Google Groups no longer supports new Usenet posts or subscriptions. Historical content remains viewable.
Dismiss

LA MASONERÍA Y EL MOVIMIENTO OBRERO

13 views
Skip to first unread message

☻illuminati☻

unread,
Oct 20, 2009, 8:57:25 AM10/20/09
to
LA MASONERÍA Y EL MOVIMIENTO OBRERO

: IMAGOS E IDEAS PARA UNA REFLEXIÓN TEÓRICA 1


Alberto VALÍN FERNÁNDEZ

Departamento de Historia, Arte e Xeografía.

Facultade de Historia.

Universidade de Vigo

Por primera vez en la historiografía, se teoriza en este
trabajo sobre las influencias, concurrencias e interrelaciones de
índole emblemática e ideológica que existieron entre estas dos
culturas políticas: la francmasonería y el obrerismo. Para ello el
autor, partiendo de un cuestionario de trabajo preliminar, intenta
darle respuesta a éste, desarrollando un reflexivo discurso en torno a
los probables orígenes causales de aquellas diferentes adecuaciones o
asimilaciones iconográficas e ideológicas habidas entre estas dos
culturas políticas, como: la acción filantrópica y de cohesión social
llevada a cabo por la masonería con respecto al proletariado; la
influencia que, en el movimiento obrero, ha tenido el constructo
"masón=revolucionario"; y la tradición revolucionaria burguesa o
liberal, recogida también por el obrerismo, de apropiarse de la
iconografía y algunos rituales masónicos para proyectar
"instrumentalmente" sus categorías ideológicas.

Apuntes preliminares

Antes de comenzar a desarrollar estas reflexiones sobre un
tema históricamente tan difícil de constatar, calibrar y valorar y,
por otro lado, tan problemático para mí a la hora de pergeñar sobre él
una tejida malla teórica con trama y urdimbre lo suficientemente
apretadas, permítaseme iniciar este discurso con un brevísimo
circunloquio "agulhonianamente" egohistórico sobre el tema en
cuestión.

En realidad, llevo más de dos décadas detrás de la
realización de un ensayo introductorio como el que a continuación
ofrezco al lector. Desde que comencé esta masonológica línea de
investigación histórica hace ahora veinticinco años y debido a las -
para mí siempre llamativas- coincidencias que encontré entre la
iconografía de la A.I.T., el criterio libertario y la masonería,
comencé a modelar un personal y deductivo constructo teórico, sobre
este tema, en torno al encuentro de dos culturas políticas de tanta
trascendencia en la historia contemporánea universal, y del cual, por
cierto, no encontraba en todos los catálogos bibliográficos que
consultaba ninguna pequeña referencia y, obviamente, ninguna
monografía que se hubiese ocupado de él; es decir, que,
historiográficamente, ningún investigador se había interesado por
aquello que yo, cada vez con más fuerza, veía tan ostentosamente
claro.

Si durante aquellos primeros años del decenio de los
ochenta, no me atreví a llevar a cabo la correspondiente tarea de
abordar esta cuestión con la suficiente determinación fue, primero,
por realizar la correspondiente autocrítica y saberme no preparado
todavía al carecer de la correspondiente madurez intelectual para
poder desarrollar una reflexión teórica de esa envergadura y, segundo,
por esa inexistente presencia de precedentes historiográficos
recientes -y, por ello, asequibles- que abordasen, directa y
generalmente, esta interesante línea de investigación.

Desde aquellos momentos iniciales de mi aprendizaje en el
oficio de historiador, trabajando de técnico archivero en el fondo
Masonería del hoy denominado Archivo General de la Guerra Civil
Española de Salamanca, y a raíz de esas personales lucubraciones
alrededor del citado e íntimo constructo sobre ese curioso
"encuentro", siempre me han rondado en la cabeza complicadas
incógnitas empujadas o determinadas por toda una compleja serie de
concomitantes similitudes como, verbigracia:

¿Por qué tanto símbolo idéntico en la masonería y el
societarismo; tanta aparente concordancia moral y hasta organizativa
entre ambos; tanta semejanza a la hora de entender al grupo con el
mismo y "tribal" sentimiento identitario entre ácratas y masones;
tanto chocante paralelismo místico a la hora de entender la propia
"Idea" por parte de cualquier masón o cualquier bakuninista?

¿Sirvió la francmasonería de escuela filosófica, moral y
hasta organizativa de una parte destacada del primer movimiento
obrero?

¿Por qué hubo tanto líder del societarismo que practicó al
mismo tiempo una especie de doble militancia al pertenecer -y hasta
destacarse- en la organización masónica, conocido el hecho irrefutable
de que esa secreta forma de sociabilidad fue siempre dominantemente
burguesa?

No hay duda que, en el siglo XIX, un obrero, obviamente
alfabetizado -dado que esta es una de las condiciones imprescindibles
para ser masón-, aceptado en una logia, accedía paulatinamente -si se
aplicaba- a la posibilidad de ir aprehendiendo, no sólo la variada y
compleja serie de usos y maneras conductuales típicas del ethos
burgués (lo indispensable para poder ir a su primera tenida era
agenciarse -comprarlo, alquilarlo o pedirlo prestado- un "aparente" y
oscuro terno que, obviamente no tendría), sino también un verdadero
abanico de conocimientos de cultura general, moral, estética,
filosófica, simbólica y, obviamente, organizativa que, por otro lado,
la clasista sociedad "profana" de la época -salvo algunas
organizaciones del liberalismo radical y, quizás, algunas
instituciones cristianas-, jamás le brindaría tan fácilmente.

Es decir, que si uno cualquiera de los miles de
proletarios que se iniciaron en la masonería a lo largo del
diecinueve, llegaba a ayudar en secretaría o a ser "Secretario",
"Orador", o cualquier otra "dignidad" del "taller" o, simplemente, a
"trabajar" en logia "trazando" "piezas de arquitectura" de cualquier
índole o temática cultural, moral o filosófica, se le ofrecía con todo
ello una excelente formación práctica para, entre otras muchas cosas,
saber hablar en público, desarrollar, defender o debatir cualquier
tema monográfico de discusión o formación interna y llevar,
burocrática y orgánicamente, cualquier futuro tipo de sociedad
reivindicativa, musical, cultural o de ocio y entretenimiento que él
mismo quisiese crear con otros miembros de su clase social. Porque con
toda su esotéricamente iniciática experiencia en el misterioso y
discreto círculo "de la Acacia", no olvidemos que aquel humilde obrero
aprendía también a: abrir libros de registro personal, de actas, de
contabilidad, de cuotas, hacer expedientes, estadillos personales,
llevar la correspondencia, etc., etc., etc.

Además, sus "hermanos" de logia le enseñaban a practicar
la democracia interna de grupo -como hemos estudiado Ran Halévi, Luis
P. Martín y yo mismo-, a responsabilizarse en el respeto a las
elegidas jerarquías -más tarde secretarios, representantes o delegados
de su sindicato, agrupación política u orfeón si fuese el caso-.
Asimismo, lo educaban para saber conducirse consigo mismo primero, por
medio de una mística e íntima moral interior, y con los demás
integrantes de su grupo y de la sociedad en general después, por medio
de una laica, cívica y autodisciplinada práctica de ética social.
Deontología masónica de antigua y humanista tradición protestante que,
a cualquier bien formado anarquista de los siglos XIX, XX y actual,
desconocedor de la idiosincrasia masónica, fácilmente identificaría
como "tribalmente" propia, así practicase la moral bakuninista, la
spenceriana o la kropotkiana.

Quizá podamos aquí contestar a aquella cuestión dejada en
el aire, en 1987, por el profesor Ferrer cuando, al abordar el tema de
la pertenencia masónica de Anselmo Lorenzo Asperilla, se preguntaba
"por qué y cómo este anarquista llegó a la Masonería a la que iba a
pertenecer con una fidelidad y dedicación extraordinaria".2 Es muy
posible que fuese esta curiosísima coincidencia de morales la que
sorprendió positivamente a aquel tipógrafo anarquista llamado Anselmo
Lorenzo, ayudándole a superar y olvidar sus iniciales prejuicios hacia
la masonería -como él mismo recuerda en su El proletariado militante-,
convirtiéndole desde entonces en un convencido y sobresaliente masón.

Además de esta coincidencia de morales y de criterios
humanistas -como también ha detectado Jesús Ruiz Pérez- y de parecidas
y místicas utopías universalistas, la denominada "Fraternidad
universal", Lorenzo sabía, como también recuerda en su obra, el hecho
relevante del apoyo que aquella asociación cosmopolitista le hizo a la
Primera internacional en los preliminares de su creación.3 Y, al mismo
tiempo -como apunta Ferrer con respecto a Bakunin-, es más que
probable que también conociese el relevante hecho de la pertenencia a
la secreta sociedad de anarquistas como Proudhon, Bakunin, Faure,
Elie, Elisée y Paul Reclus, Louise Michel, etc.

No hay duda que una importante zona de la masonería
europea del siglo XIX ejerció, con respecto a la elitista porción del
proletariado que inició en sus logias, una pedagógica labor de
formación integral. Obviamente se podrá aducir, llegados a esta
categórica altura de la reflexión que intento explicar con estas
líneas preliminares, que los correspondientes comités locales
republicanos ejercieron una pedagogía similar sobre una zona del
futuro proletariado concienciado y organizado en el societarismo. Esto
también resulta completamente plausible; es más, se sabe que en muchos
de estos ambientes de política radical pequeño-burguesa se formó,
tanto en Francia como en España, una buena parte del germen del primer
obrerismo. Aunque sobre el respecto debo aclarar que no creo que el
comité político antecitado impartiese con la misma intensidad, el
mismo iniciático interiorismo, el mismo trato socialmente igualitario
y el mismo nivel de preocupada y participativa docencia filosófica,
deontológica y cultural, como se hacía -y se sigue haciendo- en toda
logia masónica.

Asimismo, hay que subrayar el relevante hecho social de
que, en muchísimas ocasiones, fue en estos círculos de sociabilidad
política republicana donde fueron captados para el hiramismo muchos de
estos trabajadores, por medio de esa especie de simbiosis que tanto
hemos visto entre republicanismo y cierto tipo de masonería, sobre
todo la de ritos como el "oriental" o "menfita" y el "escocés antiguo
y aceptado".

Siguiendo lo contenido en los tres volúmenes de la
exhaustiva y pormenorizada Bibliografía de la Masonería de Ferrer
Benimeli y Cuartero Escobés -lectura que aconsejo a todo investigador
que necesite hacer cualquier consulta sobre el tema-, publicada en
2004,4 puede decirse -exagerando ahora un poco la carga de tinta
estilística de mi literatura y haciendo eco de lo señalado también
sobre esta cuestión por el propio Ferrer en su Bibliografía de la
Masonería de 1978-, que da la impresión de que se escribieron más
obras generales sobre este tenor entre los años 1899 y 1913 que en
todo el resto del siglo XX hasta sus postrimerías. Esos inexistentes
trabajos exhaustivos y generales sobre las posibles interconexiones o
interrelaciones entre obrerismo y masonería que tanto eché en falta,
me hubieran podido ayudar a seguir una senda, más o menos trazada, y
no tener que reprimir todo intento de acción por mi parte ante el
alienante pensamiento de que, para llevar a cabo esa tarea, tendría
que desbrozar, ese oscuro, solitario y enmarañado monte, partiendo de
mis únicas reflexiones personales.

Desconocemos el porqué de ese aparentemente drástico
abandono por parte de los historiadores serios y mínimamente
objetivos, no sólo de esta interesante línea de investigación, sino
también del resto de los variados temas de índole masonológica, aunque
presumimos que la Gran guerra por un lado, el advenimiento paulatino
de los distintos regímenes fascistas por otro y, sobre todo, el
triunfo de la revolución marxista-leninista de octubre de 1917 y lo
que trajo consigo, fue la causa de ese extraño y desidioso silencio.

Con ese "lo que trajo consigo la Revolución de octubre",
me refiero, por una parte, a lo que respecta a aquella suerte de
impuesta "moda" que tanto inundó hasta no hace mucho los ambientes
intelectuales con su -por lo general siempre respetado- totalizador
paradigma comunista y, por otra, a las "desalienantes" y "laicistas"
condenas "pontificales" contra la masonería, llevadas a cabo por la
recién fundada Tercera internacional, intentando con ellas dejar a la
"Orden del Gran Arquitecto" completamente segregada del flamante
movimiento internacionalista, a la vez que esta Internacional imponía,
culturalmente, en sus círculos intelectuales y académicos un fortísimo
prejuicio sobre esta forma de sociabilidad, quedando escamoteada o
completamente infravalorada por la mayor parte de la historiografía
desde ese momento.

Como fácilmente se deducirá, todo esto provocó un
manifiesto y general desinterés hacia la masonería por parte, tanto de
los historiadores llamados sociales como de la mayoría de los
"cliólogos", salvo algunos investigadores -la mayoría profesores
universitarios como Combes, Ferrer, Ligou, Mola, Agulhon, ...- que,
desde los años sesenta, comenzaron de nuevo a retomar este interesante
objeto de estudio, siguiendo desarrollando hasta hoy la llamada
masonología, entendida ésta como una categoría historiográfica más y
no, obviamente, como se pretende entender en ciertos círculos
masónicos, una "ciencia".

