sido infinitamente imposible, para
siempre. Pero gracias a nuestro Dios y a su Espíritu, rodeado por siempre
de ángeles, que realmente pudieron ayudar a nuestro Señor Jesucristo vivir
día y noche su vida mesiánica y sacrificada delante de los hombres, en todo
Israel, para que en su último día de vida, entonces destruir al pecado y a
su muerte infinita, también, de la humanidad entera.
Además, es por esta razón, que hoy en día, todos nosotros tenemos vida y
salud infinita en nuestros espíritus en la tierra y así también en el
paraíso y en el nuevo reino de los cielos mucho más alto aun que el reino
de los ángeles, por ejemplo, en el nuevo más allá de Dios y de su Árbol
Viviente. Y nuestro Padre Celestial nos ha entregado lo mejor de él mismo,
su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para que tengamos siempre lo mejor
delante de Él y de sus ángeles santos, en la tierra y en el cielo, también,
eternamente y para siempre.
Es más, todo lo mejor que Dios le ha entregado a sus criaturas, no han sido
a los ángeles del reino celestial, sino a los hombres, mujeres, niños y
niñas del paraíso y de toda la tierra, también, para que vivan por siempre
felices con él y con su Espíritu Santo, en su nueva vida infinita, por el
Señor Jesucristo. Por lo tanto, fue la voluntad perfecta de nuestro Padre
Celestial que su Hijo amado, el Señor Jesucristo, se entregase a la muerte
de los árboles cruzados, secos y sin vida de Adán y Eva, para ponerle fin a
nuestros pecados y así entonces llenar nuestros corazones y nuestras almas
eternas del cumplimiento fiel y completo de la Ley Celestial.
Porque sólo de esta manera, nuestro Dios no sólo nos iba a limpiar del
pecado y de su muerte eterna, sino que también nos haría reyes y sacerdotes
para su nuevo reino celestial; es decir, que vendríamos a ser hijos e hijas
del Altísimo, con mayor rango y gloria celestial que los mismos ángeles del
reino antiguo de los cielos. Por lo tanto, en nuestra nueva vida celestial
del nuevo reino de Dios, nosotros mismos hemos de ser aun mayores en gloria
y en rango celestial que los ángeles antiguos del cielo, nos sólo porque
somos imagen y semejanza de Dios, sino por la misma sangre expiatoria del
Señor Jesucristo viviendo en nosotros, asimismo como vive en Dios, desde
siempre.
SÓLO EL SEÑOR JESÚS NOS LIBRA DEL PODER DE LAS TINIEBLAS
Es por eso, que nosotros tenemos mucho poder en nuestros corazones y en
nuestros espíritus humanos, cuando recibimos el nombre del Señor Jesucristo
en nuestras vidas y así le confesamos con nuestros labios, como nuestro
único y suficiente redentor de nuestras almas eternas, en la tierra y en el
paraíso, también, eternamente y para siempre. Y esto es poder para vida y
para salud infinita de nuestros cuerpos y de todas nuestras vidas
terrenales y celestiales, hoy en día y para siempre, en la eternidad
venidera del nuevo reino de los cielos.
En vista de que, para nuestro Padre Celestial no hay nada que Él no pueda
sanar o restaurar en nuestras vidas, si no es sólo con el nombre del Señor
Jesucristo viviendo en nuestros corazones y en todas nuestras almas
eternas, también. Porque el poder de nuestra fe, realmente empieza en
nuestros corazones, cuando creemos y así confesamos con nuestros labios de
que el Señor Jesucristo es su Hijo amado delante de Él, de su Espíritu
Santo y de sus millares de huestes celestiales, del reino de los cielos.
Además, esta confesión de fe, de nuestros corazones y de nuestros labios,
realmente hace que poderes sobrenaturales del Espíritu Santo de Dios y del
Árbol de la vida comiencen a descender sobre nuestras vidas día y noche y
hasta aun más allá, más allá cuando hayamos entrado a nuestras nuevas vidas
infinitas, del nuevo reino de los cielos, por ejemplo. Porque nosotros
hemos de vivir siempre llenos de los dones, poderes y autoridades
sobrenaturales del Espíritu y de su Árbol Vivo, para entonces sólo así
poder nosotros crecer en la forma, por la cual nuestro Dios nos formo en
sus manos del polvo de la tierra, en el día que nos llamo de las profundas
tinieblas a su luz celestial.
Y nuestro Dios nos ha llamado de las profundas tinieblas de la tierra y del
más allá, también, para gloria infinita de su nombre eterno, para aun así
entonces gloriarse mucho más que antes, desde cuando sus ángeles comenzaron
a gloriarlo y a honrarlo en sus corazones y en sus vidas celestiales del
reino de los cielos, por ejemplo. Es decir, que nuestro Dios "busca mayores
poderes" de gloria y de honra infinita, no sólo en Adán y Eva, como el
primer hombre y la primer mujer de la humanidad entera, sino también en
cada uno de sus descendientes, como tú y yo, hoy en día, por ejemplo, mi
estimado hermano y mi estimada hermana, en toda la tierra.
