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[PRENSA] Críticas El País 05-08-05

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Nacho

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Aug 5, 2005, 4:20:25 AM8/5/05
to
Cañonazos de fogueo
JAVIER OCAÑA
EL PAÍS - 05-08-2005

LA ISLA
Dirección: Michael Bay. Intérpretes: Ewan McGregor, Scarlett Johansson, Sean
Bean, Steve Buscemi. Género: ciencia-ficción. EE UU, 2005. Duración: 136
minutos.

Un buen guión, en las manos equivocadas. Michael Bay, con su estética de
acelerado anuncio de perfumes y su empeño en convertir todas sus películas
en una apoteosis de la explosión, ha barnizado una escritura resultona con
una enorme capa de supuesto espectáculo visual y le ha quedado una de esas
bombas rellenas de nada a las que ya nos tiene acostumbrados. La isla,
historia ambientada en un futuro próximo acerca de la clonación, la
hipervigilancia, las innovaciones científicas y el control de las masas, se
une así a la larga lista de cañonazos de fogueo creados por Bay en los
últimos años, caso de La roca, Armageddon o Pearl Harbor, en la que fue
capaz de trivializar un drama como el del histórico bombardeo hasta venderlo
casi como una victoria de Estados Unidos.

Tampoco es que el guión de La isla, ideado por Caspian Tredwell-Owen (y
culminado por Alex Kurtzman y Roberto Orci), descubra la pólvora, pero sí
que mezcla bien unos cuantos referentes básicos de la historia de la
literatura y del cine con una pizca de observación de la sociedad
contemporánea y de las líneas de avance de la medicina, la ciencia y la
política de los Gobiernos más poderosos.
Chistes lamentables

Si obviamos un par de lamentables chistes con las mujeres y los homosexuales
como pasto de las gracias, las líneas generales de la película tienen fuste
en su base, marcada por algo así como el descubrimiento del Santo Grial de
la medicina. En La isla se dan cita la vigilancia exhaustiva del Gran
Hermano de 1984, de George Orwell, además de algunas de sus tramas
secundarias -la amistad entre encerrados que comienzan a hacerse preguntas,
la pareja que se escapa...-; la luminosa estética de color blanco y la
prohibición del sexo de THX1138 (George Lucas, 1971); los invernaderos de
cuerpos humanos de Coma (Michael Crichton, 1978); la burocracia futurista de
Gattaca (Andrew Niccol, 1997); la obsesión por la seguridad de Minority
Report (Steven Spielberg, 2002) y, por supuesto, los diseños urbanísticos de
Blade Runner (Ridley Scott, 1982).

Un cúmulo de citas que podría haber tenido su chispa si no fuera porque,
pasados tres cuartos de hora de película, Bay vuelve a lo de siempre, a sus
mil planos por minuto, a los gratuitos movimientos de cámara y, en
definitiva, a preocuparse más por las inevitables luchas de artes marciales
y persecuciones automovilísticas que por la lógica de sus personajes y la
presumible potencialidad y profundidad de la historia.

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Deslumbrante
M. T.
EL PAÍS - 05-08-2005

TIERRA NEGRA
Director: Ricardo Iscar. Intérpretes: actores no profesionales. Género:
documental, España-Alemania, 2004. Duración: 92 minutos.

A veces, las desmayadas carteleras del verano nos sacuden con alguna
propuesta inesperada, como esta Tierra negra, un documental del que mucho se
había oído hablar en los cada vez más amplios círculos del documental
español. Y merece mucho la pena verlo, porque con su impecable factura, su
insobornable sentido del rigor narrativo y su arriesgado rodaje, el filme
está llamado a ocupar un lugar de honor entre los que hablan de la lucha por
la supervivencia.

