Su afición principal -aparte de la matanza- era la caza, y, como buen
cazador, era habitual verle regresar del campo con el pantalón de pana
ensangrentado a causa de las liebres y perdices -bien perdigonadas-
que siempre llevaba colgando de su canana. "Ave que vuela a la
cazuela, y liebre que salta también", solía decir mientras expulsaba
entre sus dientes amarillos densas bocanadas de humo, unas bocanadas
de humo que se mezclaban en el aire con las nítidas y bien dibujadas
volutas azules que salían de la brasa del consabido puro habano.
La cuestión es que justo el día de los Reyes Magos, el Claudio, sin
hacer mucho caso de la veda, se fue a cazar de madrugada, y a su
regreso, con el cinturón lleno de perdices algo escuálidas, se pasó
por mi tienda para tomarse una copa de aguardiente. La sangre de las
aves goteaba sobre el suelo de la tienda y la verdad es que aquello no
me hacía ninguna gracia; mi Sofía, como siempre, tendría que fregarlo
bien.
Después de la tercera copa de aguardiente oímos una chiquillería, como
loca de contenta, que se acercaba a mi local. Los chicos querían
enseñar las pocas cosillas que les habían traído los Reyes Magos y
también buscaban recibir cada uno de ellos las correspondientes bolas
de anís que siempre me gustaba regalarles. Por aquel entonces las
cosas no iban demasiado bien, y los chicos, para Reyes, se conformaban
con almendras garrapiñadas, piñones azucarados, peladillas... y los
más pudientes también solían recibir nada más y nada menos que una
naranja, fruta muy codiciada en aquellos tiempos en la Castilla más
profunda.
Entre los chicos destacaba -cómo no- el hijo del Claudio, y el zagal,
aparte de las garrapiñadas, las peladillas y la naranja, también
presumía de un pequeño carro de juguete, hecho en madera, pero sobre
todo se enorgullecía sobremanera de un colgante con una bala del
calibre 7,62 que ostentaba sobre su pecho. El Claudio me miró y me
guiñó un ojo, orgulloso.
Yo me dirigí al muchacho -¡qué culpa tendría él!- y le dije que los
Reyes Magos le habían traído unas cosas muy elegantes, pero, por
supuesto, no olvidé decírselo también a los demás. "A mí me lo ha
traído Melchor", decían unos; "a mí me lo ha traído Gaspar", decían
otros, y al hijo del Claudio le pregunté: "¿Y a ti quién te lo ha
traído?", a mí -me respondió- me lo ha traído "el rey negro", que lo
vi ayer en la cabalgata. Entonces recordé la humilde cabalgata de la
noche anterior... Con qué poco se conformaban los niños... Sonreí para
mis adentros recordando la cara tiznada con un palo quemado que le
pusieron al Daniel para que hiciese de "rey negro", un pobre hombre
que todos los años disfrutaba con sus faldones y su turbante hasta el
punto de creerse una auténtica majestad, aunque cuando se quitaba el
disfraz, su trabajo solía consistir en ir de ojeador con el Claudio
para espantar las liebres y las perdices con el fin de ponérselas
delante de la escopeta al concejal, para matarlas...
Qué bonita es la inocente ilusión de un niño... Qué bonito es ser
niño...
El bisabuelo Antolín.
http://blogbisabueloantolin.es.kz/
La cuestión es que justo el día de los Reyes Magos, el Claudio, sin
hacer mucho caso de la veda, se fue a cazar de madrugada, y a su
regreso, con el cinturón lleno de perdices algo escuálidas, se pasó
por mi tienda para tomarse una copa de aguardiente.
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¡Coño! El juez de paz presenciando una infracción, cazar sin licencia como
el ex-ministro Bermejo y además, en tiempo de veda.
¿O ya/todavía no eras juez?
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Mosqui
Pero si era juez, el no podría actuar en el caso que relata,tendría que
haber otro que acusase? O no es así?
Ya era juez, amigo Mosqui, y lo cierto es que lo denuncié ante la
Guardia Civil en varias ocasiones pero las sanciones nunca eran en
absoluto importantes. Precisamente aquella vez le multaron con dos
pesetas, que para él, por supuesto, era una insignificancia.
Un saludo.