Es por eso, que nuestro Dios requiere de nosotros, que nos alejemos de
nuestros pecados y de sus muchas tinieblas, para entrar a la luz de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, con la mayor brevedad posible, como hoy mismo,
por ejemplo. Porque sólo el Señor Jesucristo tiene los poderes, autoridades
y los dones sobrenaturales de su cuerpo, de su sangre, de su nombre, de su
vida santísima y de su supremo sacrificio y resurrección gloriosa de
Israel, para nosotros entonces poder, por medio de Él, honrar, servir y
exaltar eternamente y para siempre a nuestro Dios que está en los cielos.
Además, estos son poderes del cielo, que solamente actuarían en nuestras
vidas, no sólo porque el nombre del Señor Jesucristo está instalado en
nuestros corazones, sino por muchas más razones que estas. Y esto es,
porque el espíritu de la vida y de la verdad redentora de la sangre sagrada
del pacto eterno nos limpia y nos hace libres de los males del pecado y de
sus profundas tinieblas, en la tierra y en el más allá, como en el paraíso,
por ejemplo, de donde Adán tuvo que salir por sus tinieblas.
Es decir, que nuestro Padre Celestial nos puede comenzar a bendecir
grandemente y poderosamente en nuestros corazones y en nuestras almas
eternas, también, porque ya no estamos contaminados o sucios con los
poderes terribles del pecado y de sus muchas profundas tinieblas del más
allá, como por ejemplo. Cómo las mentiras de Lucifer en el paraíso, las
cuales nos han hecho tanto daño, con enfermedades terribles de nuestros
corazones y de nuestros cuerpos humanos, como por ejemplo. Como se lo
hicieron a Adán y a Eva, quienes aun tuvieron no sólo que perder sus vidas
celestiales, sino que también murieron para convertirse en esos palos
cruzados secos y sin vida alguna de lo que hayan sido sus vidas en el
paraíso, para recibir a Cristo con clavos y sangre en el altar escogido de
Dios, en Israel.
Es decir, árboles cruzados, secos y sin vida alguna, que en el día señalado
de Dios, entonces tenían que recibir con clavos y sangre santa de la misma
vida gloriosa y honrada del Árbol de la vida, para cumplimento de la Ley y
su bendición y redención eterna de sus almas y la de sus descendientes,
eternamente y para siempre. Por lo tanto, la salvación de todo hombre,
mujer, niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, "no
iba a ser posible, sí el Señor Jesucristo no cumplía primero la Ley del
paraíso en Adán y Eva, por ejemplo", para bien eterno de sus descendientes,
en sus millares, en toda la creación terrenal y celestial, también.
Pues entonces con éste acto heroico de nuestro Señor Jesucristo, para
redimir a Adán y a sus descendientes, de todas las razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos, nuestro Padre Celestial nos ha librado, también, de la
autoridad de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Árbol
Viviente, en quien tenemos asegurado infinitamente: salvación y el perdón
de pecados. Porque nuestro Padre Celestial puede perdonarle al hombre, a la
mujer, al niño y a la niña de todas las naciones de la tierra, cada uno de
sus pecados, con tan sólo creer en su corazón y así invocar con sus labios:
el nombre sagrado del Señor Jesucristo.
Porque eso es todo lo que Dios requirió de Adán y Eva en el paraíso, y así
también de todos sus descendientes, en toda la tierra, como hoy en día, por
ejemplo; Cree en Jesucristo en tu corazón y vivirás feliz y sin pecado
alguno en tu vida por la tierra y el paraíso, eternamente y para siempre.
Porque sólo el Señor Jesucristo es la vida por la cual Dios nos creo en sus
manos santas, del polvo de la tierra del reino celestial, del paraíso y de
toda la tierra, de nuestros días, también, sin pecado alguno, para que
veamos su nueva vida infinita, en sus nuevas tierras con nuevos cielos en
la nueva eternidad venidera.
Entonces sin el Señor Jesucristo en la vida del hombre de toda la tierra,
entonces el perdón de pecados no es posible para nadie, en la tierra ni
menos en el paraíso, eternamente y para siempre. Y si nuestro Dios no nos
puede perdonar nuestros pecados, por los poderes sobrenaturales de su Árbol
de vida eterna, el Señor Jesucristo, entonces aun permaneceremos
eternamente, en nuestras profundas tinieblas de nuestros pecados y de su
muerte infinita, en el lago de fuego, también, la cual es la segunda muerte
para todo espíritu y alma rebelde del pecador.
Es decir, que jamás llegaremos a conocer la vida santa y eternamente
gloriosa del paraíso y de su nuevo reino celestial, por la cual nuestro
Dios en el principio nos creo por amor a su nombre santo y, sobre todas las
cosas, por amor a su Hijo amado, el Árbol de la vida eterna de ángeles y
del linaje humano. Y esto es algo terrible para Dios pensarlo y aceptarlo,
ni por un solo segundo. Entonces ¿cuánto más terrible será para el hombre
pecador vivirlo y sufrirlo día y noche en su vida terrenal, para luego
morir infinitamente entre las llamas del juicio y de la ira eterna de Dios,
en el lago de fuego?
Sí, así es: Ciertamente es terrible tan sólo pensarlo para Dios y su
Jesucristo que descendió del cielo para librarnos de éste terrible mal
venidero hoy mismo si fuese posible para con todo pecador y para con toda
pecadora de la humanidad entera. Pues, mucho más terrible es aun vivirlo,
sufrirlo y luego morir infinitamente en el fuego eterno, como un vil
pecador, algo terrible como esto que nuestro Dios jamás desea para ninguno
de sus enemigos, ni menos para ninguno de la obra perfecta de sus manos
santas, como tú y yo, hoy en día, mi estimado hermano y mi estimada
hermana.