Rodada en el leonés valle de Laciana, sobre todo alrededor de las minas de
Villablino, el filme es un recorrido puntilloso, a menudo sobrecogedor por
la cotidianidad de los mineros que arrancan el carbón de las entrañas de
unas minas que, en algunos casos, resultan tan antiguas y peligrosas como
para que nos hagan sufrir en cada momento por la suerte de quienes son
captados por la cámara y por el operador mismo. Rodado sin afeites, el filme
tiene un tono pausado y grave, que se corresponde con la dura existencia de
sus protagonistas. Es un prodigio de sinceridad, un ejercicio extremo de
coherencia ética y narrativa.

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Aventuras australianas
M. TORREIRO
EL PAÍS - 05-08-2005

EL VIAJE DEL EMPERADOR
Dirección: Luc Jacquet. Intérpretes: con las voces de José Coronado y
Maribel Verdú (versión española) y Charles Berling y Romaine Boringher
(versión original). Género: documental de naturaleza, Francia, 2005.
Duración: 85 minutos.

La apuesta que afronta el francés Luc Jacquet con un filme como El viaje del
emperador tiene, a priori, las características de un suicidio: filme rodado
enteramente en la Antártida, con único (y absorbente) protagonismo de una
sola raza de aves, el pingüino emperador; su duración, que se acerca a la
hora y media, amenaza con hacer que el respetable termine odiando para
siempre a tan simpáticos como poco expresivos personajes. La razón por la
que no termine haciéndolo es que, por el medio, se ha operado un aparente
milagro: con paciencia y una astucia considerables, Jacquet nos ha
literalmente obligado a identificarnos con sus criaturas, hasta el punto de
sufrir, gozar y regocijarnos con lo que en la pantalla vemos. Lo dicho: casi
un milagro.

Y sin embargo, la operación no tiene nada de sobrenatural, antes bien, es
una buena lección de cómo utilizar creativamente los recursos dramatúrgicos
que cualquier narrador mínimamente avezado suele emplear en los filmes de
ficción. El primer elemento sobre el que descansa todo el sentido de la
peripecia, que sumariamente cuenta un año en la vida de una pareja de
pingüinos y el nacimiento de su cría (y más generalmente, el ciclo completo
de la existencia de la especie), es la voz off, sin la cual la película
literalmente no existiría.

No se trata aquí de individualizar, mediante la asignación de un nombre, a
uno o varios individuos de entre una manada, como hacen algunos documentales
de sobremesa al uso, sino de hacer que la voz responda desde la
subjetividad, encarnándose en el personaje. De esa manera, se obtiene una
identificación secundaria sumamente eficaz, aunque un tanto tramposa, porque
lo mismo vale para que suframos con los emperadores como para disimular si
en realidad se trata de quien se nos dice que son los protagonistas, o de
otros parecidos.

El segundo elemento que ayuda a conferir rotundidad a lo narrado en El viaje
del emperador no es otro que el viejo tema del viaje: se trata de recorrer
territorios hostiles, de afrontar peligros innominados (aquí, una feroz foca
a la que vemos en sangrienta acción) y de regresar a tiempo para que la
nueva vida no perezca... un elemento de suspensión de la incredulidad que va
tan bien a cualquier narración que se precie. El viaje, además, incluye como
un adosado programa narrativo tanto al azar como a lo inesperado: si se
podrán superar las dificultades del terreno, si se encontrará la entrada
para penetrar, desde los hielos eternos al océano que es la fuente nutricia
principal de los pingüinos; si las inclemencias del tiempo austral, con sus
40º bajo cero, permitirá el regreso; si, en fin, la orientación será lo
suficientemente atinada y fina como para permitir el regreso sin
dificultades junto al resto del pueblo pingüinil...