Esta nueva tendencia historiográfica que, como decimos,
tanto en Francia, España, Italia, Bélgica, como en otras naciones
europeas, viene realizando una esclarecedora labor desde hace, sobre
todo, tres décadas, ha vuelto, tímidamente, a dirigir su mirada sobre
el atractivo objeto de estudio de las interrelaciones entre el
movimiento obrero y el llamado hiramismo o masonería.

Estos trabajos monográficos que, por lo común, se han
realizado separadamente por las tres corrientes ideológicas más
relevantes de la llamada cultura proletaria; es decir, la social-
demócrata o socialista, la marxista-leninista o comunista autoritaria
y la libertaria, tratan, grosso modo, los distintos temas a estudio de
una forma muy poco general y con no excesiva exhaustividad -en algunas
ocasiones resultan meros trabajos periodísticos-, sin pararse en
profundidad -salvo en algunos casos de auténtica, aunque breve,
excelencia intelectual-, en estos temas monográficos obviamente
relevantes, aproximándose a ellos, en demasiadas ocasiones, sin la
correspondiente reflexión teórica o sin el bagaje mínimo de
conocimiento politológico.

Por todo ello, este interesante objeto de estudio
histórico se encuentra todavía hoy, tanto a nivel nacional como, sobre
todo, a nivel internacional, muy poco trabajado. Seguimos echando en
falta, en una buena parte de los discursos hechos hasta el presente,
una necesaria y fundamental teorización, partiendo, como decimos, de
una visión general sobre estas cuestiones, en relación a las
auténticas interrelaciones, adecuaciones o nexos entre estas
trascendentales culturas políticas y, sobre todo, una fundamental,
expositiva o concluyente visión sintética sobre todo ello.

De todas formas, por la calidad de su factura o por el
tratamiento dado al tema del que se han ocupado, son dignos de ser
mencionados aquí los siguientes autores.

En cuanto a la interrelación habida entre la masonería y
el socialismo destacan: en Francia, André Combes o Denis Lefebvre; en
Bélgica, John Bartier; los italianos Aldo Chiarle, Anna Maria Isastia
y Aldo A. Mola; o los españoles Víctor M. Arbeloa, José Antonio Ferrer
Benimeli y Ángeles González Fernández.

En lo que respecta a las relaciones habidas entre el
marxismo-leninismo y el hiramismo, descuellan plumas como las de los
belgas Paul Van Praag o H. Dethier, o francesas como la de Christian
Lauzeray.

Y para estudiar los nexos históricos entre los anarquistas
y la francmasonería, hay que recordar los trabajos publicados por
autores franceses como el metodológicamente inefable Léo Campion o,
más recientemente, Edouard Boeglin, italianos como Aldo A. Mola o
Luigi Polo Friz, y españoles como las monografías de Enric Olivé
Serret, Ángeles González Fernández, Jesús Ruiz Pérez, Pere Sánchez i
Ferré o Leandro Álvarez Rey.

Además de los trabajos de los autores aquí citados, es
importante recordar que, sobre estas cuestiones, resultan dignas de
ser reseñadas las siguientes obras: el estudio realizado por Alexandre
Marius Dées de Sterio sobre "Mouvements syndicaux en Allemagne et
symbolique maçonique", publicado en el libro La pensée et les hommes.
Sous le masque de la Franc-Maçonnerie, editado por Jacques Lemaire y
publicado, en 1990, por las Editions de l'Université de Bruxelles; el
monográfico dedicado a la masonería por el numero 193 de la revista
belga Cahiers Marxistes, de febrero-marzo de 1994; y las actas,
todavía sin publicar, de las jornadas Conference "We Band of
Brothers": Freemasonry in radical and social movement 1700-2000,
organizadas por el profesor Andrew Prescott y celebradas en la
universidad de Sheffield en noviembre de 2004.

Aclaro antes de nada que, con esta suerte de estudio
introductorio o propedéutico que a continuación desgloso sobre las más
que probables interrelaciones o influencias simbólicas, y hasta
ideológicas, que llegaron a darse entre la denominada cultura
proletaria y la francmasonería, no parto de ningún principio
teleleológico o finalista a la hora de buscar, obsesivamente,
cualquier indicio, atisbo o posible nexo demostrativo -incidental u
ocasional- en la historia de ambas culturas políticas que aparente o
intente demostrar hipótesis de trabajo alguna. Tampoco es mi
pretensión sentar ningún tipo de superflua base teórica o teoricista -
tan de moda por desgracia en mi profesión desde hace tres lustros-,
con el pedante pensamiento puesto en el absurdo anhelo de crear, a
partir de estas sencillas reflexiones, una futura corriente o línea de
investigación historiográfica.

Con este modesto trabajo sólo y exclusivamente trato de
mostrar o exponer, a nivel meramente introductorio -sin tan siquiera
calibrar o valorar en profundidad la compleja fenomenología a
estudio-, ese encuentro fundamentalmente simbólico habido entre el
obrerismo y el hiramismo. Huelga explicar que nadie llegue a pensar -o
más bien a desvariar-, en el momento de leer este artículo, en ninguna
de las prolongaciones del estúpido e interesado "contubernismo", tan
excelentemente aprovechado, por otro lado, por la Iglesia católica y
las doctrinas y Estados fascistas.

Simplemente voy a hablar en este breve ensayo de la
complicada y diversa maraña de coincidencias, influencias y hasta
apoyos que, hoy por hoy, sabemos que se han dado históricamente entre
la "Orden del Gran Arquitecto del Universo" y el movimiento obrero;
albergando eso sí como únicos y esperanzados logros de todo este
esfuerzo que, siempre y cuando se juzgue de interés por la comunidad
científica correspondiente, se abra con todo ello un campo nuevo de
debate historiográfico -alejado de cualquier prejuicio de escuela, de
"hermandad" o de ideología- y, quizás, conseguir también provocar o
sugerir nuevos enfoques metodológicos en ciertas líneas de
investigación cruciales o tangenciales con esta temática de la
historia social y de las ideas; es decir, que los colegas que estudien
el movimiento obrero a nivel organizativo, social, biográfico,
ideológico o iconográfico, no olviden en sus investigaciones al
posible influjo que la masonería pudo haber tenido con sus respectivos
objetos o sujetos de estudio.

Cuestionario

Que una forma de sociabilidad iniciática, esotérica,
filantrópica, liberal y, fundamentalmente, burguesa, llegue a tener
una clara influencia en la historia del movimiento obrero desde sus
mismos inicios, llama poderosamente la atención de cualquier curioso
en el tema. Y, como ya hemos adelantado en el brevísimo ejercicio
egohistórico del preliminar, a un inquieto universitario gallego de
formación intelectual ecléctica entre el marxianismo y el
libertarismo, le sorprendió todavía más cuando, realizando su tesis de
licenciatura, se encontró con estas aparentes y llamativas
concomitancias históricas.

Su viejo prejuicio o escrúpulo obrerista con relación a
una sociedad secreta de "aburridos burgueses con la reaccionaria
mística fraternalista de creer en la utópica idea -y fomentarla- de un
armonioso mundo sin lucha de clases", le empujaba si cabe todavía más
a seguir alucinado, cuando descubría que en esa secreta y extraña
asociación esotérica y ocultista se habían dejado iniciar viejos
tótems de su obrerista e internacionalista retablo personal como
Lafargue, Buonarroti, Proudhon, Bakunin, Fanelli, Malatesta, Robin,
Farga Pellicer, Fermín Salvoechea, Ferrer y Guardia, Andrés Nin, etc.

¿Qué pintaban en esa oscura y extraña sociedad gente tan
"científica" como el yerno de Marx, Andrés Nin o, seguramente, el
propio Lenin, o tan racionalista y desmitificadora como los anarcos
citados?

¿Por qué infinidad y nunca mejor expresado, infinidad de
agrupaciones o sindicatos obreros de los siglos XIX y XX, tanto
marxistas como libertarios, eligieron preclaros símbolos masónicos -
que no gremiales- como emblemas representativos de sus sellos
asociativos como escuadras y compases entrecruzados, triángulos,
niveles, "saludos fraternales", etc?


¿Por qué el Consejo federal español de la misma
Internacional eligió como insignia algo tan francmasónico como
inscribir en un círculo -símbolo del universo, del alma universal, del
infinito y de la perfección, y en estrecho vínculo original con el
compás- un nivel iconográficamente masónico (como una gran A
mayúscula), sabiendo que, en masonería, el nivel es el símbolo de la
igualdad social y la "Escuadra justa" que, en teoría, lo compone,
recuerda siempre la vía de la rectitud moral y, al mismo tiempo, la
propia silueta que este nivel dibuja es, nada menos, que una especie
de "delta" o triángulo masónico -"divinidad", "luz eterna de la
sabiduría", "conocimiento" o "equilibrio universal" para los masones
agnósticos o antiteístas como los internacionalistas Blanc, Proudhon,
o Bakunin-, inscrito, como ya hemos dicho, en la circunferencia
citada, "hablando" entonces esta insignia, exclusivamente, a todo
iniciado en la masonería que la viese, de lo que, en puridad,
pretendía la Asociación Internacional de Trabajadores o, como se
denominó en Gran Bretaña, la International Workingmen's Association:
buscar un utópico mundo universal o internacional de sublime, sabio y
equitativo equilibrio por medio de la recta práctica moral del
igualitarismo social?

¿Por qué el viejo masón e internacionalista italiano
Enrico Bignami escribió, en 1913, a la logia milanesa Carlo Cattaneo -
como ha descubierto mi amigo y colega Aldo A. Mola- que "fue bajo (al
coperto) la bóveda estrellada de un Templo donde pude constituir la
primera sección italiana de la Internacional. Y que los detractores
socialistas de la Masonería podrían acordarse de otros cien hechos
como este"?

¿Por qué la fracción ginebrina de la A.I.T. -la denominada
"Templo Único", como nos dice en la biografía de Bakunin James
Guillaume y recogió en su antología D. Guerin- se reunía, desde el
mismo principio de su creación, en el único templo que, por aquel
tiempo, poseían las logias masónicas de la ciudad de Ginebra?

¿Por qué en la conocida fotografía del IV Congreso de la
Internacional celebrado en Basilea en septiembre de 1869, donde
sobresale la gigantona figura de Bakunin (sobrepasaba los dos metros
de estatura), la pancarta que rubrica el acontecimiento lleva como
símbolo distintivo el masónico "Delta luminoso o radiante", pareciendo
más el típico estandarte de cualquier logia masónica que el
característico cartelón societario al uso?

¿Por qué el autor de obras tan apocalípticamente
demoledoras, iconoclastas e irreverentes como el Catecismo
revolucionario, El Estado y la Anarquía o la póstuma Dios y el Estado,
ocupó su precioso tiempo de conspirador y revolucionario, escribiendo
y publicando el Catecismo de la Francmasonería moderna?

¿Por qué este atrabiliario y luciferino antiteísta de
Mihail Bakunin permitió que la masonería italiana lo "exaltase" -
desconocemos si por medio de la mera "comunicación" o ritualmente- al
grado 32º, sabiendo de sobra que el lema de ese grado que iba a
alcanzar reza: "Spes mea in Deo est"; es decir -siguiendo lo
confirmado por mi amigo latinista Antonio García Masegosa-, "Mi
Esperanza se funda -se encuentra o está- en Dios?

¿Por qué el todavía utilizado gesto de identidad
anarquista: dibujar un arco con los brazos por encima de la propia
cabeza, cerrándolo arriba con las manos, "enganchando" éstas con los
cuatro dedos de cada mano menos los pulgares, se asemeja tanto a dos
señas o gestos de la liturgia masónica: el de petición de auxilio -con
la salvedad de que en éste el masón semientrelaza las manos formando
una abierta y receptiva venera-, y el del momento final de la
psicodramática ceremonia de exaltación al tercer grado, el de
"Maestro", cuando el "Venerable" ayuda a levantarse al "hermano"
recipiendario, sacándolo del ataud donde se le ha acostado,
"enganchando" su mano derecha con la del que recibe esa emocionante
iniciación de manera exactamente igual que lo vienen haciendo los
anarquistas, con sus propias manos, cuando realizan su saludo
"tribal"?

¿Por qué el cartel con las fotos y nombres de los
delegados asistentes al Congreso de Gotha celebrado en mayo de 1875
por la social-democracia alemana, centrado por una foto principal -
posiblemente trucada- de dos ególatras irreconciliables como fueron
Marx y Lasalle, es coronado con un símbolo tan antiguo y
prototípicamente masónico como el "fraternal" saludo de manos,
insignia también del sindicato español U.G.T.?

