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Kábalah JUDIA : El verdadero conocimiento cábalistico

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LvX-illuminati

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Sep 14, 2009, 3:10:40 PM9/14/09
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Kábalah JUDIA : El verdadero conocimiento cábalistico

Creo que todo ser humano pensante se interroga, alguna vez en la
vida,
sobre cual debe de
ser el motivo real de su presencia en este mundo, de donde viene y
adónde va. El ‘porqué’
y ‘para qué’ estamos aquí son, o deberían de ser, el principio de la
búsqueda hacia el ver-
dadero conocimiento. A pesar de que, aparentemente, estas preguntas
ya
nos han sido res-
pondidas a través del aprendizaje recibido y de las pautas marcadas
por la sociedad a la que
pertenecemos. Respuestas que se basan en principios muy simples de
carácter material:
estamos aquí porque nacimos —hecho incuestionable— y nuestras metas
son las de obte-
ner un máximo de bienestar económico, aunado a una importante cuota
de
poder. Estos
logros, según los cánones establecidos, significan la obtención de la
felicidad que, en sínte-
sis —de acuerdo a ellos—, es el objetivo de la vida. Claro que
colateralmente debemos
disfrutar de salud y de amor; y ya está, felicidad completa.

La fuerza que impele a los humanos, el objetivo por el que están
dispuestos a luchar con
todas las armas a su alcance, es el poder. Para lograrlo todo es
válido. Si se obtiene, no
importan los principios morales y de convivencia que se hayan
violado,
ni el daño de cual-
quier tipo que se le produjese a otros seres, pues “la historia la
escriben los vencedores” y
se le podrá ‘echar tierra’ a los desmanes. Una vez en el pináculo —
como parte del juego—
se reciben con orgulloso desdén las muestras de veneración. Al ser
alcanzada es impres-
cindible mantener esa posición de privilegio, para lo cual es
‘lícito’
utilizar todo tipo de
violencia, moral, física o psíquica. Pero, por supuesto, muchos
aspiran pertenecer a la cú-
pula y, ganen o pierdan, utilizan similares procedimientos.


Como por preparación y presión social se busca con ahínco una cuota
de
poder, si no se
logran las más importantes habrá que buscar otras más asequibles o en
su defecto, al me-
nos, pertenecer a una institución o grupo que si lo posea (el
síndrome
de la cola del león).
Y el problema general estriba en que estando tan arraigada esa
mentalidad, promueve en
todos los ámbitos una necesidad de dominación cuyo producto son las
fricciones, incom-
prensión y malestar.


Es en tal modo obsesiva la necesidad de poder que la palabra
ambición,
cuyo significado
tradicional era negativo al representar una pasión desordenada por
conseguir poderes, dig-
nidades, honores o fama, se ha transformado en una expresión positiva
en donde su sentido
actual supone empeño y aspiración legítima. Y es precisamente esta
supuesta ‘legítima
aspiración’ la que genera mayor inarmonía pues, cualquiera sea el
logro alcanzado, man-
tiene un permanente inconformismo que se traduce en infelicidad; lo
opuesto al principal
objetivo buscado.


Por otro lado, la gran mayoría que no obtiene niveles de poder de
relativa importancia,
pero que están presionados por similar ambición, arrastran una vida
llena de frustración y
resentimiento; estados que incrementa la sociedad al menospreciarlos
considerándolos fra-
casados, o algo peor.
Como se puede advertir, no es posible que este sea el camino. No debe
de ser el destruirnos
los unos a los otros por efímeras posiciones de relevancia el motivo
por el cual nacimos y
vivimos. Además, la imagen que se nos ha vendido como poder no lo es
tal, ya que este no
puede estar basado en los demás, sino en uno mismo. Las dignidades,
honores, riqueza o
fama de nada sirven en una isla desierta, puesto que dependen
directamente de los que nos
rodean. El verdadero conocimiento encierra una forma de poder
independiente de los de-
más, y este es el auténtico poder. Un individuo debe de tener el
mismo
grado de poder per-
sonal en una ciudad rodeado de gente o aislado en lo alto de una
montaña; el resto es falso
por artificial.


