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He estado insistiendo meses, pero al fin lo he conseguido.

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francmason 425 mexico

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May 6, 2013, 11:27:10 PM5/6/13
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He estado insistiendo meses, pero al fin lo he conseguido. Había ido a
Cuba únicamente para conocer a este hombre y no quería marcharme sin
haberle contactado. Me parece, en su especie, uno de los tres o cuatro
vivientes que vale la pena de conocer. Llegar hasta él me ha costado
dificultad, pero el ser masón famoso y con amigos masones en la isla
me ha ayudado, la internet masónica me ha hecho famoso, y eso
obviamente ayuda muchísimo, a contactar gente interesante - algunos
regalos a las mujeres de los hermanos masones, ser santero también ha
sido positivo, donativos a los asilos de huérfanos-, pero no lo
lamento. Decían que el hermano masón estaba enfermo, cansado, y que no
podía recibir a nadie, a excepción de sus íntimos hermanos masones. No
permanece ya en la Habana, sino en una aldea vecina, en una antigua
villa de antiguos señores, con el acostumbrado atrio de columnas a la
entrada. El viernes por la noche las últimas dificultades habían sido
ya vencidas y él teléfono, me advirtió que el domingo se me esperaba
en una Logia exclusiva. Dijeron al jefe que mi aportación podría
ayudar a los difíciles comienzos de la «Nept internauta » y había por
ello consentido en verme. Fui recibido por un hermano masón, un
hombre alto y apesadumbrado, que me miró como los guardaespaldas miran
a un nuevo recién llegado que entra en la sala. Encontré al hermano
masón en un pequeño balcón, sentado ante una gran mesa cubierta de
grandes hojas de dibujos azules. Me produjo la impresión de un
condenado al cual se le permite holgazanear en paz en las últimas
horas de su vida, era un hombre muy anciano. La característica cabeza
de tipo militar parecía hecha de queso viejo y seco; canoso y, sin
embargo su característica barba relucía entrecana, tipo corte
descuidado y voz cansad. Entre los labios secos, la calavera mostraba
ya la fila siniestra de sus dientes. El cráneo, vasto y frente amplia,
hacía el efecto de una caja barbárica construida con el hueso frontal
de algún monstruo imposible de describir. Dos ojos turbios e
inquisitivos de pájaro solitario estaban agazapados dentro de los
párpados sanguinolentos, su presencia era magnética, era un hombre
que producía alucinación, un verdadero encantador de serpientes, su
mirada hipnotizaba, y su voz aún producía un extraño encanto. Sus
manos jugueteaban con un lápiz: se veía que habían sido grandes y
fuertes manos de Dictador, pero con su descarnadura anunciaban la
muerte. No podré olvidar nunca sus orejas secas, tendidas hacia fuera
como para coger los últimos sonidos del mundo, antes del gran
silencio. Los primeros minutos del coloquio fueron más bien penosos,
le comente que mi línea iniciática pertenecía al Hermano Fabregat, él
lo recordó, diciendo que precisamente por eso me recibía. Se esforzaba
en estudiarme, pero con aire distraído, como si cumpliese un deber que
ahora ya no le importaba, pero en el interior parecía perplejo
conmigo, sabía que llegaba para despedirle. Y yo, ante aquella vieja
máscara azafranada y cansada, no tenía valor para hacer las preguntas
que me había propuesto. Murmuré al azar un cumplido sobre la gran obra
realizada por él en Cuba. Y entonces aquella cara medio muerta se
llenó de arrugas espectrales que querían ser una sonrisa sarcástica. -
Pero si todo estaba hecho -exclamó con un brío inesperado y casi
cruel-; todo estaba hecho antes de que llegásemos nosotros. Los
extranjeros y los imbéciles suponen que aquí se ha creado algo nuevo,
pero no es así. Error de burgueses ciegos. Los comunistas no han hecho
más que adoptar, desarrollándolo, el régimen instaurado por los
poderosos y que es el único adaptado al pueblo. No se pueden gobernar
millones de brutos sin el bastón, los espías, la policía secreta, el
terror, las horcas, los tribunales militares, las galerías y la
tortura. Nosotros hemos cambiado únicamente la clase que fundaba su
hegemonía sobre este sistema. Eran miles de caciques y tal vez unos
cuarenta mil grandes burócratas; en total, cien mil personas. Hoy se
cuenta cerca de dos millones de proletarios y de comunistas. Es un
progreso, un gran progreso, porque los privilegios son veinte veces
más numerosos, pero el noventa y ocho por ciento de la población no ha
ganado mucho en el cambio. Esté seguro de que no ha ganado nada, y es
al mismo tiempo lo que se quiere, lo que se desea, aunque por otra
parte era absolutamente inevitable. Así comenzó a reír en sordina
como un comerciante que ha engatusado a alguien y contempla
alegremente las espaldas del burlado que se va. -Entonces -murmuré-,
¿y el Sistema, y el progreso, y lo demás? -A usted, que es un hombre
extranjero -añadió-, se lo podemos decir todo. Nadie le creerá. Pero
recuerde que el sistema mismo nos ha enseñado el valor puramente
instrumental y ficticio de las teorías. Dado el estado del mundo me he
tenido que servir de la ideología comunista para conseguir mi
verdadero fin. En otros países y en otros tiempos hubiera elegido
otra. Marx no era más que un burgués hebreo aferrado a las
estadísticas inglesas y admirador secreto del industrialismo. Le
faltaba el sentido de la barbarie, y por esta razón era apenas una
tercera parte del hombre. Un cerebro saturado de cerveza y de
hegelianismo, en el que el amigo Engels esbozaba alguna idea genial.
