Lo que yo quería decir es que ahora, desde que estoy en el
ciberespacio, he encontrado innumerables cambios con respecto a lo que
pasaba en mis tiempos, pero sin embargo hay algo que, en esencia, no
ha cambiado absolutamente nada. Me estoy refiriendo a la religión.
En mis tiempos las mujeres se tapaban la cabeza, sobre todo para ir a
los oficios religiosos, y puedo observar que ahora también se la
tapan... Sí, ya sé que no es en la religión católica donde se sigue
esa costumbre, pero hay que reconocer que hay ciertas similitudes
entre la religión musulmana y la antigua religión católica, sobre todo
en lo que a absurdo rigor se refiere, ya que, aparte de esa extraña y
a mi modo de ver innecesaria costumbre religiosa de que las mujeres se
cubran la cabeza, también se parecen ambas religiones en la falta de
reconocimiento a la mujer por el hecho de ser mujer, en la
preeminencia del hombre por el hecho de ser hombre, en la condenación
eterna del ser humano que no cumpla con las leyes dictadas para cada
religión y en el paraíso prometido -con más o menos ángeles, o con más
o menos vírgenes- a los que sigan las directrices que lanzan desde sus
púlpitos, ésos que, habitualmente, suelen vestirse de largo y de
negro, sean de la religión que sean.
En su día dijo Marx que “la religión es el opio del pueblo”, y no hay
duda de que, concretamente en este asunto, estaba muy acertado (al
menos eso creo yo). A mi entender las religiones aparecieron por la
imperiosa necesidad que siempre ha tenido el ser humano de creer que
hay algo superior y omnipotente en quien confiar su insignificancia,
de cuya humana fragilidad rápidamente tomaron nota los más espabilados
de cada tribu, y de inmediato se hicieron hechiceros, augures,
sacerdotes o lo que sea, para sacar unas sustanciosas rentas, sobre
todo en lo que a poder fáctico se refiere.
Así se crearon las religiones y así seguimos, porque aunque parece que
ahora la religión católica decae en su dominio y severidad, es
evidente que ahí llega pisando fuerte la musulmana, con todo tipo de
ayudas, además, por parte de los incautos gobiernos occidentales.
Esperemos que los infieles (o los fieles, no lo sé) no nos lleven al
huerto y caven a nuestro alrededor…
El bisabuelo Antolín.
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