¿Por qué la estrella roja comunista fue retomada de un
símbolo repetido ad nauseam, desde el siglo XVIII (o desde el XVII,
según autores), por la iconografía masónica, la "estrella flamígera" -
de viejísima tradición pitagórica-, asociada ritualmente desde antiguo
al grado de "Compañero"; es decir, a la camaradería o "compañerismo",
conocida además la declarada masónicofobia de León Trotski, creador
del Ejército rojo que toma dicho emblema?

¿Por qué todavía hoy en los sindicatos estadounidenses de
mecánicos, ferroviarios, etc., se utilizan denominaciones como "Logia"
para denominar a su sindicato local y "Gran logia" para referirse a su
organización nacional.

Posibles respuestas al cuestionario

Ante todo que no se nos aduzca, de principio, y por ese
apasionado e irreprimible afán latino de impugnar por impugnar, la
demoledora y totalizadora refutación de todo el planteamiento que
resulta de estas incógnitas expuestas, alegando para ello rotundas y
expeditas explicaciones como, por ejemplo, que la apropiación de esa
simbología masónica no fue otra que el sencillo, intuitivo e
inconsciente aprovechamiento de iconos psicoanalíticamente
"atractivos" y de sencilla e ilustrativa -o conceptual- grafía;
alegando, verbigracia, la indudable realidad de que, tanto el "delta"
o triángulo como la estrella de cinco puntas -dos de las imágenes
masónicas más reutilizadas o asimiladas-, provocan, como tales imagos,
una fortísima pulsión escópica en cualquier sujeto, como bien sabe hoy
la técnica publicitaria. No albergamos crítica alguna sobre la famosa
reflexión, recordada tanto en la obra de mi querido amigo José Luis
Castro de Paz, de que "no es el ojo el que mira, sino el objeto el que
capta o atrapa la mirada". No vamos a entrar para nada en este tipo de
polémicas, dado que, históricamente, no nos llevarían, con la exigida
exactitud, a donde juzgo que, verdaderamente, me inclinan -o nos
inclinan- las reflexiones conjeturales ante esas cuestiones trazadas.

Las posibles respuestas a estas complejísimas y caudalosas
preguntas han venido al investigador, paulatinamente, de una manera
deductiva y por tres caminos diferentes. Tres diferentes vías que, en
realidad, pueden entreverarse triangularmente o conjugarse, explicarse
o entenderse ensambladas; es decir, pueden quedar comprendidas como
tres partes fundamentales de una misma explicación, a la hora de poder
descifrar el porqué de todas estas curiosas incógnitas. Veámoslos,
entonces, por lados o secciones:

A.- Por la apodíctica realidad histórica de que la
masonería universal entendió, desde siempre, el apoyo a los
proletarios como una acción más de su autoexigida acción filantrópica
y su estatutaria práctica de igualitarismo social. Y, a medida que se
va desarrollando el movimiento obrero a lo largo del siglo XIX, irá
trazando puentes entre ella y el mundo del trabajo -incluido el del
propio societarismo-, reinterpretando su viejo espíritu fraternalista
y, socialmente, cohesionador o conciliador.

B.- A raíz del descubrimiento histórico, realizado por el
historiador que esto escribe, de la utilización de la organización
masónica por parte de los conspiradores liberales de la subversión
antiabsolutista del Sexenio negro español y la tradición, proyectada
muy pronto a nivel internacional, que dicha instrumentalización
político-organizativa inició, a raíz del triunfo de la revolución
liberal de 1820, en plena Europa de la Restauración.

Dentro, todo ello, del complejísimo paradigma
revolucionario romántico, quedando entendida la masonería por una
buena parte de los variados colectivos de la subversión del siglo XIX,
como una asociación cobijadora de la perseguida subversión liberal y,
por amplia extensión -y especialmente a medida que nos aproximemos al
ideológicamente trascendente ecuador histórico de 1848- de todo
revolucionario. Fuese éste liberal o nacionalista como Mazzini -aunque
todavía no sabemos con certeza si este revolucionario se inició,
verdaderamente, en la masonería- o el primer Bakunin, socialista como
Blanc o Blanqui, comunista como Buonarroti o anarquista como Bakunin,
Fanelli o Lorenzo. De este último revolucionario español, podemos
recordar la visión personal que tenía de su discreta asociación,
cuando, en 1898, en su exilio parisino -como recuerda Ferrer en su
libro La masonería-, se la comunicó a su amigo y correligionario Juan
Montseny, recogiéndola éste en su libro Mi vida: "la masonería era una
gran cosa para las personas perseguidas políticamente".

C.- Por llegar a sostener la lógica y deductiva hipótesis
de que aquellos internacionalistas pudieron seguir, conscientemente,
la ya vieja tradición revolucionaria liberal de apropiarse de ritos o
usos y, sobre todo, iconos masónicos, con el fin de poder representar
así, emblemáticamente, los nuevos valores ideológicos de: igualdad,
federalismo, solidaridad, fraternidad, trabajo, etc. Imitando entonces
los obreristas, en cierta manera, lo que antes habían hecho, una vez
conquistado el poder, los Estados liberales, cuando éstos sintieron la
perentoria necesidad de proyectar públicamente sus ilustrados mensajes
políticos de pensamiento republicano, cívico o laicista, por medio de
todo un complejo conglomerado ritual de referentes iconográficos
masónicos. Institucionalizando los liberales entonces, ex novo, todo
un complejo mundo simbólico y protocolario oficial, que,
volitivamente, se alejase de cualquier indicio de formalismo estatal y
religioso que pudiese recordar las odiadas formas y boatos del Antiguo
régimen

A continuación, intentaremos ofrecer una cumplida o, por
lo menos, introductoria explicación a estas tres grandes secciones en
las que desglosamos las posibilidades de respuestas que hemos deducido
de aquellas preguntas sobre las influencias, interrelaciones,
concurrencias y concomitancias entre el movimiento obrero universal y
la francmasonería.

A.- Filantropía masónica y proletariado

En cuanto al primer punto; es decir, lo que hemos llamado
la sección A de nuestra explicación, hay que decir que, desde el mismo
siglo de su creación, el XVIII, la masonería o hiramismo británico fue
el primero en preocuparse, a nivel estrictamente filantrópico, de la
cuestión obrera en su industrializado Reino Unido. La fundación y
sostenimiento de instituciones de beneficencia como hospicios,
escuelas y centros asistenciales donde se acogió a una zona
menesterosa del primer proletariado moderno de la historia, fue y es
una de las preocupaciones más relevantes de toda su acción
corporativa.

Todo tipo de masonería, tanto la denominada "regular" como
ha sido y sigue siendo la anglosajona como la "irregular" o "liberal"
como casi siempre fueron, a lo largo de la historia, las llamadas
masonerías latinas, ha tenido la estatutaria obligación de realizar,
primordialmente, la práctica del altruismo; pero la masonería British
ha hecho, desde la propia fundación de esta asociación, más hincapié
en potenciar la caritativa labor de su organización. El origen de todo
ello está quizá en su propio rito masónico, el llamado Emulation
Working, no olvidemos que para este rito, los tres principios en los
que reposa la auténtica masonería son, por su orden: el "Amor
fraternal", la "Beneficencia" y la "Verdad".

Más tarde, ya entrado el siglo XIX, las logias inglesas
irán asimilando en sus iniciáticos misterios a elementos instruidos y
cualificados de su proletariado nacional, llegando la masonería
británica en esta preocupación proletarista al extremo de ofrecer sus
propios locales para que dieran cobijo a una de las más importantes
reuniones preparatorias de la Primera internacional obrera, como
recogen, tanto el historiador alemán Max Nettlau como el anarquista y
masón español Anselmo Lorenzo -citando éste la obra Garibaldi:
Historia Liberal del Siglo XIX de Rafael Farga y Pellicer-, cuando el
engolado y prestigioso hiramismo británico decimonónico cedió su Free
Masons Tavern para que aquel célebre mitin, convocado por Karl Marx,
la denominada Fiesta de la Fraternización Internacional del 5 de
agosto de 1862, pudiese llevarse a efecto.

Coincidiendo con lo estudiado mucho más tarde por André
Combes, el citado historiador anarquista Max Nettlau en su obra La
anarquía a través de los tiempos nos dice, cuando critica el pésimo
trabajo organizativo que realizara después de este mitin de la
Hospedería de los Masones el internacionalista y también masón Henri
Louis Tolain que, si no fuese por los francmasones socialistas
organizados en "las pequeñas logias masónicas avanzadas de 1850 y
1858, que reunían socialistas internacionales",5 se refiere sin duda -
como más adelante veremos cuando hablemos de la masonería francesa- a
las logias "menfitas" de la Grande Loge de Philadelphes -formadas, en
un principio, por exiliados republicanos y socialistas franceses en
Londres-, no se podría llegar jamás a la reunión fundacional de la
Asociación Internacional de Trabajadores del 28 de septiembre de 1864.

Algo semejante va a ocurrir en otras naciones como Estados
Unidos, donde su primer sindicalismo de clase poseerá una nomenclatura
de clara influencia masónica, verbigratia: el sindicato de zapateros
Los Caballeros de San Crispín, que se estructuraba por "logias"; los
sastres de La Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, que se
organizaban al principio secretamente en "logias", adoptando complejos
rituales y disimuladas señas y contraseñas de reconocimiento con el
fin de que, como recoge Florence Peterson, "ningún espía del patrón
pudiese hallar la manera de entrar en el salón de la logia para
traicionar a sus camaradas",6 también hay que recordar que su más alta
jerarquía sindical se denominaba "Gran Maestre Obrero".

En la Francia prerrevolucionaria, encontramos en la
masonería de provincias a logias que, muy tímidamente, comienzan a
aceptar "entre sus columnas"; es decir, dentro de sus logias, a
pequeños artesanos. Durante el Primer imperio, como recuerda André
Combes, se inicia el tibio y lento proceso de aceptación de
proletarios en las logias francesas que se irá acentuando,
progresivamente, a partir de la Restauración borbónica y durante la
monarquía "burguesa" de Luis Felipe de Orleans donde, pensando en los
proletarios, se rebajarán las tasas o gastos mínimos de iniciación y
habrá una declarada política de permisividad por parte de esta
masonería con la citada exigencia de la alfabetización del neófito.7

Pero no habrá directo y manifiesto interés por la clase
obrera y por el societarismo por parte de la masonería gala hasta los
mismos inicios de la segunda mitad del siglo XIX cuando, como ya hemos
adelantado y siguiendo lo dicho por el profesor Combes, serán los
masones exiliados en Inglaterra después del golpe de Luis Napoleón
Bonaparte, los que funden, en el Rito de Menphis -único prohibido por
el Estado imperial francés-, la logia Philadelphes, cuyo título ya
anunciaba -o recordaba- viejos aires conspiradores, logia madre de la
que saldrá la gran logia del mismo nombre.

Aquí, en este ambiente de masonería republicana y
socialdemocrática cada vez más extenso, con su recién fundada Gran
Logia de Philadelphos, encontraremos a republicanos y socialistas
célebres como Jean-Baptiste Boichot, Bradlaugh, el yerno inglés de
Marx, o Louis Blanc, y de este entorno masónico saldrá nada menos que
la Sociedad Fraternal de Demócratas-Socialistas Franceses, amén de
destacados internacionalistas de primera hora como Le Lubez, Combault,
Vésinier o Benoit,8 los auténticos organizadores de la A. I. T., si
seguimos en esto lo dicho por el serio y positivista historiador
libertario Max Nettlau.

Estos masones entendían a su institución como un auténtico
y arquetípico modelo de democracia con la obligada praxis de ayudar a
la transformación de la sociedad humana, siguiendo la vieja y
triangular divisa masónica de "Libertad, Igualdad y Fraternidad", y a
la logia, como una escuela de formación cultural y científica.

Los objetivos inmediatos contenidos en el programa de esta
masonería "menfita" que, por otro lado, casi cuatro decenios más
tarde, en plena Primera restauración borbónica, llegaría a España
cobijando a una buena zona del republicanismo y del obrerismo español
de final de siglo, eran, como nos dice Combes, dos: la lucha contra la
ignorancia por medio de la escolarización, y "la ayuda al proletariado
en su emancipación", especialmente, por medio de la creación de -
presumimos proudhonianas- mutualidades.

Así se explica, como sigue apuntando Combes y ya hemos
adelantado, la fuerte presencia de la masonería en el seno del
movimiento societario y de la Primera internacional; y, probablemente,
también ésto nos puede dar la clave del origen o del porqué de esa
asunción de parte de la simbología masónica para representar la nueva
emblemática de esta importante asociación obrera. Dado que, al ser los
masones de este hiramismo "menfita" los auténticos organizadores de la
A. I. T., éstos pudieron proponer o influir en dicha iconografía,
obteniendo para ello la lógica aquiescencia o apoyo del resto de los
nada escasos internacionalistas masones.

