Y ahora que lo pienso, es curioso comprobar de qué modo todas las
civilizaciones tienen sus Parcas. Los griegos las llamaron Moiras
(aunque en realidad habría que decir Miras, para ser estrictos), y las
tres tenían sus nombres: Cloto, Láquesis y Átropos. Y otro tanto
podría decirse de los hindúes que, aunque desde distintos puntos de
vista, también generaron sus Parcas llamándolas Vishnú, Brahma y
Shiva. En realidad todos hemos asumido muy bien (¡qué remedio!) que
nuestro destino apunta a que debemos nacer, vivir y morir, pero lo
cierto es que las cosas no parecen ser como creemos. La tercera Parca,
la que corta el hilo, hay veces que falla y a partir de ese momento
las cosas empiezan a no ser como debieran...
Dejando aparte mi particular situación (no conozco a nadie más en mi
estado), recuerdo muy bien algo que, hace ya muchos años, levantó
cierto revuelo en mi pueblo. Por aquel entonces la cuadra donde se
guardaban los machos estaba dentro de las propias casas, y solía
ubicarse en una estancia de la planta baja, en cuya planta, junto a la
cuadra, estaban también la cocina y la estufa (para aclararnos hay que
decir que lo que entonces era la estufa ahora se llama salón). Pues
bien, una noche, en una de aquellas casas, un vecino se despertó en su
cama oyendo ruidos a altas horas de la madrugada. Cuando escuchó bien,
se dio cuenta de que eran los machos que, por algún motivo, estaban
alterados. Aquella primera noche no le dio demasiada importancia, pero
aun así bajó desde su habitación para comprobar qué ocurría, y el
hombre sólo detectó cierta intranquilidad en los animales. Por la
mañana, al uncir los machos para ir a las tierras, se dio cuenta de
que uno de ellos estaba especialmente débil.
La noche siguiente volvió a despertarse y nuevamente oyó los mismos
ruidos en la cuadra. En aquella ocasión bajó a toda prisa y se
encontró con que el macho que durante todo el día había mostrado
debilidad, estaba tumbado y muy agitado. Le masajeó el pescuezo y le
acercó al hocico un caldero con agua. El animal, aunque febril,
pareció recuperarse un poco, pero aquel día no pudo trabajar. Su
debilidad había aumentado considerablemente.
La tercera noche el hombre decidió coger un candil y quedarse en la
cuadra para vigilar al macho. Serían las tres de la madrugada cuando
oyó un ruido que venía de la entrada de la casa y, acto seguido, el
chirriar de los goznes al abrirse lentamente la puerta. El hombre,
nervioso, se escondió detrás de unos sacos de cebada y cogió un hocino
bien afilado mientras miraba hacia la puerta de la cuadra. Los machos
empezaron a manifestar agitación. La débil luz del candil iluminaba la
cuadra lo suficiente para poder ver cómo la puerta se abría
lentamente, y poco a poco fue apareciendo la figura de un galgo negro
que miraba al macho enfermo con unos ojos que parecían centellear. Sin
pensárselo dos veces, el hombre lanzó el hocino contra el galgo
acertándole en la pata delantera izquierda, y el perro, después de un
largo y tremendo aullido, echó a correr, cojeando, y salió de la casa.
Eso fue lo que al día siguiente contó el hombre en mi tienda mientras
nos tomábamos unas copitas de aguardiente, y al cabo de un rato,
cuando salimos a la puerta, vimos que pasaba por allí la tía Fusica,
una mujer mayor que no hacía mucho que había llegado al pueblo. La tía
Fusica nos miró con su mirada torva de siempre, mientras iba
renqueando con su encorvada figura, con su extrema delgadez, con sus
faldones negros y... ¡con el brazo izquierdo en cabestrillo!
Ya sé que todos estos cuentos parecen cosas de catetos, pero lo cierto
es que la tía Fusica aquel mismo día desapareció del pueblo, el macho
se recuperó, y se dice que vivió más años que ningún otro. Es más, su
dueño acabó vendiéndolo y se sabe de buena tinta que después fue
revendido muchas más veces, por muchos más pueblos, sin tener noticias
de que finalmente muriese.
Y es que cuando la Parca falla... Y si no, mírenme a mí.
El bisabuelo Antolín.
http://blogbisabueloantolin.es.kz/
¿Averiguastéis que la tía Fusica era la tercera Parca y la dejasteis
viva? ¡Hombre, coñe, eso está muy feo!
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> Ya sé que todos estos cuentos parecen cosas de catetos, pero lo cierto
> es que la tía Fusica aquel mismo día desapareció del pueblo, el macho
> se recuperó, y se dice que vivió más años que ningún otro. Es más, su
> dueño acabó vendiéndolo y se sabe de buena tinta que después fue
> revendido muchas más veces, por muchos más pueblos, sin tener noticias
> de que finalmente muriese.
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> Y es que cuando la Parca falla... Y si no, mírenme a mí.
Lo que pasa es que juegas con ventaja, en cuanto ves la cara de la tía
Fusica sales por patas y hasta ahora, ¡así cualquiera!