“Puede haber sexualidad
sin amor; pero no puede haber sexualidad con crueldad”
(aforismo implicado)
En 1999,
Christopher Chabris y Daniel Simons, investigadores de la Universidad de
Harvard, hicieron una experiencia a la vez simple y sobrecogedora.
“Nuestros alumnos -dicen- consiguieron voluntarios a los que les
presentaron un video de un partido de básquetbol: les pidieron que
contaran la cantidad de pases que hacían los jugadores de blanco, pero que
ignorasen los de los de negro. El video duraba menos de un minuto, e
inmediatamente después de finalizado les preguntábamos cuántos habían
contado. Debían observar el video atentamente y asegurarse de incluir en
su cuenta tanto los pases aéreos como los de rebote”. Durante el video,
una estudiante disfrazada de gorila entraba en la escena, se detenía entre
los jugadores, miraba a cámara, levantaba el pulgar y se retiraba, luego
de haber permanecido alrededor de nueve segundos en pantalla. Sin embargo,
¡la mitad de las personas estaba tan concentrada en los pases que no había
visto el gorila! (extraído de un trabajo de Antonio Elio
Brailovsky)
(APe).- La experiencia que sirve
de sustento a un interesante análisis de Brailovsky no podría haberse
realizado en la Argentina de hoy. Hay especialistas en ciencias de la
comunicación, politólogos, opinólogos, encuestólogos, que dedican las
mejores horas a detectar gorilas. De ver ese video, con seguridad sólo
hubieran detectado el gorila. En fin, cada experiencia sólo tiene
conclusiones válidas dentro del territorio donde fue realizada. Pero que
marca un tema trascendente: admitir la existencia, tanto en cada uno de
nosotros, como en grupos y diversos colectivos, del escotoma. O
sea: un punto ciego de su percepción. Aquello que no vemos por más que lo
miremos. Freud señaló que los escotomas del psicoanalista son efecto de
conflicto no resueltos. Y que impiden mirar, o escuchar, digamos percibir,
en el otro aquello que en nosotros mismos no percibimos. ¿Tiene esto
alguna importancia para nuestra vida cotidiana? Pienso que tiene mucha
importancia, y que negar esa importancia puede ser la diferencia entre la
vida y la muerte. Una víbora venenosa no es una lombriz grandota. Pero
alguien que en toda su vida solo vio lombrices, puede confundirse
fácilmente. Es necesario, sin embargo, insistir en que hay determinadas
situaciones que favorecen que el escotoma pase inadvertido. La más
importante: estar importante. Estar en una estructura jerárquica de poder
donde nuestra mirada esté subordinada a lo que se autoriza a mirar. Desde
ya, no siempre con normativas explícitas, claras, y verbales. Muchas veces
es más una forma de ambientar el diálogo, una forma (tonos y gestos) que
lo literal de un discurso, de una indicación, o de una pregunta. Si la
madre nos muestra el dibujo que su hijo realizara, y con voz de taladro
eléctrico nos pregunta: “¿no me vas a decir que no es una
maravilla?”, la respuesta conciliadora será que iniciamos ya los
trámites para llevar ese dibujo mamarracho a la categoría de, por lo
menos, patrimonio cultural de la humanidad. El problema es cuando el
taladro eléctrico de perforar tímpanos y cerebros lo usamos nosotros. La
Academia es una estructura de poder. En el mejor de los casos, ese
fundante es la ciencia. Pero sabemos desde la Reforma Universitaria de
1918, la lucha del Mayo francés de 1968, la lucha de los estudiantes
chilenos de 2010, para citar sólo tres, que no siempre es el fundante que
prevalece. Todo tipo de intereses, desde el prestigio hasta el dinero,
atraviesan y a veces perforan, el fundante científico de la Academia.
Pienso que Jorge Corsi se constituye en un analizador de lo que denomino
el Escotoma Académico. La revelación de pertenecer, incluso ser el jefe,
de una banda de pedófilos, nos dejó a todas y todos, aunque naturalmente
no de la misma manera, con las vergüenzas al aire. Al menos, todas y todos
los que se reconocen como “psi” y especialmente, los más cercanos a los
temas del abuso sexual infantil, la pedofilia y el incesto. Me animo a
sostener que nadie lo hubiera podido anticipar, ni siquiera en una
bajísima probabilidad. Pero el escotoma siguió haciendo estragos luego de
que la acusación se hiciera pública. Pasaron años antes de que en forma
colectiva los profesionales psi pudieran discutir el tema. Brailovsky se
lo cuestiona: “¿Qué nos pasa que tenemos los fenómenos más relevantes
delante de los ojos y no los podemos ver? Las ciencias sociales, que
someten todo a crítica ¿han hecho una mirada crítica sobre sí mismas?”