Entonces nuestro Padre Celestial no desea éste mal terrible para ningún
pecador ni para ninguna pecadora en toda su humanidad infinita, del paraíso
y de toda la tierra, también, sino todo lo contrario. Realmente, nuestro
Dios sólo desea la salvación infinita de aquel hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera, hoy en día mucho más que nunca, para que su corazón
y su Hijo juntos con su Espíritu Santo y sus huestes celestiales, entonces
dejen de sufrir por culpa de nuestros pecados y negligencias espirituales,
de nosotros no conocer a Cristo. Porque sólo el Señor Jesucristo es "el
príncipe y mediador de la paz" para Dios y así también para todo ángel del
cielo y para todo hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, en
toda la tierra.
SÓLO EL SEÑOR JESÚS ES EL MEDIADOR ENTRE DIOS Y EL HOMBRE
Porque lo cierto es que hay un sólo Dios y un sólo mediador entre Dios y
los pecadores y pecadoras del mundo entero, Jesucristo hombre, quien se dio
a sí mismo en la muerte, en reconquista por todos nosotros, de los que nos
habíamos perdido en las profundas tinieblas de nuestros pecados, por haber
transgredido la Ley del paraíso. Y, por lo tanto, se dio testimonio a su
debido tiempo a todo el mundo con su humanidad infinita de muchas naciones,
de que sólo el Señor Jesucristo es el verdadero salvador del poder del
pecado y de su muerte eterna, en la tierra y en el fuego eterno del
infierno, también, en el más allá.
Además, esta salvación del hombre es la felicidad de su corazón, por la
cual ha buscado entre piedra sobre piedra y sin dejar ninguna piedra sin
voltear en todo el mundo y hasta ha traspasado el mar y sus profundidades,
también, sin jamás encontrarla, en ningún momento de su vida. Hasta que
finalmente se encuentra con el Hacedor y salvador de su vida, el Señor
Jesucristo, quien realmente ha comprado para él y los suyos, lo que jamás
pudo haber comprado con toda su plata, oro y piedras preciosas de toda la
tierra. Y esto el perdón de sus pecados y la salvación infinita de su alma
viviente.
Porque el gran precio de su salvación, realmente, sólo se podía comprar con
el precio de una sangre santa, pura, gloriosa y sumamente honrada, libre de
todo mal y macha del pecado y de la muerte infinita del más allá, también.
Y esta sangre única y sobrenatural jamás el hombre la encontró en ninguno
de sus corderos, cabríos, vacas o toros de sus manadas muy especiales de
toda la tierra, sino que sólo existía (y existe aun) en la vida gloriosa y
sumamente honrada del Árbol de la vida, del paraíso y del reino de los
cielos, ¡el Señor Jesucristo!
He aquí la razón del porqué, nuestro Padre Celestial le enseño a Adán y a
Eva ha comer por siempre del fruto de la vida eterna, de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo! Porque sólo el Señor Jesucristo era la vida de Adán y de
sus descendentes en todos los lugares del paraíso y de todo el reino de los
cielos, también, como hoy en día con los ángeles, por ejemplo.
Fue por esta razón, que el Señor Jesucristo descendió del cielo para darnos
de su sangre santa y eternamente milagrosa, para ofrecerla sobre el altar
de Dios, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de Jerusalén, en
la tierra escogida de Dios, la cual fluye leche y miel de Canaán de la
antigüedad y de siempre, Israel. Es más, mucho antes de salir a su muerte
cruel de clavos y sangre, sobre los árboles cruzados de Adán y Eva, el
Señor Jesucristo se reunió con sus doce apóstoles, y les dijo: Alzando el
pan al cielo para que sea bendito por nuestro Padre Celestial: Éste es mi
cuerpo, el cual es partido por ustedes.
Coman de él, y no volverán a tener hambre jamás, en esta vida ni en la
venidera tampoco del más allá. Luego alzo la copa delante de sus apóstoles
y del SEÑOR del cielo y de la tierra, y les dijo: Ésta es mi sangre, todo
aquel que de ella beba, no volverá a tener sed jamás, en esta vida ni en la
venidera, también.
Entonces los apóstoles del Señor Jesucristo obedecieron, porque comieron
del pan y bebieron de su copa bendita por nuestro Padre Celestial, la cual
seria su misma sangre, la que derramaría sobre los cuerpos de Adán y Eva y
sobre cada uno de sus descendientes, en toda la creación, para que creyeren
en Él y en su nombre redentor. Porque sólo ésta es la salvación de nuestras
almas eternas, la que nuestro Padre Celestial nos la ha entregado, en la
vida y en la sangre gloriosa y sumamente honrada de su Hijo amado, su Árbol
de vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!, para que hoy en día, gocemos de ella
en nuestros corazones y con nuestros muy amados, por ejemplo.
Por lo tanto, fuera del Señor Jesucristo nosotros no conocemos ninguna otra
salvación celestial de nuestras almas vivientes, en la tierra ni menos en
el paraíso. Porque sólo nuestro Señor Jesucristo es el Árbol de la vida de
los ángeles y de la humanidad entera, en el paraíso y en toda la tierra,
también, eternamente y para siempre. Es decir, que si tratamos de encontrar
una salvación mayor que la de nuestro Señor Jesucristo, entonces estamos
perdiendo el tiempo, el tiempo que nuestro Dios nos ha entregado
momentáneamente para que encontremos al Señor Jesucristo en nuestros
corazones y en nuestras vidas de día a día antes que sea tarde para
nuestras almas eternas.
