Infra arte
Juan Bas
Diario El Correo 04/03/2009
Este pasado domingo fui a ver la exposición de Murakami que se exhibe en
el Guggenheim. Me produjo impresiones contrapuestas, encontradas. Por un
lado, y principalmente, el estar ante la obra chabacana y trivial de un
vendedor de humo, un constructor y pintor de diversos artefactos y
adefesios de estética manga que lo consagran como el Andy Warhol -otro
ilusionista del envoltorio, del paquete de aire, que supo llamar la
atención en el momento adecuado y en el lugar adecuado- japonés. Por
otro, cierta atracción morbosa por esos mismos engendros, una suerte de
regodeo 'kitsch' ante ese despliegue de material propio de tienda de
chucherías, de complejo de Peter Pan obsceno con 'tripi' y decoración de
bar para pedófilos. Algo tiene. Y me desconcierta que lo tenga. No
obstante, ¿es arte? No sé. Quizá un infra arte, muy acorde con estos
tiempos de lo inmediato y lo superficial. Recordé la secuencia de
'Fraude', la última película de Orson Welles, en la que el director
pasea por delante de la impresionante catedral de Chartres con capa y
sombrero negros y fumando un enorme cigarro. Frente a ese incontestable
exponente del arte, Welles se refiere el cuento de Kipling en el que el
primer hombre está haciendo dibujitos con un palo en el suelo arcilloso.
El diablo se le acerca por detrás a contemplar su obra y le dice: «Es
bonito, ¿pero es arte?».
Se denomina síndrome de Stendhal al arrebato de emoción ante la belleza
de una obra de arte. Le sucedió al gran escritor en Florencia, en una
iglesia cuya belleza arquitéctonica le embriagó tanto que se le saltaron
las lágrimas y estuvo a punto de desvanecerse. En lo de Murakami, padecí
en un momento dado lo opuesto. Una de las obras es un gran globo de
colores chillones, como los que compramos a los niños en las barracas,
con la forma de la cabeza de Mickey Mouse y una boca de feroces dientes.
Varias personas lo miraban muy serias mientras escuchaban la explicación
que respecto al globo les daban sus sendos audio guías. Sentí con fuerza
el síndrome de 'Gran Hermano', lo mismo que me asaltó una vez que estuve
viendo esa mierda de programa un buen rato. Fue una fuerte sensación de
vergüenza, no ajena, sino propia, por estar perdiendo el único
patrimonio de la vida, el tiempo, en la contemplación de un bodrio. Huí
del Guggenheim lo más rápido que pude, no a la busca del tiempo perdido,
que es imposible, sino del primer bar abierto, que, según en qué zonas,
también es tarea ardua en domingo.
Juan Bas
Diario El Correo 04/03/2009