Recordemos que, en 1867, de esta corriente masónica que
tendrá como principal teórico a un viejo utópico sansimoniano, amigo y
"hermano" de Proudhon, Marie-Alexandre Massol, se separará un pequeño
grupo anarquizante que creará la revista L'Action maçonnique,
caracterizado por un violento antiteísmo y que pretenderá convocar a
la masonería para que se comprometiese, directamente, en las luchas
políticas y sociales.9

En España, país de tan tardía Revolución industrial, la
"sociedad de la Acacia"; es decir, la masonería o hiramismo, no
comenzó a iniciar a proletarios, que sepamos, hasta entrado el llamado
Sexenio revolucionario o democrático (1868-1874), en realidad, cuando
comienza su denominada edad de oro. Aunque en la "anecdótica"
masonería de la Era isabelina, sabemos de logias como la Los Amigos de
la Naturaleza y Humanidad, estudiada por Victoria Hidalgo Nieto, donde
su "cuadro logial" poseía un abultado número de operarios de la
fábrica de vidrio de Gijón. A partir de 1868, el hiramismo hispano irá
desarrollando -paulatinamente y según "obediencias" o "masonerías"-,
una auténtica campaña de "popularización" de las logias, al dirigir
manifiestamente su acción proselitista hacia los obreros, sobre todo
durante el último cuarto del siglo diecinueve y, más tarde, durante el
primer tercio del veinte; en realidad, hasta el final de la última
guerra civil, en 1939. En esta historia, un larguísimo elenco de
anarquistas, socialistas y algún que otro comunista autoritario
pasarán por las logias españolas desde el siglo XIX hasta el bélico
final de la Segunda república.

Historiográficamente, en España, nos encontramos,
posiblemente, con la más abundante publicística nacional sobre este
tema en cuestión. Es más, puede decirse que, gracias a la labor
académica realizada por el profesor Ferrer, sus discípulos y los
investigadores que han colaborado o colaboran en las actividades
llevadas a cabo por el instituto de investigación histórica que el
citado estudioso aragonés fundó en 1983, el Centro de Estudios
Históricos de la Masonería Española, España es, hoy por hoy, la nación
donde se ha estudiado, con mayor profusión, este tema de las
influencias y adecuaciones entre el societarismo y la masonería.

En estas dos últimas décadas, se han venido publicando
ensayos históricos sobre estas cuestiones. Trabajos iniciales como los
de Víctor Manuel Arbeloa sobre el socialismo10 o Enric Olivé Serret
sobre el anarquismo,11 la ya citada monografía del masonólogo aragonés
José A. Ferrer "La masonería española y la cuestión social"12 y,
después, trabajos como lo vertido en mi tesis doctoral, leída en 1989,
en la Universidad de Zaragoza,13 lo publicado por Pere Sánchez i Ferré
y José Luis Gutiérrez Molina,14 Pedro Fermín Álvarez Lázaro,15 lo
vertido en mi libro Laicismo, educación y represión en la España del
siglo XX, lo dicho en el capítulo que escribí para el libro La
sociabilidad en la historia contemporánea,16 la sugerente y
excelentemente vertebrada ponencia presentada al X Symposium
Internacional de la Historia de la Masonería Española -celebrado en
Leganés (Madrid) en septiembre de 2003-, por Jesús Ruiz Pérez,17 y,
por último, la escasa aunque relevante obra que, sobre estos temas,
han publicado los profesores de la Universidad de Sevilla Ángeles
González Fernández y Leandro Álvarez Rey.18

B.- La creación del constructo romántico "masón y revolucionario"

En lo que respecta al punto explicativo B; el
correspondiente a ese imago construido en pleno romanticismo sobre la
particular simbiosis revolución=masonería tan fomentada, por otro lado
y desde el siglo XVIII, por la propia publicística antimasónica y por
los Estados Unidos de Norteamérica -con sus institucionales
glorificaciones washingtonianas-, remito al lector a mi propia obra
sobre el tema, en especial, al capítulo "Masonería y ejército en la
España contemporánea" del libro publicado en París en 2004 y dirigido
por Elizabeth Delrue, Autour de L'Armée espagnole, 1808-1939, y a la
comunicación intitulada "De militares y masones. Reflexiones en torno
a la creación del constructo: "militar, liberal y masón", que
presenté, en el VII Congreso da Asociación de Historia Contemporánea
celebrado en Santiago y Ourense, en septiembre de 2004, y publicado en
CD-ROM por la Universidad de Santiago de Compostela.19

Este tipo de costumbres que, en politología, nos hablan de
conspiraciones anteriores y posteriores a esta a la que nos referimos -
la llevada a cabo por los subversivos oficiales artilleros de la logia
militar coruñesa Los Amigos del Orden, en pleno Primer periodo
absolutista fernandino-, y que utilizan la estructura orgánica de las
sociedades secretas para intentar llevar a cabo su complot, como: los
Iluminados de Babiera de Adam Weishaupt -de nombre de guerra
Spartakus-, que había copiado formas y maneras francmasónicas para
crear aquella subversiva asociación con sus sobrenombres y sus grados;
la orgánicamente triangular Conspiración de los iguales de François
Noël Babeuf, de sobrenombre Gracchus; los Philadelphos con sus tres
grados y sus nombres de guerra; la Sociedad de los Sublimes Maestros
Perfectos creada como una" organisation secrète politique de forme
maçonnique", como nos explica el Dictionaire de la Francmaçonnerie
dirigido por Daniel Ligou, por el discípulo de Babeuf, el francmasón
Philippe Buonarroti; la misma masonería española de la época citada
del Sexenio negro que también utilizará el "Nombre simbólico" como
medida de seguridad, siendo la citada logia militar coruñesa -cuyos
miembros eligieron alias como Washington, Filadelfo, etc.-, la que,
por primera vez en la historia de las masonerías ibéricas, inicie esta
tradición; y después, las sociedades secretas conspiradoras que,
remedando parte de las formas y maneras francmasónicas, fueron
apareciendo a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, como el
carbonarismo, los comuneros, los anilleros, las sociedades secretas
republicanas en Francia, las mazzinianas Joven Italia y Joven Europa,
las de los progresistas a lo largo de toda la española Era isabelina
y, ya dentro del incipiente movimiento obrero internacional, la
secreta Fraternidad internacional creada, en 1864 y en Florencia, por
Mihail A. Bakunin.

Esta sociedad secreta bakuniniana estaba proyectada, como
más o menos Weishaupt había pensado la suya casi cien años antes -y
León Trotski discurriría, mucho más tarde, su secreta técnica
partidaria de infiltración denominada "entrismo"-; es decir, para ser
utilizada como secretísima organización de iniciados con el fin de
introducirse, clandestinamente, en otras asociaciones -como llegó a
intentar con la propia Internacional Bakunin-, para así intentar
manipular aquéllas, granjeándose simpatías o inclinando a esas
organizaciones hacia sus propias ideas o fines estratégicos. Su
programa, transcrito e incluido en el libro biográfico que, sobre
Bakunin, escribió Nettlau y, más tarde, publicó de nuevo en su
antología Daniel Guerin, recuerda en ocasiones la propia organización
y el estilo discursivo masónico al uso y, en otras ocasiones, el
discurso piensa en la masonería a la hora de definir, en
contraposición a ella, su particular y revolucionaria fraternidad
secreta, veámoslo:

"La sociedad internacional revolucionaria se constituirá en dos
organizaciones diferentes: familia internacional propiamente dicha y
las familias nacionales (...). La familia internacional. Unicamente
compuesta por hermanos internacionales, tanto honorarios como activos,
será ella la clave de bóveda (...). El candidato (...). Es preciso que
esté convencido de que no podrá servir mejor que compartiendo nuestros
trabajos, y que sepa que, al ocupar un puesto entre nosotros,
contraerá con respecto a nosotros el mismo compromiso solemne que
nosotros contraemos respecto a él (...). Debe comprender que una
asociación cuyos fines son revolucionarios debe necesariamente
formarse como sociedad secreta, y que toda sociedad secreta en interés
de la causa a la que sirve y de la eficacia de su acción, así como en
el de la seguridad de cada uno de sus miembros, debe someterse a una
fuerte disciplina, que no es por otra parte más que el resumen y el
puro resultado del compromiso recíproco que todos los miembros han
acordado unos respecto a otros, y que por lo tanto es una condición de
honor y un deber el someterse cada uno a todo ello (...), no
toleraremos más que un maestro, nuestro principio (...). Inclinándonos
con respecto ante los servicios pasados de un hombre, apreciando la
gran utilidad que podrían aportarnos los unos por su riqueza, los
otros por su ciencia, los terceros por su alta posición y su
influencia pública, literaria, política y social, lejos de buscarles
por todo ello, veremos en lo dicho un motivo de desconfianza (...). Al
entrar entre nosotros, el nuevo hermano deberá comprometerse
solemnemente a considerar su deber hacia esta sociedad como su primer
deber, concediendo como su segunda obligación su atención a cada
miembro de la sociedad, su hermano"20

Como recuerda el Dr. Nettlau, hacía un año que el
romántico conspirador de origen ruso había abandonado las causas
revolucionarias nacionalistas para centrar toda su energía en la causa
social. Prueba ésta -como otras muchas- de la fuerte influencia que el
liberalismo radical tuvo en el nacimiento del pensamiento anarquista,
contradiciendo todo ello, entonces, la tesis -que, por otro lado jamás
he compartido- publicada en la serie Documentos de la Editorial
Anagrama, con el título Libertarismo versus liberalismo, del profesor
de UCLA Carlos Peregrín Otero.

Esta secretísima sociedad revolucionaria fundada y
sostenida por Bakunin y denominada, curiosamente, de variadas maneras
como: Sociedad Internacional Revolucionaria, Fraternidad
Internacional, Societá dei Legionari della Rivoluzione Sociale
Italiana -y que, por otro lado, esta prolija forma de denominarla nos
refleja una vez más el apasionado y pulsional "Niño" que Bakunin tanto
cuidó y llevó siempre dentro-, acabaría siendo el origen o la causa de
las denuncias dirigidas contra él en el seno de la Internacional, por
parte de un "britanizado" intelectual como Karl Marx, su yerno
Lafargue, Engels y Utin, ocasionando la expulsión del carismático
l'enfant terrible de la A.I.T., en 1872.

C.- La apropiación de iconografía y rituales masónicos por parte de
las ideologías contemporáneas revolucionarias

Una de las más viejas y usadas definiciones que la
francmasonería ha dado de sí misma, es la de que esta curiosa y
antigua forma de sociabilidad "es un hermoso sistema de moral, velado
por alegorías e ilustrado por símbolos".

Intentando darle base justificativa a esta tercera
deducción apuntada en la sección C, sobre la apropiación, adaptación o
utilización de simbología genuinamente masónica por parte del mundo
político liberal y, siguiendo este histórico precedente, más tarde,
por el propio movimiento obrero, trataremos de seguir extendiendo
nuestro discurso sobre este interesante tema, presentando ahora nuevos
ejemplos de adecuación de las "veladas alegorías" y los "ilustrados
iconos" francmasónicos por parte del liberalismo, tanto en su
vertiente oficial o institucional como en la informal vertiente
panfletaria.

Posiblemente, y utilizamos aquí este conjetural adverbio
dado que, después de ímprobos esfuerzos de auténtica caza
bibliográfica en la British Library y en las más importantes librerías
londinenses, tanto de libro nuevo como de lance, seguimos sin haber
descubierto ningún icono "constructivo" en las insignias o banderas de
aquellos puritanos radicales ingleses, los Levellers o Niveladores y
los de su sección protocomunista, los Diggers, los también llamados
True Levellers -aunque no nos extrañaría que la primera
instrumentalización política de la imagen del "constructivo" nivel,
como referente iconográfico del igualitarismo social, proceda de estos
revolucionarios tiempos de la Guerra civil inglesa21-, la primera
apropiación simbólico-política que tengamos constadada de este tenor,
fue la que llevó a cabo la república federal de los Estados Unidos de
Norteamérica. No podemos olvidar que en su revolución participaron
célebres y sobresalientes francmasones como Benjamin Franklin, George
Washington, el marqués de La Fayette, Thaddeus Kosciuszko, Thomas
Adams, Joseph Warren, Richard Caswell, etc., etc., etc.

Desde su misma gestación como nación y sobre todo durante
los primeros años de su historia, los correspondientes a los dos
mandatos de su primer presidente George Washington, aquellos ex-
colonos británicos, padres de aquel nuevo Estado, careciendo del
necesario precedente protocolario e iconográfico republicano y no
queriendo remedar para nada, como ya hemos dicho, los símbolos,
apariencias y fórmulas institucionales de las viejas monarquías,
encontraron en parte de la emblemática y el ritual masónicos la base
iconográfica y algunos de los ritos protocolarios para aquel nuevo
Estado federal dentro, todo ello, del lógico paradigma estético del
neoclasicismo, con la larguísima proyección de referentes
iconográficos y estilísticos que esta poética conlleva.

Buena muestra arquetípica de todo esto que decimos la
encontramos en el diseño de su misma bandera, la famosa Stars and
Stripes, trazado iconográfico que, todavía hoy, a los masones les
recuerda siempre a un conjunto de símbolos harto fundamentales de su
iniciática asociación.