Porque una salvación mayor que la del Señor Jesucristo, en todo lo que fue
su vida mesiánica en Israel y hasta en su muerte y resurrección de entre
los muertos, en el Tercer Día, desde el fondo de la tierra y hasta lo más
alto del reino de los cielos, realmente, no hay otra igual, jamás, en toda
la creación. Es por esta razón, que el Señor Jesucristo les decía a sus
apóstoles y discípulos, cada vez que tenía la oportunidad de decírselos
así: Yo soy el camino, la verdad y la vida; y más, nadie podrá venir al
Padre Celestial, si no es por mí, únicamente.
Y, aunque mucha gente conoce estas palabras verdaderas y muy directas del
Señor Jesucristo hacia la humanidad entera, aun así hay aquellos que siguen
intentando buscar a Dios, por medio de sus objetos de madera, piedra,
metal, telas y plásticos, por ejemplo; violando así la Ley del paraíso una
vez más, como Adán se rebelo y metió el pie, equivocándose. Y, además, ¿
hasta quién sabe que otras cosas, que las manos pecadoras se las han
inventado para transgredir la Ley del paraíso, de las cuales nosotros no
conocemos aun todavía, para mal eterno de muchos?
Pero nuestro Padre Celestial no podrá jamás ser engañado por ningún pecador
ni por ninguna pecadora ni menos por ningún ídolo ni ninguna imagen de
talla, porque la palabra de los Diez Mandamientos de nuestro Dios es fiel y
verdadera y más no podrán ser jamás burladas por el espíritu de error, de
Lucifer o de sus ángeles caídos. Entonces es muy bueno (y muy saludable,
por cierto), para el corazón y para el alma eterna del hombre, de obedecer
por siempre a su Dios y a su Ley Bendita, de la misma manera que su Hijo
amado lo ha hecho en su vida y aun hasta en su misma muerte de clavos y de
su misma sangre milagrosa.
Ciertamente, nuestro Dios no desea vernos clavos y sangrando por nuestras
culpas y por nuestros pecados, ya el Señor Jesucristo lo hizo por cada uno
de todos nosotros, comenzando con Adán y Eva como árboles cruzados sobre el
altar del paraíso, para ponerle fin al pecado de nuestras vidas y de
nuestros muy amados, igualmente. Pero lo que sí nuestro Dios desea ver en
cada uno de nosotros, en nuestros millares, es que honremos la vida celebre
de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, en nuestros corazones y en cada uno
de todos nuestros días de vida por la tierra y hasta que entremos de lleno
en su nueva vida infinita y celestial del cielo.
Si, esto si desea ver el SEÑOR día y noche en cada uno de nosotros, a su
mismo Señor Jesucristo crecer en nuestras vidas, desde nuestros corazones y
hacia una nueva vida santa, angelical e infinita de su nuevo reino
celestial, en la tierra y en el más allá, también, como en su Nueva
Jerusalén Perfecta del cielo, por ejemplo. Porque el nuevo reino de los
cielos, aunque no lo creas así, mi estimado hermano y mi estimada hermana,
realmente comienza en la tierra, de nuestros días y de siempre. Muchos
piensan que el nuevo reino de los cielos comenzó en el antiguo reino
celestial, por ejemplo, pero no es así.
La verdad es que el nuevo reino de los cielos empezó entre los hombres,
mujeres, niños y niñas de Israel y de las naciones, como hoy en día, por
ejemplo, con los que realmente aman a su Dios con sus corazones y con sus
mismas vidas día a día y por siempre en la nueva eternidad venidera. Porque
todo aquel que desee amar a su Dios en la tierra, en su nueva vida
celestial e infinita, entonces debe comenzar con el Señor Jesucristo y
desde ahora mismo, como en su hogar, en su propia casa y con su propia
familia, amistades y amigos, para luego entrar al cielo y seguir amando a
su Dios, mucho más que antes.
SÓLO EL SEÑOR JESUCRISTO RESCATA DE LA VIDA PECADORA
Entonces tengan siempre presente en sus corazones, que ustedes mismos han
sido redimidos de su manera pecadora de vivir, la cual heredaron de sus
antepasados, no con cosas corruptibles como dinero, oro o plata, sino con
la propia sangre preciosa del Señor Jesucristo, como la de un "cordero
celestial", perfecto, santo sin mancha y sin contaminación alguna de
pecado. Porque sólo un cordero del mismo paraíso celestial, en donde
comenzó el pecado de Adán, podía realmente liberarnos de los poderes
terribles del pecado y de sus profundas tinieblas de su muerte eterna y de
la destrucción total de nuestras almas y vidas, en el lago de fuego
candente y eternamente tormentoso del más allá.
Fue por esta razón, que nuestro Padre Celestial, cuando le hablaba a Adán,
por ejemplo, entonces le decía que él y su esposa Eva tenían que comer y
beber de su fruto de vida eterna del Árbol Viviente, el Señor Jesucristo,
el cual estaba emplazado en el epicentro del paraíso. En aquel día, Adán y
Eva comieron y bebieron de algunos de los frutos de los árboles del
paraíso, pero no del Árbol de la vida.