Junto a la psicoanalista Marita Muller, coordinamos un Taller en el
Segundo Congreso sobre Abuso Sexual para trabajar sobre las vivencias,
sensaciones, ideas, que todas y todos teníamos desde el momento del
conocimiento público de los delitos cometidos por Corsi. Fue muy
importante escuchar el impacto emocional que esta situación había tenido,
muy especialmente en sus discípulos y seguidores. Del “no lo podía creer”,
hasta el profundo dolor de tener que pensarlo. Varios años fueron
necesarios para conseguir armar este dispositivo. Lo que se observó como
reacción inmediata fue el despegue instantáneo del tipo: “Corsi, me
suena, pero conmigo nunca trabajó”, hasta la más fácil y cobarde:
retirar sus libros de los estantes. Casi tan malo el remedio como la
enfermedad. Los libros que Corsi escribió (los menos) y que compiló (los
más) son la confesión de parte. En el grado máximo de implicación posible,
el autor describe con la objetividad del científico lo que terminará
realizando, con la plena subjetividad del psicópata. Es en esos textos
donde están todas las claves que explican las conductas de Corsi, las
mismas que no pudieron ser anticipadas por los escotomas de los más
cercanos y los más lejanos. ¿Acaso todo puede ser anticipado? La función
profética no tiene que ver con una certeza. Apenas con una probabilidad,
pero justamente aquella que ni siquiera es considerada por la “buena
gente”. Así cayó “Troya”, no una, sino muchas veces. Lo terrible es que
siempre es necesaria la declaración de la víctima, como en el caso de la
hija de Martins, y de Susana Trimarco, y de las madres de la plaza, y de
las madres del dolor, para que alguien mire al victimario. El Victimario,
como función y rol social, tiene siempre la cualidad del hombre invisible.
Se lo ve tardíamente, y siempre por sus efectos. El Victimario
invisibiliza su crueldad, que es la planificación sistemática del
sufrimiento. No son actos espontáneos, reactivos, irracionales. Como la
tortura, y se me impone el recuerdo de “El señor Galíndez” de Eduardo
Pavlovsky, todo está planificado y jerárquicamente decidido. El Victimario
tampoco espera para transformarse la luna llena. Todas las lunas le
sirven, incluso algunos días de sol. Por eso sostengo que la impunidad es
una premisa y no un efecto. Hay impunidad antes del delito, y cometido
éste, se prolonga en la ausencia de castigo. O en el castigo a la víctima,
porque el “por algo será” sigue cruzando con su manto de neblina hipócrita
al cuerpo social. A diferencia del “divino marqués”, Corsi no terminará
sus días en el Hospicio de Charenton. No sé cómo terminará sus días, ya
que por científico no creo que goce de la popularidad que en su tiempo
tuvo el “bambino” Veira. Solamente Gustavo Barros Schelotto tuvo la
dignidad de enfrentarlo, y le costó su lugar en el club de la mitad más
uno. Corsi libre, con un juicio abreviado, mientras Susana Trimarco esperó
10 años para que empiece el juicio por el secuestro y esclavitud sexual de
su hija, nos hace profetizar con poco riesgo de error, que una vez más, el
Victimario será condecorado. ¿Habrá que apelar a la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, como lo hicieron Nora y Eduardo ante
el asesinato impune de su hija Marcela Iglesias, cuando hace 16 años le
cayó en la cabeza un ornamento en el Paseo de la Infanta? En la
actualidad, ese Paseo tiene el nombre de Marcela. Pero esto no es
justicia. Los nombres de todas las víctimas no son trueque para sostener
la impunidad del Victimario. Habrá que terminar con lo que denomino “las
vidas del privilegio”. Personas, organizaciones, ideas, linajes que tienen
“fueros culturales especiales”. Una de las tantas formas de la divina
impunidad. Solamente así la espantosa historia del “otro Marqués” habrá
servido para algo.
Edición:
2170