Vemos, por todo lo expuesto, que el objetivo final de los esfuerzos
del ser humano es la
felicidad, entendiendo que es el poder social la mejor vía para
lograrla. También hemos
podido observar que este no sólo no es el camino óptimo sino que,
generalmente, produce
el efecto contrario. Con este precedente es lógico preguntarse: ¿qué
nos empuja a la bús-
queda de la felicidad y no a otra cosa?, y si por los métodos
tradicionales lo obtenido es la
infelicidad, ¿porqué insistimos en lo mismo?. Vamos a tratar de
analizarlo. En primera
instancia lo que produce felicidad es la ‘triple pé’-Posesión,
Placer,
Poder-, en conjunto o
independientemente. Y no es por azar que esto sucede, sino por la
influencia formativa de
la tríada inferior del Árbol Sefirótico sobre el plano de
Manifestación. En efecto, el temario
Netzah, Hod, Yesod en su proyección más elemental sería:


Lo cual representa los impulsos más instintivos que llegan
directamente a este piano. Son
los que recibimos todos los animales, racionales e irracionales. Y
aquí debe de venir la
diferencia entre los seres pensantes y los que no lo son. Los últimos
actúan empujados por
ese instinto y es comprensible, pero no lo es para los que poseemos
raciocinio y estamos
llamados a lograr metas superiores. Lo cual no significa que podamos
desligamos de esa
inclinación impresa en los genes, sino que debemos de elevarla, por
intermedio de la razón,
al nivel correspondiente.


Esta influencia es el motivo real por el que basamos la felicidad en
estos tres aspectos, y lo
sabemos a través del verdadero conocimiento, sin el cual nos
moveríamos en un mar de
incomprensión. Pero, nada hacemos si lo entendemos y no obramos en
consecuencia, de-
jándonos llevar por el deprimente materialismo de grupos
espiritualmente no evoluciona-
dos. Los cuales actúan guiados por los instintos primarios, adorando
al placer, la posesión
y al poder como los ídolos por los que están dispuestos a sacrificar
todo lo demás. Con
estos valores erróneos como norte no se pueden obtener sino
decepciones, amarguras, vida
absurda y muerte psíquica.


La forma de elevar esos instintos primarios en beneficio de nuestra
evolución espiritual es
transmutándolos. Convirtiendo lo aparentemente negativo en positivo.
En lugar de que
sean ellos los que nos manipulen, debemos de manejarlos nosotros.
Aprovechar el empuje
de esa gran fuerza motriz para subir espiritualmente. No luchando
contra ellos, sino utili-
zándolos. Que sea en el ámbito espiritual y no en el material en
donde
busquemos la felici-
dad a que nos impulsa ese ternario.


Debo de aclarar, para evitar errores de concepto, que lo expuesto no
significa llevar una
vida absolutamente espiritual, desechando todo lo que suponga algo
físico. El ser humano
es una simbiosis espíritu-materia, por lo tanto se debe de tratar de
establecer un equilibrio
entre ambos aspectos. Cualquier desequilibrio importante, en uno u
otro sentido, puede
resultar perjudicial para el conjunto. Es tan malo ser excesivamente
materialista como ex-
tremadamente espiritual. Si tenemos un alma y poseemos un cuerpo, los
dos deben de ser
alimentados. Esto no sucede en la normativa social impuesta, ya que
está enfocada hacia lo
estrictamente material. Tampoco pasa en algunas filosofías, que
extreman la espiritualidad
rechazando todo contenido físico. Ambas son desequilibrantes y por
ende negativas.


Si consideramos el aspecto material como el hecho de recibir en forma
egoísta y el aspecto
espiritual como el de dar con desinterés, tenemos una manera de
buscar
el equilibrio. Aho-
ra bien, una vez obtenida la paridad de fuerzas hemos ascendido un
peldaño, lo cual es
importante, pero alcanzamos una situación no dinámica; para continuar
adelantando por el
camino evolutivo debemos de buscar el tener acceso a un sistema a
través del cual poda-
mos recibir el verdadero conocimiento. Al irlo adquiriendo y
adecuando
nuestra vida con
las leyes naturales, a la vez que se va poniendo en práctica lo
aprendido, avanzaremos.


Aquí se mencionan, nuevamente, dos puntos que hemos citado en
diversas
oportunidades a
lo largo del libro, como son el de las leyes naturales o cósmicas y,
repetidamente, el de la
evolución espiritual. Ambos son muy importantes, pero sobre todo el
segundo es funda-
mental.


En la Torá aparece, reiteradamente, una expresión que, como tantas
otras, no ha sido bien
comprendida y por lo tanto mal interpretada: el temor de Dios.
Citemos
algunas frases: “El
principio de la sabiduría es el temor de Dios” (Salmo, CXI: 10); “El
secreto de Dios es
para los que le temen” (Salmo, XXV: 14); “...el temor de Dios será su
tesoro” (Isaías,
XXXIII: 6); etc. Si se toma literalmente la expresión, suena
incongruente para el humano.
El sentimiento que asocia al hombre con el Ser Supremo es el del
amor;
asumiéndose su
reciprocidad. No es comprensible que quien nos ama deba de ser
temido;
respetado si, pero
no temido. Y esto nos indica, una vez más, que la Torá debe de ser
interpretada, pues su
literalidad puede conducir a la confusión por estar los mensajes
insertados de manera sub-
yacente en el contexto. La expresión “temor de Dios” significa ‘la
adecuada observancia de
las leyes naturales’, cuyo origen reside en la divinidad. Este
sentido
que se le otorga es
demostrable cabalísticamente, pero contacta aspectos cercanos al
nivel
Sod que, por su-
puesto, aquí no es posible tratar. Sin embargo, si dicha expresión la
cambiamos por la frase
que es su significado, observaremos como encaja perfectamente en los
pasajes bíblicos
donde aparece.