Luego, Lucifer se aprovecho de ellos, engañándolos con palabras mentirosas,
para arrancarles la vida celestial y gozosa del paraíso. Estas palabras
mentirosas, él no se las podía decir a ellos, personalmente. Pero, si usaba
a alguien más cercano a ellos, como la serpiente del Edén, por ejemplo, la
cual era muy amiga de Eva, entonces podía hablarles al corazón sus mentiras
mortíferas y eternamente fatales, para que las crean y luego mueran en
rebelión y desobediencia a Dios y a su fruto de vida eterna, ¡el Señor
Jesucristo!
Y así fue, Adán y Eva no comieron jamás del fruto de vida eterna, el Señor
Jesucristo, sino del fruto prohibido, para mal de sus vidas y de muchos
inocentes, en el cielo y en toda la tierra, también, como en nuestros días,
por ejemplo, cuando vemos el pecado proliferarse por doquier, como flor
silvestre. Fue por esta razón única, por la cual Adán y Eva se perdieron en
sus profundas tinieblas de sus pecados, para no volver a ver la vida
celestial jamás.
A no ser, claro, que nuestro Dios y su Árbol de vida haga algo por ellos y
los rediman de sus males eternos del paraíso, de la tierra y del fuego
eterno del infierno, por ejemplo. Porque ambos, y así también cada uno de
sus descendientes, estaban eternamente perdidos en sus delitos y pecados,
por haber creído al espíritu de mentira y de error eterno, de la boca de la
serpiente antigua y de Lucifer.
Ahora, la única manera que éste espíritu de error y de gran maldad del
corazón y de la sangre del hombre podía salir de Adán (y de sus
descendientes), era sí tan sólo creyera en su corazón y así confesare con
sus labios: el nombre salvador del Señor Jesucristo, ¡el Hijo amado de
Dios!, ¡el Santo de Israel y de la humanidad entera! Es decir, que lo único
que todo pecador y así también toda pecadora tiene que creer en su corazón
y confesar con sus labios, es que sólo el Señor Jesucristo es el camino, la
verdad, la vida; y el regreso al paraíso y a los brazos de su Padre
Celestial que está sentado en su trono santo, en el cielo.
Porque esta es la salvación, la cual nuestro Padre Celestial nos entrego a
cada uno de nosotros, en nuestros millares, en todos los lugares de la
tierra, por medio de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!; y, además, ha
sido lo mejor que el hombre ha recibido en su corazón y en toda su alma
viviente, también de parte de Dios. Porque sólo el Señor Jesucristo es
nuestra salvación perfecta, de nuestros corazones y de nuestras almas
eternas, en la tierra y así también en el paraíso.
Porque si Adán hubiese comido y bebido del Árbol de la vida, el Señor
Jesucristo, entonces también cada uno de sus descendientes, en sus
millares, de todas las razas, pueblos, linajes, tribus y reinos de la
tierra, comenzando con Eva, por ejemplo. Es decir, que todos hubiesen sido
redimidos por el Señor Jesucristo, desde el comienzo de todas las cosas,
con Eva y cada uno de sus hijos e hijas, en todas las naciones del mundo
entero y el paraíso para que entren a la nueva creación venidera de Dios y
de su Árbol de vida eterna, por ejemplo, como la Nueva Jerusalén. Porque el
epicentro de la Nueva Jerusalén del nuevo reino de Dios es el mismo Árbol
de la vida, ni más ni menos, ¡el Señor Jesucristo! Si, sólo el Señor
Jesucristo es el epicentro de toda vida celestial, como siempre ha sido
desde el comienzo de todas las cosas, en los primeros días de la
antigüedad, por ejemplo, y hasta nuestros días, también.
Desdichadamente, como Adán se descuida de su responsabilidad de comer y
beber del Señor Jesucristo en el paraíso, entonces también Eva y cada uno
de sus descendientes por igual, como sucede hoy mismo en toda la tierra,
para vivir en la oscuridad, en vez de la luz celestial de la nueva vida
infinita de Dios y de sus huestes celestiales. Es por esta razón, que el
hombre, la mujer, el niño y hasta la niña de la humanidad entera, siempre
se han descuidado (no todos, pero si muchos) de comer y beber del Señor
Jesucristo delante de Dios y de su Espíritu Santo por medio de la oración,
para perdón de sus pecados y sanidades de sus corazones y cuerpos.
Es por eso, que el Señor Jesucristo es muy importante en nuestros corazones
y en nuestras vidas, para no sólo crecer en el poder y la sabiduría de
nuestro Dios, sino también para que nuestros espíritus, almas eternas y
nuestros cuerpos con sus órganos vitales, también, entonces estén por
siempre: libres y limpios de todo mal del enemigo. Porque muchos de los
males, si no todos, que el hombre, la mujer, el niño y la niña siempre han
sufrido, realmente, ha sido por causa del pecado y del poder maligno del
enemigo de Dios y del Señor Jesucristo, Lucifer y sus ángeles caídos, por
ejemplo.
Pero si nosotros creemos en el Señor Jesucristo, como dice Dios y su
Escritura, entonces ningún mal del enemigo nos podrá hacer daño jamás, sino
que permaneceremos por siempre en un buen estado de salud y de crecimiento
espiritual, en la tierra y así también en el paraíso y en La Nueva
Jerusalén Santa e infinita del cielo, por ejemplo. Porque nuestro Señor
Jesucristo nos dijo: He aquí que yo les doy poderes sobrenaturales en mi
nombre, sobre todos los males y las serpientes del enemigo. Y ningún mal
jamás les hará daño, en esta vida ni en la venidera, tampoco, para siempre.