Sagaz y afectiva
Pero estos elementos no serían nada sin lo que de verdad hace de El viaje
del emperador una película sagaz y efectiva: la emoción que el guión,
escrito por el propio realizador, explota a gusto, haciendo que el
espectador sufra con las andanzas y la indefensión de los improbables
héroes, pero que también obtenga las compensaciones que toda narración sabia
sabe administrar con un muy especial cuidado.
Y el resultado es una película que a lo que menos se parece es a lo que en
realidad es, un documental más o menos interesante sobre la vida de la
criatura que vive en los ámbitos más meridionales del planeta en los que la
vida es posible, y a lo que más, a una película de ficción, con sus avances,
sus retrocesos, sus silencios narrativos, sus especulaciones, su suspense.
Emocionante cuando toca, agónica cuando se nos invita a sufrir con ella, El
viaje del emperador es un largometraje que se ve casi siempre con gusto... a
lo que no es ajeno un uso majestuoso de su impecable fotografía y unos
omnipresentes intérpretes que si no han cobrado por su trabajo, bien podrían
exigirlo.

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Miradas femeninas
M. T.
EL PAÍS - 05-08-2005

¿POR QUÉ LAS MUJERES SIEMPRE QUEREMOS MÁS?
Directora: Cécile Telerman. Intérpretes: Mathilde Seigner, Judith Godrèche,
Anne Parillaud, Pascal Elbé, Mathias Mlekuz, Thierry Neuvic. Género: comedia
dramática, Francia, 2004. Duración: 105 minutos.

En los años dorados del cine clásico, sobre todo en EE UU (pero no sólo
allí), floreció un tipo de filmes, a medio camino entre el melodrama y, en
ocasiones, la comedia amarga que respondió, a falta de mejor taxonomía, por
women's pictures. Estas "películas para mujeres" no estaban hechas, en la
abrumadora mayoría de los casos, desde una perspectiva femenina, sino que
aprovechaba, a veces con evidente descaro, su universo y sus problemas para
intentar pescar a su espectadora en los dobles programas del cine entonces
dominante familiar: eran mensajes patriarcales, sí, pero con cierta mala
conciencia.

Mucho ha cambiado el cine desde entonces (y no siempre para mal, antes al
contrario). Pero no han cambiado algunos tics y algunas estrategias de
captación del espectador. Por ejemplo, esta película de la belga Cécile
Telerman, nueva en esta plaza (y en cualquier otra: es su filme de exordio),
tiene las pintas de una película para mujeres de antes, pero con una mirada
definitivamente diferente. Se asemeja a sus abuelas en una cosa: en la
indisimulada simpatía con que observa a sus personajes femeninos, que son
algo así como el sentido mismo de la apuesta; en la propuesta de sus
caracteres, llenos de matices pero también con soluciones vitales no
demasiado radicales en los comportamientos finales de los personajes.

Esta simpatía, esta comprensión, para sus criaturas mujeres lleva a la
directora Cécile Telerman a no detenerse demasiado en la descripción de los
caracteres de sus compañeros de reparto, mucho más sumariamente presentados,
menos llenos de matices, infinitamente menos interesantes; en ocasiones,
mucho más impresentables. Se podrá argüir, y suele ser siempre una coartada
para las narraciones que ostentan un cierto aire posmoderno, que al fin y al
cabo la cineasta habla de lo que mejor conoce. Pero ninguna dramaturgia que
merezca la consideración de adulta pasa por alto que cuanto más enjundioso
sea el conflicto que el filme muestra, mucho más interesante resulta para
todo tipo de espectadores, hombres incluidos.

Película coral
Pero más allá de esto, lo que hace a un filme como ¿Por qué las mujeres
siempre queremos más? (discutible reinterpretación hispana del más comedido
título original, Todo por complacer) una propuesta un punto más interesante
respecto a la media de los filmes que se le parecen, es un más aquilatado
pulso a la hora de definir las fobias, filias, angustias e ilusiones de sus
protagonistas. Todas con profesiones liberales, más o menos casadas y con
una edad parecida (ninguna de ellas volverá a cumplir los 30 años) y las
tres un punto infelices con lo que tienen en casa (un marido volcado
obsesivamente en el trabajo y con una oportuna amante; una pareja bohemia
con tendencia a pasar mucho tiempo en la cama, y hasta un compañero que
abandona a una de ellas al comenzar la función), sus caminos vitales las
abocan a una cotidianidad no precisamente excitante y a unas frustraciones
de las que la ficción las salva personalmente para depositar (casi toda) la
responsabilidad en el otro sexo.