Primero, la masónica y "universal" "Bóveda celeste" de su
cantón -"estrellas flamígeras" blancas sobre el azul firmamento-
pintada obligatoriamente en el techo del prototípico espacio de
sociabilidad hiramita: la logia.

En segundo lugar, las citadas "estrellas flamígeras",
asociadas siempre ritualmente al grado segundo, el de "Compañero"; es
decir, que nos pueden estar hablando -como ya he dicho anteriormente
en el cuestionario-, de la práctica del "compañerismo" o camaradería,
además de un sin fin de variadísimos significantes esotéricos.

Y en tercer lugar, al anfibológico o plural significado
simbólico de que estas estrellas se van a utilizar como representación
de cada Estado y disponer en círculo, me refiero al primer diseño
denominado Betsy Ross, por tres crípticas alegorías o motivos
masónicos que vienen a reforzar, iconográficamente, la misma idea
política de la unida, mutua y eternamente fuerte confederación
política.

Uno, para recordar la idea federal de la masónica y
"circular" "Perfecta unión" de los trece Estados iniciales, otro, por
recordar el arcano cabalístico del Ouróboros (la culebra, dragón o
lagarto, mordiéndose la cola), tan utilizado en su versión ofídica en
la iconografía masónica desde el siglo XVIII y que habla del eterno
retorno, del infinito y de la eternidad, aquí pudo o puede ser
entendido como "amuleto" de buen augurio para la nueva república. Y,
el último de los tres motivos señalados, para que esta constelación
circular sea comprendida, asociada o asimilada a uno de los signos
alegóricos más importantes en el hiramismo, la denominada y
"cooperativa" "Cadena de unión". Dado que esa imagen del principio
republicano del mutualismo federativo se verá completamente reforzada
por esta relevante figura simbólica de la denominada "Cadena de unión"
que todos los masones del mundo, después de acabados los "trabajos" de
logia, realizan de una manera íntimamente física, al situarse todos
los "hermanos" en círculo, abrazándose lateralmente unos con otros,
subrayando con esta mística figura que cada "hermano" es un eslabón de
la recíproca y cooperativa cadena universal de fraternidad que
componen todos los masones en el mundo.

Recordemos que una de las primeras explicaciones
constatadas históricamente del simbolismo de esta bandera fue la que,
después de la decisiva batalla de Saratoga, en octubre de 1777, donde
el general Horatio Gates venció al polifacético general inglés John
Burgoyne, Alfred B. Street le ofreció al vencido general británico una
interpretación de la Stars and Stripes, diciéndole:

"The stars were disposed in a circle

symbolizing the perpetuity of the Union; the

ring, like the circling serpent of the Egyptians,

signifying eternity. The thirteen stripes showed

with the stars the number of the United

Colonies, and denoted the subordination of

the States to the Union, as well as equality

among themselves."22

Pero quizás las imágenes que mejor representan esto que
intentamos explicar, nos las ofrecen, con esa rotunda y lacónica
expresividad que sólo poseen las mejores instantáneas fotográficas,
cualquiera de los dos cuadros que conocemos representando la
colocación de la primera piedra del edificio del Capitolio de los
Estados Unidos.

Uno es de J. Melins y el otro, de mejor factura artística,
se debe a la mano del pintor y francmasón norteamericano Stanley M.
Arthurs. Aunque desconocemos cuál de las dos pinturas refleja con
total fidelidad cómo se desarrolló aquel importante acontecimiento,
dado que ambas no coinciden completamente en lo representado,
deducimos que la de Melins es más antigua por varios motivos
conjeturables: la "construcción" de su exagerada perspectiva nos
recuerda el típico abocetado rápido salido de la utilización de una
cámara oscura, y su exhaustivísimo detallismo nos habla de la
autoexigencia del pintor por dar fe, cuasi notarial, de lo acontecido
sin sacrificar nada a la canónica o académica estructura de la obra y,
por todo ello, este cuadro resulta obviamente más fidedigno.

El lienzo de Arthurs, por el contrario, se ve a todas
luces que se pinta después de un estudioso trabajo de reelaboración,
posiblemente orientándose lejanamente en lo descrito por la obra de
Melins, cambiando de situación y de atributos masónicos a los
personajes, de tamaño a los postes que sostienen la polea,
concediéndole un estético aunque inútil podio o pedestal de ladrillos
a la cornerstone y atreviéndose a rectificar el ritual masónico del
acto, al incluir en la escena al arquitecto del edificio, con mandil
masónico, retratándolo en el momento en que supervisa, escuadrándolo,
el sillar ante el Gran Maestro, el propio presidente de la flamante
república. No siendo tampoco correcta esta revisión litúrgica, dado
que lo correcto sería que el arquitecto Thornton ofreciese los
instrumentos -plomada, escuadra y nivel- al "Gran maestre" para que
este, una vez revisada por él la piedra, pudiese proclamar las tres
cualidades de la misma: "estar a nivel, ser firme y de buena forma",
pasándose después al momento de la consagración.

En el cuadro de John Melins, intitulado George Washington
Laying the Cornerstone of the United States Capitol, Sept, 18, 1793,
el mismo marco dorado nos habla ya exultantemente de masonería, al
estar embellecido en sus esquinas, a guisa de cantoneras, por cuatro
"Deltas sagrados" donde se inscriben cuatro "Estrellas flamígeras o
radiantes" invertidas. La obra pictórica en cuestión, de dudosa
calidad artística para la época -la verdad es que, por su cuasi pueril
sencillez, parece adelantarse al estilo naïf- nos describe con
pormenor, como ya hemos adelantado, cómo se celebró la colocación de
la primera piedra -la piedra angular- del nada menos que futuro
"templo" de la democracia norteamericana, el Capitolio de los Estados
Unidos. Proyecto arquitectónico de W. Thornton, seleccionado por
Thomas Jefferson y que viene a recoger el estereotipo iconográfico
clasicista, de clara influencia palladiana, de la vieja iconografía
masónica de arquitecturas en directa relación con la hipotética o
conjetural reconstrucción fisonómica del templo de Jerusalén.
Arquitectura "pensada" masónicamente que tanto agradaba a Jefferson y
que este singular político -posiblemente también francmasón- demostró
conocer sobremanera cuando él mismo proyectó, y en parte sufragó, su
singular Universidad de Virginia de Charlottesville.

Lo verdaderamente sorprendente de este cuadro es que da fe
del ritual que aquellos visoños republicanos eligieron para
protocolizar aquel importantísimo evento. La ceremonia no fue otra que
un más o menos ortodoxo ritual masónico de fundación de un edificio
público, según el Rito de Emulación.

Dicho de otra manera, que para colocar la primera piedra
del edificio fundamental de la nueva y revolucionaria democracia, su
primer presidente la va a ubicar ceremonialmente investido con los
llamativos atributos masónicos de un Grand Master y no, como cabría
esperar, como un victorioso militar o como un sencillo y democrático
presidente "laico" o civil. No olvidemos que, como ya hemos explicado,
aquella república convirtió a Washington en el primer gran héroe
romántico o, si se prefiere, protorromántico de la revolución liberal,
sentando con sus rococós y clasicistas glorificaciones -que, en
algunas representaciones, llegaron a ser auténticas apoteosis- las
bases iconográficas del constructo "militar, liberal y -obviamente-
masón"

Pero volvamos a la descripción de la apaisada escena del
cuadro de Melins. En la esquina nordeste del hueco realizado para la
ubicación de los cimientos -donde ha sido ubicado el símbolo universal
de la masonería, el compás sobrepuesto a la escuadra, en el grado de
"Maestro"-, el propio presidente de la república G. Washington, cabeza
descubierta, vestido de ritual como "Gran maestre" con sus guantes
blancos, mandil, collar y "joya móvil" de su alta "Dignidad", hace
descender el sillar aparentando que lo empuja con su mallete, mientras
tres acólitos, también sin sombrero, vestidos masónicamente de ritual
con mandiles, guantes y collares de los cuales pende la "joya móvil"
de "Venerable maestro", esperan, solemnemente, con el trigo, el vino y
el aceite para derramarlos sobre la piedra, consagrándola y dando por
terminada la ceremonia de fundación.

Alrededor de esta escena el público: mujeres, niñas, un
niño, tres obreros sosteniendo la cuerda en polea que mantiene y hace
descender el sillar, la bandera federal, un militar tocando el tambor,
y muchos hombres, la mayor parte de los cuales son masones con el
mandil atado a su cintura. Como se ve, la nueva república, quizás
debido a la falta de un completo protocolo institucional republicano y
al posible capricho personal de su presidente, se apropiaba de los
usos y costumbres masónicos, permitiendo esta extraña y formal
imbricación simbiótica de su República con la "Orden del Gran
Arquitecto del Universo".

Posiblemente, el lógico proceso de "desmasonización"; es
decir, la políticamente natural desvinculación formalista de la
flamante república federal de los usos y maneras masónicos y de
manifestar un excesivo -o un a todas luces políticamente incorrecto-
apoyo hacia una discretísima elite de individuos juramentados para
rendirse, sea donde sea, el correspondiente apoyo mutuo, empezó con el
mandato de su segundo presidente, John Adams.

Si se analiza textualmente la calibrada, prudente,
lisonjera y hasta temerosa carta que, en 1798, este estadista les
dirigió a los masones de la Gran Logia de Massachusetts en
contestación a la felicitación por su nuevo cargo presidencial, vemos
que este sopesado documento, redactado en un estilo literario que
intenta estar próximo al de la masonería, refleja, en diplomacia, un
elegante e interesado deseo de quedar bien con la influyente
asociación -posiblemente convertida en un auténtico grupo de presión
ideológico o hasta político gracias a los favores otorgados a ésta por
la presidencia washingtoniana-, al mismo tiempo que nos puede estar
hablando, por un lado, de esos posibles aires de "desmasonización" de
la nueva presidencia, al ubicar Adams a la masonería en su pasado
("muchos de mis mejores amigos eran masones..")23 y, por otro, de los
lógicos descontentos, recelos y críticas que se habían creado en los
ambientes políticos republicanos no masónicos con relación a la
discreta asociación de los "nuevos constructores", tan protegida o,
mejor dicho, mimada por el primer presidente. Veamos, como ejemplo, el
fragmento que el Diccionario Enciclopédico de la Masonería de Lorenzo
Frau nos ofrece, traducido, de este documento, en su entrada de Adams,
Juan:

"No teniendo el honor de pertenecer a vuestra antigua Orden, es mayor
aún mi reconocimiento por vuestra afectuosa y atenta felicitación.
Muchos de mis mejores amigos eran masones; y dos de ellos, mi maestro,
el sabio Gridley, y mi íntimo amigo vuestro inmortal Warren, cuya
vida, no menos que su muerte, son lecciones de patriotismo y
filantropía, fueron Grandes Maestros, sintiendo cada vez no haber sido
iniciado en vuestros misterios. Los ejemplos que acabo de citar y el
más elocuente aún de mi venerable predecesor, serían bastante para
constituirme en defensor del honor y buen nombre de la sociedad, aun
cuando no estuviese penetrado de su amor por las bellas artes, su
entusiasmo en el ejercicio de la benevolencia y su abnegación por la
humanidad.- Vuestra generosa calificación respecto a mi conducta y
buenos deseos por el término feliz de mi período presidencial, son
acreedores a todo mi agradecimiento.- Las pruebas que habeis dado de
amor a vuestra patria y la oferta de vuestros servicios para proteger
la herencia de vuestros antecesores, no dejan duda de cuán elevados
son los sentimientos que os animan y de cuán injusta es la opinión que
muchos profesan sobre los designios de vuestra sociedad."24

Más tarde, será la Francia revolucionaria quien, emulando
o remedando el bien conocido precedente revolucionario estadounidense,
recoja, tanto a nivel de publicística oficial como a nivel de la
correspondiente al mundo panfletario, infinidad de "Atributos
simbólicos" o referentes iconográficos masónicos, componiendo de esta
manera una complejísima emblemática revolucionaria preñada de
"igualitarios" niveles, "moralizantes" escuadras, "Deltas sagrados",
"Estrellas flamígeras", compases, "deísticos" "Ojos omnividentes",
colmenas con sus "cooperativistas", "constructivas" y "laboriosas"
abejas, "estables" y "seguras" áncoras, pirámides, obeliscos,
truncados fustes, estereotipados y "virtuosos" "Templos de Salomón",
etc., etc., etc. En lo que respecta al ámbito publicístico de los
panfletos, folletos u opúsculos, éste poseerá, en ocasiones, un
clarísimo influjo iconográfico francmasónico, sobre todo, en ese tipo
de papel barato utilizado para el fin propagandístico por el
simbiótico tándem -descubierto por el profesor Kennedy- formado por el
variado ámbito de la impresión y las sociedades jacobinas-.