Porque es nuestro Dios y los poderes sobrenaturales de los dones del
Espíritu Santo es que nos ayuda día y noche por amor al nombre sagrado de
su Hijo amado, el señor Jesucristo, viviendo en nuestros corazones y en
nuestras vidas, por ejemplo, en todos los lugares de la tierra, para crecer
espiritualmente y ser sanos para Dios, en todo. Es decir, también que con
el nombre del Señor Jesucristo viviendo en nuestros corazones, entonces no
sólo crecemos espiritual, corporalmente (y en muchos otras fases de nuestra
vida terrenal), sino que realmente vivimos una vida sana, feliz y agradable
en verdad y en justicia celestial, como en el paraíso, por ejemplo, para
con nuestro Dios que está en el cielo.
De hecho, ésta es la vida, la cual nuestro Dios ha escrito y señalado con
sus manos santas, en la vida misma y sumamente gloriosa de su Árbol de
vida, el Señor Jesucristo, para cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, en el paraíso.
Por eso, todos ustedes tengan siempre presente en sus corazones, de que han
sido rescatados de su mala manera de vivir, toda contraria a la Ley de Dios
y del paraíso, también, como Adán y Eva, por ejemplo, cuando vivieron sus
vidas celestiales en el paraíso, erróneamente contrarios al fruto de la
vida eterna, ¡el Señor Jesucristo!
Además, éste rescate de sus almas ha sido con la misma sangre gloriosa y
sumamente honrada del corazón y de las venas sagradas del "Cordero Escogido
de Dios", para limpiarlos, purificándolos de los males del pecado y de la
muerte, en la tierra y en el fuego del infierno, por ejemplo, en un día
como hoy, para la eternidad venidera. Porque todo aquel que no ha sido
lavado su corazón, su alma, su cuerpo y toda su vida, en el espíritu de la
fe, de la sangre y del nombre glorioso del Señor Jesucristo, entonces no
vivirá su nueva vida eterna, la cual Dios mismo le entrega a la humanidad
entera, sobre su altar eterno, en las afueras de Jerusalén.
SÓLO EL SEÑOR JESUCRSITO NOS JUSTIFICA DE TODO PECADO
Porque todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios jamás, siendo
justificados sin costo alguno, sino sólo por su gracia, mediante la
redención que es sólo posible en creer en el corazón y en confesar con los
labios al Señor Jesucristo, para todo hombre, mujer, niño y niña,
comenzando con Adán, por ejemplo, desde el paraíso y hasta siempre. Porque
esta salvación de Dios y del Señor Jesucristo es única para el corazón del
pecador y de la pecadora de toda la tierra.
Y sin esta salvación celestial, entonces nadie jamás podrá ver a su Dios y
Creador de su vida, en esta vida ni menos en la venidera del nuevo reino de
los cielos. En verdad, todo pecador y toda pecadora han de permanecer
perdido, eternamente y para siempre, entre las profundas tinieblas de las
palabras mentirosas de Lucifer y de la serpiente antigua del Edén, para
jamás ver la luz de los nuevos días de la tierra infinita y de sus cielos
gloriosos del nuevo más allá de Dios y de su Jesucristo.
En tanto que, los que creen en el corazón y así confiesan con sus labios al
Señor Jesucristo, como su único y suficiente redentor de sus vidas,
entonces pasan de las tinieblas del mundo bajo, como el mundo de los
muertos o el infierno, ha ver sólo la luz celestial de la vida eterna más
brillante que el Sol. Es más, ésta luz celestial y divina es muy bien
conocida y hasta podríamos decir compatible, con nuestros corazones y con
nuestras almas inmensas, en la tierra y así también en el paraíso o en el
nuevo reino de los cielos, de Dios y de sus millares de huestes celestiales
y eternamente santas.
Además, esta luz viviente, realmente, es la misma luz que nuestro Dios le
ofreció a Adán y a Eva para que la recibiesen en sus corazones en el
paraíso, para la nueva vida perpetua, como La Nueva Jerusalén Santa e
infinita del Árbol de la vida del gran rey Mesías de Israel de la
humanidad entera, ¡el Señor Jesucristo! Porque ésta luz celestial de Dios y
de su Jesucristo tiene que resplandecer en el corazón y en el alma eterna,
de cada hombre, mujer, niño y niña de la humanidad entera, de la misma
manera como resplandece desde siempre, en las vidas celestiales de los
ángeles del reino infinito, por ejemplo. Porque fue ésta misma luz del
fuego de la zarza, la cual ardía pero no hacia daño a nada en todo su
alrededor, sino que vino a expiar por los pecados de Israel, para hacerlos
libres del poder del cautiverio eterno de Egipto, por ejemplo.
Es más, sólo ésta luz divina de Dios y redentora, del alma perdida del
pecador y de la pecadora de la humanidad entera, resplandecerá con gran
gloria y con gran honra, sólo en la verdad y en la justicia infinita del
Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!, en todos los días de la nueva
eternidad venidera del nuevo reino celestial. Es por eso, que nuestro Padre
Celestial siempre deseaba que Adán y Eva fuesen los primeros en recibir
esta luz celestial del Árbol de la vida y de su Espíritu Santo, en sus
corazones eternos, para que sus vidas resplandezcan gloriosamente en sus
flamantes vidas celestiales del paraíso y así también de sus nuevas vidas
gloriosas del nuevo reino venidero.