La verán con mucho gusto los amantes de las ficciones con toques
ejemplarizantes. Pero sobre todo ese sector del público femenino que se
siente muy a gusto en la piel de heroínas con las que resulta relativamente
fácil la identificación. Y también, por qué no, los degustadores de buenos
trabajos interpretativos, de los que el filme regala algunos ejemplos más
que notables (Judith Godrèche y Mathilde Seigner, significadamente). No es
poco para los tiempos que corren.

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Provocación
M. T.
EL PAÍS - 05-08-2005

UN AÑO CON TRECE LUNAS
Dirección: Rainer W. Fassbinder. Intérpretes: Volker Spengler, Ingrid Caven,
Gottfried John, Elisabeth Trissenaar, Eva Mattes. Género: drama, Alemania
Occidental, 1978. Duración: 124 minutos.


De las tres películas que rodó el bulímico, compulsivo Rainer W. Fassbinder
en 1978, tal vez ninguna es más brutal y directa que esta Un año con trece
lunas, uno de los títulos más provocadores, chocantes e inteligentes de su
apasionada filmografía. Que el redescubrimiento de su obra, vía DVD y ahora
también en pantalla grande, es una de las noticias de este verano está fuera
de duda; también, que el contenido modélicamente polémico de sus propuestas
sigue ahí, interrogándonos, increpándonos con la misma fuerza que entonces.

Tiene Un año..., terrible peripecia de un transexual (Spengler) que se
emascula por amor, sólo para recibir la indiferencia de su objeto de deseo,
las hechuras de un discurso sobre la marginalidad autoasumida, pero también,
y sobre todo, sobre la angustia y la incomprensión que vive aquel cuya
sexualidad escapa a la comodidad de la norma. Tiene, también, la orgullosa
independencia de no contar la historia desde la conmiseración, sino
exponiéndola con la limpieza y la fría crueldad con que un carnicero ejecuta
a una res. Y tiene, igualmente, otra cosa casi perdida en el cine de autor
que hoy se nos sirve en los cines: la capacidad revulsiva de provocar
discusión, polémica, angustia...

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Tópicos homosexuales
J. O.
EL PAÍS - 05-08-2005

TORMENTA DE VERANO
Dirección: Marco Kreuzpaintner. Intérpretes: Robert Stadlober, Kostja
Ullmann, Alicja Bachleda, Miriam MOrgestern. Género: melodrama. Alemania,
2004. Duración: 94 minutos.

La confusión sexual durante la adolescencia es un clásico emocional
provocado por la mala educación. La que hemos tenido hasta ahora. Tormenta
de verano, segunda película del alemán Marco Kreuzpaintner, analiza el
despertar homosexual de un chico enamorado de su mejor amigo, como ya
hicieran Los juncos salvajes (André Téchiné, 1994) o Krámpack (Cesc Gay,
2000). Una historia tan cargada de tópicos que estropea sus iniciales
posibilidades, si no cinematográficas, al menos sí educativas.

Los campamentos vacacionales, las clases de gimnasia, los bailes lentos y
las miradas homosexuales con fondo musical, el onanismo comunitario, las
novias engañadas, la crema en la espalda... Tormenta de verano sigue paso a
paso lo ya visto una y mil veces. ¿Estereotipos? Quizá, pero también
realidades contrastadas. Al menos en la primera media hora de película. Sin
embargo, ese equipo oficial de piragüismo formado exclusivamente por gays,
no sólo reconocidos sino orgullosos de sí mismos y de ondear su bandera a
través de un mensaje en sus propias camisetas, es, además de poco verosímil,
un indecente truco de escritura.