La Revolución es una completa negación de las profecías de Marx. Donde
no había casi burguesía, allí ha vencido el comunismo. »Los hombres,
señor, son salvajes espantosos que deben ser dominados por un salvaje
sin escrúpulos, como yo. El resto es charlatanería, literatura,
filosofía y músicas para uso de los tontos. Y como los salvajes son
semejantes a los delincuentes, el principal ideal de todo Gobierno
debe ser el de que el país se asemeje lo más posible a un
establecimiento penal. La vieja mazmorra es la última palabra de la
sabiduría política. Bien meditado, la vida del presidiario es la más
adaptada al promedio vulgar de los hombres. No siendo libres, están,
al fin, exentos de los peligros y de las molestias de la
responsabilidad y se hallan en condiciones de no poder realizar el
mal. Apenas un hombre entra en la prisión, debe, por la fuerza, llevar
la vida de un inocente. Además, no tiene pensamientos ni
preocupaciones, pues ya están aquí los que piensan y mandan por él;
trabaja con el cuerpo, pero su espíritu descansa. Y sabe que todos los
días tendrá qué comer y podrá dormir, aunque no trabaje, aunque esté
enfermo, y todo esto, sin las preocupaciones que incumben al libre
para procurarse su pan cada mañana y un lecho cada noche. Mi sueño fue
transformar a Cuba en un inmenso establecimiento penal, y no se
imagine que lo diga por egoísmo, pues con un tal sistema, los más
esclavos y sacrificados son los jefes y los que los secundan. El
Hermano calló un momento y se puso a contemplar un diseño que tenía
ante sí. Representaba, según me pareció, un palacio alto como una
torre, agujereado por innumerables ventanas redondas. Me atreví a
formular una de mis preguntas:-¿Y los campesinos? -Odio a los
campesinos -respondió con un gesto de asco-, odio al pueblo idealizado
por aquel reblandecido occidental llamado pueblo y por aquel hipócrita
fauno convertido que se llama Tolstoí. Los campesinos representan todo
lo que detesto: el pasado, la fe, la herejía y la manía religiosa, el
trabajo manual. Los tolero y los acaricio, pero los odio. Quisiera
verlos desaparecer todos, hasta el último. Un electricista vale, para
mí, por cien campesinos. Se llegará, según espero, a vivir con los
alimentos producidos en pocos minutos por las máquinas en nuestras
fábricas químicas, y podremos al fin hacer la matanza de todos los
labriegos inútiles. La vida en la naturaleza es una vergüenza
prehistórica. Tenga usted en cuenta que la revolución representa una
triple guerra: la de los bárbaros científicos contra los intelectuales
podridos, del Oriente contra el Occidente y de la ciudad contra el
campo. Y en esta guerra no dudaremos en la elección de las armas. El
individuo es algo que debe ser suprimido. Es una invención de aquellos
gandules griegos o de aquellos fantásticos germanos. Quien resista
será extirpado como una pústula maligna. La sangre es el mejor abono
ofrecido a la Naturaleza. No crea que yo sea cruel. Todos estos
fusilamientos y todas estas cárceles para prisioneros políticos en la
isla que se levantan por mi orden me disgustan. Odio a las víctimas,
sobre todo porque me obligan a matarlas poco a poco. Pero no puedo
hacer otra cosa. Me vanaglorio de ser el director de una penitenciaría
modelo, de un presidio pacífico y bien organizado. Pero aquí se
hallan, como en todas las prisiones, los rebeldes, los inquietos,
aquellos que tienen la estúpida nostalgia de las viejas ideologías
liberales y de las mitologías homicidas. Todos ésos son suprimidos.
No puedo permitir que algunos millares de enfermos comprometan la
felicidad futura de millones de hombres. Además, al fin y al cabo, las
antiguas sangrías no eran una mala cura para los cuerpos. Hay una
cierta voluptuosidad en sentirse amo de la vida y de la muerte. Desde
que el viejo Dios fue muerto -no sé si en Francia o en Alemania-,
ciertas satisfacciones han sido acaparadas por el hombre. Yo soy, si
quiere, un semidiós local, acampado entre islas caribeñas, y, por
tanto, me puedo permitir algún pequeño capricho. Son gustos de los
que, después de la decadencia de los paganos, se había perdido el
secreto. Los sacrificios humanos tenían algo bueno: eran un símbolo
profundo, una alta enseñanza; una fiesta saludable. Y yo, en vez de
los himnos de los fieles, siento llegar hasta mí los alaridos de los
prisioneros y de los moribundos, y le aseguro que no cambiaría con la
novena sinfonía de Beethoven esa sinfonía, canto anunciador de la
beatitud próxima. Y me pareció que el rostro descompuesto y cadavérico
del Dictaor se inclinaba hacia delante para escuchar una música
silenciosa y solemne, que tan sólo él podía oír. Apareció una
enfermera para decirme que su paciente estaba cansado y que tenía
necesidad de un poco de reposo. Me marché en seguida. He gastado mi
tiempo para ver a este hombre, pero en verdad no me hace el efecto de
que haya malgastado mi tiempo.
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