Y todo esto que acabo de decir, viene al caso por algo que todavía no
he acabado de captar, y que me está dando vueltas a la mollera desde
que hace unos pocos días vi una película -más o menos
cibernéticamente- que se titula “El niño con el pijama de rayas”, cuya
historia, dicho sea de paso, ya había leído yo previamente en este
mundo paralelo donde me muevo.
Dejando aparte algunas pequeñas omisiones del filme, entre las que
destacaría el momento en que la familia de Bruno coge el tren para ir
a su nueva casa y el presunto lío entre madre y el teniente, y dejando
aparte también la deliciosa y genuina forma en que el autor expresa en
el libro lo que el niño ve a su alrededor, la verdad es que creo que
la película en cuestión refleja muy bien la historia que se quiere
contar.
Y dicho esto, ahora trataré de explicar eso que me está dando tantas
vueltas a la mollera y que, a mi entender, quizá tenga algo que ver
con los símbolos.
Cuando finalizó la película pude captar una gran mayoría de
expresiones mustias y cariacontecidas, entre las que, curiosamente,
destacaban los satisfechos rostros de tres jóvenes que se sentaban en
la sexta fila y que sonreían de oreja a oreja… Y ahora viene lo de los
símbolos, porque, aunque no tengo ni idea de lo que pueda significar,
me pareció chocante que, precisamente esos tres jóvenes, los que se
descojonaban, llevasen enrollada al cuello una especie de toquilla o
pañolón, con más aspecto de mantel que de bufanda, y que, por más que
busqué, no pude ver a ninguna otra persona en la sala.
¿Por qué habría tanta diferencia entre las reacciones de unos y otros?
¿Tendrían algo que ver los pañolones?
El bisabuelo Antolín.
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