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Gigi
ROGER SALAS
EL PAÍS - 05-08-2005

Gigi se realizó en 1958. Sus principales intérpretes fueron Leslie Caron,
Maurice Chevalier, Louis Jourdan, Hermione Gingold, Eva Gabor y Jacques
Bergerac.
Director: Vincente Minnelli. Productor: Arthur Freed. Guionistas: Colette y
Alan Jay Lerner. Fotografía: Ray June y Joseph Ruttenberg. Música: Miklos
Rozsa.

Vincente Minnelli (que se llamaba en realidad Lester Anthony) procedía de
una familia de pobres cómicos de la legua y estaba ya encaramado a un
escenario con cuatro años, lo que explica su devoción por lo estrictamente
teatral; también es importante saber que profesionalmente empezó a tener
éxito como diseñador de vestuario (lo que preparó su sensibilidad desde muy
temprano para dar a los trajes la verdadera importancia que tienen en un
filme); trabajó en las Ziegfield Follies (que diez años más tarde
convertiría en película propia con Fred Astaire y Lucille Bremer) y fue
director de arte en el Radio City Music Hall de Nueva York; era de Chicago,
pero soñaba con Europa o, al menos, con representarla, y de ahí dos de sus
filmes más conocidos: Un americano en París y Gigi. Y en ambos filmes, una
misma estrella: la francesa de madre norteamericana Leslie Caron.

Leslie Caron, con madre también bailarina de éxito, fue una ballerina de
ballet clásico venida a más por mor de Hollywood. Su carrera sufrió el mismo
"accidente dorado" que también tuvieron reconocidas divas del tutú, con
diferente fortuna, como Liudmila Tcherina y Moira Shearer, entre otras.
Leslie, como tantas bailarinas de su época, dio tumbos, volvió
ocasionalmente al ballet y hasta quiso hacer carrera de escritora (su libro
de relatos Vengeance, publicado en 1983, es algo truculento, y hasta tiene
visos autobiográficos), para terminar en los cameos de la serie televisiva
Falcon Crest; sus únicas apariciones recientes en el cine han sido en
Chocolat, junto a Juliette Binoche y Judi Dench, y en El divorcio en 2003
junto a Glenn Close. En Gigi consiguió el estatus de icono: retratada con
mimo, vestida con delicado instinto, Minnelli la depositó en ese parnaso de
personajes que, sacados de la literatura, adquieren para siempre un rostro
en el cine.

Leslie Caron había ingresado en la compañía Ballets de los Campos Elíseos en
1946 tras los estudios en el Conservatorio de París, y además de bailar bien
era tan hermosa que se volvió la preferida de los dos grandes fotógrafos de
la época, el inglés Baron y el francés Serge Lido. Esto la hizo famosa fuera
de los decorados de Chatelet, y allí en París la descubre Gene Kelly
(primero en las fotos de Lido y luego al verla bailar), para recomendarla a
Minnelli y debutar en Un americano en París.

Antes, el coreógrafo de origen ruso David Lichine la había escogido para su
ballet La rencontré (también llamado Edipo y la Esfinge), donde creó para
ella el papel de la Esfinge. Roland Petit la volvió a rescatar de las
sutiles garras del celuloide para La bella durmiente, que estrenaron en
Londres con gran éxito. Pero finalmente el cine pudo más y vinieron Lilí y
Las zapatillas de cristal, entre otras películas. Minnelli la adoró siempre,
y así la unió a Fred Astaire en Papá piernas largas, donde hacían un agudo
contraste entre el clasicismo de ella y el terrenal baile de él.

Al llegar al rodaje de Gigi, ambos, director y actriz, ya tenían sus propias
experiencias con el cine musical. Ella estaba en el esplendor de su belleza,
siempre con algo de sensualidad muy a flor de piel, y Minnelli quería volver
a París.