Para poder darles el conveniente acatamiento a las leyes naturales,
pues su inobservancia
representa meterse en graves dificultades, es obvio que primero hay
que conocerlas. El
número de personas que tratan de adquirir ese conocimiento es
relativamente pequeño; por
lo general debido a la ignorancia sobre la existencia de las mismas.
Hay una máxima que
se utiliza con respecto a las leyes sociales, la cual manifiesta que
“el desconocimiento de
las leyes no exime de su cumplimiento” y se podría añadir que ‘la
infracción por ignoran-
cia no impide el castigo’. Esto mismo es aplicable a las leyes
naturales; si se transgreden
—independientemente del motivo, incluyendo la ignorancia— se recibe
el
correspondiente
efecto punitivo.


Es lógico preguntarse el porqué siendo de tanta importancia las leyes
naturales, su conoci-
miento no es público. Y silo es, están al alcance de todos los que en
realidad deseen cono-
cerlas. No son un misterio, sino que simplemente —como todo— tienen
su
costo. Nada es
gratis (en todo caso, no debe de serlo) para evitar el recibir sin
dar
a cambio. En este caso,
como en tantos otros, el costo es el esfuerzo y la dedicación que se
deben de invertir en su
búsqueda. En ella, por cierto, hay que desechar esas moralidades de
conveniencia que la
sociedad a impuesto para formar una cortina, tras de la cual poder
cometer sus tropelías
con mayor impunidad.


Se dice arriba que el evolucionar espiritualmente es fundamental. Esa
es la misión priorita-
ria para todo ser encarnado, sin que ello signifique el
incumplimiento
de otros deberes que
conlleva el paso por este piano. Para comprender la necesidad que
todos tenemos de evolu-
cionar espiritualmente hay que comenzar por el proceso inverso, que
se
expone amplia-
mente en la Torá, relativo a la ‘caída’ de Adán y Eva, a su expulsión
del Paraíso. Se ha
discutido sobre la existencia histórica de los llamados primeros
padres, así como las de
otros personajes bíblicos, lo cual es totalmente intranscendente; lo
importante es el men-
saje, la enseñanza, lo demás es accesorio.


Adán y Eva son creados para permanecer en un determinado nivel, sin
el
peligro del des-
censo y tampoco la posibilidad de ascenso; eternamente estacionarios.
No gozan de libre
albedrío, propiamente dicho, si no que se les otorga una sola
posibilidad de elección: o
mantenerse perennemente en esa especie de limbo, o bien involucionar
para optar a la po-
sibilidad de ascender sin limitaciones. Deciden esto último,
asumiendo
sus consecuencias.
La primera de ellas es la densificación de una parte de su energía,
situación que expone la
Torá cuando indica: “E hizo Dios para Adán y para su mujer vestidos
de
piel y los vistió”
(Génesis, III: 21). 0 dicho de otra forma, encarnaron.


Esta misma decisión tomamos cada uno de nosotros para llegar a este
plano. Nuestras al-
mas optaron por el camino difícil, pero que les permitía elevarse.
Esto responde al ‘porqué’
y ‘para qué’ estamos aquí. Venimos para aprender y de esta forma
poder
evolucionar. Se
puso en nuestro camino la gran oportunidad y no podemos
desaprovecharla.


Supongamos el caso de un Estado en donde a cada quien le corresponde
una labor prede-
terminada que debe de llevar a cabo durante toda su existencia;
independientemente de su
comportamiento, dedicación o esfuerzo, está encajonado en una misma
rutina. Pero, existe
una posibilidad de optar a posiciones jerárquicas superiores, en
donde
se pueda mover con
mayor libertad y, de acuerdo a los méritos, aspirar a continuar
ascendiendo. Para ello debe
acudir a un proceso de aprendizaje muy duro, en donde además se le
pondrán permanentes
obstáculos en el camino y por si fuera poco le será borrada de la
memoria objetiva su fina-
lidad real. No es fácil, todo lo contrario, pero si logra terminar el
aprendizaje favorable-
mente obtiene la meta deseada. Si no lo consigue cae a un nivel
sensiblemente más bajo al
que tenía antes de aceptar la oportunidad; incluso, dependiendo de
sus
deméritos, podría
llegar a estratos muy inferiores.
Estas reglas han sido aceptadas por nosotros. Hemos decidido ir a un
aprendizaje duro, a
veces terrible, pero si logramos superarlo nuestro nivel cósmico va a
ser excelente. Si con-
seguimos salvar el escollo que representa el lastre material con sus
egoísmos, ambiciones,
envidias, etc., hemos avanzado en el camino de nuestro desarrollo,
cuyo objetivo perma-
nente es la evolución del alma.


