'Eres
blanca y hermosa como tu madre'... 'En un país de fábula vivía un viejo
artista'... '¡No puede ser! Esa mujer es buena'.... Seguro que las conoce: 'La
tabernera del puerto' se estrenó en Barcelona en 1936, y está considerada una de
las mejores piezas del género, en cuyo 'templo', el Teatro de la Zarzuela de
Madrid, se presenta esta notable producción de 2006. Setenta años después, la
buena música de Pablo Sorozábal a un impecable libreto de Federico Romero y
Guillermo Fernández-Shaw, aseguran una agradable velada. Tres actos, hora y
media sin intermedios inoportunos, escenografía expresionista, ritmo continuado,
aires evocadores del pasado, elenco de primera categoría. Función
redonda. Bien interpretados y cantados todos los papeles. Buen trabajo
de adaptación de Luis Olmos, director de este Teatro desde hace cinco años.
La
Compañía Nacional de Teatro Clásico inicia la temporada en su sede provisional
-y sin embargo, eterna- del Teatro Pavón de Madrid, con el mismo mérito y con el
mismo acierto con que terminó la pasada. ¿De cuándo acá nos vino el placer de
escuchar los fantásticos versos de Lope de Vega en una exquisita puesta en
escena donde todo casa a la perfección y produce el efecto gratificante sobre
nuestro vapuleado espíritu que precisamente buscamos cuando vamos al teatro? La
CNTC gira continuamente por toda España: no duden en acudir a verla.
Andrea
di Pietro della Góndola (1508-1580), que pasará a la historia con el sobrenombre
de Palladio, en alusión a Palas Atenea, la diosa de la sabiduría, renovó la
arquitectura viajando a las esencias, se inspiró absolutamente en la tradición
grecolatina para proponer edificios públicos y privados caracterizados por su
belleza, su equilibrio, su integración en el entorno y su ausencia de
ampulosidades gratuitas. Su obra es tan vigente hoy como hace cinco siglos.
La
Fundación Juan March inaugura la temporada con la modestia y precisión de
costumbre. Y lo hace con una exposición a mayor gloria de los amantes,
practicantes y diletantes del arte de dibujar. Caspar David Friedrich
(1774-1840) era un artista místico que creía en la presencia divina en la
naturaleza, en su poder de despertar lo mejor del ser humano, en un panteísmo
-siempre cristiano- de bosques y roquedales trasmisores de bondad. Dibujar con
estos presupuestos debe notarse. Y se nota.
Exultante.
Graciosa. Reparadora. Con noviembre, el Teatro Real estrena en un necesario giro
de tuerca tras la controvertida Lulu: el 'dramma giocoso' de Gioachino Rossini
'L'italiana in Argeli', en versión burbujeante de Joan Font y sus Comediants.
Una despampanante naufraga italiana capturada por corsarios turcos ridiculizará
al mujeriego y fatuo bey Mustafá, en una parodia del diálogo/choque de
civilizaciones para mayor gloria de la 'furbicia' (astucia) italiana. Esta vez
el baqueteado abonado del Real no sufrirá de un montaje reduccionista que
agudice las dificultades de la pieza, como pasó en el primer estreno de la
temporada. Todo se entiende, todo se goza, y todo se disfruta mientras esperamos
a monsieur Mortier.