Se ha escrito mucho sobre las influencias que han ejercido sobre Minnelli
tanto Erté como Wilde, el dantismo y hasta Proust. Lo cierto es que esa
esforzada estilización de lo parisino rezuma cultura y, sobre todo, buen
gusto, algo de lo que Hollywood nunca estuvo sobrado. Y es ese sentido de la
estética lo que le lleva al diseñador, fotógrafo y figurinista inglés Cecil
Beaton. Juntos, para Gigi, decidieron ese tránsito del impresionismo
pictórico al art nouveau decorativo, que también había sido el de la primera
juventud de la autora del libro, Colette (que tuvo varias), sin desdeñar las
alusiones a Utrillo en las calles mojadas, a Renoir en las abultadas
enaguas, a Monet en los chalecos de los señores y en el colorido de los
sombreros.

Es contradictorio cómo llegó Minnelli a la conversión del petit roman de
Colette en película (en sus memorias no lo aclara del todo). Lo que sí está
claro es que conocía a la obra y a la autora y que el gato de la abuela de
Gigi es un homenaje a la escritora (que vivió hasta su muerte rodeada de
ellos), que ya en el librito no se cortó a la hora de retratar con afilada
crueldad a ese viejo verde, Honore Lachaille (en el filme, Maurice
Chevalier), que celebra los intentos de suicidio de una mujer enamorada.

Es inevitable comparar los trabajos de vestuario de Cecil Beaton en My Fair
Lady y Gigi, pues con ambos obtuvo premios y elogios casi unánimes y hay
muchas cosas coincidentes. En Gigi, siendo menos espectacular, el diseño es
más precioso y preciso, resultando una obra redonda en su concepción
estética y donde el británico fuerza el estilo con cierto desparpajo por
encima de cronologías y criterios de época, acercándose al instinto
teatralizante y fantástico de Minnelli.

Así dibuja a una Gigi deslumbrante y algo dramática para su debut social y
para lo que debía ser el camino de rosas con espinas a la profesión de
concubina de lujo de Gaston Lachaille (Louis Jourdan), con el inolvidable
traje de raso duquesa color marfil y las golondrinas de terciopelo azul
noche revoloteando en el escote y los redondos hombros de la Caron, que
lleva en esa escena de conquista (y no es baladí) la media luna de
brillantes en el pelo, que es el símbolo triunfante de Diana Cazadora.
Tampoco respeta Beaton la época para acentuar las distancias con el
personaje de la tía abuela Alicia (Isabel Jeans), una ex cortesana de altos
vuelos que instruye a su sobrina adolescente en tales menesteres y aparece
vestida más o menos como un pastel rococó de Fragonard en seda lila (¡y el
decorador la sienta en sillitas recamier del mismo color!), lo que debía ser
el colmo de lo edulcorado, pero está todo tan bien pensado y armado que no
desentona, sino que se amalgama en un ambiente ecléctico donde abundan los
restos de la decoración segundo imperio, labor hecha por dos maestros de
Hollywood: Henry Grace y Keogh Gleason, con la dirección de arte de Preston
Ames, y todos ellos ganaron oscars ese año 1958, de esos oscars que algunos
se empeñan en diagnosticar como menores y que en realidad tantas veces
comprometen y deciden el destino de la película.

En Gigi, filme y novelette, hay también un eco de Bernard Shaw (Pygmalion) y
de Wilde (La importancia de llamarse Ernesto), esa mezcla capaz de equiparar
sueños y veleidades algo proustianamente, pues Gigi es también Albertine,
sólo que la simple heroína que encarna Leslie Caron no desaparece, sino que
se deja querer por las circunstancias; su aparente rebeldía sólo consiste en
encogerse de hombros, aceptar las manipulaciones de un destino que podía ser
peor, colocarse la pulsera de esmeraldas y, mientras tanto, sonreír y bailar
en Moulin Rouge.