Bajo la influencia de los clubes jacobinos de provincias
se imprimieron infinidad de panfletos preñados de clara iconografía
masónica donde, por lo general, los símbolos más repetidos serán el
equilibrado y divino "Delta" y el "igualitario" nivel. Todavía hoy es
facilísimo, por ejemplo, encontrar en los anticuarios de Besançon
abundantes colecciones -por cierto carísimas para un bibliófilo
modesto- de esta curiosa panfletística. El porqué de estas fuertes
influencias entre la masonería y el jacobinismo nos lo ofrece el
trabajo del profesor Michael L. Kennedy -ya citado por mí en el
discurso de mi obra Galicia y la masonería en el siglo XIX (pp.
19-20)-, y que parece reforzar la vieja tesis gramsciana -que yo
también sostengo- de que la historia del desarrollo orgánico o
estructural del partido político contemporáneo le debe muchas
influencias a la masonería, cuando declara que:

"Aún asi, considerándolo todo, no se puede negar el hecho de que los
clubes le deben mucho a las logias. El abrazo fraternal, el uso de la
balota (o bola negra, entendida como voto negativo) y el empleo de
términos como "frére" (hermano) y "temple" (templo), aunque no poseen
un origen estrictamente masónico como afirma Brinton, sí suponen una
influencia masónica. Debe comentarse algo respecto a la afirmación de
Gaston-Martin de que la red jacobina tuvo como modelo a la masónica.
Ya en 1790, Camille Desmoullins comentaba sobre la sociedad (jacobina)
de la calle St. Honoré: 'Es su Gran Oriente, el centro con el cual
todos los jacobinos y amigos de la constitución de los 83
departamentos, mantienen correspondencia'. Las sociedades masónicas,
como los clubes que (también) precisaban certificados de afiliación (o
diplomas), enviaban sus listas de miembros y estatutos a la capital,
poniendo allí a buen recaudo las cartas de recomendación de las logias
cercanas. Sus peticiones expresando devoción a la masonería y su deseo
de admisión en el Gran Oriente, suenan de modo notablemente familiar a
las escritas posteriormente por las sociedades (jacobinas) de
provincias. En la estructura organizativa, tanto jacobina como
masónica, las redes regionales se desarrollaron agrupadas en torno a
los centros urbanos provinciales. Y, aunque los jacobinos carecían de
algo comparable con la asamblea nacional (masónica) en la capital, a
la que cada logia enviaba un representante, el club de Lille intentó
sin éxito instaurar una "sociedad madre" para implantar un sistema
similar en la primavera de 1790."25

Después, el Imperio napoleónico volvería a oficializar o
"marchamar" estatalmente infinidad de iconos masónicos -como también
estatalizaría a la propia masonería francesa y a sus propagandísticas
logias militares-, empezando por una buena porción de los símbolos de
su propio ejército: diseños de botonaduras, de numismática o
medallística, etc.

Postcriptum

Más informaciones podríamos añadir a esta introductoria
investigación sobre las concurrencias e influjos que la masonería
llegó a tener con respecto al movimiento obrero y, sobre todo, en la
gestación o formación del denominado criterio libertario.

Podría a continuación profundizar un poco más en la
interesante vida masónica y revolucionaria de un personaje citado ya
con cierta profusión, me refiero al incansable Mihail Alexandrovich
Bakunin. Hacer, desde el conocimiento masonológico, un profundo y
detallado análisis textual de su obra -como, asimismo, de la de
convencidos masones y publicistas de la ideología anarquista como
Élisée Reclus o Paul Robin- resulta a todas luces completamente
necesario y puede darnos, además, una de las claves principales para
poder entender esas convergentes similitudes ideológicas -o, por lo
menos, místicas y simbólicas-, entre el pensamiento libertario y el de
la propia masonería.

Sin olvidar, en esa necesaria investigación que apuntamos,
estudiar con pormenor a la secretísima -y al parecer nada numerosa,
como parece descubrir A. Romano- Fraternidad internacional
bakuninista. Profundizar en el estudio de la estructura orgánica de
esta discretísima y conspiradora asociación donde, desde 1864 -como
recuerda Guillaume-, se dejaron introducir revolucionarios italianos
como los masones G. Fanelli y Saverio Friscia, franceses como los
también hiramitas Élie y Élisée Reclus, Benoît Malon o Alfred Naquet,
escandinavos y eslavos y, después de 1869, españoles como Arístides
Rey y Farga Pellicer y nuevos miembros franceses como Varlin o Robin,
suizos como el propio Guillaume, etc,26 resulta a todas luces,
fundamental. Los claros influjos que, sobre esta discretísima
asociación imprimió Bakunin, retomando consciente y sincréticamente
los ritos y las formas del ya viejo carbonarismo y de la
francmasonería -como hemos podido ver anteriormente y también señaló
Daniel Guerin-, resultan completamente palmarios para cualquier
estudioso de estos temas.

Baste decir -como ejemplo, aunque conjetural, quizás
representativo-, que las secretas señales de reconocimiento que
tuvieron que utilizar los "entristas" correligionarios de Bakunin en
esta sociedad secreta,27 pueden seguir hablándonos de cómo aquel
indomable aristócrata ruso reinventaba para su nueva asociación estos
signos de identificación "tribal", basándose para ello, lejanamente,
en las viejas señas, toques o gestos de la masonería. Probablemente,
alguna de aquellas secretas señas de identidad "fraternalista"
bakuniniana ha llegado, exotéricamente, hasta nosotros, como el ya
descrito gesto universal de salutación anarquista.

Por lo de ahora y mientras no se estudie este "encuentro"
en profundidad, entiendo que los puntos de coincidencia ideológica
entre ambos movements -el libertario y el masónico- pueden ser,
fundamentalmente, los siguientes:

Su acendrado e individualista humanismo de profunda carga
deontológica. Esa particularísima "postura filosófica ante la vida"
que poseen tanto los masones como los ácratas -con mayor intensidad
los prekropotkianos-, con todas las variadas y profusas trascendencias
que esta forma de entender la práctica social e individual conlleva,
al basar ambas "culturas" sus principios de proyección "política" en
una convencida labor de pedagogía integral. Para el caso específico
español, el "encuentro" en este ámbito se aprecia todavía con más
relieve, debido a la fuerte aceptación que en esta nación tuvo el
krausismo.

Su utopía universalista o cosmopolitista. La vieja y
mística reivindicación masónica de la "Fraternidad Universal" fue
recogida, como auténtica primordia rerum , por parte de las dos
grandes corrientes del obrerismo del último tercio de siglo XIX y
principios del veinte, la marxista y la libertaria. Fraternidad
universal repetida, hasta la saciedad, como utopía final de sus
teóricas reivindicaciones por su cartelística y sus discursos. No
olvidemos que estas dos culturas políticas, la masonería y el
proletarismo, van a compartir la misma aspiración programática de
tener un definido "proyecto político" de lograr una sociedad nueva
igualitaria y universal.

Su viejo ideal interclasista, sobre todo, y en el caso de
los libertarios, hasta la entrada histórica del llamado
anarcocomunismo o comunismo libertario.

Su convencido laicismo y su visceral mentalidad
anticlerical. Este punto de encuentro se entiende, exclusivamente,
para el caso masónico de las llamadas masonerías latinas o liberales,
quedando completamente apartada la masonería regular o anglosajona de
este tipo de inquietudes ideológicas.

Y, por ultimo, su profundo sentimiento "tribal" o
fraternalista. Las particulares formas de entender el apoyo mutuo por
parte de los masones y los anarcos llega a contraer las formas y
maneras de un auténtico "sectarismo" ideológico o "político". Este
fraternalismo tan fuertemente sentido y practicado por ambos ambientes
desde sus mismos nacimientos históricos, no se encontrará con
facilidad en otras culturas políticas de la contemporaneidad
universal.

Por otro lado, su gran desencuentro o diferencia no
radicará, como aparentemente pudiera parecer, en la compleja,
iniciática y ceremoniosa estructura jerárquica -que no autoritaria- de
la masonería, sino más bien en los medios o la forma de alcanzar la
compartida utopía final universalista de estas dos culturas políticas.
Los ácratas, como es sabido, intentando llegar a ella por medio de la
violenta y apocalíptica destrucción revolucionaria del para ellos
caduco mundo capitalista -esperando siempre para "mañana" o "pasado
mañana" su particular parusía- y, los reformistas masones,
desarrollando su pacífica, tolerante y educativa acción de
convencimiento, por medio de los igualitaristas y humanísticos
ejemplos morales de su filantropía y de su cándido fraternalismo.

Podría, por último, exponer en este discurso, sintomáticos
ejemplos de jovencísimos obreros iniciados en la masonería en la
Galicia del siglo XIX que, después de un tiempo de formación integral
dentro de las logias, acabaron siendo los fundadores del obrerismo
marxista de este país. Como fue el caso -ya estudiado en mi libro
Galicia y la masonería en el siglo XIX-, del mecánico ferrolano
Francisco Fernández García, de "nombre simbólico" Ferreti, y de una
buena parte de sus compañeros de la primera Agrupación socialista
gallega, fundadores con él del primer periódico socialista de Galicia,
El Obrero.28

Podría, en suma, seguir mostrando más coincidencias,
interrelaciones o concomitancias habidas entre estas dos grandes
culturas políticas de la historia universal: el societarismo y el
hiramismo, pero creo que, por esta ocasión, lo aquí presentado y
sugerido viene a ser un sencillo, objetivo y sintomático abanico de
ejemplos que, por lógica deducción, podrán ser motivo de una necesaria
y posterior reflexión que, espero, llegue a provocar la realización de
futuros ensayos esclarecedores, nuevos descubrimientos o distintos
enfoques sobre el fenómeno en cuestión.

VOLVER

--------------------------------------------------------------------------------

NOTAS

1 Una aproximada y abreviada versión de estas personales reflexiones
sobre el encuentro simbólico e ideológico entre la cultura política de
la masonería y la llamada "cultura proletaria" -en idioma gallego y
sin citas de autoridad-, va a ser publicada por la Confederación
Intersindical Gallega de Ourense (España), en el tomo tercero de su
colección Historia do Mundo do Traballo.

Como explicaré más adelante, principios del tenor de
las reflexiones que vierto en este artículo ya los he ido formulando,
desde 1989, en: mi tesis doctoral (Galicia y la masonería en el siglo
XIX. Sada [A Coruña], Ediciós do Castro-Grupo Sargadelos, 1991 [2ª
ed.], pp. 207-221); la comunicación que presenté, en 1992, en las XI
Jornades d'Estudis Històrics Locals celebradas en Palma de Mallorca
("La logia masónica, entidad de ocio y formación", en (VV. AA.) XI
jornades d'Estudis Històrics Locals. Palma, Govern Balear, 1993, pp.
237-242); mi libro Laicismo, educación y represión en la España del
siglo XX. (Ourense, 1909-1936-39). Sada [A Coruña], Ediciós do Castro-
Grupo Sargadelos, 1993, pp. 61-64; y en el capítulo "La masonería, una
discreta forma de sociabilidad democrática" del libro La sociabilidad
en la historia contemporánea ([A.Valín, dir.]. La sociabilidad en la
historia contemporánea. Reflexiones teóricas y ejercicios de análisis.
Ourense, Duen de Bux, 2001, pp. 75-96).

2 FERRER BENIMELI, J. A. "La masonería española y la cuestión social",
en Estudios de Historia Social, Madrid, Mº. de Trabajo y Seguridad
Social. Núms. 40-41, enero-junio de 1987, p. 30.

3 LORENZO, A. El proletariado militante. Memorias de un internacional.
Madrid, Zero, 1974, pp. 61-63. Interesante tema éste de las
coincidencias ideológicas -salvando, como es lógico, las obvias
distancias- entre el universalismo o cosmopolitismo masónico iniciado,
en 1737, por las dos versiones del célebre Discours de André-Michael
de Ramsay y el variopinto internacionalismo progresista de la A. I. T.
Hay que recordar que aquella breve pero relevante obra del discípulo
de Fénelon, gozó de un éxito insospechado no sólo en el discreto
ámbito de la masonería, siendo uno de los primeros alegatos
reivindicativos del internacionalismo de todos los tiempos -además de
establecer las utópicas bases para la creación de la moderna cultura
política de la masonería-. Veamos, del conocido Discurso, los
siguientes fragmentos: "...El amor a la patria, mal entendido y
llevado a veces al exceso, destruye con frecuencia, en esas repúblicas
guerreras, el amor y la humanidad. Las diferencias esenciales entre
los seres humanos no radican en las lenguas que hablen, las ropas que
lleven, las tierras en las que habiten, o los privilegios con los que
hayan sido investidos. El mundo no es sino una república, en la cual
cada nación es una familia, y cada individuo un vástago (...), donde
los intereses de la Fraternidad se convertirán en los del género
humano, de donde todas las naciones serán capaces de extraer
conocimientos útiles y donde los súbditos de todos los reinos aprendan
a apreciarse los unos a los otros sin renunciar a su propia patria
(...), y que, sin olvidarse de los diversos deberes que exige la
diferencia de los estados, formar, con el tiempo, una Nación toda
espíritu. Se creará un nuevo pueblo, que estando compuesto de varias
naciones, se cimentarán todas, en cierto modo, por los vínculos de la
virtud y de la ciencia". Sobre este tema, Cfr.: MELLOR, A. La
masonería. Barcelona, Editorial AHR, 1968, pp. 279-287; SILVA DIAS G.
e J. S. Os primordios da Maçoneria em Portugal. Lisboa, Instituto
Nacional de Investigaçâo Científica, vol. II, tom. II, pp. 619-635;
LENNHOFF, E. The Freemasons. The history, Nature, Development and
Secret of the Royal Art. Addlestone (Surrey), Lewis Masonic Books,
1994, pp. 70-71; TOUCHARD, J. Historia de las ideas políticas. Madrid,
Tecnos, 1974, p. 303. De estas profundas simpatías y coincidencias
ideológicas entre el libertarismo y la francmasonería, lo declarado
por Volin (Vsevolod Eichembaum) -sobresaliente publicista libertario y
convencido masón como Anselmo Lorenzo o Sébastien Faure- nos quita de
nuevo cualquier posible duda cuando dice: "Afirmo categóricamente que,
por mi parte, no encuentro absolutamente nada en los principios o en
la actividad de la Francmasonería que sea incompatible con mi
condición de anarquista. Y considero que todo anarquista que busque
"autoeducarse" (cherchant à s'eduquer lui-même) de una manera más
amplia, y también colaborar en la educación de los demás, debería
formar parte de esta asociación. Esto le sería provechoso a él y
provechoso a su causa (Il y gagnerait et sa cause y gagnerait
également)." Cfr.: (Daniel Ligou, dir.) Dictionnaire de la Franc-
Maçonnerie. París, Presses Universitaires de France, 1987, p. 1.269.

