El otro extremo, el del autoritarismo baldío, lo viví yo, y recuerdo
muy bien un maestro que tuve, que no veía mejor utilidad en los libros
que el que sirvieran como instrumentos de tortura en forma de peso,
sobre las palmas abiertas de los brazos en cruz de pobres chicos
arrodillados… Castigar con libros a quien los libros no entiende…
Extraña filosofía… Extraña y dolorosa, y no sólo para el infortunado
chico sino también para los propios libros, porque cuando el chaval no
podía soportar la horizontalidad de sus brazos, los verticalizaba, y
allí quedaban los libros, sobre el suelo rojo de viejas baldosas,
despatarrados y quejumbrosos. En ese momento la mirada del maestro se
volvía rápida hacia su víctima, mientras dibujaba una media sonrisa
sádica en su rostro enjuto, al mismo tiempo que cogía con calculada
lentitud la regla de madera... Lo siguiente era: “¡Pon las uñas!”, y
el torturado, temblando, juntaba las yemas de los dedos, las ponía
hacia arriba y se las ofrecía al maestro para que golpease con la
regla sobre ellas…
Lo dicho, ni tanto ni tan calvo. Sólo necesitamos entender que en la
sensatez y el equilibrio siempre está la mejor solución.
El bisabuelo Antolín.
http://blogbisabueloantolin.es.kz/