El musical de las nueve estatuillas
Arthur Freed, mítico productor de musicales de la MGM, quería que Alan Jay
Lerner y Frederick Loewe, autores de la versión teatral de My Fair Lady,
escribieran un guión original para la ocasión. Sin embargo, Loewe, que nunca
había hecho nada para la gran pantalla, rechazó la oferta y Lerner usó
algunos diálogos originales de la novela de Colette para confeccionar el
guión. La película obtuvo nueve oscars, entre ellos los de mejor director
para Vincente Minnelli, mejor guión para Alan Jay Lerner y mejor canción
para Frederick Loewe y el propio Lerner.

--
Saludos
NACHO


charo

unread,
Aug 5, 2005, 2:33:11 PM8/5/05
to
Nacho wrote:

> Deslumbrante
> M. T.
> EL PAÍS - 05-08-2005
>
> TIERRA NEGRA
> Director: Ricardo Iscar. Intérpretes: actores no profesionales. Género:
> documental, España-Alemania, 2004. Duración: 92 minutos.
>
> A veces, las desmayadas carteleras del verano nos sacuden con alguna
> propuesta inesperada, como esta Tierra negra, un documental del que mucho se
> había oído hablar en los cada vez más amplios círculos del documental
> español. Y merece mucho la pena verlo, porque con su impecable factura, su
> insobornable sentido del rigor narrativo y su arriesgado rodaje, el filme
> está llamado a ocupar un lugar de honor entre los que hablan de la lucha por
> la supervivencia.
>
> Rodada en el leonés valle de Laciana, sobre todo alrededor de las minas de
> Villablino, el filme es un recorrido puntilloso, a menudo sobrecogedor por
> la cotidianidad de los mineros que arrancan el carbón de las entrañas de
> unas minas que, en algunos casos, resultan tan antiguas y peligrosas como
> para que nos hagan sufrir en cada momento por la suerte de quienes son
> captados por la cámara y por el operador mismo. Rodado sin afeites, el filme
> tiene un tono pausado y grave, que se corresponde con la dura existencia de
> sus protagonistas. Es un prodigio de sinceridad, un ejercicio extremo de
> coherencia ética y narrativa.
>


Alguien sabe dónde puedo encontrar este documental?, me interesa muchísimo.

> Provocación
> M. T.
> EL PAÍS - 05-08-2005
>
> UN AÑO CON TRECE LUNAS
> Dirección: Rainer W. Fassbinder. Intérpretes: Volker Spengler, Ingrid Caven,
> Gottfried John, Elisabeth Trissenaar, Eva Mattes. Género: drama, Alemania
> Occidental, 1978. Duración: 124 minutos.
>
>
> De las tres películas que rodó el bulímico, compulsivo Rainer W. Fassbinder
> en 1978, tal vez ninguna es más brutal y directa que esta Un año con trece
> lunas, uno de los títulos más provocadores, chocantes e inteligentes de su
> apasionada filmografía. Que el redescubrimiento de su obra, vía DVD y ahora
> también en pantalla grande, es una de las noticias de este verano está fuera
> de duda; también, que el contenido modélicamente polémico de sus propuestas
> sigue ahí, interrogándonos, increpándonos con la misma fuerza que entonces.
>
> Tiene Un año..., terrible peripecia de un transexual (Spengler) que se
> emascula por amor, sólo para recibir la indiferencia de su objeto de deseo,
> las hechuras de un discurso sobre la marginalidad autoasumida, pero también,
> y sobre todo, sobre la angustia y la incomprensión que vive aquel cuya
> sexualidad escapa a la comodidad de la norma. Tiene, también, la orgullosa
> independencia de no contar la historia desde la conmiseración, sino
> exponiéndola con la limpieza y la fría crueldad con que un carnicero ejecuta
> a una res. Y tiene, igualmente, otra cosa casi perdida en el cine de autor
> que hoy se nos sirve en los cines: la capacidad revulsiva de provocar
> discusión, polémica, angustia...

Rafa, estarás contento no?

Un saludillo

charo

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