Porque nuestro Padre Celestial siempre soñó por unas tierras nuevas y con
cielos nuevos, llenos de la luz más brillante que el Sol, la luz de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, para que así jamás vuelvan a reinar las
tinieblas de las mentiras de Lucifer, en los corazones y en las almas
eternas, de sus hijos e hijas. Y estos nuevos hijos e hijas de Dios,
realmente, somos nosotros, en nuestros millares, de todas las razas,
pueblos, linajes, tribus y reinos del mundo entero, de los que creemos en
nuestros corazones y confesamos con nuestros labios, en oraciones, rezos,
suplicas, alabanzas de glorias infinitas a nuestro Dios que está en los
cielos, de que Jesucristo es el SEÑOR.
Puesto que, todo aquel que invocare el nombre del SEÑOR, en los últimos
días, como dice la Escritura, entonces será salvo de sus pecados delante de
Dios y de su Espíritu Santo, y podrá comer y beber del Árbol Viviente, en
la tierra y así también en el paraíso, para llenarse y hasta abundar de
vida y de salud eterna, infinitamente. Porque nuestra salvación está en los
cielos y también nuestra nueva vida eterna, escondidas entre los frutos de
la vida infinita de Dios, el Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo! Es por
eso, que estamos aun llamados por Dios mismo, como llamo a Adán y a Eva,
por ejemplo, en el paraíso, ha comer y beber de su fruto del Árbol de la
vida, sobre la cima de la roca eterna, en el epicentro del paraíso, para
ser llenos de la vida celestial de su nuevo reino venidero.
Realmente, esta era una salvación infinita, la cual ninguno de nosotros
jamás la pudo alcanzar, ni Adán ni Eva, tampoco, aunque ellos vivieron y
vieron cara a cara al fruto de la vida eterna, el Señor Jesucristo, con sus
propios ojos para conocerlo y saborearlo con sus corazones y con sus almas
celestiales. Pero no lo hicieron así en sus flamantes vidas gloriosas y
celestiales, porque no entendían nada de nada de Dios y de su Jesucristo,
así mismo como todo pecador de toda la tierra, de hoy en día, por ejemplo.
No entendieron nada ni obedecieron, tampoco, cuando tuvieron la gran
oportunidad de hacerlo así en sus corazones, porque Lucifer se aprovecho de
ellos y los engaño con sus mentiras, como suele hacerlo con todo pecador y
pecadora de la tierra, para que pierdan sus vidas y así entonces mueran sin
el perdón de Dios y sin su salvación infinita. Pero después de todo, damos
gracias a nuestro Padre Celestial, porque ha vencido a Lucifer y a sus
ángeles caídos en los corazones de las gentes de gran mentira y maldad
entera, con la misma vida y sangre gloriosa de su fruto de vida eterna, su
Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Si, nuestro Dios venció a Lucifer en el día que el Señor Jesucristo
descendió del cielo, para nacer como hombre entre los hombres de Israel y
de la humanidad entera, con el fin de cumplir la Ley, en los árboles
cruzados de Adán y Eva y así entonces ponerle fin al pecado, de una vez por
todas y para siempre. Y como el Señor Jesucristo puso fin al pecado y cada
una de sus maldiciones eternas, también, como la muerte siendo la principal
de ellas, entonces podemos vivir y ver la vida desde ya, en la tierra y
hasta que entremos de lleno a nuestra nueva vida infinita, del paraíso o de
La Nueva Jerusalén Eterna del nuevo reino celestial.
Por ello, ya que todos pecaron y fueron destituidos de la gloria divina
celestial del reino de Dios, por la cual fueron creados en el principio del
polvo de la tierra, en las manos sagradas de nuestro Dios, entonces no
podrán jamás alcanzar la verdadera gloria infinita de su Creador, si no
Dios mismo no interviene y los ayuda. Y es aquí, cuando el Señor Jesucristo
viene a nosotros, para ayudarnos con su verdad, con su justicia y con su
amor infinito, lleno día y noche de los dones sobrenaturales de los poderes
de la vida sagrada, del Árbol de la vida y de su Espíritu Santo, para
rescatarnos y hacernos libres eternamente, de todo mal eterno del enemigo.
Y así hacernos libres para siempre de todos los males del pecado y de sus
muchas enfermedades mortales del alma, las cuales nos agobian, sin que el
hombre de la ciencia de toda la tierra pueda hacer nada por nosotros,
porque la solución no está en sus manos, sino en las mismas manos creadoras
de Dios y de su Jesucristo. Por lo tanto, sólo el Señor Jesucristo nos
ayuda día y noche, en la tierra y en el paraíso, también, por amor a la
perfecta voluntad de nuestro Padre Celestial, quien siempre nos ha querido
ver, libres de todos los males de las mentiras de Lucifer y, a la vez,
llenos de su vida santísima.