4 FERRER BENIMELI, J. A., CUARTERO ESCOBÉS, S. Bibliografía de la
masonería. Madrid, Fundación Universitaria Española, 2004. 2 tomos en
3 vols.

5 NETTLAU, M. La anarquía a través de los tiempos. Barcelona,
Editorial Antalbe, 1979, (1ª edición: ¿1929?), p. 111.

6 PETERSON, F. El movimiento obrero norteamericano. Historia y
Desarrollo. Buenos Aires, Ediciones Marymar, 1968, p. 19. En relación
a este tema de la influencia que la masonería pudo ejercer en el
primer movimiento obrero de Estados Unidos, promete ser interesante,
cuando se publiquen las actas, la lectura de la ponencia de Mark Lause
"The Order of Eternal Progress: the quasi-masonic roots of the First
International in the United States", presentada en la Conference "We
Band of Brothers": Freemasonry in radical and social movement
1700-2000. Celebrada en Sheffield, en noviembre de 2004.

7 COMBES, A. La massoneria in Francia, dalle origini a oggi. Foggia,
Bastogi, 1986, p. 64.

8 Ibidem, pp. 69-70.

9 COMBES, A. "L'école de la Republique 1861-1939". (Daniel Ligou,
director) Histoire des Francs-maçons en France. Toulouse, Editions
Privat, 1987, pp. 245-246.

10 ARBELOA MURU, V. "Los socialistas españoles y la masonería", en
Historia 16, nº 35, marzo, 1976, pp. 37-48.

11 OLIVÉ SERRET, E. "El movimiento anarquista catalán y la masonería
en el último tercio del siglo XIX. Anselmo Lorenzo y la logia 'Hijos
del Trabajo'". (Ferrer Benimeli, J. A. coord.) La masonería en la
historia de España. Zaragoza, Diputación General de Aragón, 1985, pp.
131-151.

12 FERRER BENIMELI, J. A. "La masonería española y ..." Op. cit., pp.
7-47. De este mismo autor, vide, también: "La masonería española y la
Revolución bolchevique", en Historia 16, nº 155, marzo 1989, pp.
20-29; "Socialisme et Franc-Maçonnerie sous la Deuxième république
espagnole: deux visions opposées". (Charles Porset, comp.). Studia
Latomorum et Historica. Mélanges offerts à Daniel Ligou. París, Honoré
Champion, 1998, pp. 109-129; "Socialistas y masonería", en Tiempo, nº
306, de 21-27 de marzo de 1988, p. 14; y La masonería. Madrid, Alianza
Editorial, 2001, pp. 157-180. Este último trabajo, el capítulo
"Masonería y cuestión social" del libro La masonería viene a ser,
ampliado, el artículo "La masonería española y..." citado en primer
lugar. Sobre la obra ferreriana en estos ámbitos de estudio -sobre
todo en el primero y en el último de los trabajos reseñados en esta
nota-, tengo que señalar que, si bien contrae auténtica relevancia al
ser de los primeros trabajos de la historiografía internacional en
abrir este interesante objeto de investigación masonológica -a niveles
generales-, sobre las interrelaciones, adecuaciones o nexos entre la
masonería y el obrerismo, se sigue echando en falta en estos discursos
la necesaria teorización y, sobre todo, la fundamental, expositiva o
concluyente visión sintética.

13 Supra, segundo párrafo de la nota 1.

14 SÁNCHEZ I FERRÉ, P. "Anselmo Lorenzo anarquista y masón", en
Historia 16, nº 105, enero 1985, pp. 25-33; "Masonería y movimiento
obrero en España", en Revista de Extremadura, nº 4, enero-abril 1991,
pp. 57-66; "Francesc Ferrer i Guardia i la maçoneria. Una aproximació
crítica (1901-1910)", en Revista de Catalunya, nº 50, marzo 1991, pp.
81-92; "Maçoneria, anarquisme i republicanisme". (VV.AA.) I Jornades
sobre Moviment Obrer a l'Arús. Barcelona, Asociació Amics Bibliotèque
Arús, 1991, pp. 31-38. GUTIÉRREZ MOLINA, J. L. "Masonería y movimiento
obrero: Vicente Ballester y la logia Fermín Salvoechea (1926-1930)",
en Papeles de Historia, nº 3, 1993, pp. 83-93.

15 ÁLVAREZ LÁZARO, P. F. "Francisco Ferrer y Guardia, pedagogo,
librepensador y masón". (VV. AA.) La educación en la España
contemporánea. Cuestiones históricas. Madrid, Ediciones S. M., 1985,
pp. 126-133.

16 Supra, segundo párrafo de la nota 1.

17 RUIZ PÉREZ, J. "Masonería y posibilismo libertario: la actividad
masónica de Marín Civera". (Ferrer Benimeli, J. A., coord.) La
masonería en Madrid y en España del siglo XVIII al XXI. Zaragoza,
Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española, 2004, pp.
1.005-1.021.

18 GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, A. "Socialismo y masonería". (VV. AA.) Los
orígenes del socialismo en Sevilla. 1900-1923. Sevilla, Área de
Cultura del Ayuntamiento, 1996, pp. 259-268; "Masonería,
republicanismo y anarquía: Pedro Vallina", (Ferrer Benimeli, J. A.,
coord.). La masonería española y la crisis del 98. Zaragoza,
Diputación General de Aragón, 1999, pp. 43-63; "La masonería ante la
cuestión social". (Braojos Garrido, A., coord.) Masonería, prensa y
opinión pública en la España contemporánea. Sevilla, Ayuntamiento de
Sevilla, 1997, pp. 71-98; GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, A. Y ÁLVAREZ REY, A.
"Actitudes y estrategias de la masonería sevillana ante los
movimientos sociales (1912-1923)", en (Ferrer Benimeli, J. A., coord.)
La masonería española entre Europa y América. Zaragoza, Diputación
General de Aragón, 1995, pp. 145-162.

19 Y que, en soporte papel y en versión ampliada, ofrezco con el
título "Botas y espadas en la secreta sociedad de la escuadra y el
compás: la masonería y los militares en la historia de España", en el
Anuario Brigantino 2004 , número 25 que, el Concello de Betanzos,
publicará en 2005. ( Vid.: http://www.betanzos.net).

20 Cfr.: GUERIN, D. Ni dios ni amo. (Antología del anarquismo). Vol I.
Madrid,Campo Abierto Ediciones, 1977, pp. 140-151. Bakunin crea esta
conspiradora Fraternidad con masones de la talla revolucionaria de
Giuseppe Fanelli o Saverio Friscia en la inquieta Florencia de 1865,
justo cuando este arquetipo del revolucionario tardorromántico ruso
asistía en esa misma ciudad de Toscana, el 21 de mayo de ese año -nada
menos que como delegado del Cónclave masónico toscano por el Rito
Escocés Antiguo y Aceptado-, a la primera asamblea constituyente de
la masonería italiana. En aquel efervescente hiramismo italiano
"postunitario" el camarade vitamine de Léo Ferré intentó
infructuosamente reformar de raíz a esta masonería, orgánica y
teológicamente. En cuanto a la llamada Fraternidad internacional,
cfr.: PATRUCCO, C. Documenti su Garibaldi e la massoneria nell'ultimo
periodo del Risorgimento italiano. (Edición facsímil de la de
Alessandria de 1914). Sala Bolognese (Emilia Romagna) , Arnaldo Forni
Editore, 1986, p. 34. Sobre la activa y relevante "vida italiana" de
Bakunin de estos años, vide.: MOLA, A. A. Storia della massoneria
italiana. Dalle origini ai nostri giorni. Milán, Bompiani, 1994, pp.
115-117, 127, 135; DAMIANI, F. Bakunin nell'Italia post-unitaria,
1864-1867. Milán, 1977; NETTLAU, M. Bakunin e l'Internazionale in
Italia dal 1864 al 1872. Ginebra, Edizioni del Risveglio, 1928, pp.
209-233, (citado por el propio Dr. Nettlau en su libro La anarquía a
través ..., p. 115); NETTLAU, M. La anarquía a través... Op. cit., pp.
114-118; POLO FRIZ, L. "Mijaíl Bakunin y la Masonería italiana".
(Ferrer Benimeli, J. A., coord.). Masonería, revolución y reacción.
Alicante, Instituto de Cultura "Juan Gil-Albert", 1990, pp. 195-212;
CAMPION, L. Les anarchistes dans la F. M. ou les maillons libertaires
de la chaîne d'union. Marsella, Editions "Culture et Liberté", 1969,
pp. 58-66.

21 Como dice en su conocido libro sobre la historia de la masonería
inglesa el historiador y ex-bibliotecario de la Gran Logia Unida de
Inglaterra, John Hamill, en plena Guerra civil inglesa se tiene
constancia ya de la existencia de logias masónicas de transición; es
decir, con masones aceptados -ajenos completamente al mundo de la
construcción- dentro de sus talleres y de ideario, tanto
parlamentarista como realista. Cfr.: HAMILL, J. The History of English
Freemasonry. Addlestone (Surrey), Lewis Masonic Books, 1994, pp.
35-39. Agradecemos aquí la cariñosa y solidaria acogida que he
recibido en el Freemasons' Hall de Londres, por parte del entrañable
Juan Antonio Vázquez (John Vázquez), del bibliotecario Martin Cherry y
de Peter E. Holland, miembro de la Quator Coronati Lodge.

22 "Las estrellas fueron dispuestas en círculo, simbolizando la
perpetuidad de la Unión; el anillo, como la serpiente circular de los
Egipcios, representa la eternidad. Las trece barras muestran con las
estrellas el número de las Colonias Unidas, y denotan la subordinación
de los Estados a la Unión, así como la igualdad entre ellos mismos."
Cfr.: ZNAMIEROWSKI, A. The World Encyclopedia of Flags. The definitive
guide to international flags, banners, standars and ensigns. (S. l.),
Anness Publishing Limited, 2003, p. 113. Sigue causándome estupor o
por lo menos sorpresa, el hecho de que todavía hoy haya investigadores
que, estudiando el atractivo mundo de las representaciones en el
complejo y multivario entorno simbólico de la Revolución
norteamericana, sigan "olvidando" en sus interpretaciones
iconográficas -desconozco si por ignorancia o por volitivo ánimo de
escamoteo- el fuerte influjo que la iconografía y emblemática masónica
ha ocasionado en todo este complejo fenómeno de la relevante
"invención de una Nación". Por ejemplo, resulta a todas luces
llamativo que, en un libro recientemente publicado por una prestigiosa
universidad inglesa como el escrito por el profesor Hackett Fisher,
donde hay capítulos exclusivamente dedicados a interpretar
simbólicamente imagos tan fundamentales como, por ejemplo, la propia
bandera (pp. 152-166), no se hable para nada de lo que trato en este
apartado de mi artículo, reduciendo la explicación sobre el origen de
esa singular e iconográficamente revolucionaria "new constellation" de
su cantón, a una sencilla y doméstica tradición familiar de la
influyente "Adams family", haciendo David Hackett en su abultada obra
dos únicas y tangenciales referencias al hiramismo norteamericano, las
dos, curiosamente, en tiempos de la presidencia de Lincoln. Vid.:
HACKETT FISCHER, D. Liberty and Freedom (A Visual History of America's
Founding Ideas). Oxford, University Press, 2005, pp. 152-166, 335,
369.

