(...)
Nuestro artista podía cerrar los ojos y esforzarse en creer que lo
znico importante era que él supiera que su obra era grande... y
que los demás artistas la respetaban... que la Historia
registraría necesariamente sus logros, etc. ...pero en su fuero
interno sabía que estaba engañándose:
-iQuiero tener un Nombre, maldita sea!
Al menos eso, un nombre. Un nombre en los labios de los directores
de museo, dueños de galería, coleccionistas, mecenas, miembros de
consejo o de comisión, un nombre en los labios de los guías y de
los intelectuales y periodistas que les escuchan, un nombre en su
Time y en su Newsweek.
-¡Sí, señor, incluso eso: Time y Newsweek! ¡Oh, sí! (¡Preguntad a
los espíritus de Jackson Pollock y de Mark Rothko!), ¡incluso
quiero a estos malditos periodistas!
Durante los sesenta se pudo observar con claridad meridiana el
desarrollo de todo un completo mecanismo en virtud del cual le
monde, los enterados, exploraban la vanguardia y empujaban hasta
el Exito al joven artista elegido. A principios de cada primavera,
dos observadores del Museo. de Arte Moderno, Alfred Barr y Dorothy
Miller, se dejaban caer desde el emplazamiento del Museo, calle 53
Oeste, por Sant Mark's Place, Little Italy, la calle Broome y
alrededores, para echar un vistazo a las buhardillas de artistas
conocidos o no, enterarse de todo, hablar con todos y hacerse una
idea, en fin, de todo aquello que resultara nuevo y de interés
para montar una exposición cuando llegara el otoño... pues bien
¡Dios mío!... desde el instante en que se echaban a la calle 53
para tomar un taxi, una especie de radar de la Bohemia empezaba a
detectar la expedición:
¡Que vienen que vienen!
Y a lo largo de Manhattan se dejaba sentir un latido unánime, como
el Acorde Cósmico del que nos hablan los teósofos:
-¡Llévame contigo, llévame contigo, llévame contigo!... ¡Oh,
maldita Ciudad!
¡Negadlo por todos los medios a vuestro alcance si os lo
preguntan!... pero lo que uno guarda en su traicionero corazón y
lo que uno dice son cosas bien distintas.
Tal fue el ritual de acoplamiento artístico desarrollado a
principios de siglo en París, Roma, Londres, Berlín, Munich o
Viena y, no mucho después, Nueva York. Como se ha visto, el ritual
consta de dos fases:
1.ª La Danza de los Bohemios, en la que el artista exhibe su
género en los círculos, camarillas, movimientos e ismos de su
vecindario -es decir, la bohemia- como si le importara muy poco
todo lo demás, incluso como si tuviera entre los dientes un
cuchillo presto para atacar el vano mundo de la Ciudad.
2.ª La Consumación, en la que los enterados, procedente de esa
Ciudad, le monde, exploran los diversos movimientos de vanguardia
y conocen a los nuevos artistas bohemios, escogen a quienes creen
más rutilantes, importantes, originales -no importa por qué
razones- y vuelcan sobre ellos las recompensas de la celebridad.
En los tiempos de la primera guerra mundial, el proceso ya era
similar al conocido en los tugurios del París de la época como
baile apache. El artista corre con el papel femenino: da patadas
de afirmación en el suelo, grita desafiante unas veces. y otras
afecta indiferencia, resiste los avances de su perseguidor con
absoluto desprecio... recibe su poquito de zarandeo y arrastre...
da algunos chillidos para que la cosa no decaiga... y, finalmente,
con un grito agónico maravillosamente ambiguo, ¡dolor, éxtasis!...
se entrega rendida... ¡Plas, plas, plas, plas!... ¡Es mi
hombre!... Se encienden las luces y Todos, tout le monde,
aplauden...
Lo que obtiene el pintor es bastante obvio. Se lleva precisamente
lo que Freud considera las ambiciones máximas del artista: fama,
dinero y amantes hermosas. Pero ¿qué obtienen a cambio los
enterados, los representantes de la sociedad en esa danza?, ¿qué
obtiene le monde? Parte de su recompensa radica en el ascentral y
semi-sagrado status de Benefactor de las Artes. Las artes siempre
han sido un buen trampolín social y, hoy en día, en las grandes
ciudades, las iglesias han tenido que ceder esa función a las
juntas de museo, consejos de asesoramiento artístico, patronatos
de fundaciones, inauguraciones, fiestas y reuniones de comités.
Pero ¡aún hay más!
El artista de vanguardia puede corresponder hoy a su benefactor
con una recompensa especialmente moderna: la convicción de que él,
el benefactor, al igual que su compadre el artista, está
desvinculado y por encima de la burguesía y de las clases
medias... la sensación de que si bien perteneció a esas clases, ya
no se cuenta entre ellas... el sentimiento de ser un camarada del
artista, o al menos un ayudante de campo, un guerrillero honorario
en la marcha de la vanguardia por el país de los filisteos. Se
trata de una necesidad muy de nuestro tiempo, una moderna
redención (del Pecado de Opulencia) bastante extendida entre la
gente bien del mundo occidental, tanto en Roma como en París o en
Nueva York. Por eso las personas que más incómodas se sienten con
respecto a su opulencia económica son precisamente las más
atraídas por la idea de coleccionar arte contemporáneo, arte de
vanguardia, calentito y recién sacado de la Buhardilla.
-¿Lo veis? No soy como ellos, los Jaycee, los Consejeros de la
United Fund, los Jóvenes Dirigentes, los estúpidos New York A. C.
gentiles de aspecto porcino y corbata a rayas, malditos-encantado-
de-saludarle-hijo-de-perra, glotones de marisquería.
El arte de vanguardia, más que cualquier otra cosa, despoja al
dinero de las reliquias de Mamón y Moloch y le pone pantalones
Lévi & Strauss, jerseys de cuello de cisne, zamarras de piel y
otras prendas y laureles de gracia bohemia.
Por eso los coleccionistas de hoy en día no sólo buscan la
compañía de los artistas que patrocinan, sino que también quieren
mezclarse en sus vidas, pagarles juergas y entrar en sus círculos.
Quieren coronar las vertiginosas escaleras de los edificios
abuhardillados de la calle Howqrd, que se elevan cinco pisos sin
curvas ni recodos -¡directo hasta arriba, como en un sueño de los
que se confían al propio diario!-, y acabar con el corazón
rebotando contra las costillas en su taquicardia, que no sólo es
consecuencia del esfuerzo sino también de la curiosa anticipación
enervante: al otro lado de esta puerta situada en lo más alto...
en esta buhardilla... me espera lo bueno... los cuadros y
esculturas indiscutiblemente vanguardistas, de la nueva ola, de la
nueva escuela... algo inencogible, exótico, guerrillero, a prueba
de burguesía.
+---- Fin documento ----+
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Cayetano Lupenna
http://www.boj.org