Además, esta vida santísima de Dios y así también de todo ángel del cielo y
del hombre del paraíso y de toda la tierra ha sido desde siempre: el Árbol
de la vida y de su Espíritu Santo, también, desde hoy mismo y por siempre,
en la eternidad venidera del nuevo más allá, de Dios y de sus huestes
celestiales. Entonces hoy en día y así como siempre, nuestro Dios desea que
estés con él, sólo por medio de su Árbol de la vida, como se lo pidió a
Adán, por ejemplo, en el principio de todas las cosas del paraíso, porque
sólo Jesucristo le complace en toda verdad y justicia, de su corazón lleno
de la Ley del paraíso.
Es decir, también, de que si tú no le puedes complacer a tu Dios y Creador
de tu vida por medio de tu verdad y de tu justicia personal, todo lo que
sea y que la hayas vivido en tu vida por la tierra, entonces tienes en Dios
mismo al Señor Jesucristo, para ayudarte más allá de tus posibilidades. Sí,
tienes a Jesucristo, su Árbol de vida infinita del paraíso y de la tierra,
también, quien si puede complacer al SEÑOR del cielo y de la humanidad
entera, en su perfecta verdad y en su perfecta justicia infinita, para que
jamás seas condenado por tu vida pecadora, sino que veas la vida eterna,
desde ahora mismo y para siempre. Dale gracias a Dios y al cielo, por la
expiación constante de tu vida, por los poderes sobrenaturales de la
misericordia y de la gracia infinita de la sangre viviente del "Cordero
Escogido de Dios", ¡el Señor Jesucristo!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es
contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el nombre del
Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras almas te adoran,
Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra a tu nombre y obra
santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo, también, para siempre,
Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado, el Señor Jesucristo.
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la verdad
de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para que la
omnipotencia de Dios no obre en tu vida, de acuerdo a la voluntad perfecta
del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero todo esto tiene un fin en
tu vida, en ésta misma hora crucial de tu vida. Has de pensar quizá que el
fin de todos los males de los ídolos termine, cuando llegues al fin de tus
días. Pero esto no es verdad. Los ídolos con sus espíritus inmundos te
seguirán atormentando día y noche entre las llamas ardientes del fuego del
infierno, por haber desobedecido a la Ley viviente de Dios. En verdad, el
fin de todos estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el
Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando siempre tu fe
en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos eternos de la
presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de espíritus infernales
en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos también, en la eternidad
del reino de Dios. Porque en el reino de Dios su Ley santa es de día en día
honrada y exaltada en gran manera, por todas las huestes de sus santos
ángeles. Y tú con los tuyos, mi estimado hermano, mi estimada hermana, has
sido creado para honrar y exaltar cada letra, cada palabra, cada oración,
cada tilde, cada categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor,
cada dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y cada
vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas bendiciones de la
tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más allá, también, en el
reino de Dios y de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso
de Israel y de las naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu corazón,
para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la tierra y en el
cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde los días de la
antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que
esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de
la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás culto, porque yo soy
Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la maldad de los padres sobre
los hijos, sobre la tercera y sobre la cuarta generación de los que me
aborrecen. Pero muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman
y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu Dios, porque
Él no dará por inocente al que tome su nombre en vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis
días trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día será sábado para
Jehová tu Dios. No harás en ese día obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu
hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu animal, ni el forastero que está
dentro de tus puertas. Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la
tierra y el mar, y todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día.
Por eso Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se
prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".
NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu prójimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la
mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni
cosa alguna que sea de tu prójimo".
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos males
en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos, también.
Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa de Dios, en la
vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos desean ser libres
de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque tú no lo veas así, en ésta
hora crucial para tu vida y la vida de los tuyos, también. Y tú tienes el
poder, para ayudarlos a ser libres de todos estos males, de los cuales han
llegado a ellos, desde los días de la antigüedad, para seguir destruyendo
sus vidas, en el día de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males
en sus vidas, sino que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada
nación y en cada una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor Jesucristo.
Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos juntos la siguiente
oración de Jesucristo delante de la presencia santa del Padre Celestial,
nuestro Dios y salvador de todas nuestras almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de tu
nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino, sea
hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El pan
nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas, como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas
líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos
los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y la
VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ". Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y su
MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer día
por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu vida y sea
tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE AL SEÑOR
SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un pecador y
necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su SANGRE PRECIOSA y
ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo
a venir a mi corazón y a mi vida, como mi SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva
maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios, orando
todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en El ESPÍRITU
SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros cristianos en un Templo
donde Cristo es predicado y la Biblia es la suprema autoridad. Habla de
Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos que
los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te recomienden
leer y te ayuden a entender más de Jesús y de su palabra sagrada, la
Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran cantidad en diferentes
temas, en tu librería cristiana inmediata a tu barrio, entonces visita a
las librerías cristianas con frecuencia, para ver que clase de libros están
a tu disposición, para que te ayuden a estudiar y entender las verdades de
Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que te
goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así comiences a
crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de Jerusalén
día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta es la tierra,
desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la tierra: todas
nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras almas vivientes. Y nos
dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno: "Vivan tranquilos los que te aman.
Haya paz dentro de tus murallas y tranquilidad en tus palacios, Jerusalén".
Por causa de mis hermanos y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti,
siempre Jerusalén". Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el
cielo y en la tierra: imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de los salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de Dios
a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo que respira,
alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el Todopoderoso! Y esto es, de
toda letra, de toda palabra, de todo instrumento y de todo corazón, con su
voz tiene que rendirle el hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en
la tierra y en las alturas, como antes y como siempre, por la eternidad.
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