23 Originalmente, si seguimos lo transcrito por el historiador
norteamericano Sidney Morse, el presidente Adams fue quizá más
rotundo todavía al dejar a la masonería en "su" pasado, utilizando el
pretérito perfecto "have been"; es decir, "han sido", veámoslo: "Many
of my best friends have been Masons ..." Cfr.: MORSE, S. Freemasonry
in the American Revolution. (Edición facsímil de la washingtoniana de
1924). (S. l., Gran Bretaña), Kessinger Publishing's Rare Reprints,
(s. a.), p. 45.

24 FRAU ABRINES, L., ARÚS Y ARDERIU, R. Diccionario Enciclopédico de
la Masonería. T. I., México, Ed. del Valle de México, 1976, p. 42.

25 " Yet, when everything is considered, one cannot deny that the
clubs owed much to the lodges. The fraternal embrace, the blackball,
and the use of terms like 'frére' and 'temple', while not strictly
masonic in origin as Brinton stated, imply masonic influence. And
there is something to be said for the Gaston-Martin´s contention that
the Jacobin network was modelled on that of the masons. As early as
1790, Camille Desmoulins remarked of the society of the rue St.-
Honoré: 'It is the Grand Orient, the center with which all the
Jacobins, all the friends of the constitution in the 83 departments,
correspond.' Masonic associations, like clubs seeking certificates of
affiliation, forwarded their membership rosters and constitutions to
the capital, and secured letters of reference from nearby lodges.
Their petitions, expressing devotion to masonry and their desire for
admission into the Grand Orient, sound remarkably like those written
later by the provincial societies. Within both the Jacobin and masonic
movements, regional networks, grouped around provincial urban centers,
developed. And, although the Jacobins had nothing to compare with the
national assembly in the capital to which each lodge sent one
representative, the club of Lille tried unsuccessfully to have the
"mother society" institute such a system in the spring of 1790." Cfr.:
KENNEDY, M. L. The Jacobins Clubs in the French Revolution. The First
Years. Princenton (New Jersey), Princenton University Press, 1982, pp.
6-7.

26 Cfr.: GUILLAUME, J. La Internacional de los Trabajadores. (Desde
su fundación hasta el Congreso de Basilea). La Habana, Editorial "El
Libro", 1946, p. 37.

27. Aun conociendo en profundidad el pensamiento y la personalidad de
Bakunin, sigue pareciéndonos completa y moralmente contradictoria su
aparentemente policial o jesuítica -en realidad, infantil- táctica de
infiltración, por la necesaria hipocresía conductual que requiere en
el miembro juramentado, yendo en contra de todo principio ético
libertario y, obviamente, francmasónico.

28 VALÍN FERNÁNDEZ, A. J. V. Galicia y la ... Op. cit., pp. 207-221.

http://www.tallerediciones.com/cuza/masonesyobreros.htm

http://groups.google.com/group/secreto-masonico

☻illuminati☻

unread,
Oct 20, 2009, 9:00:43 AM10/20/09
to
La propuesta para el estancamiento y el desempleo

El programa económico que Felipe Calderón y sus Chicago Boys aplicarán
para 2010 y lo que resta de la segunda y desastrosa pesadilla panista
evidencia que son ortodoxos hasta la ignominia. Muestra que prefieren
morir antes que arrojar a la basura sus rancias, desacreditadas e
inútiles recetas neoliberales.
19 de octubre de 2009


Marcos Chávez M Sección: Opinión

Si poco hicieron –en realidad nada, más allá de la simulación–, a
regañadientes, mal, temporalmente y con fracasados resultados durante
el brutal desplome económico de 2009, la peor recesión registrada
desde la década de 1930, para el periodo 2010-2012 pretenden retornar
a su postura de hombres apacibles que les caracterizó hasta y durante
la crisis. A la vigencia del Estado autista, que dejará que la
economía y la sociedad salgan de su estado comatoso y se recuperen
como puedan, según la lógica tiránica de la “mano invisible” de la
jungla del “mercado” libre, que supone que naturalmente, sin la
interferencia pública, se purgará el sistema –los que no sean
“competitivos” tendrán que desaparecer– y todo se arreglará
automáticamente.

Al regreso de la economía de la parálisis, las ganancias financieras y
la concentración de la riqueza, de escasos empleos, el deterioro de
los salarios y el ensanchamiento de la pobreza y la miseria. La
reactivación no será responsabilidad de Calderón y su equipo ni de la
“creatividad” empresarial. Tampoco del Congreso, que aceptará la
propuesta calderonista. Dependerá de la recuperación estadunidense y
sus importaciones mexicanas. El mercado interno seguirá vegetando en
su estancamiento. Hasta que dios se apiade de su desastre.

La recesión de la década de 1930 tuvo al menos dos virtudes: una fue
que marcó el fracaso de la doctrina del “mercado libre” justificada
por los economistas neoclásicos, los Salinas, Aspe, Zedillo, Ortiz o
Carstens de esa época; la otra fue que estimuló la decidida
intervención del Estado como administrador de las deficiencias del
mercado, promotor del desarrollo y garante del bienestar. Con la
política fiscal activa y más equitativa (en escala ascendente se
impusieron mayores impuestos a quienes más ganaban para financiar la
expansión del gasto social y la inversión productiva) y la monetaria
(bajas tasas de interés), de corte keynesiano, el Estado atenuó las
crisis ampliando el consumo y la inversión pública y privada, y
promovió el crecimiento y el pleno empleo de la posguerra y mejoró la
calidad de vida de la población. El déficit público fue aceptado para
alcanzar esos propósitos. Dicha recesión permitió a México
desembarazarse del librecambismo que lo condenaba al atraso típico de
las naciones especializadas a la exportación de materias primas y
posibilitó, con la participación del Estado, avanzar en su
industrialización, aunque los beneficios del desarrollo se
concentraron en los empresarios y los sectores medios. Sin embargo, la
reacción neoliberal encabezada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher,
a la que se sumó la derecha mexicana, de Miguel de la Madrid a
Calderón, reinstaló el pasado. Volvió a entronizar la doctrina del
“mercado libre” promovida por Milton Friedman y los Chicago Boys. Se
regresó a “la sumisión del hombre a las fuerzas impersonales del
mercado”, según Friedrich von Hayek, uno de los ideólogos de
francmasonería conservadora. Emasculó al Estado, disminuyó su tamaño y
desmanteló la estructura de bienestar; redujo su gasto y los impuestos
a las empresas y sectores de altos impuestos y aumentó los del
consumo. Le impuso el dogma del equilibrio fiscal y limitó su papel a
simple guardián de la acumulación privada de capital y la estabilidad
política.

Por necesidad, un gran número de gobiernos se vieron obligados a hacer
a un lado el manual antiestatista, al menos un tiempo, y volverse
keynesianos para intervenir el mercado, sobre todo el financiero,
reducir los réditos y los impuestos y ampliar el gasto y el déficit
público, en los niveles y el tiempo que sean necesarios, para
enfrentar la grave recesión de 2008-2009 e impulsar la reactivación.
La consigna es estimular la demanda. Pero nuestros neoliberales se han
mantenido fieles a sus creencias. En 2009 elevaron mezquinamente el
gasto, aunque rápidamente lo recortaron, lo que terminó por derrumbar
el consumo y la economía, además de fortalecer el desempleo. Así,
México registra una de las peores recesiones del mundo. Lo que quiso
ser anticíclico se volvió procíclico. Lo peor de todo es que, sin
evidencias sólidas de que la crisis haya tocado el fondo del pozo ni
cuánto tiempo permanecerá en él, para 2010-2012 diseñaron un programa
cuyos objetivos nada tienen que ver con la reactivación, el
crecimiento, la reabsorción de los desempleados y la creación de
nuevos empleos.

Los tecnócratas regresarán a su infecunda tarea iniciada desde 1983:
bajar la inflación de 4.3 por ciento en 2009 a 3.3 por ciento en 2010,
y 3 por ciento en 2011-2012; y eliminar el déficit fiscal, de 2.9 por
ciento en 2010 a un balance cero en 2012. En 2009 será de 2.1 por
ciento. Es cierto que proponen un modesto crecimiento de 3 por ciento,
4 por ciento y 4.2 por ciento para 2010-2012, luego del desastre de
este año (-6.8 por ciento o más).

¿Cómo pretenden alcanzar esas contradictorias metas?
Porque la reactivación requiere fomentar el consumo y la inversión
pública y privada. La desinflación y el equilibrio fiscal, su
contención. Oficialmente, el banco central mantendría bajas las tasas
de interés en 2010, 4.5 por ciento en promedio anual la nominal y 1.2
por ciento descontando la inflación, similar a este año y cuyo bajo
nivel, sin embargo, no logró evitar la caída del crédito ni de la
economía ni tampoco el alza de la insolvencia de pagos de los
deudores. La incertidumbre que priva entre las empresas y las
personas, el desempleo o el temor a él, entre otros factores, explica
la parálisis crediticia y la ineficacia de los bajos intereses. Esa
situación no cambiará significativamente en 2010 para reanimar el
consumo y la inversión por esa vía. Si el Banco de México eleva los
réditos se agravará el problema. La dificultad está en otro lado,
donde los tecnócratas ni el Congreso hacen nada para remediarlo: la
voracidad bancaria y de las empresas que operan con préstamos.

El esfuerzo para reducir la inflación descansará en otras medidas: una
es mantener baja la paridad, que pasaría de 13.6 pesos por dólar en
2009 a 13.8 en 2010. Una depreciación nominal de 1.5 por ciento, menos
de la mitad de la inflación esperada (3.3 por ciento). El atraso
cambiario, que sobrevaluará la moneda, será reforzado con una mayor
reducción de los aranceles. Ambas medidas podrían reducir el monto de
las importaciones y de los precios internos, si es que no aumenta las
tarifas internacionales y las grandes empresas que las compran no las
venden más caras localmente como siempre sucede. Si es así, todo será
en vano. Pero en caso de que sean exitosas tales decisiones, tienen
otros efectos nocivos: la compra de bienes importadores sólo
beneficiará a los productores extranjeros; los nacionales resentirán
su entrada, que afectará la demanda de sus productos y su producción,
y los puede llevar a la quiebra; no beneficiará la reactivación ni
generará más empleos y provocará un creciente déficit comercial y
corriente de la balanza de pagos que tendrá que ser financiado con
mayor endeudamiento externo o la contención de la demanda interna. Si
suben los réditos externos se complicarán las cosas.

Otro instrumento desinflacionario será la contención de los salarios,
cuya alza en 2010 será de 3.3 por ciento-5 por ciento, 1.76-2.13 pesos
más diarios para los mínimos y 3.54-4.29 para los otros. Ello no
recuperará su poder de compra perdido en 2009. Una inflación más alta
a la esperada ampliará su retroceso. Ése es el ingrediente necesario
para el éxito de la baja de precios. Y aunque la inflación sea igual
al aumento salarial y éstos no pierdan estadísticamente más su
capacidad adquisitiva, de todos modos el consumo caerá más por los
impuestos y el alza de las tarifas de los bienes y servicios públicos
que se aplicarán. Ellos serán inflacionarios. La represión salarial
ayudaría a controlar la inflación, pero no mejorará el consumo para
estimular la demanda, la producción y la reactivación. En cambio,
perjudicará más las condiciones de vida de la mayoría y su
alimentación e incrementará su pobreza y miseria.

El gasto público tampoco será anticíclico, porque Calderón y Agustín
Carstens proponen recortes brutales para lograr el equilibrio fiscal.
El gasto real programable caerá 1.4 por ciento y la inversión 0.8 por
ciento, o más si no se reducen más en 2010. Todos los egresos
resentirán su caída, la educación, la salud, el laboral, el
agropecuario y demás. Todos, salvo los insultantes salarios y
prestaciones de la elite política, los poderes Ejecutivo, Legislativo
y Judicial que por todos los medios saquean al Estado, los recursos
destinados a la represión, al pago de la deuda pública interna y
externa, y al pago de los empresarios que como sanguijuelas desangran
al erario.

¿Cómo entonces se pretende lograr un crecimiento de 3 por ciento, que
apenas crearía 200-300 mil empleos, menos de la mitad de los perdidos
en 2009 (cerca de 1 millón) y los requeridos en este y el próximo año
de las 2 millones de personas que se incorporarán por primera vez al
mercado laboral?

De dos formas: entregando las riquezas de la nación, la petrolera, la
eléctrica, la infraestructura, a la depredación de los grandes
empresarios internos y externos; y esperando que se recupere la
economía estadunidense.

Sólo un individuo será feliz en ese escenario: Felipe Calderón. Porque
le permitirá ejercer su altruismo clerical: el socorro a los
miserables. Y porque el ejército de delincuentes se agrandará
inevitablemente ante la falta de empleos y los avaros salarios pagados
por los hombres de presa. Gracias a ellos, podrá seguir practicando su
deporte favorito: la cacería humana. Su éxito se medirá por la altura
de la pila de cadáveres y por la saturación de las hincadas cárceles.
Es obvio que en ellas no estarán ni las elites políticas ni
empresariales que hundieron a la nación. Todavía existen clases
sociales.

October 15, 2009
http://www.voltairenet.org/article162582.html


http://groups.google.com/group/secreto-masonico

0 new messages