Podemos pensar, debido a la inclinación material, que venimos a este
mundo a pasear, a
disfrutar, a ser felices y esto no pasa de ser un deseo convertido en
ilusión, pues basta mi-
rar con detenimiento alrededor para observar las diversas formas de
sufrimiento, tanto físi-
cas como psíquicas, que flagelan al ser humano. Estamos aquí para
evolucionar. Por eso,
aunque pueda sonar absurdo desde un punto de vista material, es
preferible una vida llena
de problemas que otra relativamente fácil y suave. La forma en que se
enfrenten y se re-
suelvan esos problemas, si es la adecuada, son pasos firmes hacia la
evolución; entendién-
dose la manera apropiada como la resultante de la sabiduría que
proporciona el verdadero
conocimiento. Es más factible poder escalar una montaña con rocas
ásperas y de orillas
filosas que otra de piedras redondeadas y lisas. En la primera al
tratar de subir se sufren
heridas, pero es posible ascender. En la segunda hay mucho menos
sufrimiento -quizás
alguna leve contusión-, pero se resbala y no se avanza.


Debemos de poner las prioridades en el orden correcto y la primera de
ellas, con notable
diferencia como vimos, es la de evolucionar espiritualmente; todo lo
demás es secundario,
lo cual no significa que no se le otorgue a cada aspecto de la vida
la
relativa importancia
que posee. Los mayores esfuerzos y sacrificios deben de estar
dirigidos a lograr el princi-
pal objetivo, para lo cual es necesario establecer nuestro método de
tránsito por este plano.
El primer paso es el de tener claras las ideas respecto a la actitud
que debemos de asumir
en cuanto a las diferentes situaciones que se vayan presentando. Esto
nos conduce automá-
ticamente a tener una filosofía basada en el verdadero conocimiento,
cuya consecuencia
práctica sería la de mantener un comportamiento adecuado para la
obtención de las metas
prefijadas.


En este orden de ideas dos palabras-concepto hebreas pueden servir de
guía para la manera
de proceder, al tiempo que se va adquiriendo el adecuado
conocimiento.
Una de ellas es
cavanah –????– intención, propósito, lo cual es básico en todas las
acciones. La otra es avo-
dah –?????–, cuyo significado es tanto trabajo como devoción, ambas
en
conjunto. Todo lo
que se realiza lleva implícita una intención y lo positivo o negativo
de los pasos que demos
en el camino dependerá de si esa cavanah es la apropiada o no. De
modo
adicional, si con-
sideramos como devoción la adhesión que tengamos hacia el método de
vida previamente
establecido, trabajando de manera paralela para que todas las
actividades se basen en él,
estaremos utilizando la avodah en la forma conveniente. Si usamos los
dos aspectos de la
manera correcta nos encontraremos positiva y armoniosamente
encauzados.


A pesar de que nuestra conducta sea la deseable —y quizá por ello
mismo
— siempre nece-
sitaremos ayuda. Una importante forma de conexión cósmica y por tanto
de posible asis-
tencia es la de efectuar rituales en los tiempos astrológicamente
oportunos. Tanto los mo-
mentos como los pasos a dar son conocidos, pues corresponden a las
festividades religiosas
tradicionales; y en el caso concreto de la Cábala concuerdan con los
días sagrados del ca-
lendario judío, los cuales se indican en el Apéndice 1. Cada uno de
estos períodos de sin-
tonización con niveles superiores aporta una forma diferente de
apoyo,
pero todos ayudan
en el proceso de crecimiento interno.


Nada que no implique sacrificio conlleva desarrollo, por tanto todo
el
esfuerzo que haga-
mos para lograr nuestras aspiraciones evolutivas es de gran validez.
Pero, ese esfuerzo de-
be de estar condicionado por el conocimiento. La Cábala, sin ser la
única ruta, es un cami-
no abrupto pero luminoso en cuyos vericuetos está condensada la
sabiduría universal, de la
que son receptores aquellos que lo transitan. Y la Cábala, como hemos
visto, se alimenta
del conocimiento depositado en la Torá, por lo que debemos de pedir
al
Todopoderoso
conjuntamente con el salmista: “Abre mis ojos para que pueda
contemplar las maravillas
de Tu Torá” (Salmo, CXIX: 18)


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Sep 14, 2009, 3:12:15 PM9/14/09
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